viernes, 16 de septiembre de 2016

Cosas que no matan, pero de las que nos morimos un poco




Me gustan las canciones country que hablan de mujeres inteligentes (y por lo tanto, irrevocablemente hermosas) que fuman en bragas y a escondidas en la cocina durante las horas muertas y se marchitan poco a poco en el solar baldío de matrimonios arrasados por las olas de la rutina y la inquebrantable estupidez de unos maridos que si llegaron a serlo es sólo porque querían follar y no se les ocurrió otra forma más original de organizar su vida para conseguirlo; mujeres que sobreviven haciendo un trabajo que está a años luz del que un día soñaron y llevando una vida que a veces ni siquiera les parece la suya -como si fuera un mal sueño del que un día acabarán por despertarse- en cualquier vecindario de clase media de cualquiera de esas ciudades en las que al atardecer, sobre el horizonte, más allá de las chimeneas y del cinturón de autopistas, se divisa una cortina de humo gris rojizo que lo envuelve todo y que va dejando costras de ceniza en las hojas de los plátanos de sombra.

Hay algo dulce en esa espesa tristeza indefinible que sienten los domingos por la tarde, en el páramo cubierto por los restos de la primera nevada del invierno que contemplan a través de la ventana del tren el día en que regresan de enterrar a su madre; en los primeros compases de una de esas canciones que escuchan por casualidad y que les devuelven, como un fogonazo o una revelación, un instante que habían olvidado y que sin embargo fue hermoso; en esas minúsculas sensaciones que algunas veces les aprietan el pecho como un puñado de dedos invisibles en medio de las celebraciones familiares y en todas esas emociones, en fin, de cuya existencia nadie en su sano juicio puede dudar, porque todos hemos conocido alguna vez el filo de sus dientes, pero que ni ellas, ni yo, ni cualquiera de ustedes, podemos enunciar en voz alta, ni siquiera para tratar de exorcizarlas contándonoslas a nosotros mismos, porque todavía no han sido bendecidas con un nombre que las defina y las asfixie.


jueves, 15 de septiembre de 2016

Todo pasa... o casi



“El tiempo acaba siempre borrando las heridas. El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas. Uno trata de acostumbrarse a convivir con ellas, amontona silencios y óxido encima del recuerdo y, cuando cree que ya todo lo ha olvidado, basta una simple carta, una fotografía, para que salte en mil pedazos la lámina del hielo del olvido”


Julio Llamazares, "La lluvia Amarilla"




lunes, 12 de septiembre de 2016

Nadar a contracorriente



Desde hace unos cuantos años cada once de septiembre cientos de miles de catalanes se disfrazan de indio apache cuatribarrado (pinturas de guerra faciales incluidas), recogen al perro, al primo segundo adoptado y a la abuela andaluza llena de buenas intenciones, que lo que más quiere en este mundo es a sus nietos y que en cada comida familiar ha sido sometida a un lento lavado de cerebro a base de tópicos sonrojantes adobados con mentiras indigeribles y silogismos de opereta y, hala, a la calle a hacer patria estelada en mano (los más originales se llevan la caña de pescar para conseguir que la bandera cubana ondee bien alto).

Como se trata de una variante laica de la fe religiosa razonar con los susodichos resulta tan factible como discutir de geometría euclidiana con un cochinillo de indias. Hasta ahí la cosa no sería grave sino fuera porque ese simulacro de doctrina política amenaza con convertirse en un peligroso mecanismo de exclusión social. Les contaré una anécdota que tiene el valor que tiene -el de anécdota y nada más- pero que es real como la vida misma. Ayer por la noche un amigo me comentaba que de sus numerosos contactos de whatsapp sólo cuatro (de los cuales uno soy yo) saben que NO es independentista.

El amigo en cuestión es funcionario de la Generalitat y, para más detalles, natural de Girona. Sin embargo, si hiciera públicas sus muy respetables ideas políticas en su trabajo tendría graves problemas de toda índole, así que se cuida mucho de disimular y procura hacerse pasar por un fiel mas. Por la cuenta que le trae. Los problemas se los causarían, por cierto, los mismos que salen a la calle y se llenan la boca de democracia y de derecho a decidir que, como es bien sabido, es una metáfora del derecho a decidir aquello que unos cuantos ya han decidido que ha de ser decidido. 

También conozco, como no podía ser de otra forma, a varias compañeras -funcionarias del Estado en Cataluña como yo- que son independentistas. He de decir que no sufren por ello el menor reproche social ni laboral en un entorno (la Administración del Estado) que se supone hostil hacia sus ideas. Esta diferencia tiene una explicación sencilla pero ni mucho menos trivial: el independentismo aspira a convertirse en una forma de pensamiento único y, por tanto, necesita desplazar, marginar, estigmatizar y expulsar del terreno de juego cualquier forma de pensamiento que no comulgue con la rueda de molino del derecho a decidir. Es tal la fuerza de ese movimiento que el PSC (el PSOE catalán) en la tesitura de resistir o ceder a la fuerza gravitatoria soberanista ha quedado hecho trizas y Ada Colau y las variantes catalanas de Podemos no tienen más remedio que practicar el funambulismo político para no enfrentarse a campo abierto con un movimiento que a día de hoy se percibe como imbatible. 

Enfrente queda el PP (que también hizo algunos intentos de congraciarse con los nacionalistas y hasta de gobernar en Cataluña con ellos y que junto con el PSOE tiene una gran responsabilidad en todo lo que ahora sucede por estos lares) y Ciudadanos que tiene el mérito de ser el único partido que se atrevió a reivindicar, en el entorno más hostil posible y en el peor momento, que uno podía ser español y catalán a la vez sin avergonzarse. Y poco más... porque el resto de partidos se han ido sometiendo de una u otra forma a la dictadura de lo políticamente correcto que, en esta coyuntura, es estar a favor del derecho a decidir y otras majaderías semejantes que no tienen ni pies ni cabeza pero que resuenan entre las sienes de las masas como si fueran verdades reveladas por los mismos dioses a Artur Mas mientras descendía el Monte Sinaí en bicicleta. 

En fin, que aquí me tienen rodeado de una tormenta perfecta de credulidad, infantilismo político, misticismo religioso y, puesto que no tengo la menor intención de irme, no me queda más remedio que nadar contra corriente en medio de una marejada de ideas triviales que la mayor parte de la población (y con ella sus animales domésticos, que también salen a la calle ataviados para la ocasión) ha aceptado de forma acrítica y servil simplemente porque es la música que suena por todas partes y porque no hay nada más fácil que deslizarse por esa suave y gregaria pendiente que te acaba convirtiendo en un feliz miembro del rebaño. 

¿Qué puedo hacer al respecto? Seguir pensando lo que pienso porque así me lo exige mi conciencia. Decirlo siempre que tenga ocasión. Y contárselo a ustedes que, por fortuna, me leen cada día. 

PD. No sé porque me vienen a la cabeza dos frases que pronuncia Sofía Scholl, la dirigente del movimiento de resistencia la Rosa Blanca durante la Alemania Nazi, en la película que narra su detención y asesinato:

-¿Por qué se unió a las Juventudes Nazis?
-Decían que Hitler daría gloria al país. Buena suerte y fortuna, todo el mundo tendría trabajo y pan. Seríamos libres y felices.

