viernes, 22 de septiembre de 2017

Mentiras e independentismo (valga la redundancia)

Lo que hay que soportar

La historia nos recuerda que con inusitada frecuencia los ciudadanos tienden a adoptar como ciertas ideas absurdas, carentes de lógica y/o manifiestamente aberrantes que, en su peor versión, han acabado en quema de brujas, expulsión de infieles o ataviando con estrellas amarillas a los enemigos del régimen antes de someterlos a una dieta de gas venenoso. La estupidez humana no tiene límites.

El mecanismo que hace que estas cosas ocurran es bien conocido por la psicología social y no tiene nada de mágico: los seres humanos tienen una primitiva conciencia gregaria y son propensos a la superchería. La combinación de ambos factores resulta, con frecuencia, letal.

Así, sin más, se explica el fenómeno del independentismo catalán. Los independentistas son personas que aceptan como ciertas algunas ideas que carecen de cualquier base en el mundo real pero que ellos, manifestación tras manifestación, con las caritas pintadas de amarillo y sus esteladas al hombro, ratifican en la apacible y ovejuna conformidad que produce rodearse de gente que piensa exactamente lo mismo que uno. Les pondré algunos ejemplos: 

- El derecho de autodeterminación de Cataluña es una ficción que ningún experto en derecho internacional defiende: aquí no hay potencia colonial ni minoría étnica oprimida (salvo que se considere como tal a la Guardia Civil). Por cierto, no considero experto en derecho internacional a un presunto delincuente sexual que vive asilado en una embajada para escapar de la justicia. 

- No es cierto que se persiga a nadie por convocar un referéndum. Se persigue a quienes violan las leyes y las resoluciones judiciales, como en cualquier nación en la que impere el estado de derecho. El ordenamiento legal de algunos países (como en los casos de Escocia o Quebec) permite un referéndum de secesión, pero ese no es el caso de España, como tampoco lo es de Francia o Alemania. Y son naciones tan democráticas como cualquier otra. Lo que los partidarios de la secesión deben hacer es promover la reforma constitucional (cosa que están perfectamente legitimados para hacer), no saltarse las leyes que no les gustan porque son muy majos y muy partidarios de la democracia, entendida como hacer lo que me salga del refajo.

- No es cierto que votar sea sinónimo de democracia. En las dictaduras se vota y mucho. Lo que define a un estado de derecho es que las leyes se aprueban a través de procedimientos democráticos y se modifican a través de procedimientos reglados. En este sentido la antítesis de la democracia sería lo que ocurrió hace unos días en el parlamento catalán, en el que un instante volaron por los aires todos los controles que estorbaban (aunque esos controles derivaran de las propias normas emanadas del parlamento catalán).

- No es cierto que el independentismo nazca de un agravio financiero o de un déficit de competencias. Cataluña goza de un régimen de autogobierno muy elevado y los males de su sistema de financiación -si los hubiere- son culpa de los herederos de Convergencia, que han pactado ese sistema con el PP y el PSOE a cambio de su apoyo parlamentario siempre que han tenido ocasión de hacerlo (y con el sistema electoral español eso ha ocurrido muchas veces). El independentismo es una forma de fe cuasireligiosa que adopta pretextos racionales (España nos roba) pero que, en el fondo, se comporta como un virus que cambia de forma y de argumento para adaptarse a su propósito final: conseguir la independencia a cualquier precio. A cualquier precio.

-  Si el independentismo no nace de un agravio tampoco se puede arreglar con prebendas. De hecho, las prebendas, las concesiones y el constante apartarse del Estado para no hacer ruido y no molestar son lo que nos han traído hasta aquí. Ese abandono era tal que ahora que, obligado y casi a rastras, el gobierno de España ha tenido que dar señales de vida los independentistas se sienten agraviadísimos porque habían llegado a asumir que, llegado el momento, el estado español se disolvería en silencio y sin protestar como una nube de verano. Y si se defiende es porque... es un estado antidemocrático, claro. Si el estado no me deja hacer lo que me da la gana es un estado opresor.

Los independentistas no son locos. Y tampoco son idiotas. Son creyentes: personas -en muchos casos inteligentes, solidarias y estupendas en otros ámbitos de su vida- que, a través de procedimientos elementales de ósmosis social e inducción ambiental (familiar, laboral) han llegado a asumir como eje rector de su vida un ideario alucinante y alucinógeno al servicio del cual disponen todas sus energías y que por privarles les priva hasta de la vergüenza ajena y que por eso no sienten ningún reparo en pintarse la cara de colores o en ataviar al perro como si fuera un sindicalista. Todo esfuerzo es poco al servicio de la causa.

No se convence a los creyentes con argumentos. Tampoco con ofertas y rebajas. Hay que conseguir que asuman que no pueden saltarse las leyes a la torera. Y explicarles que aunque su independentismo es legítimo sus argumentos son falaces y que ni la razón ni la democracia pueden estar del lado de la mentira. No resulta fácil porque los que no lo somos dedicamos a este asunto una fracción pequeña de nuestras vidas: no nos manifestamos, no compramos pintura de colores, no ponemos la estelada en el árbol de navidad. Asumimos que todo es relativo y que la verdad nunca se esconde detrás de una bandera: ni la española ni la catalana y mucho menos una bandera inventada para la ocasión.

PD. Mención especial para Pablo Iglesias que, consciente de que la crisis se aleja y con ella también la posibilidad de ganar las elecciones, ha llegado a la conclusión de que sólo puede acceder al gobierno por la puerta de atrás, poniéndose al servicio de la causa separatista, echando una mano en la tarea de demoler España, con la oscura esperanza de quedarse para recoger algo de lo que quede después de la implosión. Hay que tener la cabeza muy mal amueblada y severos déficits cognitivos para votar a ese engendro político llamado Podemos y a su séquito de criaturas aberrantes y oportunistas.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Piezas




Me gusta la fotografía porque me recuerda que los momentos intrascendentes importan: una pared de adobe iluminada por un rayo de luz que se filtra entre las tablas de madera del tejado, el reflejo de un rostro en la ventana de un tranvía renqueante, el mar amarillo de una plantación de colza que desafía la línea del horizonte en tierras zamoranas, el viejo portón de una casa que un día se abrió por última vez, el cielo de un mañana cualquiera, casi gris, casi ceniza, el aire de desolación de una habitación vacía o de una fábrica abandonada, el lento fragmentarse de la tarde hasta convertirse en sombra, una caja de cartón que sonríe asomada a la boca de un contenedor o las arrugas de nuestro rostro, conquistadas una a una en miles de naufragios. Mínúsculas indicaciones azarosas en un mapa sin puntos cardinales, piezas de un puzzle que empezamos a intuir que no nos será dado completar. 






miércoles, 6 de septiembre de 2017

De madrugada



Dice mi madre que nací de madrugada y aunque no sé si ese intempestivo debut mío tiene algo que ver o no -vaya usted a saber- el caso es que, si me viera forzado a elegir, de buena gana renunciaría al resplandor de la mañana y a todos sus colores recién pintados que tanto fatigan mis adormiladas retinas, a cambio de quedarme varado en esa incierta hora de la noche que por convención llamamos madrugada; nombre, por otra parte, la mar de estúpido, porque si de algo se trata precisamente es de no madrugar.

La madrugada es territorio de insomnes, prófugos de la justicia, trabajadores a turnos, panaderos y en general, de desdichados y sujetos de mal vivir que de los diez mandamientos pueden recitar como mucho tres, porque a esas alturas la gente de orden –esa que hace que progresen las naciones y que se asegura de que el mundo vaya por el carril por el que tiene que ir sin torcerse ni desviarse- suele tener una de las dos orejas recostadas sobre la almohada y anda muy ocupada roncando antes de que vuelva a sonar el despertador.

