lunes, 20 de marzo de 2017

47 años (y un día)



Como cada 19 de marzo... un año más. Uno a uno apenas se notan, pero hay que reconocer que todos juntos ejecutan de forma admirable su silenciosa coreografía de demolición. Algunos dirán que a cambio de ese tiempo nos es concedida la oportunidad de aprender y de descubrir bastantes cosas que no sabíamos acerca de nosotros mismos, pero -si quieren que les diga la verdad- no estoy muy seguro de que ese canje sea un buen negocio. Anteayer, como quien dice, tenía 19 años, un rato después ya eran 27. Luego, en apenas un instante se convirtieron en 39. Y aquí me tienen ahora, con 47 años y un día. Y subiendo.

El tiempo está hecho de arena, de relojes y de espejos. Las viejas palabras y los hábitos le acompañan en el camino. No tiene ojos, pero está ahí, siempre está ahí, en el ala del cuervo dibujada por un niño, en el polvo que se acumula en las cortinas, en los remolinos de las tormentas de septiembre y en el lento crujir de los huesos. No se avergüenza de su trabajo y no tiene remordimientos. Y no tiene prisa porque juega con ventaja: sabe que ni siquiera esta noche que ahora simula un firmamento durará lo suficiente.

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