-¿Por qué una mujer joven como usted se arriesga por esas ideas erróneas?
-Por mi conciencia.
-No lo entiendo… con su talento… ¡que no comparta el Nacional Socialismo!

martes, 6 de septiembre de 2016

Tres canciones






Tres canciones adecuadas para esperar ese tipo de cosas que casi no parecen de este mundo y que en el fondo los dos sabemos que no ocurrirán nunca pero que tampoco habría que descartar que -de alguna forma, mágica, extraña y hasta inquietante- quizás estén a punto de ocurrir ahora mismo, dentro de dos días o la tarde de un domingo cualquiera cuando menos te lo esperes, dejándonos con esa cara de idiotas que se nos queda cada vez que la vida nos recuerda que por mucho que te prepares y por más trampas y trucos que ensayes, ella juega con las cartas marcadas, tiene todos los ases y más tarde o más temprano siempre se acaba riendo a nuestra costa. 


sábado, 3 de septiembre de 2016

Coraje y dignidad



Los niños son, huelga decirlo, bastante crédulos. Yo, sin ir más lejos, por culpa de un anuncio de televisión que hoy, casi con toda seguridad no franquearía el umbral de la corrección política, me quedé más asombrado que otra cosa al descubrir que había una motorista ataviada con un mono ajustado (que rápidamente se desabrochaba poniendo de manifiesto unos generosos pectorales) que, por alguna oscura razón, buscaba a un caballero que recibía el sonoro nombre de Jacq's, del que decía lo siguiente:

"Jacq´s es un hombre alto, fuerte, muy especial. No retrocede ante nada. Deja detrás de si un aroma único, inconfundible"

Años más tarde, la segunda versión, interpretada por una chica de Terrassa llamada Mónica Van Campen, era algo más concisa, pero igualmente elocuente en materia pectoral:

"No busco a un hombre cualquiera. Busco a Jacq's"

Al principio me desconcertaba el sentido de aquella búsqueda. ¿Se trataba por ventura de una herencia pendiente o de un primo segundo con el que había perdido el contacto? Sin embargo, en cuanto me asomé a la adolescencia empecé a presentir que allí había gato encerrado y poco después ya tenía muy claro que lo que la muchacha en cuestión quería era que el tal Jacq's, en palabras de ese entrañable vividor-follador y borderline llamado Amador Rivas, le diera salami y/o la pusiera fina filipina. 

Lo curioso del caso es que a los españoles heterosexuales que veíamos el anuncio con algo de babilla en la comisura de los labios nos resultaba incomprensible la actitud esquiva y huidiza del tal Jacq's, porque todos y cada uno de nosotros (por una vez sin distinciones políticas, religiosas ni afinidades regionales) hubiéramos estado dispuestos a satisfacer el exuberante deseo de la motorista con un ardor guerrero que para si habrían querido los soldados de los famosos Tercios de Flandes.

En el Parlamento Español asistimos estos días a un engaño similar: todo el mundo se afana en proclamar que lo único que cuenta es el interés nacional, pero como lo cierto es que cada partido se dedica a maximizar sus propias expectativas electorales a costa de la gobernabilidad del pais ya llevamos dos elecciones y vamos camino de las terceras. Si la nueva convocatoria electoral se consuma, como parece inevitable, deberían dimitir Rajoy, porque es más que evidente que no tiene lo que hay que tener para ser Presidente del Gobierno y Sánchez, porque es evidente que no tiene lo que hay que tener para ser utilllero del equipo de mi pueblo, que suele militar en Regional Preferente o, en los años buenos, en Tercera División.

Por lo demás la política cada vez me aburre más. En Estados Unidos un garrulo con aires de putero de tres al cuarto se presenta a las elecciones y el pusilánime, cobarde y agachón presidente de Méjico le recibe como si fuera Nelson Mandela, cuando lo que tendría que haber hecho, si tuviera un mínimo de valor y dignidad, es darle dos hostias bien dadas allí en medio, en presencia de todos, arrancarle su asqueroso tupe de un uppercut y devolverle llorando a su querida frontera como el quejica miserable e infantiloide que es (se nota que me cae bien, eh?). 

No demasiado lejos, en Venezuela otro imbécil embutido en un chándal de colores que son una ofensa para las retinas está llevando a la cárcel a sus opositores políticos y, como no podía ser de otra forma, conduciendo a la ruina sus compatriotas, que hasta se ven obligados a cruzar la frontera con Colombia para hacer la compra, en lo que constituye ya una auténtica tradición en cualquier régimen comunista que se precie de serlo. Dicha tradición bien podría recibir el nombre de primera ley de la termodinámica comunista:

"En todo régimen comunista que perdure lo suficiente y que no adopte de forma más o menos encubierta mecanismos propios de la economía de mercado la población acabará, más pronto que tarde, intentando escapar para no morirse de hambre, aunque para ello haya de poner en riesgo su vida haciéndose a la mar en embarcaciones de confección artesanal, saltando muros de piedra y atravesando alambres electrificados y/o esquivando las balas de los compañeros francotiradores".

En fin que si en el PSOE nadie es capaz de reunir un mínimo de masa neuronal y enviar al archivo de la historia a Pedro Sánchez, el único hombre capaz de lo que parecía imposible (empeorar a esa calamidad llamada Zapatero) y si el PP se empecina -que lo hará, vaya si lo hará- en mantener a esa otra calamidad llamada Mariano como candidato, la cosa tiene mala pinta y es más que probable que acabemos votando entre polvorones, mantecados y alfajores. Con todo, el problema no es tanto votar una y mil veces, sino que hacerlo de nuevo no nos garantiza un resultado distinto al que ahora tenemos o al menos lo bastante distinto como para que cambien las cosas.

Todo esto sucede porque somos víctimas de una mediocracia política: individuos que deberían dedicarse a labores de índole rutinaria y de bajo relieve como contar trenes sentados en un banco, porque no reúnen condiciones necesarias para dirigir nada de nada, han sido elevados a la categoría de líderes por las burocráticas, mugrientas y anquilosadas estructuras de sus partidos. Y ahí los tienen, demostrándonos lo que son, buenos para nada, sólo que a diferencia de la chica del anuncio, no tienen ni un buen escote con el que epatar al personal. 

Mediocres, cobardes y pusilánimes. Al verlos recuerdo la escena final de la película Alatriste cuando, en la batalla de Rocroi, allá por las Árdenas, a cuatro pasos de la frontera belga, en mayo de 1643, asediados y al borde de la derrota, después de alabar su valeroso desempeño en la batalla y ofreciéndoles su enemigo, el ejército francés, una honrosa posibilidad de retirada en formación, Diego Alatriste la desecha -aun sabiendo que eso significa ni más ni menos que una muerte segura- diciendo, simplemente:

"Decidle al señor Duque d'Enghien que agradecemos sus palabras,
 pero este es un tercio español"

¿Cómo explicar el significado de la palabra dignidad a los que nunca la han tenido y a los que, pese a llenarse la boca de patriotismo y palabras vacías, nada saben de ella? ¿Se habría postrado, por ventura, Diego Alatriste ante ese mequetrefe de ojos de rata y pellejo de mandarina podrida que recibe el nombre de Donald Trump? 

lunes, 29 de agosto de 2016

El lado oscuro

Turistas alemanes de visita cultural en Atenas

Este fin de semana he pasado unas diez hora viendo, por segunda vez, los diez capítulos de Hermanos de Sangre. Como la ración de segunda guerra mundial no debía ser suficiente además me tragué un reportaje de La 2 sobre los sucesivos intentos de asesinar a Adolf Hitler. Mi opinión personal es que, frente a lo que suele creerse, es bastante probable que el hecho de que esas tentativas no tuvieran éxito acabara resultando positivo desde el punto de vista histórico. Como una afirmación de esa naturaleza, tan contra-intuitiva, requiere una explicación detallada, trataré de ofrecerla a continuación.