Si no estuvieran dormidos me gustaría explicarles que la madrugada tiene la gracia traviesa y el secreto encanto de esos casos perdidos de ojos brillantes por los que resulta tan fácil perder la cabeza; que en medio de la noche se escuchan voces que vienen a susurrarnos desde muy lejos al oído cosas que creíamos bien enterradas y que hasta las canciones flotan en el insomne espacio que va de los sueños a la saudade.

Ahí, en medio de la noche, nada se acaba, se arregla ni se estropea del todo, los secretos más íntimos aguardan el momento preciso del disparo, la humedad dibuja con sus dedos manchas de las paredes, todas las arenas son movedizas y un aire de nostalgia recorre las calles barriéndolas a su antojo, como si la realidad estuviera a punto de desaparecer atormentada por el severo hierro de tanta cotidiana gravedad.

Sin embargo, si se aguarda lo suficiente, ahí, a deshora y en medio de la oscuridad, cuando menos te lo esperas acabas por darte cuenta de que, a pesar de lo que siempre nos dijeron, no hace falta luz para vislumbrar los pequeños detalles de las cosas que importan de verdad.

PD. ¿Ustedes se imaginan escuchando fados a las nueve y media de la mañana? Pues eso. Yo tampoco. Y eso no puede ser buena señal.

PD2. Hay versos que en apenas dos líneas encierran todo un universo:


Está em São Paulo e trabalha em telecom

Já deve ter “doutor” escrito num cartão

lunes, 4 de septiembre de 2017

Con lo que cabe en la palma de la mano



Hay veces en las que otro explica mejor de lo que uno sería capaz de hacerlo aquello que le gustaría explicar. En esos casos lo más honesto es atenerse a la versión original:



Al hacerse mayor a uno le suceden dos cosas. La primera, inevitable, es que la juventud y todo lo bueno que la acompaña -que no se engañen, es mucho- va quedando atrás. Por eso ninguna generación desaprovecha la ocasión de de despotricar de sus jóvenes: porque, en el fondo, a los que ya no lo son, más que ninguna otra cosa, les pesa saber que no tendrán ocasión de volver a serlo y esa desconsoladora evidencia les llena de rabia y la rabia, por supuesto, les empuja a una frustrada y frustrante viejunidad, que es como el lado oscuro de la fuerza pero con muchos reproches y sin estrella de la muerte. 

La segunda cosa, en cambio, sólo acontece si uno no es del todo idiota: en el proceso de hacerse mayor las certezas inquebrantables de la juventud también se van desvaneciendo como la lenta niebla del amanecer. Cuanto más inteligente es una persona más reducido es el caudal de cosas de las que está seguro. A mi edad ninguna de esas certezas consiste ya en triviales generalizaciones como el racismo, el nacionalismo de aquí y de allá, el comunismo o el populismo en sus infinitas y sugerentes modalidades que siempre apelan a lo más bajo de nuestros más bajos instintos. Además, como carezco de vocación de oveja no hallo acomodo ni sosiego en ningún rebaño y tengo la impenitente voluntad de equivocarme por cuenta propia en vez de adoptar por conveniencia o comodidad errores ajenos por mucha unanimidad que sean capaces de suscitar. 

Eliminándolas una a una, hoja a hoja, a estas alturas las únicas cosas de las que no dudo pertenecen al ámbito de lo más esencial, al territorio más íntimo y primario de lo que yo sé que es verdad aunque no tenga forma alguna de explicar por qué lo es: unas cuantas palabras de amor que un día dije o que quizás no llegue a decir, algunos olores que sería capaces de reconocer incluso en mi lecho de muerte, el recuerdo del dolor y la pérdida, el sonido de una guitarra portuguesa, la risa y la caricias, la hora de la siesta, la sensación de libertad, alegría y belleza que acompaña a los mejores momentos de nuestra vida y muy poca cosa más. No es gran cosa pero eso no me asusta: venimos al mundo desnudos, así que no debería asustarnos demasiado la idea de abandonarlo ligeros de equipaje.

PD. En el supermercado Esclat y en la Cooperativa Abacus, amén de en otros muchos sitios, se expende estos días en Cataluña al módico precio de 15 euros un kit de productos independentistas de color amarillo lampante -compuesto por camiseta, mochila y abanico- cuya contemplación me produce una mezcla de dulce conmiseración y vergüenza ajena. Por más viejo que me hago nunca deja de sorprenderme la magnitud de las estupideces que es capaz de acometer el ser humano cuando se deja arrastrar cuesta abajo y sin frenos por el barranco de la idolatría política que, al fin y al cabo, es sólo una subespecie de la fe religiosa que algún día (espero que más pronto que tarde) acabaremos por recordar nada más que como un trágico error de nuestro accidentado proceso evolutivo. 

PD2. La guitarra de Marta Pereira da Costa sí es de verdad, por más que resulte imposible escucharla en la radio o en la televisión y aunque a nadie se le haya ocurrido vender camisetas, mochilas ni abanicos en su honor. 




martes, 22 de agosto de 2017

Teatro



De todas las "artes" la única que nunca me ha convencido es el teatro: allá abajo, en la oscuridad de mi butaca, las caras de los actores, sus gestos, la escenografía, todo, me parecen impostados, exagerados -teatrales en el peor de los sentidos- como aquella memorable escena de Galván (Fernándo Fernan Gómez) en El viaje a ninguna parte, que, en la tesitura de interpretar un pequeño papel en una película, resulta incapaz de "hablar seguidito", prisionero de su histriónico estilo teatral.

Reconocer esto es políticamente incorrecto porque alguien (no sé quién) ha decidido que el teatro es la octava (o la novena o la que sea, porque no llevo la cuenta) maravilla del universo y que se merece toda clase de subvenciones y parabienes. Bien, no lo creo, pero allá cada uno con su dinero (mientras no me toquen el mío claro). Nunca he sido partidario de subvencionar el arte, más que nada porque el arte subvencionado rara vez resulta digerible y acaba siendo un buen ejemplo de como las subvenciones pueden actuar redistribuyendo la renta a la inversa: la clase media que paga impuestos los transfiere por esta vía a gente que tiene mucho más dinero que ella.

Digo lo del teatro a cuento de los recientes atentados en Barcelona. Les supongo informados pero les haré un resumen: unos cuantos palurdos de origen magrebí magnetizados, al parecer, por un imán con antecedentes penales volaron por los aires un chalet en un pueblo de Tarragona cuando preparaban algún tipo de artefacto explosivo. Ante el temor de ser descubiertos de forma inminente, uno de sus compinches se dedicó a atropellar viandantes a la Ramblas aprovechando la falta de previsión de las autoridades (que no consideraron oportuno instalar unos bolardos o macetas disuasorios que, sin embargo, ahora han aparecido como por arte de magia en la mitad de las calles de España). Otros se fueron a Cambrils a acuchillar peatones con tan poca pericia que, por fortuna, fueron ellos los asesinados a tiros, cosa de la que me alegro sobremanera. 

Les diré, otra vez, algo políticamente incorrecto: estas cosas pasan. Y volverán a pasar cada cierto tiempo. No hay nada inverosímil ni digno de estudio en que un grupo de individuos más bien cortitos de entendederas e inadaptados sean adoctrinados por otro no mucho más listo pero si más malvado en el arte de matar al prójimo con cualquier banal pretexto religioso. Ocurre cada día en medio mundo: en Oriente Medio, pero también en muchas ciudades de África y, de cuando en cuando, en alguna gran capital de occidente (en Londres, últimamente casi cada mes). 

Teatralizar el asunto en exceso, darle una cobertura informativa exagerada, desplazar a toda la canallesca prensa rosa a que haga lacrimógenas coberturas en directo del suceso y hacer que sesudos comentaristas que no saben absolutamente nada de terrorismo pero que hablan y hablan sin empacho de lo sucedido como si fueran los inventores de la nitroglicerina... lejos de ayudar mucho me temo que sólo contribuye a dar a los atentados el tipo de difusión que sus instigadores ansían.

