miércoles, 22 de noviembre de 2017

Cuatro contrachapaos


Hay por ahí un Youtuber, Oliver Ibañez, que se ve que no ha tenido más remedio que poner en su sitio al astronauta Pedro Duque y le ha dicho que se deje de milongas, que todo el mundo sabe que la tierra es plana e inmóvil porque "así lo indica el método científico y la simple observación". 

Lo gracioso del caso es que el argumento pasa por alto el minúsculo detalle de que Pedro Duque... ha contemplado la Tierra desde el espacio, pero, puestos a fabular a lo mejor no estaba realmente al espacio, sino que -sin sospecharlo siquiera- estaba encerrado en un hangar a las afueras de Móstoles y alguien le ponía delante de la ventanilla de la cápsula espacial una foto de la tierra a tamaño XXL para engañarle, como en aquella película española estrenada el año de mi nacimiento (El Astronauta) en la que unos cuantos manitas hispánicos se confabulan para viajar al espacio y del petardazo subsiguiente acaban haciendo aterrizar (nunca mejor dicho) a Toni Leblanc en el desierto de Almeria. 

Lo deprimente es que Oliver Ibañez tiene 90.000 suscriptores en Youtube y ha publicado un libro en el que defiende su tesis con el clásico argumento conspiranoico: "una élite mundial que gobierna en la sombra ha sumido a la humanidad en la más profunda ignorancia acerca del mundo en que vivimos. A través de la NASA, del sistema educativo y de los medios de comunicación nos han hecho creer que la Tierra es una esfera giratoria que viaja a enormes velocidades por el espacio exterior".

Para sostener semejante magufada Ibañez se apoya en el hecho de que ningún terrícola parece marearse con la rotación (lo que bien podría indicar que los AVE modernos, que apenas se menean, también son de mentira y que en vez de paisaje lo que vemos por las ventanillas son diapositivas); en la evidencia (sic) de que si la tierra rotara saldríamos despedidos como la ropa que se aplasta contra el borde del tambor de la lavadora y, por supuesto, en diversos versículos de la Biblia que dejan bien claro que la tierra es tan plana como los campos de Palencia y que el que no se lo crea es un infiel que merece arder en el infierno por toda la eternidad.

¿Significa esto que hay más bobos que antes? Quiero pensar que no. Así a ojo debe haber los mismos, con la diferencia de que ahora, por primera vez en la historia, los bobos tienen redes sociales a su servicio. Hasta hace cuatro días un cretino estandar podía hacer llegar sus señales, como mucho, al otro lado de la barra de un bar o a sus familiares durante las navidades, bodas, bautizos y comuniones, pero fuera de ahí, en general, la cosa no trascendía. Era una estupidez local, de corto alcance, como de andar por casa. En todos los pueblos había un tonto. Y en todas las familias alguien con vocación de cuñado. Pero el asunto, en general, no daba más de sí. 

Ahora, en cambio, la tontería cruza en un instante de un hemisferio al otro a una velocidad asombrosa. Y como somos casi ocho mil millones de terrícolas, entre tantos candidatos nunca falta alguno con vocación de discípulo y por eso hasta la más estravagante delirancia que uno pueda llegar a concebir cuenta con su propio catálogo de adeptos, corifeos y seguidores dispuestos a defenderla exaltadamente contra viento y marea y, llegado el caso, hasta a dar su vida (y la de los demás, que es lo peor) para hacerla valer. Nuestro universo digital es una selva repleta de verdades reveladas y de luminosos hechos alternativos que ni siquiera nos dejan ver lo que hay dos palmos más allá de nuestros ojos.

PD. En la película hay unas cuantas frases memorables: "Nosotros con mucho menos jaleo ya tendríamos allí (en la luna) una plaza de toros", "Eso se arregla con cuatro contrachapaos, una pecera, un poco de aguarrás, pum y pa arriba", "Yo te hago eso, pongamos, por ocho mil pesetas". El caso es que a mi este tipo de planes meticulosos y detallados, en los que todo resulta facilísimo y nada puede salir mal, porque se han tenido en cuenta hasta los más minúsculos imprevistos, me suenan como si los hubiera escuchado hace poco en alguna parte, pero no sabría decir dónde. 


lunes, 20 de noviembre de 2017

Equipaje











Esta casa 

Esta casa tamién ye la mio casa,
la memoria confiada de les coses que quixi
y rápidu escaecí.
Pocos son los atabales que conmigu viaxen:
llugares tan berves como plumes
y esos otros onde dexé los vezos
prendidos por siempre d’algún llabiu.
Todu eso, palacios d’agua del xardín del deseyu,
todu eso y tu, ye la mio casa.

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Esta casa también es mi casa,
la memoria confiada de las cosas que quise
y rápidamente olvidé.
Pocas son las cosas que viajan conmigo:
lugares tan "breves" como plumas
y esos otros donde dejé los "besos"
prendidos para siempre de algún labio.
Todo eso, palacios de agua del jardín del deseo,
todo eso y tú, es mi casa.

Un formidable poema de mi paisana, Berta Piñán


Ha      Hay un poema de Berta Piñán (Pa otros) que explica a la perfección porqué carezco de bienes inmuebles y porqué tengo la certeza de que al morir dejaré, como mucho, cuatro duros (o cuatro perres, como diría mi abuela) en el banco:         
                                       
"a mi dejadme la sombra difulsa del roble,
la luz de algunos días de otoño, la música callada
de la nieve, su caer incesante en la memoria,
dejadme las cerezas en la boca de cuando era niña, la voz
de los amigos, la voz del río y esta casa, algunos libros,
pocos, mi mano dibujando, despacio, la curvatura
perfecta de tu espalda”.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Que bien me lo paso cuando no pasa nada




Vivimos en un mundo que rinde un culto al fragor de la épica y a sus grandes titulares de usar y tirar: el cambio climático, las sandeces de Trump, las ocurrencias de Puigdemont y sus acólitos, la sequía pertinaz, los largos tentáculos del terrorismo islámico y tantas otros sucesos de alto voltaje (como los tiburones que por lo visto se andan zampando jubilados en Benidorm, imagino que con el patrocinio de la Seguridad Social). 

Yo, en cambio, como buen bicho raro, si estuviera en mi mano, elegiría vivir el resto de mi vida en un mundo en el que la única noticia reseñable fuera que se acerca otra vez el otoño, que el abundante sol ha adelantado la vendimia y que el trigo ya está en sazón, maduro y listo para la cosecha. Eso y Messi correteando por ahí con su pelotita de acá para allá.  

Abomino de las las revoluciones, los desfiles, las revueltas, las manifiestaciones, los descubrimientos de nuevos mundos, las unanimidades, las banderas, los grandes conflictos, las promesas de una vida mejor y de los momentos épicos de la historia, porque como dijo aquel gran poeta asturiano (Ángel González), la historia y las morcillas de mi pueblo tienen dos cosas en común: las dos se hacen con sangre y las dos se repiten. 