Si la guerra no hubiera acabado como acabó, con la derrota total del proyecto bélico y del siniestro programa de exterminio racial de Hitler, sino mucho antes, con un asesinato más o menos prematuro, es muy probable que sus seguidores –que, no nos engañemos, eran multitud- hubieran continuado fantaseando con las (inexistentes) bondades del proyecto político nacionalsocialista y con el (también inexistente) genio militar de su Führer. En esa coyuntura el régimen nazi no sería visto como un proyecto fracasado, como un monumental error histórico y como un acto criminal sin parangón, sino como una tarea inconclusa, con el peligro de que, al correr del tiempo, algún secuaz más o menos dotado hubiera tratado de completarla.

En realidad algo así había sucedido poco antes. Durante el periodo de entreguerras (1918-1939) por Alemania se extendió la leyenda de la llamada “puñalada por la espalda” (Dolchstosslegende), que atribuía la derrota germana en la primera guerra mundial al sabotaje del esfuerzo bélico por parte de algunos elementos infiltrados en el corazón del pueblo alemán. ¿Adivinan quien pensaba Hitler que eran los saboteadores? En efecto, los comunistas (y los izquierdistas en general) y, por supuesto, los judíos.

Semejante patraña (que obviaba el hecho de que nada menos que 12.000 soldados judíos se habían dejado la vida en las trincheras defendiendo a su país, Alemania y de que la derrota militar era ya inevitable en el momento de la firma del armisticio de octubre) llegaría a convertirse en uno de los ejes centrales de la retórica de Hitler: el ejército alemán (en el que él mismo había luchado) no había sido vencido en el campo de batalla sino traicionado por la espalda y había llegado la hora de que los traidores pagaran por sus crímenes. El mito, al ofrecer el chivo expiatorio perfecto, contribuyó a amalgamar a la sociedad alemana y, de paso, permitió eliminar casi por completo cualquier atisbo de crítica o disidencia. Lo que vino después está en los libros de historia y huelga repetirlo aquí.

El hecho de que la guerra se prolongara hasta el final tuvo, por supuesto, un devastador coste de vidas humanas. Pero, considerando lo reacios que parecen ser los pueblos y sus dirigentes a aprender las lecciones de la historia, quizás el hecho de que Hitler acabara suicidándose en un siniestro sótano, humillado y derrotado, en medio de una Alemania devastada constituye un buen antídoto contra quienes en el presente y en el futuro alberguen delirios de supremacía racial y exaltación del belicismo. O así me gustaría creerlo, al menos.

Siempre he pensado que desde las singularidades de los objetos se divisan mejor sus contornos. De todos los episodios de crueldad y barbarie acontecidos a lo largo de la historia, que son muchos, el holocausto es, a mi juicio, el más revelador precisamente por lo que tiene de singular. Por primera vez es una sociedad desarrollada (la Alemania de hace apenas unos años, anteayer en términos históricos) y no una tribu más o menos bárbara, la que asume el propósito de exterminar de forma racional, económica y científica a millones de personas. Con la shoah el sueño del progreso revela una verdad desasosegante: que por muy lejos que lleguemos como civilización nunca estaremos a salvo de extraviarnos, que la insidiosa tentación del mal siempre estará ahí, escondida, al acecho, esperando una oportunidad, una grieta, una excusa. Por eso hace unas decenas de años lo más selecto de la sociedad alemana, esa que se reunía en el Festival de Bayreuth para asistir a las representaciones de las obras de Wagner no tuvo inconveniente en aplaudir con fervor al tirano homicida de Hitler, por eso la sociedad alemana, esa que salía a las calles a ovacionar a su Führer, no tuvo nada que decir mientras los cuerpos de millones de judíos ardían en los Campos de Concentración. Ni la cultura ni la educación fueron, como podría haberse esperado, un antídoto contra la maldad. 

PD. Cuando (algunos) medios alemanes lanzan sus habituales diatribas, con ese tufillo de supremacía racial tan germánico, contra Grecia, Portugal (o España) deberían tener cuidado, porque, a diferencia de lo que ocurre en el caso de bastantes alemanes, es improbable que la mayor parte de los griegos y de los portugueses tengan posado en alguna de las ramas más próximas de su árbol genealógico a un criminal de guerra. Esto, por supuesto, no es políticamente correcto decirlo, pero como comprenderán, a mi eso me importa bien poco. 

PD2. No todos los alemanes, por supuesto, fueron partidarios del nacionalsocialismo. Me viene ahora a la memoria un ejemplo, el del escritor y aristócrata Friedrich Reck-Malleczewen (quien por su desafección al régimen acabaría sus días en el campo de concentración de Dachau), quien dedicaba a Hitler estos laudatorios epítetos:

“Esquizofrénico borracho de poder (…) te he odiado cada hora de mi vida, te odio tanto que daría gustosamente mi vida para que murieras. Me dirigiría gustosamente hacia la perdición y me sumiría en las profundidades si supiera que puedo arrastrarte”.

Y hablaba así de los nazis y, en general, de sus compatriotas alemanes, para referirse justo a lo que yo he tratado de explicar en esta entrada:

"Mi vida en esta ciénaga pronto entrará en su quinto año. Desde hace más de cuarenta y dos meses pienso odio, me acuesto con odio, sueño odio para despertar con odio: me asfixia verme prisionero de una horda de monos perversos, y me devana los sesos el eterno enigma de este mismo pueblo, que hace unos años velaba tan celosamente por sus derechos y que de la noche a la mañana se ha hundido en este letargo, en el que no solo tolera el dominio de los inútiles de ayer, sino que además, para colmo de vergüenza, ya no está en condiciones de percibir como ignominia su propia ignominia..."


sábado, 27 de agosto de 2016

Gente que no debería morirse nunca



Hace un rato, mientras escuchaba a Antonio Vega, pensaba en algo que he pensado muchas veces y que seguramente ya habré contado aquí mismo otras cuantas: que hay gente, como Antonio, que no tendría que morirse nunca y que, en justa correspondencia, hay otra que no debería haber nacido o, en su defecto, que debería tener la decencia de morirse lo antes posible para no enturbiar el universo con su existencia.

Es sabido, sin embargo, que el azar no atiende a razones y por eso en las esquelas aparecen sin orden ni concierto los nombres de buenos, malos y regulares. Ocurre, eso si, que los buenos siempre nos parece que duran poco y que los malos siempre parece que duran demasiado por muy poco que vivan y de ahí esa frase tan socorrida que recorre entre abrazos los tanatorios: "siempre se van los mejores". No es que se vayan los mejores (que también), es que a los otros, cuando se van, nadie los echa de menos y no faltaría quien, si tuviera ocasión, dejaría el pie encima de la lápida para asegurarse de que no cambian de idea. 

En fin, que aquí andamos, pobres pecadores insomnes, deambulando de acá para allá en esta minúscula esquina del universo, equivocándonos, soñando, esperando, contemplando el mar, trabajando, recordando, durmiendo y, por supuesto, amando. Como dijo Antonio Vega, ese gran poeta:

De sol, espiga y deseo
Son sus manos en mi pelo
De nieve huracán y abismos
El sitio de mi recreo,

Silencio, brisa y cordura
Dan aliento a mi locura
Hay nieve, hay fuego, hay deseos
Allí donde me recreo.

La vida es eso. Una luz única y singular que trata de mantener un frágil equilibrio en el filo repleto de dientes de la realidad, siempre a punto de confundirse y desaparecer en la inmensa oscuridad de la última noche; una luz tan precaria y efímera y, sin embargo, tan hermosa como la primera nieve del invierno, tan dulce como el primer beso, tan inquebrantable como el amanecer y tan fiera como esos ojos que un día me miraron en silencio condenándome a la certeza irredimible de que, pase lo que pase, nunca podre dejar de amarte. 