Vivimos en una sociedad civilizada, capitalista y hedonista (afortunadamente). Y ahí afuera, pero también aquí adentro, hay bárbaros que sueñan con acabar con ella. Son pocos y no son demasiado inteligentes, pero alquilar una furgoneta para atropellar peatones o acuchillar a turistas que toman el sol en una playa resulta bastante fácil y por eso nos harán daño de vez en cuando. Pero no van conseguir nada, salvo sobresaltarnos al escuchar la noticia en los telediarios. Y no debemos olvidar que se trata de eso: de no concederles el privilegio de modificar nuestras vidas ni nuestra forma de pensar.

La serenidad es mejor que las manifestaciones de repulsa, que las condenas que a fuer de obvias resultan pueriles, que las histriónicas coberturas televisivas y que el empacho de pseudoinformación que ahora nos embriaga en las páginas de la prensa. Escucharemos infinidad de análisis y millones de tonterías pero la única verdad es que es muy probable que algo parecido vuelva a ocurrir algún día. Pero, saben una cosa? Aunque eso suceda nosotros seguiremos adelante, porque la vida no se detiene por muchas bombonas de butano que unos cuantos tarados amontonen para impedirlo y porque, por más que invoquen a su querido ser imaginario y sueñen con un cielo en el que todas las promesas se harán realidad, el viaje de estos partidarios de la infelicidad es un viaje a ninguna parte que, más tarde o más temprano, acaba en un calabozo o, con un poco de suerte, en el fondo de una cuneta con varios orificios de bala en el pecho. 



jueves, 17 de agosto de 2017

Esperanza, luz y oscuridad



Durante las últimas elecciones americanas hubo cierto revuelo cuando Hillary Clinton se refirió a los partidarios de Trump como "basket of deplorables" (creo que la elocuente expresión no requiere traducción). Muchos comentaristas políticos (esos individuos que todo lo saben una vez que ha pasado) le reprocharon que esa afirmación había sido un error y hasta ella misma (que malgastó toda su campaña electoral vacilando y procurando no pisar ningún charco) acabó arrepintiéndose de haberla hecho.

Yo creo que el problema fue distinto: no insistió lo suficiente. Trump ha acreditado a lo largo de este tiempo un registro político que va de la misoginia al racismo sin abandonar nunca la mentira constante y la hipocresía elevada a la máxima potencia. Hay que dejar claro que esto es así y que muchos de sus partidarios son cretinos sin paliativos, indigentes intelectuales de opereta, supremacistas nazis, machistas y fascistas, todos ellos auténticos páramos morales en cuyo cerebro cualquier idea languidece por exceso de toxicidad y falta de riego y, en fin, protoretrasados que albergan la delirante convicción de que el mismo individuo que se hizo millonario declarandose en bancarrota para no pagar a sus acreedores va a dejarse las encías ocupandose de los problemas de una clase media que nunca le ha importado y a la que, si pudiera, no tocaría ni con un palo.

Es cierto que repetirlo una y otra vez no va a hacer que ninguno de esos fervorosos partidarios de Mr. Trump (como dice la lumbrera venezolana) se caiga del caballo, vea la luz y cambie de opinión (más que nada porque nadie convence a nadie de nada y porque los susodichos andan bastante escasos de luces). Pero, precisamente por eso, si partimos de la base de que no te van a votar por muy tibio y/o condescendiente que trates de mostrarte con ellos, tú unica opción pasa por hacer justo lo contrario: dejar muy claro lo que son y el peligro que suponen y convencer al resto de la población de que es preciso hacer frente a esa mesnada de gañanes por tierra, mar y aire.

Ese fue el fallo de Clinton: no fue capaz de hacer ver a su base electoral que en esa encrucijada, aunque ella no fuera la candidata perfecta, aunque careciera del encanto político de Obama y del de Bill Clinton, era una opción infinitamente mejor que el machista orangután inmobiliario que se había hecho con la candidatura republicana aplastando uno a uno a sus competidores a base de promesas irrealizables (cómo va el muro, señor Trump?) y un uso compulsivo del twitter a altas horas de la madrugada. Las elecciones no las ganó Trump, cuyos resultados fueron bastante mediocres: las perdieron los demócratas por meapilas y por tratar de hacer funambulismo político (a ver si con un poco de suerte no molestamos a nadie). 

Siempre que me asolan la melancolía y las ganas de quitarme un zapato y arrojarlo al televisor al vislumbrar la oronda jeta de Trump llenando de inmundicia la pantalla, procuro recordar un viejo discurso que Martin Luther King pronunció unos meses antes de su asesinato y que lleva por título “Hacia donde vamos”. En el decía lo siguiente:

“En ocasiones, nuestros sueños serán destrozados y nuestras esperanzas etéreas quebradas. Cuando nuestros días se vuelvan tristes y nos invada una nube de desesperanza, y cuando nuestras noches se vuelvan más oscuras que mil medianoches, recordemos que hay una fuerza creativa del universo que trabaja para derribar a las enormes montañas del mal, un poder que es capaz de superar cualquier obstáculo y convertir el oscuro pasado en un radiante porvenir. El arco del universo moral es amplio, pero se inclina hacia el lado de la justicia”.

Conservar esa fe y rescatarla de los infinitas tormentas que amenazan con hacerla naufragar es necesario porque hace de cada uno de nosotros personas un poquito mejores, seres humanos que no se arrodillan resignados ante la corriente de injusticia y mentira que a ratos parece anegarlo todo. El optimismo y la verdad perderán mil veces pero volverán a levantarse y, al final, acabarán imponiéndose, porque como una vez dijo el atormentado detective Rust Cohle, aunque no siempre resulte obvio, en realidad la luz le está ganando la batalla a la oscuridad.



miércoles, 16 de agosto de 2017

Cuidadín con la vocación



Mucha gente disfruta aireando a los cuatro vientos que le encanta su trabajo. Siempre que escucho esta loable confesión, una parte de mi se queda uno poco aturdida porque gustar, lo que se dice gustar -del verbo gustar- no hay ningún trabajo que me guste. En cambio otra parte, más pequeña y más rabiosa, siente un poco de envidia porque la verdad es que debe ser estupendo disfrutar con algo que, al fin y al cabo, uno tiene que hacer por narices ocho horas al día cinco días a la semana.

Lo que no soporto de ninguna manera son las exaltaciones de la vocación. A mi me parece estupendo que uno alimente desde niño el íntimo deseo de ser bombero, sexador de pollos, funambulista o funcionario de prisiones. Pero la vocación, como todos los deseos, está construida con un material demasiado volátil como para que me resulte de fiar.

Lo que quiero decir es que, puestos a elegir, me importa un pimiento si mi cirujano cardiaco o el ingeniero que construyó el puente por el que paso cada día tenían o no vocación. Lo que de verdad cuenta es que sean buenos profesionales, porque tengo la certeza de que los que lo son de verdad difícilmente dejan de serlo bajo ninguna circunstancia.

La gente que hace bien su trabajo -con independencia de que le guste o no- es la que hace progresar a la civilización. Hay dos formas de recoger basura: bien o mal. Y dos formas de diseñar los flaps de las alas de un transbordador espacial: bien o mal. Lo que de verdad importa es la profesionalidad: que puestos a hacer tu trabajo, sea cual sea, tengas la determinación de hacerlo siempre lo mejor posible y hasta el final, sin excusas ni atajos, con independencia de que ese trabajo te guste o no. 

Naturalmente llegado este punto alguien replicará: si, pero es mejor que te guste. Claro que si, guapi, sólo faltaba. Pero no está de más recordar que la vocación, por si misma, no garantiza nada de nada. Uno puede tener la vocación de ser piloto de formula uno y carecer de condiciones para serlo. Y, peor aún, uno puede tener la vocación de ser sacerdote o maestro y luego dejar de tenerla, porque en ninguna parte está escrito que la vocación sea como el desodorante ese del anuncio que nunca te abandona (que rima consonante tan cojonuda). 

