martes, 2 de febrero de 2010

Alevosía y nocturnidad


Los hechos son escalofriantes. José Luis se casa con María Antonia en mayo de 1989. Tienen dos hijos. En mayo de 2005 ella le dice a su marido que quiere el divorcio. "No voy a permitir la separación, antes te mato, te divorciarás con los pies por delante", fue su respuesta. Siguió amenazándola los días sucesivos, y cuando le llegó la carta del abogado, en septiembre, le anunció: "Sabes que esto es un suicidio".

Una noche José Luis entra en casa de su esposa a las cuatro de la madrugada. Usa sus llaves, que conserva de cuando convivían, y un plástico para levantar el pestillo de seguridad. Todo está oscuro. La mujer y los hijos están acostados. Se dirige al dormitorio principal, donde acaba golpeándola y retorciéndole el cuello hasta que cree que está muerta. Los hijos, de 13 y 15 años, se despiertan por los gritos del padre y se lo encuentran con un cuchillo en la mano, asfixiándola. La mujer salvó la vida de milagro, pero quedó tetrapléjica. No puede moverse.

El Tribunal Supremo ha rebajado la pena de 21 a 16 años porque entiende que no había quedado probada la alevosía, agravante que sí había apreciado la Audiencia de Madrid y que convierte el homicidio en asesinato. La sentencia, cuyo ponente es el magistrado Luciano Varela, no se puede recurrir.

COMENTARIOS

1. No me extenderé sobre la sentencia. Ni sobre si atacar a una mujer en su habitación a las cuatro de la mañana implica alevosía o no. Ni sobre la sanidad mental del ponente. Es todo demasiado obvio e irritante. Me fastidia -a esto dedicaré otro día otra entrada-, la tendencia de los juristas a entrelazarse en complejísimas disquisiciones florentinas sobre la naturaleza de los tipos criminales, las agravantes y las atenuantes que, tengo la sensación, a menudo no dejan ver las puñaladas, la sangre y el drama que hay detrás de toda esa extravagante literatura penal de fuegos de artificio y luces de colores.

2. Si me gustaría hacerlo, en cambio, sobre algunos comentarios de los lectores en El País al hilo de la noticia. Uno de ellos decía que "habría que conocer la versión del agresor antes de juzgar". Otro que "no sabíamos lo que había hecho ella para que el hubiera actuado así". Y, el último, "todo esto ocurre por las políticas de igualdad del gobierno".

Estos comentarios evidencian, con toda su crudeza, la serpiente machista que todavía fagocita, por mucho que nos pese a muchos, buena parte de la sociedad española. Una sociedad que detrás de un asesinato (frustrado) rastrea la posible culpa de la víctima (algo habrá hecho). Una sociedad en la que se considera que lo importante no son los hechos (el asesinato) sino las "versiones", como si se pudiera poner en el mismo plano al agredido y al agresor. O que, puestos a echar la culpa a alguién elige a Bibiana Aído, como si el agresor estuviera recitando la normativa sobre igualdad de género mientras estrangulaba.

Una sociedad que no ha asumido que ninguna mujer tiene amo, dueño ni patrón. Una sociedad que critica a las ministras por su ropa o por su aspecto (es decir, por ser mujeres, como si sus homólogos masculinos fueran clones de George Clooney). Una sociedad lastrada por siglos de cerrilismo facha, religiosidad cutre, beata, amoral e hipócrita y un tufo montaraz de mala bestia que no arranca con Franco pero que Franco reinterpreta como nadie y que ha inundado todo durante tantos años que por mucho tiempo que pase apenas somos capaces de rascarnos la costra.

Esa sociedad es la que produce esos crímenes. Y esos jueces.

España.

7 comentarios:

  1. Amén! (ay no, que eso implica religiosidad cutre)
    Olé! (ehh no, que da tufo a mala bestia)
    Bueno, pues que estoy de acuerdo con lo que dices, ostias!

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  2. Fantasticamente expresado. Felicidades.

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  3. Si gobernaran las mujeres el mundo sería un lugar mejor. Lo malo es que las que alcanzan el poder lo hacen imitando comportamientos masculinos (o por cupos, que no se que es peor).

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  4. Me temo que si gobernaran las mujeres el mundo estaría exactamente igual de podrido o de luminoso, que eso va en días (todos tenemos compañeras de trabajo que si fueran jefas sólo mejorarían la tasa de suicidios).