PD. La última vez que fui a Madrid me quede un rato contamplando la placa que da nombre a la plazuela de Antonio Vega. Se trata de un discreto espacio entre la corredera alta de San Pablo y las calles Velarde y Fuencarral, en el barrio de Malasaña. Un día de marzo de 2011 su familia, sus amigos y muchos madrileños anónimos se quedaron allí, bajo la lluvia, rindiéndole un más que merecido homenaje. 



Un genio

viernes, 26 de agosto de 2016

En defensa de la escuela y del latín y del griego (pero bien enseñados)



Si mis antiguos profesores de Latín y Griego no andaban errados y, la verdad, ni siquiera se me pasa por la cabeza que fuera así, porque tenían esa mirada elocuente, fronteriza y un poco miope propia de las aves nocturnas que es una marca inequívoca de las personas inteligentes, la palabra escuela procede del griego sjole y significa ocio. Si, ocio. 

Ir a clase (clase viene del latín clamare, llamar), es, por tanto, ni más ni menos que responder a la llamada que nos convoca al sitio de recreo (por usar la expresión de aquella formidable canción de Antonio Vega, aunque estoy seguro de que la canción se refería a otra cosa no menos divertida).  

Lo que me llama la atención es que con el tiempo hemos conseguido una mutación extraordinaria: convertir la escuela, ese espacio que un día fue concebido como el lugar en el que los estudiantes iban madurando su aparato reflexivo, en un gris reducto en el que los alumnos son entrenados de forma mecánica y tediosa en el aprendizaje de programas y contenidos diseñados por expertos en esa pseudociencia dogmática y pretenciosa que recibe el nombre de pedagogía. 

Quizás algo de eso tenga que ver con que la palabra latina para negocio es nec-otium, la negación del ocio. Y es que ahora, en medio de la avalancha de utilitarismo y la obsesión por el beneficio a corto plazo que nos invade, la escuela está diseñada para ser la antesala del mundo de los negocios, para convertirnos en mujeres y hombres de provecho y, por eso mismo, como ya no hay espacio para el ocio pensante y la reflexión improductiva (nótese el oxímoron), el Latín y el Griego van siendo arrinconados y confinados al garage como vehículos decrépitos que consumen demasiado tiempo y no llevan a ninguna parte, en detrimento de otras disciplinas más "prácticas" y "más adaptadas a los nuevos tiempos". 

Late aquí, a mi juicio, un enorme error conceptual. El objetivo de la escuela no es rellenar la cabeza de los jóvenes de conocimientos más o menos enciclopédicos y pasteurizados que sirvan de pórtico a su futuro desempeño como camareros, vendedores de seguros o cajeros de supermercado, sino ofrecerles un espacio de ocio pensante en el que tengan la oportunidad de aprender a razonar por si mismos, porque sólo un saber reflexivo, crítico y abierto les convertirá, de verdad, en ciudadanos libres, se dediquen a lo que se dediquen el día de mañana. 

La escuela, esa escuela que nació como el espacio en el que se cultiva el placer del pensamiento y se desarrolla la conciencia, no debe abdicar jamás de esa función y si lo hace se convertirá en otra cosa. En otra cosa peor, que quizás tenga algo que ver, sin ir más lejos, con nuestro morrocotudo índice de fracaso escolar.

PD. Redacto esta entrada en memoria (no en vano recordar significa, en latín, regresar al corazón) de aquellos viejos profesores del Instituto de Candás de Latín y de Griego que me enseñaron mucho más de lo que fui capaz de aprender, con el deseo de que si algún día me leen -en esta o en la otra vida, si la hubiere- no se avergüencen demasiado de aquel tímido alumno de Prendes que lo miraba todo con asombro desde el fondo de la clase. Y a los nuevos profesores de esas disciplinas, sean de donde sean, que sobreviven en estos tiempos de cuasiclandestinidad académica a base de tesón y declinaciones, aprovecho para enviarles un fuerte abrazo. 

PD2. Como toda realidad tiene dos caras he de decir que el método con el que tradicionalmente se enseñaban las lenguas clásicas (basado en el abrupto aprendizaje de las reglas gramaticales, el exhaustivo análisis sintáctico y gramatical, como si una lengua fuera sólo un catálogo de normas y la traducción directa de textos clásicos diccionario en mano) era una catástrofe sin paliativos a la que espero que alguien haya puesto remedio (de hecho mi profesora de griego ya lo enseñaba con un método nuevo y mucho más eficiente). Como soy curioso por naturaleza he indagado sobre el asunto y parece que, en efecto, el profesorado ha ido tomado conciencia del problema:

http://www.culturaclasica.com/?q=node/1904


miércoles, 24 de agosto de 2016

La memoria del corazón



Ese edificio rojo que se divisa a la derecha de la imagen es el Instituto Público de Candás, en el que estudié desde los 14 años BUP y COU hasta que me matriculé en la Facultad de Derecho. Del Instituto recuerdo un buen puñado de buenos amigos que espero vivan muchos años y sean muy felices (Jose Manuel Tejero Fernández, Carlos Pico Rodríguez, Jose Ángel Suárez Medina, Victor Manuel Muñíz Martínez -que hizo toda la carrera de derecho conmigo-, José Manuel Benito y alguno más que seguro que ahora se me olvida).

También los largos trayectos en autobús de ida y vuelta hasta mi pueblo, los días de lluvia, que visto en perspectiva me parecen infinitos, los primeros amores con chicas que ahora, treinta años después, seguro que son profesoras, enfermeras o vaya usted a saber qué cosas, los partidos de baloncesto en las horas muertas que me hacían llegar a clase empapado de sudor y opositando a infección bronquial, el acre olor del ocle extendido sobre los prados, las gaviotas que lo sobrevolaban siempre altas, siempre lejos, imposibles, los pinos del monte que apuntaban al cielo rectos como dedos verdes, el peculiar y agudo acento de los candasos -muy distinto del de mi pueblo, pese a que estábamos a menos de diez kilómetros de distancia-, el espanto que me producían las clases de matemáticas y la sinuosa musicalidad del latín que algo en mi cerebro descifraba sin ninguna dificultad, como si hubiera nacido en la Roma clásica. 

En general, si miro hacia atrás, hacia aquella época, siento una especie de pena cuya naturaleza me resulta esquiva. No es añoranza, desde luego: por nada del mundo querría volver a ese tiempo. Quizás se trate, como diría un fadista, de saudade: ese sentimiento parecido a la melancolía estimulado por la distancia física y temporal y que va acompañado de la intuición de que no es posible regresar a aquello que se extraña. No se trata sólo de que no volveré a tener 16 años, se trata de que al abandonar Asturias con veintipocos años, por mucho que ahora me alegre de haberlo hecho, dejé atrás todo lo que conocía: mi familia, mis amigos y, en general, todo lo que había sido mi existencia anterior.

La vida consiste en elegir y en aceptar que incluso cuando ganamos, inevitablemente, también perdemos. Esa pérdida de esa otra vida no vivida es, intuyo, la raíz de esa pena. Los galeses lo llaman hiraeth (el sentimiento de haber perdido algo que un día fue nuestro), en asturiano recibe el nombre de señardá (el dolor de aquel que vive alejado de sus raíces, como la morriña gallega) y los rumanos usan la palabra dor para referirse a esa sed del alma que añora los caminos que no recorrimos, que se duele de todo aquello que no salió como hubiéramos querido, de todo que fue quedando atrás. 