Y si por desgracia ocurre eso y, como ocurre con mucha frecuencia, la vocación se desgasta por el constante latido de la rutina o porque, simplemente, tu trabajo resultó por ser muy distinto de lo que una vez soñaste que iba a ser, más nos vale rezar para que detrás de esa frágil vocación de transparentes alas de colores haya un buen profesional. 

PD. Otro problema de la vocación es que está muy mal repartida: muchos son los que dicen tenerla de torero, actriz, cantante pop, futbolista y, al parecer, concursante de Gran Hermano. Sin embargo, no es tan habitual que la gente, desde su más tierna infancia, sueñe con acabar sus días laborales como registrador de la Propiedad, operario a turnos en una fábrica de troquelado, matarife, guardian del Norte o embolsador de melocotones de Calanda. Por eso mucho me temo que una sociedad basada únicamente en la vocación sería algo estupendo como concepto, pero tan cansino y jartible como la programación de Tele 5. 


martes, 8 de agosto de 2017

Cosas que brillan







En algún momento de mi infancia el blanco y negro empezó a quedar atrás y las imágenes de todo lo que ocurría a mi alrededor empezaron a reproducirse en color como los canales de la nueva televisión que aún tardaría unos años en llegar y además ya no se trataba sólo de mamá y de papá y de la abuela emitiendo sonidos incomprensibles y peleándose entre ellos como tenían por costumbre, sino de miles de cosas asombrosas que brillaban por todas partes como peces de colores que juegan con su panza plateada a un centímetro de la superficie del agua.

Una mañana en la que la lluvia me golpeaba la cara como minúsculas astillas de madera te conocí. Bajabas del autobús a cámara lenta como si fueras a recoger un premio a la mejor actriz entre los aplausos de un público invisible y yo me quedé mirándote con la mandíbula desencajada, como se mira a las cosas que no parecen de este mundo y esa misma tarde me encontré tratando de garabatear tu nombre con una piedra en el viejo puente del molino, pero algo iba mal porque nada más nacer las letras se ponían en pié, hacían una pequeña reverencia en señal de agradecimiento y echaban a correr por la carretera nacional. 

Para compensar, unos cuantos años más tarde, entrando en Madrid por la M40, me enamoré de las luces de la ciudad a esa hora en la que la noche todavía palidece, porque la forma en que se encienden y se apagan durante una milésima de segundo por efecto de la refracción me recuerda a ti, siempre impredecible, siempre distante, siempre al otro lado de un espacio que no se puede medir en centímetros y que nunca podré atravesar; a ti, que nunca dejarás de brillar de esa forma especial en la que sólo tu sabes hacerlo, pequeña hija de la gran puta imposible. 

lunes, 7 de agosto de 2017

Morirse


Se ha muerto Ángel Nieto y reparo en que últimamente me afecta más la muerte de la gente, como si tuviera la sensación de que, así, de pronto, sin venir a cuento, todo el mundo que por una razón u otra me importa o simplemente me cae bien (Ángel Nieto era de los segundos) ha empezado a pagar la cuota de socio en el gimnasio de morirse y por eso las bajas se suceden aquí y allá como en aquella insoportable escena del desembarco en las playas de Normandía de Salvar al Soldado Ryan en la que, lo confieso, llegué a ponerme a cubierto durante la proyección para no ser alcanzado por una bala perdida, concepto -el de bala perdida-, que si lo piensan, resulta un poco absurdo, porque la mayor parte de las balas que se disparan durante una guerra van y vienen a bulto y a talegón, o sea, a la buena de dios, porque ya me dirán ustedes a mi si bajo una lluvia de abrumador fuego enemigo uno está para ponerse a apuntar a alguien en particular con la esperanza de que sea tu cuñado o la escandalosa y poco recatada vecina del piso de arriba y exponerse a que, entre que apuntas y no apuntas, con lo que molesta el sol en la cara y lo que desconciertan los fragmentos de metralla de los bombazos que caen por aquí y por allá, un francotirador te acribille a ti aprovechando que tienes el melón a la intemperie, porque eso si, los francotiradores son harina de otro costal, gente tranquila y premeditada, que antes de disparar cierran el ojo izquierdo (yo cierro el derecho, porque por esas cosas del destino soy zurdo sólo para disparar), te apuntan con una mirada que es más fría que una noche de finales de diciembre en Invernalia y, a poco que te descuides, dejan tus sesos desparramados sobre el asfalto como si fueras uno de esos mosquitos que se estampan en silencio contra los parabrisas de los coches y a los que nadie llora ni rinde homenajes porque no tuvieron la fortuna de ganar trece campeonatos del mundo de motociclismo ni ser el taimado y oportunista progenitor de un jugador brasileño cuyas habilidades balompédicas han rescatado a toda la familia de la indigencia y muy probablemente del tráfico de estupefacientes, pero que morir se mueren y se morirán igual, porque la muerte es eso, el igualatorio final que a todos alcanza sin rangos, jerarquías ni distinciones, ni posibilidad de redención final, por mucho que esa vieja canción de Johny Cash sostenga lo contrario:

There's a man goin' 'round takin' names
And he decides who to free and who to blame
Everybody won't be treated all the same


PD. Que grande eras Ángel, que grande. 

martes, 1 de agosto de 2017

Arena



No somos más que tiempo que se agota, una fina capa de arena de reloj que se desliza segundo a segundo por un agujero mientras patalea sin entender qué es lo que ocurre y tratando de engañarse un poco, lo justo para poder mirarse al espejo sin tener que vomitar la tostada del desayuno encima de nuestros propios zapatos.

Esta noche me acuerdo de algunos seres queridos que ya no están. Y me da miedo, un miedo atronador, que algún día alguna de las personas a las que quiero tampoco estén conmigo. Puede que, como dicen las canciones y los poemas, haya cosas más grandes que la vida, pero a riesgo de parecer prosaico y materialista,  no me importa confesar que tengo la impresión de que, a pesar de todos los pesares, no es del todo mal negocio estar vivo y sentir el sol y la brisa del viento en la cara.

No temo a la muerte. Se que ocurrirá, pero nunca me ha inquietado la perspectiva de que me sobrevenga mañana o dentro de treinta años, como si en este asunto viviera al amparo de una especie de inconsciencia protectora. No me asustan las funerarias ni los cementerios como a tantas personas que en el fondo parecen compartir la curiosa creencia de que la muerte es una especie de enfermedad contagiosa que puede prevenirse guardando una distancia prudencial con las hileras de cipreses y los ataúdes con asas de latón.

Un día la arena que tengo en el pecho dejará de caer y el universo seguirá girando o expandiéndose o lo que quiera que haga como si tal cosa. Ocurre todos los días miles de veces y la rueda sigue girando. Pero nadie puede reemplazarnos en el corazón de las personas que nos quieren de verdad y eso, se mire como se mire, es la parte más jodida de ir haciéndose mayor, porque por mucho que tratemos de pasar página y de arrancarnos el aguijón, el veneno que se nos clava con cada una de esas ausencias se queda ahí dentro y una noche cualquiera, una noche como esta misma, la herida acaba abriéndose como una flor tropical para recordarnos que las peores cosas de la vida son las que no tienen remedio. 

sábado, 22 de julio de 2017

Pongamos que hablo de Madrid



Hay canciones que, además de ser hermosas, suenan a verdad, como si uno las hubiera atravesado en carne y hueso de parte a parte y en el curso de ese viaje algo de ellas se hubiera quedado prendido en uno de esos escondrijos del alma que recelan de la luz del día y que sólo se asoman al exterior a esas horas en las que cualquier persona sensata y con una vida ordenada ya lleva un buen rato roncando. 