La épica me sobresalta y me produce una desconfianza instintiva porque no ignoro que para construir un futuro mejor no hacen falta himnos ni muchedumbres apesebradas sino algo mucho más difícil: ciudadanos activos, críticos, con capacidad de reflexión, no dormidos, no adocenados, emancipados de las cadenas de la religión y el dogmatismo, capaces de razonar y de escuchar al prójimo, que no eludan su responsabilidad y que no sean siervos de nadie. Faltan personas y sobran consignas.

En la vida personal ocurre lo mismo: estamos tan absortos en la febril rutina de ganarnos la vida que a menudo olvidamos que sólo tenemos una oportunidad de vivirla y por eso, para compensar, añoramos los fuegos de artificio, los instantes decisivos, los momentos en los que los senderos del camino se bifurcan y una jugada maestra lo cambia todo para siempre. Pero las cosas rara vez acontecen de esa forma. Lo diré en palabras de Pascal Mercier, que lo explica mucho mejor de lo que yo podría hacerlo: 

"Es un error creer que los momentos decisivos de una vida, en los que un rumbo acostumbrado cambia para siempre, tendrían que ser de un dramatismo escandaloso, socavados por violentos arrebatos interiores. Eso es un cuento de mal gusto que algunos periodistas ebrios, algunos cineastas y escritores adictos a los flashes, en cuyas mentes todo aparece como en un periódico sensacionalista, han puesto en el mundo. En verdad, el dramatismo de una experiencia determinante para la vida es a menudo de una levedad increíble. Está tan poco relacionado con el estruendo, con las llamas o las erupciones volcánicas, que la experiencia, en el instante que la tenemos, es a menudo pasada por alto. Cuando esta despliega su efecto revolucionario y se ocupa de que una vida sea vista bajo una luz nueva y reciba una melodía absolutamente distinta, lo hace de un modo silencioso y en ese maravilloso silencio radica su nobleza particular".

Tren nocturno a Lisboa. Pascal Mercier (seudónimo del filósofo, filólogo y, por supuesto, escritor, Peter Bieri).

Las cosas más importantes de nuestra vida son sobrias, íntimas, sigilosas, ocurren cuando menos te lo esperas, nunca se adornan con oropeles, no precisan de fanfarrias ni bandas sonoras, casi siempre caben en la palma de una mano y a menudo, nos resultan tan imperceptibles como esa brizna de hierba que se acaba de levantar en el aire y en cuyo caprichoso vuelo sin motor ya se anticipa el distante aliento del invierno. 

Por eso, a veces, los sábados por la mañana, escucho Agropopular en la radio. Allí, mientras desayuno, me pongo al día de la cotización de la cebada en las principales lonjas, del precio de la manzana de sidra, de las previsiones de la campaña remolachera en Miranda de Ebro, de los aranceles a las exportaciones de azúcar, de las heladas en la provincia de Salamanca y del inicio de la siega de lavanda en la provincia de Guadalajara. Supongo que no les sorprenderá la razón: en tan agropecuaria compañía, los delirantes y casi siempre deprimentes sucesos de los telediarios me parecen una sombra casi irreal y eso, con la inestimable ayuda de unas cuantas tostadas de pan frito, un poco de mermelada y un café con mucha leche y poco café, me basta para ser feliz durante un buen rato.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Promesas y mentiras


Imagen en exclusiva de las tropas de élite que el pérfido Estado Español estaba
a punto de abatir sobre Cataluña para impedir el despliegue de la República
(al parecer los batallones estaban acuartelados a las fueras de Lleida y
ya se sabe que la rasca que hace aquí resulta fatal para el cutis)


Alguien dijo una vez que la teología es como la filosofía pero con superhéroes. La frase me gusta mucho, así que aprovecho para repetirla aquí aunque no viene a cuento. Y es que hoy quería hablarles, queridos amigos, de la democracia, que, como bien saben, es un sistema inevitable, en tanto que menos malo que cualquiera de sus alternativas y, sin embargo, también imperfecto, no tanto porque los políticos roben (hola Partido Popular, cómo va la destrucción de discos duros a porrazos?) o mientan descaradamente (hola Marta Rovira, cómo van tus hordas de zombies españoles asesinos?), sino porque un porcentaje significativo de la población de Móstoles, Hamburgo, Albany, Estambul y cualquier otra ciudad del mundo que se les ocurra por 25 pesetas tiene, a duras penas, una neurona más que un caballo percherón cuya única función empíricamente observable parece consistir en impedir que la gente ande por ahí cagándose en medio de la calle.

Los políticos no son, lamento decirlo, ni mejores ni peores que el vecino de escalera estándar: ese que no ata la bolsa de basura porque al parecer su religión se lo prohibe, pasea por ahí exhibiendo su pelambrera por los acueductos de su camiseta imperio y estornuda sin taparse las fauces. Son exactamente igual de deprimentes y eso quiere decir, mucho me temo, que lo son bastante. Esto, por supuesto, poca gente se atreve a decirlo, porque si el primer vicio de la democracia tiene que ver con la inmadurez congénita de una buena parte del electorado, el segundo consiste en que para ganar las elecciones hay que:

1) Masajear al votante susurrándole al oído promesas y mentiras estimulantes/reconfortantes (la independencia será gratis y festiva, las empresas acudirán a miles en cuanto se declare la República, la Unión Europea nos reconocerá de inmediato, duplicaremos el PIB en cuatro años),

2) Exaltar, si es menester, sus más bajas pasiones y sus instintos más rastreros (los españoles nos roban, los andaluces no dan un palo al agua, los maños gritan como condenados en la playa y en Asturias sólo hay cabras -esto, lo de las cabras asturianas, lo dejó escrito hace poco una insigne profesora catalana-),

3)  Omitir todo aquello que, aun siendo verdad, pueda resultarle incomodo al elector o -aún peor- estimularle para que piense por su cuenta, no vaya a ser que coja carrerilla, se ponga a hacer preguntas, le coja gusto a tener ideas propias y la liemos parda (¿Y que pasa si al final carecemos de las estructuras de Estado necesarias, tampoco controlamos el territorio y encima va el Estado español y decide no autodisolverse sin rechistar como una lágrima en medio de la lluvia?). 

Si en la ecuación tenemos, por un lado, a un porcentaje relevante de gente con una fuerte propensión a la credulidad y por otro un sistema que privilegia las mentiras almibaradas en perjuicio de las verdades inconvenientes... ¿de verdad resulta extraño que las cosas vayan en el mundo por el camino que van?... ¿no sería lo contrario un auténtico milagro mucho mayor que los famosos delirios protagonizados por unos exaltados pastorcillos portugueses en medio de un descampado?... ¿si en Estados Unidos ha acabado de presidente Donald Trump de verdad hay que descartar que por estos lares acaben siéndolo Belén Esteban o Chicote?