Intuyo que esa pena es todo eso y algo más: no es sólo una forma más o menos abstracta de melancolía, sino la conciencia de la lenta e inexorable fractura que el tiempo va abriendo dentro de cada uno de nosotros y la memoria que el corazón, que como es sabido tiene sus propias leyes y resortes, guarda en lo más hondo esa grieta de las cosas que ocurrieron y de aquellas que (ay!) no llegaron a ocurrir. 




PD. A veces me gustaría tener alma de interventor o de contable: preocuparme de cosas tangibles, seguir las normas, ser una persona de orden, anotarlo todo, ser capaz de hacer balance de pérdidas y ganancias. Pero, por fortuna, se me pasa enseguida: cada vez que he intentado llevar algo parecido a una agenda he empezado por no anotar nada, luego, con el tiempo, la uso para hacer dibujos en los ratos de aburrimiento y, casi siempre, acabo perdiéndola o regalándola con la esperanza de que el beneficiario sepa darle mejor uso que yo. Que se le va a hacer. 

lunes, 22 de agosto de 2016

Tanto correr...



No se si Portugal habrá ganado alguna medalla en los juegos, imagino que sí, porque hay tantas disciplinas olímpicas que al final, como en la lotería de Navidad, casi siempre te acaba tocando algún reintegro. La verdad es que por mucha pompa y boato que le pongan al asunto me importa un pimiento, porque me emociona más un fado que todas las exhibiciones de Usaín Bolt y Michael Phelps puestas en fila india. 




A los asturianos la gente que se desplaza muy rápido -ya sea corriendo, nadando o reptando- nos desconcierta un poco porque:

1) Es bien sabido que los asturianos no tenemos costumbre de escapar de nadie ni por tierra ni por mar, con lo que tanta prisa no deja de parecernos un poco pusilánime y sospechosamente cobardona.

2) Aunque no lo sabemos a ciencia cierta, porque jamás lo hemos probado ni tenemos intención de hacerlo, todo ese ejercicio tiene pinta de ser cansadísimo y algo tan cansado por fuerza tiene que ser nocivo para la salud.

3) Habría que ver a todos esos "atletas" echar una carerrina después de comer un poco de queso de afuegalpitu con panchón, una fabada con su chorizo y su morcilla y la ración estandar de postre asturiano, compuesta por media docena de frixuelos, un par de casadielles, un platín de arróz con leche, acompañado todo ello de vinos y licores y de unes torrijes y unes marañueles pa endulzar el café. Ahí te quiero ver, Usaín, guapetón. 


domingo, 21 de agosto de 2016

Reflexiones olímpicas

Estos si que compiten a vida o muerte

Aunque lo cierto es que no nos va del todo mal, si los españoles no obtenemos todavía mejores resultados en las olimpiadas no es, como algunos maledicentes creen, porque somos muy dados a la actividad deportiva de sofá y mando a distancia, sino porque un somero examen de las disciplinas olímpicas revela que éstas no han sido diseñadas atendiendo a la idiosincrasia propia y singular del pueblo español. 

Si, por ventura, fueran disciplinas olímpicas aparcar en doble fila y proferir insultos machistas desde el interior de un utilitario con la ventanilla bajada; tomarse cañitas a media mañana estando en paro; opinar sobre cualquier cosa sin tener ni puta idea; hacer la siesta después de ingerir una buena fabada o un cocido maragato; endilgar los nietos a los abuelos para que los cuiden y, de paso, les hagan la comida y, ya que estamos, la cena; hacer visitas al médico, al fisioterapeuta y depilarse durante la jornada funcionarial; correr los mil quinientos metros libres de IVA; fardar delante del cuñado con cualquier ocasión, excusa o pretexto; o correr al borde del coma etílico delante de morlacos de diversos tamaños por calles, callejuelas y avenidas, el medallero reflejaría una superioridad insultante de los "atletas" españoles.

Para evitarlo el Comité Olímpico Internacional nos abruma con peregrinas actividades como la natación sincronizada -cuyo equivalente más aproximado en España sería una boda gitana en la que los familiares de la novia se quitan la corbata para celebrar su recién demostrada virginidad y se arrojan al unísono a la piscina con sus trajes de colores lampantes- o el tiro con arco, actividad propia de tribus primitivas sin contacto con la civilización con la que nadie en su sano juicio pretendería hoy cazar nada habiendo como hay escopetas, rifles y metralletas por todas partes (en Estados Unidos hasta en las guarderías). 

Con todo la palma se la llevan los deportes de invierno. Ahí, como somos más bien de playa, cerveza, calorcito y sudar mucho, no damos ni una a derechas. Y es normal porque, acaso alguno de ustedes ha visto a algún pariente, vecino o conocido suyo practicando curling o skeleton? No obstante he de reconocer que yo, para ampliar la linde de mis conocimientos deportivos y porque siempre he pensado que el saber no ocupa lugar (salvo cuando se trata de enciclopedias por fascículos), he llegado a contemplar con atención casi religiosa algún que otro partido de curling femenino, especialidad (lo aclaro por si no lo saben) en la que unas mozas, generalmente de aire nórdico, empujan por una superficie helada, ora arrastrándose por el suelo, ora fregoteando con frenesí con una especie de cepillo, una piedra enorme con un asa faliforme con la que tratan de alcanzar un punto determinado rodeado de círculos concéntricos. Encuentro que hay en ese exótico deporte un evocador sustrato poético con un magnetismo casi hipnótico que me resultaría difícil de explicar con palabras (sin ganarme una guantada, quiero decir). 


A esto me refería

sábado, 20 de agosto de 2016

Manual del corazón


Otro fin de semana que llega y que pronto quedará atrás, como tantos que se fueron y otros tantos que están por venir. Se acerca el final de los juegos olímpicos que ahora pueblan los telediarios de deportes estrafalarios de los que apenas tenemos noticia, empieza la liga de fútbol que pronto lo anegará todo con su gran ola de ruido y furia, se estrena la última de Star Trek que, por supuesto, veré con el corazón del chiquillo que nunca dejaré de ser y, para compensar, Donald Trump sigue gozando de una desconcertante buena salud. No se puede tener todo. 

Vivimos, como dice Ana Moura en Desfado, en la incerteza de saber que no hay nada más cierto que la gran certeza de no estar seguros de nada. Esa, la mayor verdad que he escuchado en años, no la dijo, por supuesto, ni un filósofo ni un comentarista de Tele 5, que tienen en común que, absortos en sus cosas, por más que escriban largos párrafos o finjan tener una opinión acerca de todo lo divino y todo lo humano, no saben absolutamente nada de la vida, sino un escritor de fados llamado Pedro Da Silva Martins, que es, también el autor de esta hermosa canción cantada por ese formidable fadista de voz melancólica que recibe el nombre de Helder Moutinho. 

Lo único cierto es que no sabemos nada de esto de vivir y por eso erramos, metemos la pata, nos prometemos que no volverá a suceder y sucede de nuevo apenas hemos acabado de sacarla y, en fin, nos vemos inmersos en toda clase de desastres nacidos de nuestra condición de pecadores irredentos y más bien cortos de entendederas, porque en los asuntos importantes de la vida todos procedemos a tientas, en modo de prueba y con más bloqueos y cortocircuitos que el Windows Vista. De todas formas, si me admiten un consejo, pase lo que pase no se torturen más de la cuenta y si llegado el caso se ven en la tesitura de preguntarse a sí mismos si algo de lo que han vivido mereció o no la pena no estará de más que recuerden este hermoso verso:

Valeu a pena?
Tudo val a pena,
si alma nao é pequena.