Esta canción ("Buena chica") me gusta por muchas razones. Porque hay versos que son poesía esculpida sobre una plancha de acero con un martillo de fuego ("su casa bordeando la autopista hizo que ella creciera muy deprisa"); porque por esas casualidades de la vida yo también crecí en una casa plantada a cincuenta centímetros de una carretera nacional que amenazaba con caerse cada vez que un camión pasaba a toda velocidad a metro y medio del salón; porque los Secretos tienen la capacidad de emocionarme y devolverme a aquellos años remotos (ay) en los que yo también tenía toda la vida por delante y, también, porque en sus canciones resuena Madrid, la ciudad en la que me han ocurrido un montón de cosas que han cambiado mi vida, la ciudad en la que me hice mayor y en la que siempre me siento pequeño y el único lugar del mundo en el que nadie es del todo extranjero.

Madrid, la ciudad de los Ministerios monumentales, de los taxistas quejicas y trapalleros que siempre parecen contrariados y de los funcionarios que cobran productividad por trabajar un rato por las tardes y desayunan profusamente para no desmentir el tópico; la ciudad de los mil Corte Ingleses y de millones de personas que comparten un acento seco como una navaja  barbera y la casa del Real Madrid y sus incontables copas de Europa (ay) que tanto alegraban a mi padre y tantos malos ratos me han hecho pasar a mi. 

Madrid, el pueblo-ciudad de Castilla en el que se cruzan todos los caminos y en el que el mar no se puede concebir. Madrid, el lugar al que nunca dejo de regresar con el asombro de un niño y del que nunca me iré del todo, porque hay algo de esa ciudad improbable, tremebunda y soberbia que un día se quedó agarrado a mi alma, y me observa y me interroga cada día desde el espejo.

PD. Hace un mes vi actuar a los Secretos en Benavente (uno de mis lugares favoritos del mundo). Escuchando sus canciones me vino a la memoria Enrique Urquijo, que murió una noche de noviembre del año 99 en un lóbrego portal de la calle Espíritu Santo de Malasaña y de Antonio Vega, que lo haría diez años después, a los 51 años, de un cáncer de pulmón y entre canción y canción no pude evitar pensar que la vida parece encontrar un placer entre sádico y morboso en llevarse por delante a las personas más sensibles y que, en cambio, por razones que se me escapan, a menudo resulta terriblemente comprensiva con un montón de indeseables que, más que morirse, ni siquiera deberían haber tenido la oportunidad de nacer. Tengo la certeza de que Dios no existe, pero a veces me gustaría estar equivocado y que anduviera por ahí para tener ocasión de echármelo a la cara y decirle cuatro cositas bien dichas acerca de su nefasta política de selección de personal. 


miércoles, 5 de julio de 2017

Desde la orilla







A veces me gustaría, al menos por un rato, ser capaz de compartir alguna de las causas en las que encuentra refugio gran parte de la humanidad: la religión y sus irritados dioses llenos reproches, mandamientos y amonestaciones; el populismo de izquierdas y de derechas y sus promesas, tan dulces como el sirope de chocolate y tan embriagadoras y decepcionantes como el alcohol de garrafón; el nacionalismo, siempre presto a susurrarte que te mires el ombligo hasta que seas capaz de descubrir qué maravillosa y única esencia te distingue, te separa y te eleva por encima de los seres humanos idénticos a ti que habitan al otro lado de las arbitrarias línea de los mapas. 

Pero no puedo. Tampoco es que lo intente mucho ni con mucha fuerza. De sobra sé que soy incapaz de someterme a los dictados de esas fibrosas generalizaciones y como ya tengo 47 años no me queda más remedio que ir aceptándome como soy. Me gustan los fados, la música country, el reflejo del cielo sobre el mar Egeo, el rape y los huevos fritos con chorizo, los atardeceres en Zamora y tres o cuatro mil cosas más que nunca dejan de asombrarme pero, la verdad, no encuentro ninguna buena razón que me convenza de que ser asturiano, español o portugués sea mejor ni peor que ser malayo, vietnamita o congoleño. De hecho estoy seguro de que hay muchos vietnamitas que me caerían infinitamente mejor que muchos asturianos, porque lo que cuenta es cada persona, en su irreductible y prodigiosa singularidad, que nunca podrá ser dibujada por un pasaporte o por una bandera.

Borges escribió que "El nacionalismo solo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez". Lo mismo puede decirse de la religión y del populismo político (Trump, Le Pen, Pablo Iglesias y sus peculiares secuaces filocomunistas), así que lo único que se me ocurre que puede hacer una persona con un poco de criterio es tratar de no dejarse arrastrar por esa ola de tontería que a ratos amenaza con llevárselo todo por delante.


lunes, 3 de julio de 2017

Idas y venidas



Lo he comprobado y llevaba sin escribir en mi blog desde el 14 de mayo. Mes y medio de ausencia, que tiene que ver con la logística viajera: en este periodo he estado en Milan, Bérgamo, Verona, Vicenza, Venecia, Córdoba, Zamora, Asturias, Leon y Villabrázaro (provincia de Zamora) y con tanto ajetreo y tanta maleta no da tiempo a nada y menos a ponerse a escribir. 

Pero no es sólo eso. Siempre que abandono el blog siento curiosidad por saber si volveré a sentir el impulso de regresar. Hasta ahora esa necesidad ha reaparecido siempre de forma insidiosa: al escuchar una noticia, leer algo o alumbrar alguna idea absurda a la sombra de una higuera me sorprendo pensando... me gustaría escribir sobre eso. Y echo de menos encontrar un rato para hacerlo.

En fin, que estoy de vuelta (aunque todavía me quedan la mitad de las vacaciones). Y que he llevado el coche al taller a pasar la revisión anual y he comprobado que en poco más de cuatro años ha acumulado la bonita cifra de 110.000 kilómetros, lo que así a ojo son casi tres vueltas al mundo siguiendo la línea del ecuador y una morterada de dinero en gasolina.

Quizás llegue un día en que al final de una de esas idas y venidas ya no sienta la necesidad de volver a escribir. Puede ser, no lo sé. Pero tengo la impresión de que todavía tendré que dar alguna vuelta más al mundo antes de que eso ocurra. 


domingo, 14 de mayo de 2017

Un tonto con un palo



Imaginen por un momento al tonto de un pueblo cualquiera. Un tonto estándar y convencional, sin ningún otra particularidad reseñable más allá de la escasa longitud de sus entendederas y cierta impredecibilidad que hace que pase de reírse y repartir abrazos a tratar de morderte sin solución de continuidad. El caso es que el susodicho pasa el tiempo lanzando a canasta un palo de madera desde unos diez metros de distancia. La metodología es simple: arroja el palo con todas sus fuerzas en dirección al aro y acto seguido, corre a recogerlo y vuelve a tirarlo.

Imaginen ahora que uno de ustedes aparece en escena y justo en ese momento... el tonto encesta. Convendrán conmigo que ese suceso es mucho más probable desde el punto de vista estadístico que ganar el premio gordo de la lotería y, sin embargo, casi todos jugamos a la lotería aunque sólo sea por Navidad, así que bien pensado no tiene nada de raro que, muy de cuando en cuando, el tonto anote un triple.

Si ustedes poseen una mentalidad científica (y espero por su bien que así sea) tratarán de encontrar una explicación al fenómeno que acaban de presenciar. Algunos, por ejemplo, llegarán a la conclusión de que se trata de un asunto de mera probabilidad estadística y que lo que ha ocurrido es que, como dicen en mi pueblo, a base de soplar, de vez en cuando suena la flauta. Otros irán más allá: quizás se trate de que el tonto en cuestión tiene mucho tiempo libre y de que, a fuerza de ejercitarse en la disciplina, se ha convertido en un experto en el lanzamiento de palo. 

Por último, otros, arrastrados por el impulso racionalizador, llegarán aún más lejos: quizás el tonto posee una habilidad innata para el lanzamiento de palo, quizás el palo cuenta con las proporciones geométricas idóneas para ser lanzado a larga distancia o acaso las condiciones meteorológicas eran las perfectas para que aconteciera el fenómeno justo en ese instante. Llegados a este punto, las opciones son casi infinitas. 