Traducción libre: A ver si se van a su pueblo todos estos parásitos andaluces 
que andan siempre jodiendo la marrana



Traducción libre: Ya lo siento, pero es que cuando me cabreo 
se me va la pinza y acabo diciendo lo que pienso



lunes, 13 de noviembre de 2017

La lista



En la guerra y en cualquier conflicto social, por debajo de las inevitables discrepancias y de las discusiones más o menos mortecinas en las que todo el mundo acaba razonando en lentas espirales que giran y giran sobre si mismas y no conducen a ninguna parte, conviene recodar que, al final, sólo hay dos tipos de personas: las que, si tuvieran ocasión de hacerlo, siempre encontrarían un motivo para incluir tu nombre en la lista de viajeros que acabarán recorriendo, gratis pero contra su voluntad, las vastas planicies de Polonia en un tren con destino final (nunca mejor dicho) en un campo de concentración y las que, aun no estando de acuerdo contigo en casi nada y discrepando de ti en casi todo, sabes a ciencia cierta que no lo harían. Y digo que conviene recordarlo, porque esa distinción, al final, más allá del ruido y de la furia de la actualidad y los telediarios, es la única que cuenta.



Carta de un oficial de la Gestapo (Patrick Modiano, Dora Bruder).

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Clasismo envuelto en sonrisas

Puigdemont tratando de internacionalizar el conflicto

Refiere Herman Melville en Moby Dick que existen empresas en las cuales el verdadero método lo constituye un cierto y cuidadoso desorden. La frase me viene a la memoria al ver la pataleta que está organizado allá por tierras belgas el cada vez más delirante, muy enojado y más bien poco honorable señor Puigdemont, quien, por cierto, dentro unas semanas, después de las elecciones de diciembre, dejará de ser el presidente cesado en el exilio para pasar a ser el ex-presidente en busca y captura a secas.

En lugar de avergonzarse por su papel protagonista en una ridícula declaración de independencia que él mejor que nadie tenía que saber que carecía de virtualidad, entre otras cosas, porque su perezoso gobierno no había hecho nada de provecho para materializarla y que, además, corría el riesgo de acabar con sus huesos y los de sus colegas en la cárcel, el señor Puigdemont optó por hacer lo que sus más fervientes seguidores esperaban que hiciera -por más que él supiera que no debía hacerlo- y, acto seguido, tomar las de Villadiego al grito de tonto el último y ahí os quedáis que yo ya vengo luego si eso.

Pero claro, la culpa es toda de Rajoy, del fascista estado español y de Franco, que, a tenor de lo mucho que se es invocado estos días parece que no estaba muerto, sino que estaba de parranda con sus gafas de sol, su banda cinturera y su melifluo acento de tirano de opereta. Lo ridículo del argumento no exige mayor comentario, pero sospecho que su acogida será, sin duda, notable, porque satisface a un público de amplio espectro:

a) A los equidistantes, esos que afirman no estar en "ningún bando", por pereza intelectual, cobardía moral y/o porque así no tienen necesidad de mancharse las manos bajando a la arena del mundo real. Esos mismos que, si se escarba un poco, siempre acaban por ser bastante menos equidistantes de lo que pretenden hacernos creer.

b) A la roña podemita, siempre presta a dispararle un tiro a todo lo que se mueva si huele a España, Partido Popular, Ciudadanos, Régimen del 78, monarquía, moderación y/o capitalismo.

c) A los independentistas más febriles para los que España es la reencarnación del mal y la barbarie, una criatura bastarda engendrada en los cenagales de Mordor por el lado oscuro de la fuerza.

El asunto me aburre y me agota a partes iguales. Sólo diré dos cosas más a modo de autodefensa, en el sentido de que si sigo oyendo tonterías y no las digo igual voy y reviento y eso sería muy desagradable (en particular para mi):

1) No es cierto que el independentismo sea un fenómeno pacífico y democrático. Lo es, si acaso, en el folclore de patio de colegio coreano y en el estelado envoltorio del caramelo. Pero por dentro está relleno de un licor supremacista y sectario: porque reconoce los catalanes un derecho (el famoso derecho a decidir) del que al parecer están privados, acaso por su condición de infraseres, el resto de españoles y porque, además, presupone, aunque pocos se atrevan a decirlo en voz alta, que la avanzada y cosmopolita Cataluña no puede permanecer más tiempo cohabitando con la rijosa, pobre, amiga de lo ajeno, rancia y muy medieval España. 

2) Los famosos presos no son presos políticos. Son delincuentes. Que en sus actividades delictivas hayan contado con el apoyo, el aplauso o la tolerancia benevolente de buena parte de la sociedad catalana no les absuelve de sus crímenes, salvo que demos por cierta la delirante hipótesis (muy latina, por cierto) de que en una democracia los políticos son criaturas celestiales ungidas con el mágico don de saltarse las leyes siempre que les apetezca, en lugar de servidores públicos que son los primeros llamados a obedecerlas.

Hace unos años mi buen amigo Miguel Parra me dijo que nadie convence a nadie de nada. Es así y no hay que darle mas vueltas. Además, navegar contra la corriente solo conduce a la melancolía y a la úlcera estomacal. Sin embargo, no puedo dejar de observar con una mezcla de asombro y tristeza que vivimos en un mundo en el que millones de pseudoadultos han abdicado de la facultad de pensar, repiten en bucle consignas y tópicos y hasta se cortarían una pierna antes de dejarse tentar por la duda, todo ello en la cálida compañía de otros correligionarios que enarbolan banderas del mismo color en una delirante competencia por ver quién la tiene más grande. Bien mirado, se trata de la misma historia de siempre: una historia de ruido, tractores, sectarismo, alienación y, a poco que la cosa acabe por desmadrarse más de la cuenta, barbarie. 

martes, 7 de noviembre de 2017

Cosas que tendrás que aprender por ti mismo



Eres un buen chico, de esos que siempre miran a los lados antes de cruzar, de los que respetan los límites de velocidad, señalizan cada maniobra y esperan pacientemente a que el semáforo se ponga en verde antes de apretar el acelerador y por eso y porque la vida siempre ha sido mansa contigo, todavía no has aprendido que hay mujeres que se suben a la cabeza como el licor de alta graduación y que cuando eso ocurra -y créeme si te digo que acabará ocurriendo y pobre de ti si no es así- no encontrarás suficiente alambre de espino para ponerte a salvo aunque recorras todas las ferreterías del mundo y por eso mismo, porque en realidad no hay nada que puedas hacer al respecto, cuando en las otras mesas todo el mundo se ponga de pie para celebrar un gol, tú ni siquiera te darás cuenta de lo que ocurre alrededor porque ella estará sonriendo y para entonces esa sonrisa, su sonrisa, será ya la única forma de esperanza que eres capaz de imaginar y entonces tú también sonreirás, como si ese frágil instante sin naufragios ni ceniza fuera a durar para siempre y más tarde, a solas en la habitación, cuando ella comience a desnudarse y se acerque a ti parpadeando en la oscuridad sucederá que allí, encima de esa cama, sobrarán todos los versos.  


martes, 31 de octubre de 2017

Madrid



He estado unos días en Madrid haciendo un curso. De todas las veces que he ido -y han sido tantas que ni siquiera podría contarlas- esta ha sido la mejor. Siempre he tenido la sensación de que, en cierto sentido, Madrid, con su exuberancia y sus excesos, me abrumaba y me empequeñecía, haciendo que regresara ese tímido muchacho de pueblo que nunca dejaré de ser. Esta vez no. Esta vez fue como si la ciudad me abrazara guiñándome un ojo cómplice y allí, en medio de la multitud que va y viene a toda velocidad con bolsas del Primark y Zara, entre el latido de un millón de tubos de escape y rodeado de gente que escupe palabras con el acento de una navaja barbera bien afilada y que se aferra a la vida con la febril desesperación del que intuye que quizás está a punto de acabarse, allí, de pronto, con los ojos cerrados, sentí que estaba en casa.