El otro día, durante un sueño, tuve la revelación (no me pregunten cómo lo sé, pero es tan seguro como que Mariano Rajoy es un gran estadista) de que en otra vida trabajé de revisor en la linea 7 del trem de carris de Lisboa. Por esos avatares del destino una hermosa muchacha de pelo oscuro se había enamorado perdidamente de mi y cada mañana, mientras ella suspiraba con aire melancólico al verme, yo, con estudiada indiferencia y el frenético corazón a punto de descarrilar, validaba su billete intentando y no siempre consiguiendo que no se me notase el temblor en las manos cada vez que ella me acercaba las suyas.

¿Saben como se prepara uno para afrontar algo así? De ninguna manera. Esa es, precisamente, la gracia de la vida. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Nacionalcansinismo


El nacionalismo me produce repelús. Siempre he sentido una aversión instintiva e instantánea por todo esa ensalada de banderas, himnos, coros, danzas y rituales patrióticos que tanto conmueven al común de los mortales y que no ignoro que los señores de todas las épocas han utilizado como señuelo para enviar a la plebe a agonizar en trincheras llenas de mierda al servicio de causas que, con contadas excepciones, nunca han tenido nada que ver con la vida cotidiana del pueblo.

Supongo que esa repulsión debe ser una derivada de mi poco disimulada y -a lo que  parece incurable- asocialidad, que me hace recelar de forma instintiva de todo tipo de colectivos que agrupen a más de cinco personas y en general de todos aquellos sujetos que necesiten ponerse camisetas de colores para reconocerse unos a otros, aunque se trate de inocentes aficionados a la papiroflexia o de pertinaces recolectores de arándanos.

Por eso me disgustan las olimpiadas. Porque bajo la retórica de la fraternidad internacional lo que se esconde es una exaltación vergonzosa de los más bajos sentimientos nacionales, que queda de manifiesto, sin ir más lejos, en las sonrojantes informaciones de los telediarios, que se dedican únicamente a reseñar las contadísimas hazañas de los héroes patrios y que dejan en un segundo plano todo lo demás.

Soy del Barcelona (ya lo he contado más de una vez, para llevarle la contraria a mi padre, que era del Madrid). Pero nunca he tenido una camiseta del barsa ni una bandera ni un pin ni nada de nada. Fui, hace ya muchos años, unas cuantas veces al campo porque los porteros del barrio de Pedralbes en el que trabajaba de cartero me prestaban las tarjetas de socio de los señoritos del barrio, que estaban muy ocupados estudiando en el extranjero, y de esas visitas lo único que saqué en claro fue que asistir a los espectáculos deportivos en directo no era lo mío porque la emoción del evento no compensa el manantial de tonterías que hay que soportar cuando se está en una grada rodeado de palurdos y enfermos mentales con la que no iría ni a recoger oro a puñados. 

Como esto del nacionalismo es una enfermedad contagiosa de la que no se salva nadie para la Televisión Española los medallistas nacidos por estos lares son españoles, para TV3 catalanes, baleares o castellanos (lo que sea menos españoles) y supongo que para la televisión local de Mallorca Nadal será mallorquín y para Radio Manacor, Manacorí. Sólo falta el presidente de la comunidad de vecinos reclamando para si su porción del éxito y proponiendo una derrama para la celebración. Una cosa agotadora y patética a partes iguales.

PD. A mi me encanta Mo Farad, el ganador de los 5.000 y los 10.000 metros, un muchacho más negro que la noche más oscura, que pesa menos que una loncha de jamón ibérico, que nació en Somalia y emigró de niño al Reino Unido y que ahora corre como ciudadano británico aplicando el principio de que cada uno debería ser de donde le de la real gana. Un individuo que se desplaza casi sin pisar el suelo, como si flotara, tan rápido que cada vez que le veo, a mi, que no corro ni aunque me persiga un oso con depravados instintos sexuales, se me agita la respiración y tengo que ir a la nevera a beber algo porque me entra sed. Y me gusta Nadal, que es un luchador de primera, pero no me dio pena que perdiera con Del Potro, porque es un argentino grandote que me cae bien, porque casi siempre anda medio lesionado y porque tiene más clase en su brazo derecho que toda la junta directiva del Partido Popular en pleno.



sábado, 13 de agosto de 2016

A ver si con un poco de suerte...



Este fin de semana me gustaría que pasaran dos cosas. La primera de ellas es que Rafael Nadal, a quien admiro todo lo que un hombre puede admirar a otro hombre sin dejar de ser heterosexual, ganara una medalla de oro en las olimpiadas de Brasil, aunque fuera de petanca rítmica o de navegación sobre desechos fluviales. No conozco a nadie que se lo merezca más. La segunda es que Donald Trump se muriera por sus propios medios, a ser posible de un infarto fulminante o de un aneurisma con explosiones y luces de colores. ¿Por qué? Por la misma razón: porque no conozco a nadie que se lo merezca más.

Ya se que está muy feo eso de desear la muerte del prójimo. Pero he de confesar -sin ningún rubor, para que les voy a engañar- que desprecio desde lo más profundo de mis adentros todo lo que representa ese siniestro ser de color naranja. Su machismo, su brutalidad protofascistoide, su banalidad intelectual, su inmunda retórica, su racismo y sus promesas muros imposibles y otras imbecilidades con las que trata de seducir al segmento del electorado más cerril y/o más desesperado por los rescoldos de una crisis económica que se resiste a abandonarnos. Que me da mucho asco, vamos. 

Una crisis economica que -ya es hora de que alguien se atreva a decirlo y mucho me temo que voy a tener que ser yo- no es tal, porque no se trata, como muchos creen, de un episodio puntual ni de una situación pasajera, sino algo que de una forma u otra ha venido para quedarse y que tiene que ver con el hecho indiscutible de que el primer mundo (Estados Unidos y casi toda Europa, con la excepción de Alemania y poco más) ya no fabrica, sólo consume y ese sector servicios que ahora nos da de comer, por mucho que en Mallorca estos días se apilen dos millones y pico de rosados aspirantes a melanoma, nunca será capaz de ofrecer los sueldos que antaño se obtenían en las humeantes industrias y en los oscuros talleres. 

Las crisis embriagan al electorado con la psicotrópica añoranza de un tiempo pasado en el que las cosas (sea verdad o no) eran de otra forma. Por eso Trump, como buen vendedor de humo, promete que bajo su mandato " Estados Unidos volverá a ser lo que fue": los ancianos abandonarán las residencias y se matricularán en el campeonato nacional de lucha libre, John Ford se levantará de la tumba y volverá a rodar uno de sus westerns desolados, los mejicanos regresarán a sus apacibles residencias en Sinaloa o Michoacán y los chinos trasladarán sus factorías a Detroit para aprovechar los solares vacíos. 

Naturalmente Trump sabe que nada de eso va a suceder. Pero también sabe que no necesita que ocurra: basta con que los votantes -a menudo tan volubles y tan propensos al cretinismo-se dejen engatusar por su ruidosa palabrería. Cuenta para ello, además, con la inestimable colaboración de Hillary Clinton, cuyas forzadas e histriónicas sonrisas producen la misma empatía entre sus simpatizantes que los gritos de un gorrino durante la matanza. Que alguien le diga que deje de hacer eso, por favor.

Huelga decir que Hillary está infinitamente más preparada que Trump (cosa que tiene un mérito relativo, porque la mayor parte de los gatos domésticos también lo están) pero hay que reconocer, de igual forma, que carece del magnetismo que derrochaban su marido, Bill Clinton (el muy gañán también derrochaba otras cosas, pero hay que reconocer que siempre ha parecido un tío encantador) y, por supuesto, Barack Obama, que cuando se baja del Air Force One parece que se desliza al compás de una melodía compuesta para la ocasión por Henry Mancini. 

