viernes, 18 de marzo de 2016

Hacia la vejez y más allá



El sábado 19 de marzo cumplo 46 años, cifra que pronunciada en voz alta no deja de parecerme un poco extraña y hasta desconcertante, como si esa edad fuera la de otra persona a la que quizás conozco de vista pero que en ningún caso puedo ser yo, que, como es sabido, a duras penas tengo 38 y además aparento como mucho 35 (tirando largo).

Pero si, he comprobado mi DNI varías veces y no tengo más remedio que reconocer que, al menos a simple vista, no hay ningún error de cómputo (luego lo haré otra vez por si se me escapa algo, que yo soy muy de letras y no me fío). 

Repasando en la hemeroteca digital los periódicos del día de mi nacimiento, allá por 1970,  asombra comprobar que la mitad de las páginas del ABC está ocupada por la publicidad de promociones inmobiliarias, cosa la mar de normal si tenemos en cuenta que en la década de los setenta la población española decide poner todas sus energías en el matrimonio, la tenencia de hijos y, claro, en la compra de pisos, porque dar a luz en el portal (de Belén o de donde sea) resulta incomodísimo.  

Por eso cuarenta y pico años después sucede esto:



No hace falta ser un genio para darse cuenta de que la pirámide demográfica nos está diciendo que somos un país de cuarentones que pronto serán cincuentones y a no mucho tardar sexagenarios, aunque ello no quiera decir, por supuesto, que dejemos de ser considerados maduritos interesantes y apetecibles a condición, eso si, de que poseamos cierta solvencia financiera y/o intelectual que compense los estragos de la alopecia galopante, la barriga cervecera y las consabidas añagazas de la disfunción eréctil.

Con esa pirámide poblacional y a poco que se mantengan las tendencias demográficas actuales España perderá un millón de habitantes en los próximos 15 años y más de 5 millones  en los próximos 50. Y el porcentaje de población mayor de 65 años, que actualmente es del 18% pasará a ser del 25% en 2029 y de casi el 40% en 2064 (son datos del INE, no me lo estoy inventando). 

Si quieren saber como será la España del futuro echen un vistazo a través de la ventana de la residencia de ancianos que tengan más a mano y se harán una idea bastante exacta de los que nos espera. Pero no quiero deprimirles (más) con esta cruel realidad que, por otra parte, en el fondo me importa un pimiento porque mentiría si dijera que tengo intención de llegar al 2064: me conformo con vivir menos y, eso si, tratar de ser feliz dure lo que dure.

Aprovecho la ocasión para mandar besos y abrazos en cantidades industriales a toda la gente que me quiere y, por supuesto, a las personas que ya no están, cuyo nombre invoco en silencio con la certeza de que nunca se irán del todo porque su recuerdo viaja conmigo, me acompaña como ejemplo y me reconforta en los momentos difíciles. No hay ningún privilegio mayor que ser querido o haberlo sido por gente que merece la pena de verdad y yo en ese sentido y en muchos otros no puedo más que considerarme un privilegiado que, aunque lo intenta, nunca alcanzará a devolver siquiera una fracción de todo el afecto que recibe. 

Gracias por todo!!!


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