Y no hay nada como estar de vuelta en casa.

lunes, 30 de octubre de 2017

Contigo empezó todo, helicóptero



Los líderes de Podemos son a la política lo que los cerdos al reciclaje: individuos capaces de echarse cualquier cosa a la boca con tal de medrar en lo suyo. Y es que mucho repetir que son la "nueva política", mucho despotricar contra la corrupción y contra el Partido Popular (que sí, de corrupción y de romper ordenadores sabe un rato, de eso no hay duda) y resulta que han acabado abrazando la insolidaria y muy reaccionaria causa independentista con un fervor que habría dejado asombrado al mismísimo Josef Stalin, que de manipular al personal sabía tanto como el que más. 

De entre todos los podemitas -y miren que el surtido es variopinto- estos días me llama especialmente la atención (por decirlo así) un tal Albano Dante Fachín, cuyo nombre evoca vagamente en mi cabeza la figura de algún otoñal intérprete de canción melódica en asilos y hoteles de una o ninguna estrella. El susodicho es argentino y por lo que sé de él mucho me temo que su llegada a España tiene algo que ver con el karma o con el lado oscuro de la fuerza: no hay duda de que se trata del reverso tenebroso de Leo Messi y de que lo han enviado aquí para castigarnos por alguna innombrable villanía que nuestros ancestros debieron cometer siglos atrás durante la conquista de la Pampa.

Licenciado en nada, como Ada Colau -se ve que lo de acabar los estudios es una costumbre en desuso propia de fachas y españoles, valga la redundancia- el tal Albano detectó que el movimiento 15M era una estupenda pasarela hacia un sueldo público, en particular para alguien como él cuya experiencia laboral podría resumirse en en el lomo de una tirita de Bob Esponja (y sobraría bastante espacio) y ahí le tienen, aplaudiendo a rabiar a los herederos de Convergencia, los mismos que hace unos años tuvieron que acceder en helicóptero al Parlament por sus recortes y sus políticas antisociales. Es lo que tiene la memoria, que es corta y más corta todavía cuando el cerebro que la alberga es de corto cubicaje.

Y es que el helicóptero es la madre del cordero independentista. No fue como mucha gente cree, la famosa sentencia del Estatut, ni la crisis económica. Fue el helicóptero. Hasta el día del helicóptero CIU se presentaba en sociedad como un gobierno de gestores eficientes, amoroso con los negocios (a cambio de un modesto porcentaje, eso sí, no todo va a ser altruismo). Pero ese día, entre insultos y pintadas, los convergentes le vieron las orejas al lobo y Artur Mas, que no tiene ni un pelo de tonto se dijo... como no nos inventemos algo y nos pongamos al frente de la manifestación aquí nos corren a gorrazos. Y se puso al frente, vaya si puso. Y así hasta hoy.

Que ERC sea un partido independentista no tiene nada de raro. Siempre lo ha sido. Que CIU o comoquiera que se llame haya acabado por serlo tampoco puede extrañar a nadie: lo suyo es aferrarse al timón de negocio a toda costa y si para seguir al mando tuvieran que hacerse pasar por mormones transexuales los convergentes dirían sin recato que lo son de toda la vida. Que lo sea la CUP tampoco sorprende: los cupaires son revolucionarios que sueñan con una nueva república vegana, igualitaria, comunista y vaya usted a saber con qué otros delirios esdrújulos que siempre acaban rimando con miseria. 

Pero que la izquierda política "normal" se haya tragado el sapo del independentismo sin el menor atisbo de crítica es un síntoma más de hasta que punto el mundo en que vivimos es un cambalache sin orden ni concierto en el que un loco de atar trata de infundir valor a unos cuantos ciegos mientras los guía por el desfiladero y en el que alguien que en un país normal estaría condenado a engrosar las listas del paro por su desopilante actividad académica y su lacustre experiencia profesional aquí acaba nada más y nada menos que de diputado por Barcelona del Parlamento de Cataluña y cantando Els Segadors a todo trapo para celebrar el advenimiento de la muy fabulosa república imaginaria en la que todos los perros irán atados con longanizas, porque ya se sabe, que de bien nacidos es ser agradecidos y que, además, no hay mejor patria que la que te tiene llenita la nevera sin tener que dar ni un palo al agua. 


sábado, 21 de octubre de 2017

Eduardo Peláez Roza

Lo de color naranja es Candás, la capital del concejo de Carreño. Priendes (Prendes) es mi pueblo. Diminuto, sí, pero ahí donde lo ven Prendes tiene nada menos que 10 barrios (Barreres, El Canto, Pinzales, San Pablo, Bárcena, Falmuria, Polledo, Pesgana, Riestro y el Cabo, que es el mío). Casi más barrios que habitantes, si, pero ahí queda eso, chúpate esa Nueva York.

Yo asistí a una escuela pública. Y no precisamente una de esas escuelas públicas "bien" que existen ahora en todas las capitales de provincia en las que la progresía local apunta a sus hijos para acallar esa torturada voz interior que les dice que lo ideal quizás sería un colegio privado pero, claro, como voy yo, que siempre he defendido lo público y la igualdad y hasta he votado al PSOE alguna que otra vez, a hacer una cosa así tan propia de la derechona. 

El caso es que el San Félix de Candas era un colegio público de principios de los años 80 y por eso más de una vez algún profesor faltaba y no había sustituto (si no recuerdo mal estuve sin el de matemáticas unos cuantos meses, cosa que no ayudó precisamente a desarrollar mi vocación por las ciencias exactas, de las que, para empezar, siempre me ha desagradado hasta el nombre) y también por eso, porque no sobraba el dinero, si llovía durante el recreo (y en la Asturias de mi infancia la lluvia era una regla con pocas excepciones) en el diminuto patio cubierto de uralita verde del San Felix acababas empapado de agua y luego cogías una bronquitis que se te agarraba al pecho tres semanas.

Sin embargo, como a la vida le encantan las paradojas, en ese colegio público había unos cuantos profesores excelentes. Uno de ellos se llamaba Eduardo Peláez Roza. Era alto y delgado, se daba un aire a Alonso Quijano, fumaba como un cosaco y daba clases de literatura española y de inglés con un vozarrón que era toda una declaración de intenciones. 

En particular, sus clases de inglés eran como la tierra prometida para un alumno como yo que no podía ni soñar con algo que hoy parece tan normal como apuntarse a una academia de idiomas. En mi pueblo de 80 habitantes no había ninguna academia de nada. Y mi familia tampoco tenía dinero para ese tipo de fuegos de artificio que ahora agotan las tardes de los adolescentes.