Más o menos como nuestro Rajoy y su epiléptico y desmadejado "andar deprisa" que resulta tan horrible para la vista que en un futuro no muy lejano es muy posible que las madres apremien a sus hijos con la amenaza de que si no se comen toda la lechuga vendrá el señor Rajoy y les andará rápido.

PD. Rafa Nadal acaba de ganar una medalla de oro en dobles. Vamos, Rafa!



viernes, 12 de agosto de 2016

Hay que ser torero, poner el alma en el ruedo


A veces escucho decir por ahí que los más importante de una pareja es “la comunicación”. Al oir pavadas como esa, tan características de los libros de autoayuda, los programas de radio nocturnos y las conversaciones de grupos de lectura integrados por señoras mayores, como no soy una persona con inclinaciones violentas, no puedo liarme a bofetadas como acaso sería menester para poner un poco de orden en tanta cabeza hueca y mal amueblada y, por otra parte, como soy ateo, tampoco puedo tirar de resignación cristiana para sobrellevar el mal trago, así que no me queda más remedio que utilizar este blog para esbozar una explicación que a estas alturas no debería ser necesaria pero que, visto lo visto, parece que sí lo es.

Comenzaré con un ejemplo: Manolo Escobar, tres meses después de conocer a la alemana Anita Marx en una sala de fiestas en Platja d'Aro se casó con ella en la Iglesia de San Michael de Colonia (Alemania) el día 10 de diciembre de 1959 sin hablar ninguno de los dos ni una palabra del idioma de su cónyuge. Dadas las circunstancias huelga decir que no parece probable que por aquella época se comunicaran demasiado –al menos verbalmente- y, sin embargo, estuvieron juntos durante más de cincuenta años, que, en los tiempos que corren, es una extensión de tiempo que casi mete miedo.

¿Qué quiero decir? Quiero decir que la base del amor no es la comunicación, ni la confianza, ni la sinceridad ni la paciencia. Todas esas son virtudes inespecíficas que lo mismo se pueden predicar de una pareja de la guardia civil, de un cura párroco con sus feligreses o de un imputado por malversación de caudales públicos con su abogado. El amor (duele casi físicamente tener que explicarlo) tiene que ver con algo intangible que está mucho más allá de todos esos lugares comunes, algo que o se siente o no se siente y punto pelota. El que lo ha sentido sabe a qué me refiero. Y el que no, con toda sinceridad, quizás debería ir rediseñando su destartalado orden de prioridades.

Para que la cosa prospere –si es que ha de prosperar, porque la perdurabilidad tampoco es un atributo necesario de las relaciones amorosas, que pueden ser efímeras y no por ello menos memorables- hace falta (cierta) dosis de compañerismo, comunicación, flexibilidad, educación, tolerancia, suerte, cariño, respeto, empatía y dos o trescientas minucias más. Pero todo eso, siendo parte de la relación amorosa, no es la esencia de la relación amorosa, sino algo que la acompaña y la complementa como las patatas y los pimientos al pollo asado de los domingos.

Vivimos en una sociedad que aspira a ser racional y razonable (aunque estamos muy lejos de conseguirlo en todos los órdenes de la vida, como demuestran, por ejemplo, las alarmantes estadísticas de mujeres asesinadas por sus parejas). Pero el amor, por su propia naturaleza, queda fuera de los límites del raciocinio, transgrede los principios de la física y se rige por sus propias y  misteriosas leyes, esas que hacen que no nos enamoremos de Juan, chico ideal, guapo, amable y educado y que en cambio nos volvamos locas por las hirsutas patillas del hijo de la grandísima puta de Pedro, del que no se puede esperar nada bueno ni cuando duerme bajo los efectos de una de sus habituales intoxicaciones etílicas. 

Aceptar que esa dimensión irracional forma parte de nuestra vida atenta contra nuestra ilusión de control y por eso nos gusta pensar que nuestra relación de pareja se basa en lugares comunes, en dóciles magnitudes observables y verificables como la comunicación o la confianza. Pero no es así. No ha sido nunca así. Y mientras el amor exista, no será así jamás. Por eso el amor será siempre una aventura de la que a veces se sale por la puerta grande en medio de una gran ovación y otras con un revolcón y una cornada de dos trayectorias que pasa rozando la arteria femoral y que no acaba con nosotros de puro milagro. 

PD. Ahora entienden mejor a que se refiera la canción de Chayanne, verdad? Acaso creían que versaba sobre la tauromaquía? Si es que tengo que explicarlo todo...


miércoles, 27 de julio de 2016

Cuidado



Brandy Clark escribe canciones -como esta y cómo todas las de su último álbum, Big day in a small town- que además de ser formidables llevan dentro suficiente dinamita, estricnina y ácido sulfúrico como para poner patas arriba y hacer saltar por los aires la apacible existencia de sábado por la tarde de cualquier ciudad de mediano tamaño. 

Escucharlas debería tener dos rombos, bandera roja de playa con marejada y advertencias de cuidado con el perro y aún así estoy casi seguro de que todas esas precauciones servirían de muy poco, porque hay viajes de los que no se regresa, destinos que no conocen camino de vuelta y canciones que, como la vida, son verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y que, precisamente por eso, una vez escuchadas no tienen marcha atrás, consuelo ni redención. 

PD. Una vez más se demuestra que cualquier aproximación (del género que sea, musical, literaria o cinematográfica, por poner sólo algunos ejemplos) lo bastante honesta e inteligente a los minúsculos recodos, miserias, vericuetos y sutilezas de la existencia humana tiene siempre una resonancia universal. A lo largo de nuestra vida todos seremos inteligentes, estúpidos, felices y naufragos un numero casi infinito de veces y un día no muy lejano todos lloraremos las mismas lágrimas que justo ahora alguien está a punto de derramar en cualquier esquina de este vasto mundo por razones que, sean las que sean, precisamente por eso, nunca nos serán ajenas. 


martes, 26 de julio de 2016

Teníamos nuestro punto



Todos somos soñadores y pecadores. Caemos y nada más levantarnos, antes incluso de evaluar los daños, nos golpeamos de forma compulsiva la chaqueta y la pernera del pantalón para deshacernos de cualquier rastro de polvo, como si ese sencillo gesto escondiera una extraña forma de expiación y un secreto acto de contricción: te lo juro mamá, no volveré a hacerme daño en las rodillas y así no tendrás que echarme otra vez mercromina en las heridas. Pero volveremos a caer, porque esa es nuestra naturaleza, frágil e imperfecta, llena de taras, de heridas y de abolladuras que permanecen en la costra de nuestra piel y que aunque sanen, de alguna forma, nos acompañarán siempre vayamos donde vayamos. 

Algún día, cuando una civilización de robots liberados de la tiranía de sus antiguos opresores humanos herede la tierra, alguno de ellos -quién sabe si curioso o divertido- examinará las ruinas de nuestras viejas guerras y desastres, escuchará de la mano de una voz perdida en el tiempo el relato de nuestras idas y venidas por la faz de la tierra y, contemplando las imágenes en alta resolución de lo alto y lo lejos que un día llegamos a alzarnos, descubrirá que, pese a nuestro deficiente esqueleto y a nuestra muy vulnerable caja torácica, pese a todo lo mucho que había de manifiestamente mejorable en todos y cada uno de nosotros, éramos criaturas que, a su manera singular, no carecían de cierto encanto.






viernes, 15 de julio de 2016

Luz y oscuridad



Hace un rato un terrorista al servicio del estado islámico ha matado en el paseo marítimo de Niza a un montón de personas que paseaban aprovechando la celebración de la fiesta nacional francesa. Por mucho que se repitan, cuesta acostumbrarse a estas cosas, porque hay algo antinatural y aberrante  en el hecho de que alguien -por la razón que sea- decida conducir un camión con el único propósito de llevarse por delante al mayor número posible de sus semejantes. 