Lo que quiero decir con este largísimo preámbulo es que racionalizar demasiado es (casi) tan peligroso como no hacerlo en absoluto, porque si uno se pasa de listo corre el riesgo de volver a ser tonto otra vez.  Por eso cuando escucho decir que Trump o la señora Le Pen cuentan con muchos votantes por esta razón o por la de más allá (el desencanto hacia la clase política, las malas condiciones de vida de amplias capas de la población o el racismo) me acuerdo siempre del tonto con el palo y de los peligros de darle demasiadas vueltas a las cosas. 

Trump y Le Pen ganan o están cerca de hacerlo porque hay mucha gente que añora un pasado mejor. Y cuando uno está embargado por la melancolía lo que quiere es ser consolado con un chupete o, un poco más tarde, con la promesa de que haciendo esto o aquello (construyendo un muro o expulsando a los inmigrantes) regresarán los días de vino y rosas y las fábricas de acero de las vastas planicies americanas y las de la Lorena francesa volverán a echar humo como en sus mejores días.

Naturalmente, nada de eso no va a ocurrir. Pero entre una verdad dolorosa y una mentira elocuente envuelta de esperanza mucha gente ha elegido, elige y elegirá la mentira. Está en nuestra naturaleza. 
Por eso cuando vean en la televisión al cretino de Donald Trump o a la sórdida señora Le Pen no dejen que se les ponga mal cuerpo. No le den demasiadas vueltas. Se trata sólo de tontos con un palo. Ocurre de vez en cuando, nada más. 

PD. Hablando de tontos que arrojan objetos me ha venido a la cabeza que una vez, cuando tenía ocho o nueve años, estaba sentado en lo alto del carro de mi abuelo con una piedra de mediano tamaño entre las manos. De pronto, a unos cinco o seis metros, apareció una rata enorme que merodeaba, con aviesas intenciones y un hambre más que evidente, alrededor de la lata de atún reciclada que contenía el pienso de las gallinas. Entonces yo, con mi formidable instinto de cazador y mi infalible visión de miope, lancé la piedra con toda la fuerza que puede hacia lo alto y ésta, describiendo una formidable parábola, aterrizó con total precisión justo sobre... el faro derecho del coche de mi padre, que reventó como si fuera un mazapán relleno de nitroglicerina. Como es natural yo, llegado el momento, negué todo conocimiento del asunto. Por su parte la rata, como es natural, sobrevivió, aunque estoy seguro de que se llevó un susto de muerte.

PD2. Aunque normalmente me importa un pimiento ser malinterpretado, porque no ignoro que cada uno de ustedes -y así es como debe ser, porque, por fortuna, estamos en una democracia y no en una república popular comunista- metabolizan como les da la gana de las cosas que escribo, me gustaría aclarar una cosa. Aceptar la estupidez como explicación no equivale a resignarse. Hay que rastrear la estupidez, subrayarla allí donde se ponga de manifiesto, ponerla al descubierto cuando trate de hacerse pasar por verdad y oponerse a ella siempre que haya ocasión. Pero para hacerlo no es preciso convertir a nuestros enemigos en adalides de causas inexistentes ni dotarles de habilidades de las que carecen: son solo idiotas oportunistas que cultivan el voto de individuos con cierta propensión al autoengaño. Para derrotarlos hacen falta candidatos mejores, mejor organizados e ideas mejores. Pero amargarse no sirve de nada.

PD3. Cuando digo candidatos mejores quiero dejar claro que no me refiero a Pedro Sánchez, por citar un ejemplo. Un ejemplo de candidato, quiero decir, no de tonto con un palo. 


sábado, 13 de mayo de 2017

Esa lengua

R.I.P. Ueli Steck (1976-2017).
A great mountaineer and inspiration for many people.


Hace unos días escribí acerca de la muerte de Ueli Steck. Al correr de los días me sorprendió el tono algo agrio de los comentarios de algunos lectores (hace años que tomé la decisión de no publicarlos para no tener que filtrarlos, procesarlos y contestarlos) que, en esencia y por resumir su argumento, reprochaban a Ueli su "peligrosa" forma de afrontar la vida.

Como creo que ya he abordado ese asunto voy a tratar de no repetirme demasiado. Me gustaría, eso si, añadir una cosa. Créanme que no les engaño si les digo que yo soy una persona bastante inteligente. Y sin embargo,  a lo largo de mi vida y de forma repetida, he cometido la mayor parte de los errores que aparecen en el muestrario de la estupidez humana y unos cuantos de mi propia cosecha que ni siquiera están en los listados y que no son mejores ni menos reprobables que los anteriores.

Digo esto porque antes de juzgar a los demás deberíamos dedicar al menos un minuto a pensar: ¿Qué sabemos de la vida de los demás, de sus anhelos, de sus miedos, de lo que les duele por dentro, del cariño que recibieron y del que esperaron recibir en vano, de las sorpresas hermosas y terribles que la vida les fue deparando o del caudal de inteligencia, determinación, fortaleza o voluntad con el que los genes de sus antepasados les obsequiaron en silencio?

No sabemos nada. Nada de nada. Así que cada vez que afilamos la lengua y la sacamos a pasear para juzgar a los demás de forma demasiado ligera (que es, aproximadamente, el noventa y cinco por ciento de las veces que lo hacemos) lo único que hacemos es dar cuenta de nuestros propios miedos, deseos y frustraciones. Lo que creemos un retrato es, casi siempre, un autorretrato, porque, si se paran a pensarlo, una persona feliz y segura de si misma no tiene ningún motivo para perder el tiempo hablando mal de los demás.

Nadie es perfecto y no todos somos iguales ni tenemos porque serlo (salvo en las Repúblicas Democráticas Populares comunistas, en las que la miseria acaba por igualarlo todo). Las personas como Ueli tienen, en efecto, una forma especial de vivir. Lo que olvidamos es que esa forma de vivir solo resulta viable si tienen también una forma especial de afrontar la posibilidad de la muerte, que en su caso no es algo abstracto sino un riesgo concreto que les aguarda detrás de un solo paso mal dado o de un pedazo de hielo o de roca que se desprende por sorpresa. Yo, que nací con asma, que he tenido mil bronquitis y que no escalo nada que no tenga ascensor, sé cuál era la pasión que Ueli experimentaba porque noto como vibra dentro de mi pecho cuando observo las cimas nevadas e imposibles de esas montañas de ocho mil metros a las que nunca tendré la fortuna de subir.

El ascendía hasta allá arriba porque se lo imponía una fuerza a la que nadie que la experimente en su plenitud y con toda su virulencia es capaz de sustraerse y porque no hay mejores sueños que los sueños que somos capaces de hacer realidad. Y lo hacía exactamente de la forma en que yo hubiera elegido hacerlo si hubiera podido: ligero de equipaje y sin mirar hacia atrás. 

En cierto sentido, menos metafórico de lo que parece, cuando Ueli escalaba la helada pared norte del Eiger en poco más de dos horas también lo hacía por mi y por todos los que anhelamos ese o cualquier otro imposible. 

Gracias Ueli.

PD. Quizás en el fondo sólo pueden entender de verdad a qué me refiero las personas que alguna vez han experimentado, aunque solo sea una vez en su vida, una pasión auténtica. Intuyo, además, que no debe resultar raro que en un mundo repleto de verdades alternativas, conveniencia e hipocresía, muchas no lleguen a hacerlo nunca. Conviene recordar que también por eso se paga un precio, aunque no sea la muerte. Y que ese precio tampoco es barato.



jueves, 11 de mayo de 2017

Un consejo para damiselas nada desvalidas y caballeros desnortados



En la vida no es raro que haya un hiato bastante grande entre lo que esperamos encontrar y lo que la realidad nos acaba deparando. Y cuando aparentemente no es así suele haber gato encerrado y por eso, con cierta probabilidad que no sabría calcular con exactitud porque soy más de letras que Unamuno, pero que intuyo bastante alta, más tarde o más temprano, esa bella muchacha de origen báltico y metálicos ojos azul cobalto a la que un día conociste por Internet y que casi de inmediato, sin preaviso ni nada, te declaró su amor eterno e incondicional, te acabará pidiendo una modesta contribución económica con el encomiable propósito de sufragar la instalación de una modesta (aunque algo costosa) calefacción de hierro fundido en el piso de su abuelita que, según parece, se muere de frío allá por la estepa rusa y por no tener no tiene ni lobo que la caliente. En realidad lo más probable es que la muchacha en cuestión tenga bigote, dos esposas y varios hijos dispersos por alguna república ex soviética de nombre impronunciable y múltiples antecedentes penales, pero, como tampoco es cosa de aniquilar las ilusiones de nadie, por ahora nos olvidaremos de esa inquietante posibilidad.