A veces te sacaba al encerado y te acosaba a preguntas hasta que te hacías un lío, porque te exigía de verdad y le gustaba torturarte un poco para encontrar tus límites y hacer que fueras un poco más allá. Cuando acabé mi último año en el colegio, el mítico octavo de EGB, que vaya usted a saber cómo se llama ahora (se nota que no tengo hijos eh?), se acercó a mi, me agarró por el cogote y mirándome muy fijamente me dijo que se apostaba algo a que con lo que había aprendido en sus clases tendría suficiente inglés durante toda mi estancia en el instituto.

Se equivocaba. Con el inglés que me enseñó atravesé sin la menor dificultad el bacherato, viví en Londres, estudié dos carreras, redacté una tesis doctoral (en realidad una y media) consultando toda la bibliografía en inglés y todavía hoy, una noche cualquiera, cuando descifro la letra de una canción country en la que una chica echa de menos a alguien y lamenta que ese alguien no hubiera sido un hombre mejor, no puedo evitar pensar que buenos profesores, además de enseñar, encienden una luz que no se apaga jamás y muchas veces, muchas más de lo que ellos mismos probablemente llegan a imaginar, evitan naufragios y salvan vidas. 

Gracias por todo, maestro, estés donde estés.



PD. Una vez, mientras yo esperaba el autobús, otro profesor de inglés del instituto, que si no recuerdo mal era amigo suyo, le estaba chinchando porque él era catedrático (en los institutos había mucho catedrático suelto) y Eduardo era, claro, sólo un maestro. Eduardo me miró de reojo porque se dio cuenta de que yo les estaba observando fijamente (ese es un vicio, observar, que no abandonaré hasta un buen rato después de morirme) y, sonriendo le contestó que sí, que era verdad, pero que no olvidara que había clases de profesores y profesores con clase. Ese señor, amigos, era mi maestro de inglés. 

jueves, 19 de octubre de 2017

Nobody knows



Hay gente que escribe canciones porque tiene que haber de todo en la viña del señor -los ateos escribimos señor con minúscula porque no nos parece razonable conferir un trato especial a seres inexistentes- y gente (por desgracia bastante menos) que escribe canciones con un taladro percutor que es capaz de abrir enormes boquetes que atraviesan de lado a lado el tabique de la vida cotidiana. Kacey Musgraves tiene uno de esos taladros y está dispuesta a usarlo. El único problema, por decirlo así, es que lo que hay al otro lado de ese tabique nunca son respuestas sino preguntas que llevan a otras preguntas y así sucesivamente.

Y es que las certezas inamovibles y las soluciones universales son patrimonio de los políticos ramplones y los vendedores de ungüentos crecepelo, gremios que tienen en común un inveterado hábito de mentir transmitido de padres a hijos a través de sucesivas generaciones de tunantes y que se diferencian, más que en ninguna otra cosa, en que los segundos, con sus elixires, brevajes y potingues de más que dudosa eficacia, acaban ocasionando mucho menos daño al prójimo, que, en el peor de los casos, sólo tendrá que resignarse a convivir con la imagen especular de su incipiente calvicie.

PD. Resulta curioso escuchar ahora las declaraciones de esos pelagatos con ínfulas de expertos que prometían a sus ávidas hordas de oyentes y lectores que cuando se declarara la independencia de Cataluña las empresas de todo el mundo correrían presurosas a instalarse por estos lares, el maná brotaría de los cielos para saciar los agravios del pueblo prometido y los directores de los bancos tendrían que hacer horas extras para abrir libretas de ahorros a tutiplén. Bueno, en lo de las horas extras de los bancos casi acertaron. Casi. 

lunes, 16 de octubre de 2017

Ser de pueblo



Era uno de esos días en los que el cielo de color de plata anuncia que está a punto de empezar a nevar y los cables eléctricos emiten un zumbido mineral y plomizo. Mi padre ha dejado los cartuchos junto a la cocina para que la pólvora entre en calor y yo me estoy tomando mi café con mucha leche, poco café y pan frito. Salimos a cazar y el suelo está helado como el permafrost de la tundra. Una bandada de patos en perfecta formación cruza a lo lejos la vía del tren, a una altura ingrávida y casi inconcebible. 

Resbalo y me caigo al suelo. Mi padre sonríe. Y entonces, justo cuando el primer destello de luz de la mañana se cuela a través de las hojas amarillas de los arces, de pronto tengo la sensación de que más allá del sentimiento, el silencio y la emoción, debajo de todas las cosas y sus caprichosos e inconstantes destellos de belleza, hay una fuerza increíblemente benévola que nos recuerda que no hay razón para tener miedo, como si uno de esos dioses que no existen me estuviera mirando a los ojos y yo, sentado en el suelo y con el culo mojado, estuviera a punto de devolverle la mirada.


Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.


Miguel Delibes, El pueblo en la cara (Viejas historias de Castilla la Vieja).



PD. A mi padre. 

lunes, 9 de octubre de 2017

Quintacolumnistas

 No se puede engañar siempre a todo el mundo

He visto un vídeo en el que un grupo ciudadanos que acudían a la manifestación de hoy en Barcelona abucheaban a Pablo Iglesias en la estación de Sants, cuando el susodicho regresaba a Madrid después de pasarse un rato anoche en TV3 cargando contra España, porque es sabido que su cultura política le permite enarbolar cualquier bandera regional, oprimida o sin oprimir, pero tocar la bandera española le produce alergia. Y la afección, según parece, es multisensorial, porque tampoco puede pronunciar la palabra España (en cambio sí puede gritar Visca Catalunya LLiure, como hizo hace unos días en Barcelona, como si Cataluña estuviera sometida a la tiranía de los Caminantes Blancos).

En nuestros días asistimos entre atónitos y asombrados a la proliferación de múltiples ejemplos de políticos surrealistas/alucinógenos que gozan, sin embargo, del apoyo del público: un presidente filipino que mata a narcotraficantes y drogadictos por deporte, un "magnate" (lease mangante) paranoico que twitea a horas intempestivas chorradas propias de un individuo que ha boxeado demasiado, un aspirante a senador republicano que se saca una pistola de la manga en los mítines y tal y como va el asunto no descarto que estemos a las puertas de que algún avispado candidato se acabe sacando el rabo y frotándoselo por la cara a los electores entre el fervor de las masas. Cosas más raras se han visto.

Incluso en este alucinante panorama lo que constituye una novedad absoluta es la existencia de un candidato (Pablo Iglesias) a la presidencia de un país (España) que es incapaz de pronunciar su nombre, reniega de su bandera y su himno y para disimular esas flagrantes omisiones se dedica a recitar a Miguel Hernández (quien, por cierto, si hablaba de España) y a decir que a él lo que le importa son los servicios públicos y la igualdad, como si un país fuera algo así como el comedor comunitario de una residencia de ancianos.

Vamos a dejarlo claro de una vez: a Pablo Iglesias y al variado surtido de mequetrefes a medio rematar que serpentean a su alrededor riéndole las gracietas lo único que les importa es hacerse con el poder a toda costa. En los últimos años aprovecharon la crisis y la corrupción del PP para hacerse con un hueco electoral y ahora, con la crisis en remisión, no se cansan de repetir como loritos bonitos que hay que desalojar al PP del gobierno olvidando que ese partido al que tanto odian y ese candidato al que tanto desprecian -a pesar de no ser precisamente una combinación de Aristóteles y Demóstenes- les ha propinado dos formidables palizas electorales.

