martes, 18 de marzo de 2014

44



El próximo miércoles 19 de marzo cumplo 44 años, que es una edad que ya empieza a imponer cierto respeto, en particular a las jovencitas que viajan medio en pelota en el Metro, que hace tiempo que me llaman Señor y me tratan de Usted como si yo fuera el cabrón de Pinochet o el cónyuge de la abuela que sale en los anuncios de la fabada Litoral; abuela que -hace tiempo que tenía ganas de decirlo y no encontraba la ocasión- de fabada no sé como andará, pero de asturiano no tiene ni puta idea. 

El asunto es que si hubiera algo de justicia poética en esto de vivir yo debería haber dejado de cumplir años más o menos a la altura de los 38, para poder ir diciendo que tengo treinta y pico, que es lo suyo, pero, ya ven que cosa, el reloj no se detiene y sigue haciendo tic-tac y contando o descontando, según se mire y al ritmo de esa música uno se va haciendo mayor a una velocidad exponencialmente creciente que, a eso de los cuarenta y pico se vuelve casi vertiginosa, tanto que es fácil alcanzar la cincuentena y caer en la tentación de cometer estupideces como esa tan divertida (durante un rato no muy largo) que consiste en liarse con atractivas jovencitas de veinte años de esas que están contigo por tu arrolladora personalidad y, de paso, por el increíble magnetismo de tu tarjeta American Express, que tiene la virtud de llegar a donde a ti ya no te alcanza.

En fin, no seamos derrotistas. Agradezcamos al año que se va sus servicios, acojamos los 44 años con deportividad, asumamos que el próximo año estará lleno de amor, sorpresas, momentos alegres, buenos amigos, viajes, canciones y quién sabe que otras cosas hermosas y agradezcamos la posibilidad de compartir todos esos momentos con la gente que me quiere y a la que yo quiero, que, afortunadamente, es mucha más de la que nunca hubiera soñado y de la que seguramente me merezco.


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