La tontería no es (sólo) patrimonio masculino. A las chicas también les ocurre (menos, porque los hombres somos, sin duda, los campeones olímpicos en la materia). Y les ocurre, por ejemplo, cuando esperan (y créanme si les digo que, digan lo que digan, muchas lo esperan todavía y lo esperan a todas las edades) que un valeroso caballero de capa plateada y reluciente espada (no me sean mentesucias) acuda a redimirlas de su melancolía. Lo cierto es que los valerosos caballeros andan muy de capa caída (ojo al juego de palabras) y más de una vez adoptan formas poco elocuentes: barrigas cerveceras, calvicies incipientes, ojos saltones y/o miopes, defectos de pronunciación de las consonantes fricativas y otras múltiples taras que por alguna razón nunca aparecen en los cuentos.

¿Cómo saber entonces si esa bella damisela nórdica está o no prendada realmente de nuestros -por otra parte, más que evidentes- encantos? ¿Cómo averiguar si detrás de ese aspirante a cuñado dotado de tan variados, desconcertantes y algo sospechosos saberes late el corazón de un hombre enamorado?

La respuesta es sencilla. En una escena de La La Land la protagonista está sentada cenando con su novio y sus cuñados. De pronto, a través del hilo musical del restaurante comienza a sonar una música que le recuerda a alguien y al compás de esas notas ella apenas alcanza a susurrar un lo siento, antes de salir corriendo, ligera e inasible, como el suave viento de verano de Henry Mancini, para reunirse con la persona a la que ama.

Lo que quiero decir es lo siguiente: la persona que les ama de verdad es la que siente el deseo irrefrenable de correr a su lado y la que encuentra la forma de hacerlo sin excusas, sin vacilaciones, sin tener que pensárselo dos veces, sin consultarlo con su madre, sin esperar a que los niños se hagan mayores ni a que la abuela tenga calefacción, sin, en fin, ninguna de esas excusas que fabricamos cuando no queremos reconocer -por pereza, por inercia o por simple cobardía- que no sentimos lo que deberíamos sentir por la persona a la que decimos querer.

Si de verdad él/ella les quiere hará lo que sea para estar con ustedes. Esa es la verdadera marca del amor: el deseo irrefrenable de estar con la persona amada. Para el que ama de verdad la persona amada no es una posibilidad sino un destino al que de ninguna forma pueden sustraerse. Lo demás es literatura, excusas, paños calientes y afecto de baja graduación que sólo sirve para pasar el rato o consolar la soledad. No es inaceptable y mucho menos reprochable y en muchos casos, además, resultará hasta conveniente por razones que sería muy largo de explicar o que simplemente no tienen explicación. Pero no se engañen a si mismos: sea lo que sea, no es amor. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Hasta siempre Ueli


Ha muerto Ueli Steck. Era alguien a quién no conocía y por el que, sin embargo, profesaba una de esas raras simpatías que no son proporcionales a la distancia y que tampoco se fundamentan en la afinidad, porque es muy posible que no haya en el mundo dos personas más diferentes entre si: él escalaba, con la única ayuda de sus brazos y piernas, paredes heladas de miles de metros de altura y a mi, en cambio, me da vértigo hasta asomarme a lo alto de un taburete para cambiar una bombilla. 

Por lo común nunca sé si una noche voy a escribir o no en mi blog y mucho menos de qué voy a hacerlo. Esta tarde, en cuanto me enteré de la noticia de su fallecimiento, no tuve ninguna duda de que lo haría para darle las gracias, porque para alguien como yo, que no tiene ni tendrá jamás las condiciones físicas y psicológicas necesarias para escalar, ver a Ueli deslizarse por las montañas con su optimismo innato y con esa agilidad de bailarín, era como ver a un pájaro volar, algo que uno sabe que es posible pero que siempre parece desafiar las leyes de la física, algo que te devuelve la fe en las posibilidades del ser humano y que, en fin, te reconcilia con la existencia a pesar de todos sus inconvenientes y avatares. 

Ahora no faltarán esos cretinos con alma de buitre carroñero que, aprovechando la ocasión y antes de que se enfríe el cadáver, asomarán la patita para decir que bueno, que al fin y al cabo él se lo ha buscado porque practicaba un deporte muy peligroso y además lo hacía de una forma que implicaba asumir mucho riesgo. Y es verdad, solo que en realidad... como todas las medias verdades que ahora están tan de moda... es mentira. Lo mejor de nuestra civilización se debe al valor de personas que decidieron asumir riesgos que están fuera del alcance del común de los mortales: personas que levantaron la voz y dijeron que el sol no giraba alrededor de nuestro ombligo, personas que se resistieron a quedarse en la parte del autobús que correspondía a su raza, personas que se inyectaron vacunas a si mismas para demostrar que funcionaban o que se atrevieron a gritar que el tirano estaba desnudo, personas que, siempre, en fin, hicieron algo que era poco recomendable, peligroso o manifiestamente desaconsejable para sus intereses personales y que, sin embargo, a pesar de todo, asumieron el riesgo de hacer lo que pensaban que tenían que hacer y no algo más fácil o más conveniente en su lugar.

A nuestro alrededor, por todas partes, hay sólo dos tipos de personas. Las que encuentran la manera de hacer aquello que quieren hacer, aquello que les demanda su corazón y las que siempre encontrarán una buena excusa para no llegar a intentarlo siquiera. Puede que las primeras perezcan en el intento, pero tengo la certeza de que al menos tendrán el raro privilegio de haber vivido una vida que merece la pena. 

Las segundas escriben elocuentes comentarios en los periódicos en los que exaltan la vida y deploran la actitud de quienes ponen la suya en peligro, pero no se dejen engañar, lo que esos hipócritas no pueden perdonar no es que otros escalen montañas, lo que no soportan, como la zorra que desdeña por demasiado verdes las uvas que no alcanza, es que otros estén vivos de verdad, porque eso les devuelve la imagen especular de la miseria espiritual de su propia existencia y como la certeza de estar muerto en vida genera una enorme cantidad de ácido clorhídrico tienen que verter el excedente sobre alguien, aunque como en este caso se trate del cadáver de una persona excepcional que ha muerto haciendo lo que siempre quiso hacer.

Gracias por dejarme viajar contigo Ueli. Hasta siempre. 


sábado, 29 de abril de 2017

Despedidas



Las estaciones de tren y los aeropuertos nos acercan a otras vidas y un día, también, se las acaban por llevar lejos, muy lejos, al otro mundo, a miles de kilómetros, con océanos, selvas, arrecifes y cordilleras de por medio. Es el destino, que como dice aquella canción de Amaral, nos lleva y nos guía a través de la vida. Cuando eso ocurre, como gaviotas azotadas por el viento, agitamos las alas y tratamos de seguir adelante impulsándonos a través de la corriente. Y es que no hay más remedio que aceptar las cosas como son, incluso aquellas que, si pudieras elegir, preferirías no tener que aceptar de ninguna manera. 