Como esas bazas tan manoseadas no parecen acercarles al éxito los podemitas, en su desesperación, han tratado de buscar en la cuestión catalana otra vía de penetración electoral y, en la tesitura de decantarse en el asunto del "proceso" lo han hecho, por supuesto, como no podía ser de otra forma, en contra de España, que es de lo que se trata, porque cómo les va a importar un país al que en el fondo de su alma desprecian. 

El electorado es bastante idiota. Duele reconocerlo, pero es así. Sin embargo intuyo que incluso el adormilado e inercial electorado español ha empezado a darse cuenta de que toda esa retórica revolucionaria y toda la nueva política de Podemos es una tapadera debajo de la cual no hay nada más que un grupúsculo de pseudointelectuales ventajistas, auténticos mamporreros quintacolumnistas, que quieren que España arda, pero no para ponerse al frente de la extinción del incendio como aparentan, sino para, aprovechando el desbarajuste, hacerse con los rescoldos.

Yo no desprecio a los independentistas. Son gente que se ha dejado persuadir de que Cataluña es la octava maravilla del mundo y que la República Catalana será la versión mediterránea del cielo en la tierra con pan con tomate y torres humanas de ocho pisos. Esa fe no resulta inocua (a estas alturas incluso algunos de ellos han empezado a darse cuenta) pero no nace tanto de la mala fe como de la credulidad y el candor combinados con cierto aire de superioridad y una vocación evangelizadora de los disidentes que, eso si, resultan bastante repelentes. En el fondo son víctimas de aquello que dijo un día Demóstenes: no hay nada más fácil que el autoengaño, ya que lo que cada hombre desea es lo primero que cree.

Lo de Podemos es diferente porque los podemitas no creen en nada y son todo cálculo, finta, intriga, escorzo, amago, requiebro y estrategia y por eso están dispuestos a hacer cualquier cosa que pueda reportarles algún provecho electoral. Se trata de esa clase de sujetos que estoy convencido de que serían capaces de bailar una sardana encima del ataúd de la abuela con el cuerpo de la finada aún humeante si llegaran a la conclusión de que tal cosa resulta provechosa para su causa.

Si a Podemos le preocuparan de verdad la corrupción o la falta de libertades seguro que tendría algo que decir sobre lo que ocurre en Venezuela ya que, no por casualidad, fue allí donde algunos de sus más destacados líderes fueron a ejercer de asesores y a ensayar sus innovadoras propuestas políticas, con el excelente resultado de todos conocido. Pero, claro, de eso no hablan porque tal y como ha ido la cosa les gustaría enterrar el asunto a dos metros bajo tierra.

Otra característica de Podemos es que tienen el vocablo "fascista" muy suelto. Si no comulgas con sus ruedas de molino eres... un fascista (o un franquista, que es la versión hispana del término). Claro. La gracia del asunto estriba en que ellos son comunistas y el comunismo es una de las modalidades más perfectas de régimen fascista que se hayan ensayado nunca. Como buenos comunistas creen en la banca pública (como esas Cajas de ahorros que todavía estamos pagando) y en el control de los medios de comunicación (su control, quieren decir). Muy democrático todo, claro. 

Tampoco es de extrañar que su oveja negra sea Ciudadanos, al que despectivamente llaman el partido del IBEX, porque en su particular universo la libertad económica, la empresa y el capitalismo son el demonio reencarnado. En el fondo la cosa no carece de lógica porque si desaparece la pobreza, ¿a que se van a dedicar los que hacen política tratando de aprovecharse de ella? 

En esta coyuntura, siento decirlo con tanta crudeza, pero si a la vista de los acontecimientos algún honrado ciudadano de Zamora, Murcia, Logroño o Toledo todavía tiene intención de votar a estos sujetos siento mucho decirle que no precisa tanto de lectura y orientación electoral como de apoyo psicológico, porque el auto-odio es una cosa muy mala para la salud y el que se desprecia a si mismo mal puede querer a nadie.

sábado, 7 de octubre de 2017

La propensión lanar



              Si esos dos niños van a parecerse a papá su única esperanza es que el butanero haya tenido algo que ver en el asunto

Tengo la certeza de que nunca añoraré estos días que algunos les parecen heroicos y que a mi, que asisto entre atónito y asqueado a esta apoteósica y nada edificante exaltación de las más bajas pasiones del ser humano, me van restando la poca confianza que ya me quedaba en el progreso de la civilización.

El nacionalismo es un cáncer sentimental, una enfermedad del alma, un vicio oculto que anida en lo más profundo del andamiaje intelectual, ese que nos distingue de los protohomínidos de las cavernas de hace cientos de miles de años. Es un rasgo propio de gente mal hecha, a medio rematar y un poco falta de brillo en los ojos, no necesariamente idiota pero si crédula y con poco espíritu crítico, defectos estos que, conjugados, resultan bastante más peligrosos que la estupidez.

A pesar de todo... soy optimista. Algún día -espero que no demasiado lejano- cuando las generaciones venideras contemplen en cualquier museo de los horrores esas fotos repletas de individuos de mofletes enardecidos que alzan con impudicia sus banderas al viento y los niños les pregunten a sus padres qué era lo que se traían entre manos esos señores tan concienzudos, tengo la esperanza de que la respuesta será algo muy parecido a esto:

- Hijo mío, lo malo no es que vengamos del mono, sino que muchas veces nos encanta comportarnos como ovejas.

viernes, 6 de octubre de 2017

Si la muerte fuera un juego


El abrumador peso de la realidad nos ha convencido de que la vida sería mucho mejor si no doliera y nada importara. Pero si yo fuera un vampiro y, por tanto, la muerte fuera sólo un juego, me quedaría sentado fumando sobre el tejado y allí, desde lo alto, entre lentas espirales de humo, contemplaría con condescendencia a los amantes y sus minúsculas tribulaciones y no me quedaría hasta las tres de la mañana escribiendo y no tendría estas ganas terribles que siempre tengo de dormir a tu lado y de apretarte bien fuerte contra mí como si esta noche fuera a ser la última.

En realidad no se trata sólo de lo que sentimos o dejamos de sentir, ni de la forma en la que brillan tus ojos en la oscuridad ni de ese olor que me dice que estoy en casa estemos donde estemos, ni de tu severa forma de proteger un corazón frágil, ni de tus manos capaces de moverse despacio entre los pliegues la oscuridad y de dejar cicatrices de amor sobre la piel.

Hay algo más. Algo oscuro que fluye a nuestro lado invisible y que nos observa en silencio desde el fondo de la habitación. Es la perspectiva de la muerte, que lo convierte todo en un juego apasionante en el que cada bala podría ser la que agota el cargador, cada palabra la que precede al silencio y cada beso el último que llegaste a darme.