En una escena de la película Sin Perdón, William Munny, el personaje interpretado por Clint Eastwood, reflexionando acerca del asesinato, explica que matar a un hombre es algo despreciable porque cuando matas a alguien no sólo le quitas todo lo que tiene sino también lo que podría llegar a tener. Es así. La muerte volatiliza, en un instante, nuestros sueños, nuestras esperanzas, los besos que habríamos llegado a dar y las caricias que hubiéramos podido recibir, los atardeceres, los días de playa y todo cuanto hay de bueno y hermoso en la vida.

¿Cómo es posible que ocurran cosas así? Por una curiosa capacidad específica del ser humano: la de alienación. Uno no puede convencer a una cabra, a un tigre o a una perdiz de que se comporte de una forma contraria a su naturaleza. Sencillamente son lo que son y no pueden ser nada más. Con el ser humano la cosa se complica: bajo la influencia de ciertas formas de verdad revelada el ser humano es capaz de alterar su percepción de la realidad que le rodea y hasta de redefinir su propia identidad.

La alienación convierte la propia vida y la vida de los demás en instrumental: en algo que se puede sacrificar al servicio de un propósito superior. Lo curioso es que ese fenómeno no se produce sólo -como podría creerse- en sociedades primitivas en las que el brujo de la tribu ordena que ofrezcan sacrificios para contentar a los dioses. Mal que nos pese la cultura y la racionalidad son poco más que una fina capa de barniz que apenas alcanza a cubrir un vasto depósito de irracionalidad y barbarie y por eso, con los estímulos adecuados, una sociedad la mar de civilizada puede trazar un plan racional y sistemático para exterminar a sus conciudadanos de raza judía, contemplar con una sombría indiferencia como aquellos que no comparten su fe en la patria vasca son secuestrados y asesinados o, como ocurre en nuestro tiempo, invocar la palabra divina para asesinar a todo hijo de vecino que no profese la fe musulmana o que no la profese al delirante modo en que unos fanáticos han decidido que ha de hacerse.

Por mucho que cueste aceptarlo estas cosas ocurren, han ocurrido siempre y seguirán ocurriendo aunque nuestra civilización perdure cien mil años más. Podemos tratar de prevenirlas y de reprimirlas, pero siempre estarán ahí, al acecho. Son la cara oscura de nuestra luna, la peor versión de lo que podemos llegar a ser, los demonios que nos asaltan cuando abdicamos de la libertad, la verdad y la belleza en favor de dioses, patrias, sistemas políticos y otras radiantes vacuidades al amparo de las cuales se resguarda, siempre paciente, siempre incansable, el antiquísimo aliento de la muerte. 

Aunque en noches como la de hoy cueste creerlo, si alguno de ustedes me lo pregunta, les diré que, como dijo una vez el convaleciente detective Rust Cohle, aunque las estrellas ocupen sólo una fracción del cielo nocturno conviene tener en cuenta que una vez, no hace demasiado tiempo, en ese cielo había sólo oscuridad así que -muy despacio y con incontables traspiés- la luz le está ganando la batalla a la oscuridad. 

PD. Lo creo de verdad y además creo que es bueno aferrarse a esa elegante esperanza.

martes, 12 de julio de 2016

Se nos mean en la cara

Una de las mayores excentricidades de la política española consiste en que la mentira no sólo no parece acarrear sanción alguna por parte del electorado, sino que, lejos de eso, está tan interiorizada y asumida por todos como parte del paisaje que uno puede salir en Televisión, contar una trola descomunal y quedarse como si tal cosa.

Les pondré un ejemplo que me parece fascinante. Durante un reciente debate electoral en Televisión Española Pablo Casado, a la sazón joven promesa del Partido Popular, mostró sin rubor ni asomo de vergüenza el siguiente gráfico:

Aquí falla algo

Cualquiera con medio dedo de frente se dará cuenta de que se trata de una grotesca manipulación que no requiere mayor análisis: los números no cuadran ni por casualidad y por si eso fuera poco -que no lo es- el diseño del gráfico en si mismo resulta abominable, porque los 180 mil millones de 2011 ocupan (así a ojo) la séptima parte que los 187 mil de 2016 y huelga aclarar que 180 mil multiplicados por siete no son 187 mil. Y todo eso lo noto hasta yo, que soy más de letras que Alonso Quijano.

El gráfico en cuestión debería ser así (descontando y sin descontar la inflación): 


Igualito que el anterior, vamos

Lo que me asombra y me descorazona a partes iguales no es la mentira en si misma (que quizás se debe a que el que hace los gráficos en el PP era el mismo que antes les llevaba la contabilidad). Y tampoco el hecho de que se trate de una mentira soez percutida en la cara de todos los televidentes, a los que resulta obvio que los diseñadores de la gráfica y, mucho me temo que buena parte de la casta política en su conjunto, consideran imbéciles. Lo que me fascina es que una vez descubierto el embuste Pablo Casado ni siquiera se sintió obligado a disculparse. En lugar de eso se limitó a... no hacer nada y a proseguir su actividad política como si tal cosa. Y ahí le tienen haciéndose el graciosete y el modernillo por todos los telediarios y fiestas de pueblo, como si acabara de inventar la penicilina o de enunciar la tercera ley de la termodinámica. 

¿Por qué ocurre algo así y nadie se solivianta? Intuyo que hay varias razones. La primera es que a los españoles los hechos, ya va siendo hora de reconocerlo, nos sudan la polla. Nosotros somos de opinar y de opinar mucho, sobre cualquier cosa y bien fuerte, a ser posible a voz en grito y dando golpes en algún objeto sólido que ande por ahí a mano. Si nuestra opinión no se acompasa con la realidad que se joda la realidad. Si toda la evidencia indica, por ejemplo, que nuestro sistema educativo en vez de converger con el de Finlandia va camino de empatar con el de Burundi aquí nadie se inquieta lo más mínimo. Será que nos tienen manía, como en Eurovisión, porque es sabido que somos los mejores. Y que en España se vive como en ninguna parte. O no?

A esa desafección por el empirismo -que es causa de muchos de los males que nos aquejan, porque no se puede mejorar nada que no se conoce y el conocimiento se construye con información y esta se elabora procesando datos- se suman otros problemas. Para empezar somos un país de pícaros y los pícaros se perdonan las mentiras unos a otros porque se saben tan mentirosos como el que está al otro lado de la pantalla, así que que éste trate de colarles una trola les parece lo más natural del mundo. Por eso no se castiga electoralmente la corrupción, porque lo que el español medio piensa al respecto (en el fondo) es, ay!, quien pudiera... quién se viera en una igual...

Con esta mentalidad la política se convierte en un teatrillo de sombras e imposturas, en una milonga arrabalaria de escorzos, fintas, requiebros y engaños, en un mercado persa de baratijas, indemnizaciones simuladas en diferido y sobres que van y que vienen en el que nada es verdad ni mentira y todo es del color del cristal político con el que se mira. Que pillan a uno robando: si es de los míos, hay que respetar la presunción de inocencia, si es de los otros hay que asumir responsabilidades de forma inmediata. Que hay que evaluar cualquier propuesta: al amigo todo, al enemigo nada. Puro subjetivismo: siempre quién y nunca qué. 

Por eso no avanzamos: porque no vamos hacia ninguna parte, porque no hay ideas sólo táctica cutre, oportunismo y filibusterismo. Nada más. 


El muchacho apunta condiciones, a este paso -como poco- llegará a Tesorero del PP