Lo mejor de todo es que ni siquiera la distancia puede cancelar la huella de lo que has vivido ni borrar los instantes de felicidad que llevan grabada a fuego la marca inconfundible que distingue a aquellas cosas que fueron verdad. Si la vida, como dicen por ahí, son instantes celebremos aquellos en los que, contra toda probabilidad, nos sentimos vivos, porque desde el día en que nacemos hasta el día en que dejamos de respirar nada hay que nos acerque más a la eternidad que esos brillantes y fugaces momentos que ni siquiera se pueden explicar con palabras en los que, sin saberlo, la felicidad estaba ahí mismo, al alcance de nuestras manos. 


martes, 18 de abril de 2017

Cosas más viejas que el hambre



Cuando escucho decir que Trump ha inventado eso tan manido de la posverdad más de una vez me sobreviene un acceso de risa y entonces tengo que apretar las piernas para que no se me escape el pipí, porque el que esto suscribe ya va teniendo una edad. Lo bueno es que lo que la edad te quita en contención urinaria te lo devuelve en forma de experiencia y por eso -y porque viene muy al caso- no puedo evitar recordar cierta historia que refiere el Evangelio de San Juan y que el cura de mi pueblo contaba de vez en cuando durante la preparación de mi primera comunión (su repertorio, a diferencia de su mala leche, era más bien pequeño). 

Al parecer, durante el interrogatorio en el palacio del procurador, cuando Pilatos le pregunta si él afirma ser rey, Jesús contesta: “Eres tú quien dice que soy rey. Yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad”. “¿Y qué es la verdad?”, replica Pilatos antes de irse. Ahí tenemos a todo un partidario de la posverdad que ni siquiera era de color naranja. 

Por lo demás Pilatos no sólo era un relativista sino que para quitarse el muerto de encima (en este caso de forma literal) prefirió someter la decisión acerca de la culpabilidad de Jesús de Nazaret al veredicto de… un referéndum popular. Enfrentándolo a Barrabás, la encarnación del mal por antonomasia, creía que quedaba garantizada la libertad de Jesús. Pero la cosa salió mal, porque aunque los independentistas fingen no saberlo, nadie ignora que los referéndums son a la democracia lo mismo que la música militar a la música.

Lo curioso del caso es que si Pilatos, en un ataque de enajenación mental transitoria, en vez de lavarse las manos (frase hecha oficial de la Semana Santa), pone a Jesús en libertad y enchirona al Sanedrín por denuncia falsa…. la lía parda, porque se hubieran acabado las procesiones, los viacrucis, los capirotes, las películas con romanos en falda corta y Jesús no habría tenido más remedio que volver a ejercer como carpintero, así que es probable que lo que hoy conocemos como Iglesia fuera una sucursal algo barroca del Ikea.

La postverdad lleva mucho tiempo de moda. Reflexionar sobre el pasado, analizar los hechos y tratar de descubrir la verdad es una actividad propia de gente negativa. Lo que ahora se lleva es “ser positivo” y “mirar hacia adelante". Si mal no recuerdo fue eso, justo eso, que "había que mirar hacia adelante" y que “lo pasado pasado estaba”, lo que me dijo una vez en la parada del autobús uno de los fachas más significados de mi pueblo (el mismo que en cuanto tuvo ocasión, durante la guerra, se llevó los muebles de mi casa e hizo todo lo posible por fusilar a mi abuelo). 

Al escuchar esas palabras se me vinieron muchas cosas a la cabeza y supongo que hasta podría haber perdonado el asunto del mobiliario, que dada la situación económica de mi familia tampoco debía ser gran cosa, pero considerando que acababa de cumplir diecisiete años, considerando que adoraba a mi abuelo (que, por cierto, era un hombre extraordinario), considerando que por entonces ya sobrepasaba el metro ochenta y considerando, finalmente, que soy hijo de mi señora madre y que por eso cuando me hierve la sangre ríete tú de la de los Alien, no encontré una forma mejor de condensar todos mis pensamientos en uno sólo que escupirle en toda su morada jeta. 

Unos días después se presentó muy solemne a quejarse (lo de solemne me lo contó mi madre, que también le tenía en gran estima). Le recibió mi tío. Ignoro cuál fue el contenido de la conversación, pero esa noche, cuando llegué a casa, mi tío subió a mi habitación, me miró muy serio y me dijo que no volviera a hacer algo así. Luego me abrazó tan fuerte que casi me deja sin respiración. Cuando me soltó se le caían unos lagrimones gordos por las mejillas, pero les juro que no les miento si les digo que no eran de tristeza ni de nada parecido.

Nunca he creído en la postverdad ni en el olvido. Me equivocaré mil veces pero nunca aceptaré que el pensamiento mágico suplante a la realidad, nunca comulgaré con ruedas de molino por mucho que las ruedas de molino estén muy de moda y nunca dejaré que nadie piense por mi por pereza o debilidad, porque no ignoro que, como nos recuerda Timothy Snyder en “Acerca de la Tiranía”:

“Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.


PD. La familia del susodicho facha tuvo durante cuarenta años a un siervo en casa. Uso la palabra siervo por no emplear la palabra esclavo, que es la que realmente hace al caso para definir a alguien que trabaja de sol a sol para sus amos y duerme en el pajar a cambio de manutención hasta el día de su muerte. Supongo que ellos lo habrán olvidado. Pero yo no lo he hecho y no pienso hacerlo.

martes, 11 de abril de 2017

Un hito

Ya lo he dicho alguna vez pero no me importa repetirlo, porque tengo la casi absoluta certeza (expresión, por lo demás, muy habitual y boba a fuer de contradictoria, porque si es casi absoluta no es certeza) de que todo sucederá de la siguiente forma: más pronto que tarde, una mañana gris y cansina de un día que bien podría ser martes, a eso de las once y media o las doce, justo después del desayuno, en una fábrica de galletas, pararrayos y pienso para cerdos situada en un polígono del extrarradio de algún suburbio de una polvorienta ciudad China unos cuantos operarios mezclarán, quién sabe si por desidia, por estupidez o por no tener nada más a mano, unas cuantas sustancias químicas que la naturaleza nunca quiso que durmieran bajo el mismo techo y mucho menos que fueran a parar al fondo del mismo caldero y se producirá una explosión que curvará el espacio tiempo hacia dentro sin dejar fuera ni el dobladillo y en cosa de un instante, en un pum introspectivo que ni siquiera producirá ruido, el mundo tal y como lo conocemos y medio sistema solar con él, se irán a tomar por el culo y todos ustedes y yo mismo no tendremos ni el consuelo de pasar a la historia, porque para que haya historia es menester que quede alguien para contarla y ya les anticipo que ese no será el caso, así que yo de ustedes dejaría de hacerme tanto selfie porque, después de todo, va a ser tontería.

Si un rato antes de la explosión apareciera una civilización alienígena (es curioso, pero si se fijan en las películas los alienígenas andan más bien faltos de modales y de civilización) y me pidiera que, antes de esfumarse, les hiciera llegar algún testimonio que, a modo de memorial, pudiera dar cuenta de hasta donde llegaron los logros de nuestra cultura, no rescataría un poema ni una obra de arte, un episodio histórico, las memorias de ningún sabio, un manual de ingeniería, ni un gol de Leo Messi, sino cualquiera de esos vídeos de no más de tres minutos de Sebastian Achaval y Roxana Suárez que habré visto no menos de tres o cuatro mil veces y que siempre me emocionan como si fuera la primera vez, porque tengo la certeza (esta vez, sí, certeza de la buena) de que hasta esa lejana tripulación de mercenarios alienígenas comprendería al instante hasta donde llegó la marea de nuestro amor, nuestra belleza y nuestra sabiduría y el prodigio inexplicable que representa que, sin ser realmente nada del otro jueves, en nuestros mejores momentos, fuéramos capaces de cosas que, a fuerza de imposibles, ni siquiera parecían de este mundo. 

Y, aunque quizás esto sea subir mucho la apuesta, estoy convencido de que alguno de ellos hasta derramaría una lágrima furtiva en recuerdo de lo que aquellos pobres terrícolas llegaron a ser capaces de hacer antes de saltar por los aires.