Sin la promesa de la muerte todo sería vano, superficial, infinito como un páramo arrasado por el sol del verano y tan yermo como todas las cosas que no llegarán a conocer el privilegio del desasosiego, la incertidumbre y el miedo. 


jueves, 5 de octubre de 2017

Tengo un sueño



El caos y la nada

Tengo un sueño. Sueño con un partido de izquierdas español que no se avergüence de su país. Que sea progresista sabiendo que no hay nada más reaccionario, totalitario y regresivo que el comunismo. Que sea progresista y no oportunista: que tenga convicciones e ideas y por convicciones e ideas me refiero a algo más que decir no a Rajoy, por muy desastre que sea esta especie de Don Tancredo que nos ha tocado en suerte como Presidente y por muy corrupto que haya evidenciado ser (y lo ha sido muchísimo) el Partido Popular.

Un partido que entienda que la clase media ya no es el proletaridado postindustrial y que sus demandas son distintas, menos evidentes, más complejas. Un partido que tenga algo que ofrecer (también) a esa clase media que no está en paro ni es inmigrante y que se gana honradamente la vida pagando una abrasiva cantidad de impuestos por unos servicios que dejan mucho que desear. Un partido que no tenga reparos en expresar su amor a su país porque no está escrito en ninguna parte que ese amor tenga que ser patrimonio de la derecha y porque mal se puede aspirar a gobernar aquello que uno es incapaz de amar. 

Un partido en el que su líder no ensaye constantemente un patético y cobarde ejercicio de funambulismo y equidistancia entre la ley y los que la quebrantan, para ocultar que ni tiene ni principios ni ideas y que por carecer carecer no carezca hasta del coraje necesario para aparentar tenerlos. Un partido cuya única esperanza no consista en que, ya que no lo hizo la crisis, al Partido Popular se lo acabe llevando río abajo la corriente del independentismo.

Me gustaría que ese partido fuera el PSOE porque es el partido con el que crecí y al que siempre admiré: el partido de Felipe González y de Borrell. Y porque de ese engendro nihilista de caos y desolación llamado Podemos es imposible esperar nada que no sea una vuelta a lo más siniestro de esas cavernas de las que parecen salidos sus procelosos líderes políticos: filocomunistas con ínfulas de modernetes que tratan de expender como nueva política y como lo lo último de lo último una superchería comunista que lleva más de medio siglo caducada y que huele a podrido en todos los continentes; abrazadores compulsivos de simpáticos etarras convictos y confesos que andan por ahí dando lecciones de democracia a sus víctimas y a los que podríamos haberlo sido; ideólogos a sueldo de repúblicas bolivarianas (léase dictaduras) en bancarrota; buitres oportunistas que aspiran a hacerse con los desechos de la nación si la nación llega a explotar y que como buenos carroñeros harán todo lo que esté en su mano para que tal cosa ocurra y dicharacheros populistas de medio pelo y coleta (no es incompatible) que si acabaron los estudios es porque ahora mismo, con nuestro sistema educativo, para no hacerlo hay que ser poco menos que deficiente mental severo y que resultan facilísimos de detectar porque cuando aparecen en la tele mueven la lengua a toda velocidad para ocultar, a base de ruido y furia e impostando una convicción que es hija de la ignorancia, que nada de lo que dicen tiene el menor de los sentidos; personajes, en fin, que parecen reclutados entre lo más infecto de los desechos de tienta de Sauron en su cortijo de Mordor y que hasta mi tío, que tiene un cáncer terminal y que además de ser muy buena persona siempre fue de más de izquierdas que Bakunin fue capaz de calar a la primera como lo que son: escoria de la peor calaña, apóstoles de la destrucción, partidarios de la nada que sueñan con una idílica república socialista en la que, a falta de algo mejor que llevarse a la boca, todos acabáramos, efectivamente, igualados en la muy igualitaria tarea de comer tierra a puñados.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Las patrias



El día que vea a Rajoy y Puigdemont hacer algo que me emocione tanto me compraré un trapo de colores de esos que venden en los chinos, saldré bandera en ristre a socializar con vecinos y  tractoristas y me lanzaré a entonar alguno de esos atronadores lemas cargados de rimas consonantes que siempre me recuerdan que gritar y pensar son actividades mutuamente excluyentes.

Pero no quiero engañarles. No hay nada de cierto en la frase anterior: tengo la certeza de que ni ellos son capaces de hacer nada de provecho, ni yo soy capaz de socializar con un grupo de más de cinco personas porque, entre otras cosas, las multitudes y las unanimidades me producen una aversión instintiva que a estas alturas ya me parece difícil de remediar. 

En estos tiempos oscuros unos cuantos fados y un puñado de tangos son la única patria en la que me reconozco. Ninguno de ellos exige adhesiones inquebrantables. Tampoco expenden pasaportes hacia una vida mejor. A cambio, eso si, nunca hacen que sienta esa confusa mezcla de tristeza y vergüenza ajena con la que ahora contemplo el mundo que me rodea. Un mundo del que de buen grado me exilaría sin dudarlo si no tuviera la férrea obligación de trabajar para ganarme el pan y el vino. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Mentiras e independentismo (valga la redundancia)

Lo que hay que soportar

La historia nos recuerda que con inusitada frecuencia los ciudadanos tienden a adoptar como ciertas ideas absurdas, carentes de lógica y/o manifiestamente aberrantes que, en su peor versión, han acabado en quema de brujas, expulsión de infieles o ataviando con estrellas amarillas a los enemigos del régimen antes de someterlos a una dieta de gas venenoso. La estupidez humana no tiene límites.

El mecanismo que hace que estas cosas ocurran es bien conocido por la psicología social y no tiene nada de mágico: los seres humanos tienen una primitiva conciencia gregaria y son propensos a la superchería. La combinación de ambos factores resulta, con frecuencia, letal.

Así, sin más, se explica el fenómeno del independentismo catalán. Los independentistas son personas que aceptan como ciertas algunas ideas que carecen de cualquier base en el mundo real pero que ellos, manifestación tras manifestación, con las caritas pintadas de amarillo y sus esteladas al hombro, ratifican en la apacible y ovejuna conformidad que produce rodearse de gente que piensa exactamente lo mismo que uno. Les pondré algunos ejemplos: 

- El derecho de autodeterminación de Cataluña es una ficción que ningún experto en derecho internacional defiende: aquí no hay potencia colonial ni minoría étnica oprimida (salvo que se considere como tal a la Guardia Civil). Por cierto, no considero experto en derecho internacional a un presunto delincuente sexual que vive asilado en una embajada para escapar de la justicia. 

- No es cierto que se persiga a nadie por convocar un referéndum. Se persigue a quienes violan las leyes y las resoluciones judiciales, como en cualquier nación en la que impere el estado de derecho. El ordenamiento legal de algunos países (como en los casos de Escocia o Quebec) permite un referéndum de secesión, pero ese no es el caso de España, como tampoco lo es de Francia o Alemania. Y son naciones tan democráticas como cualquier otra. Lo que los partidarios de la secesión deben hacer es promover la reforma constitucional (cosa que están perfectamente legitimados para hacer), no saltarse las leyes que no les gustan porque son muy majos y muy partidarios de la democracia, entendida como hacer lo que me salga del refajo.