    El argumento que legitima su actividad política no es su presumible mayor eficacia sino que ese es, simplemente, su derecho: tienen derecho incluso a imitarnos, a equivocarse y a lo que sea, porque nosotros llevamos mucho tiendo imitando al mono y equivocándonos a todo trapo sin que nos quiten lo bailao.

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  5. Sobre los malos tratos

    Elsa estaba llena de cardenales y en la cabeza lucía un chichón del tamaño de un huevo. Acurrucada en el suelo del vestíbulo, lloraba desconsoladamente. El matrimonio tenía un hijo y una hija en edad adolescente. La chica estaba sentada sobre la cama de su cuarto, con el cuerpo rígido, y daba un respingo caca vez que su madre chillaba al recibir otro golpe. Su hermano, nervioso, se reía por lo bajo en la sala de estar y de vez en cuando daba un trago a hurtadillas de la lata de cerveza de su padre.

    Los malos tratos formaban parte de la rutina semanal de la familia. La víctima siempre era la madre, pecadora de la familia a la que siempre había que humillar. No sabía hacer nada a derechas. Era una guarra, una distraída, un pendón, una derrochadora, no se lavaba y ni siquiera sabía hacer una comida en condiciones, a pesar de ser profesora de economía doméstica. Además, era fea. Olía mal. Era una vaga. No sabía educar a los niños. Era un carámbano en el lecho matrimonial. Elsa había destrozado la vida de su marido y la de toda su familia. No había por dónde cogerla, era un desastre.

    Si Elsa intentaba se, el marido enloquecía aún más, aunque tampoco soportaba que ella se resignara a su papel de esclava de la familia. Hiciera lo que hiciese, Elsa siempre recibía.

    …yacía en el vestíbulo de su casa, maltratada y llena de vergüenza. Lo único que esperaba de la vida era que acabase pronto para poder descansar en paz. Quería morir.

    Cogió sus papeles, su bolso, algo de ropa, el pasaporte y dinero. Eran todas sus posesiones. Todos los objetos con algún valor sentimental para ella habían terminado en pedazos a lo largo de tantos años de lucha. No abrazó a sus hijos al marcharse, ni ellos se dignaron a mirarla.

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  6. No sé cómo empezó todo. Cuando te casas promete que te amará y respetará todos los días de tu vida en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte os separe. Ya sabes que el amor es como es y que no suele durar toda la vida, pero tienes la esperanza. Estas ilusionada y no puedes imaginar que un día ni te amará ni te respetará. Esto último sí que es grave.

    Aquel día me miró mal y estuvo a punto de pegarme. Sentí miedo y extrañeza. Pensé que tenía un mal día, que había tenido algún problema en el trabajo. No lo olvidas pero piensas que no volverá a pasar.

    Ya no te da un beso cuando se levanta ni cuando se va a trabajar ni cuando viene. Cada día habla menos. Nunca pronuncia tu nombre. No le gusta que le hables. Si le preguntas algo te contesta mal. Piensas que puede pasar, que tiene problemas, que tal vez tengas la culpa tú.

    Está agresivo. Te insulta. Te amenaza. Apenas te habla. Cuando te habla no te mira. Si le miras te dice ¿Qué miras? En un tono intimidador. Tienes miedo. Estás asustada. No sabes que pasa. Ya no preguntas porque no te atreves.

    No te ha pegado pero tienes el alma rota. Cuando escuchas información sobre alguna mujer que ha muerto piensas que un día pueden hablar de ti. No se lo cuentas a nadie. No denuncias. Quién lo iba a creer. Ese hombre que es tan agradable con los demás, que te ayuda en casa, que se ocupa de tus hijos. Tus conocidas te dicen que qué suerte tienes de tener un marido como él. Tú callas.


    No tienes dónde llorar ni quieres contar a nadie lo que te pasa. Sientes vergüenza. Estás rota. Aguantas.

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  7. Los maltratadores no dejan de serlo nunca. Cuando se confía en que todo ha pasado y que ya no volverá a suceder, cuando crees que te quiere y que sólo fue una mala racha, cuando crees que puedes perdonar y ser feliz, se despierta el monstruo que llevan dentro y te destrozan, por fuera o por dentro, por dentro y por fuera.

    Sientes tanto dolor que, en esos momentos, quisieras morir y que la tortura acabara de una vez.

    Dolor, miedo, vergüenza...

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