- No es cierto que votar sea sinónimo de democracia. En las dictaduras se vota y mucho. Lo que define a un estado de derecho es que las leyes se aprueban a través de procedimientos democráticos y se modifican a través de procedimientos reglados. En este sentido la antítesis de la democracia sería lo que ocurrió hace unos días en el parlamento catalán, en el que un instante volaron por los aires todos los controles que estorbaban (aunque esos controles derivaran de las propias normas emanadas del parlamento catalán).

- No es cierto que el independentismo nazca de un agravio financiero o de un déficit de competencias. Cataluña goza de un régimen de autogobierno muy elevado y los males de su sistema de financiación -si los hubiere- son culpa de los herederos de Convergencia, que han pactado ese sistema con el PP y el PSOE a cambio de su apoyo parlamentario siempre que han tenido ocasión de hacerlo (y con el sistema electoral español eso ha ocurrido muchas veces). El independentismo es una forma de fe cuasireligiosa que adopta pretextos racionales (España nos roba) pero que, en el fondo, se comporta como un virus que cambia de forma y de argumento para adaptarse a su propósito final: conseguir la independencia a cualquier precio. A cualquier precio.

-  Si el independentismo no nace de un agravio tampoco se puede arreglar con prebendas. De hecho, las prebendas, las concesiones y el constante apartarse del Estado para no hacer ruido y no molestar son lo que nos han traído hasta aquí. Ese abandono era tal que ahora que, obligado y casi a rastras, el gobierno de España ha tenido que dar señales de vida los independentistas se sienten agraviadísimos porque habían llegado a asumir que, llegado el momento, el estado español se disolvería en silencio y sin protestar como una nube de verano. Y si se defiende es porque... es un estado antidemocrático, claro. Si el estado no me deja hacer lo que me da la gana es un estado opresor.

Los independentistas no son locos. Y tampoco son idiotas. Son creyentes: personas -en muchos casos inteligentes, solidarias y estupendas en otros ámbitos de su vida- que, a través de procedimientos elementales de ósmosis social e inducción ambiental (familiar, laboral) han llegado a asumir como eje rector de su vida un ideario alucinante y alucinógeno al servicio del cual disponen todas sus energías y que por privarles les priva hasta de la vergüenza ajena y que por eso no sienten ningún reparo en pintarse la cara de colores o en ataviar al perro como si fuera un sindicalista. Todo esfuerzo es poco al servicio de la causa.

No se convence a los creyentes con argumentos. Tampoco con ofertas y rebajas. Hay que conseguir que asuman que no pueden saltarse las leyes a la torera. Y explicarles que aunque su independentismo es legítimo sus argumentos son falaces y que ni la razón ni la democracia pueden estar del lado de la mentira. No resulta fácil porque los que no lo somos dedicamos a este asunto una fracción pequeña de nuestras vidas: no nos manifestamos, no compramos pintura de colores, no ponemos la estelada en el árbol de navidad. Asumimos que todo es relativo y que la verdad nunca se esconde detrás de una bandera: ni la española ni la catalana y mucho menos una bandera inventada para la ocasión.

PD. Mención especial para Pablo Iglesias que, consciente de que la crisis se aleja y con ella también la posibilidad de ganar las elecciones, ha llegado a la conclusión de que sólo puede acceder al gobierno por la puerta de atrás, poniéndose al servicio de la causa separatista, echando una mano en la tarea de demoler España, con la oscura esperanza de quedarse para recoger algo de lo que quede después de la implosión. Hay que tener la cabeza muy mal amueblada y severos déficits cognitivos para votar a ese engendro político llamado Podemos y a su séquito de criaturas aberrantes y oportunistas.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Piezas




Me gusta la fotografía porque me recuerda que los momentos intrascendentes importan: una pared de adobe iluminada por un rayo de luz que se filtra entre las tablas de madera del tejado, el reflejo de un rostro en la ventana de un tranvía renqueante, el mar amarillo de una plantación de colza que desafía la línea del horizonte en tierras zamoranas, el viejo portón de una casa que un día se abrió por última vez, el cielo de un mañana cualquiera, casi gris, casi ceniza, el aire de desolación de una habitación vacía o de una fábrica abandonada, el lento fragmentarse de la tarde hasta convertirse en sombra, una caja de cartón que sonríe asomada a la boca de un contenedor o las arrugas de nuestro rostro, conquistadas una a una en miles de naufragios. Mínúsculas indicaciones azarosas en un mapa sin puntos cardinales, piezas de un puzzle que empezamos a intuir que no nos será dado completar. 






miércoles, 6 de septiembre de 2017

De madrugada



Dice mi madre que nací de madrugada y aunque no sé si ese intempestivo debut mío tiene algo que ver o no -vaya usted a saber- el caso es que, si me viera forzado a elegir, de buena gana renunciaría al resplandor de la mañana y a todos sus colores recién pintados que tanto fatigan mis adormiladas retinas, a cambio de quedarme varado en esa incierta hora de la noche que por convención llamamos madrugada; nombre, por otra parte, la mar de estúpido, porque si de algo se trata precisamente es de no madrugar.

La madrugada es territorio de insomnes, prófugos de la justicia, trabajadores a turnos, panaderos y en general, de desdichados y sujetos de mal vivir que de los diez mandamientos pueden recitar como mucho tres, porque a esas alturas la gente de orden –esa que hace que progresen las naciones y que se asegura de que el mundo vaya por el carril por el que tiene que ir sin torcerse ni desviarse- suele tener una de las dos orejas recostadas sobre la almohada y anda muy ocupada roncando antes de que vuelva a sonar el despertador.

Si no estuvieran dormidos me gustaría explicarles que la madrugada tiene la gracia traviesa y el secreto encanto de esos casos perdidos de ojos brillantes por los que resulta tan fácil perder la cabeza; que en medio de la noche se escuchan voces que vienen a susurrarnos desde muy lejos al oído cosas que creíamos bien enterradas y que hasta las canciones flotan en el insomne espacio que va de los sueños a la saudade.

Ahí, en medio de la noche, nada se acaba, se arregla ni se estropea del todo, los secretos más íntimos aguardan el momento preciso del disparo, la humedad dibuja con sus dedos manchas de las paredes, todas las arenas son movedizas y un aire de nostalgia recorre las calles barriéndolas a su antojo, como si la realidad estuviera a punto de desaparecer atormentada por el severo hierro de tanta cotidiana gravedad.

Sin embargo, si se aguarda lo suficiente, ahí, a deshora y en medio de la oscuridad, cuando menos te lo esperas acabas por darte cuenta de que, a pesar de lo que siempre nos dijeron, no hace falta luz para vislumbrar los pequeños detalles de las cosas que importan de verdad.

PD. ¿Ustedes se imaginan escuchando fados a las nueve y media de la mañana? Pues eso. Yo tampoco. Y eso no puede ser buena señal.

PD2. Hay versos que en apenas dos líneas encierran todo un universo:


Está em São Paulo e trabalha em telecom

Já deve ter “doutor” escrito num cartão