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¿Quién vive?

Justo enfrente de la ventana de mi  habitación había un enorme álamo de piel de plata. En verano lo supervisaba todo en silencio con sus ojos invisibles que se alzaban por encima del cañaveral y atravesaban de un tajo el espeso monte de castaños y robles. En otoño, con el primer nordeste, se dejaba mecer suavemente, como si estuviera a punto de ponerse a bailar y así, entre baile y baile, el viento iba peinando sus hojas hasta dejarlo desnudo justo a las puertas del invierno.
Cuando mi padre murió el álamo estaba allí. Y cuando yo me muera el álamo seguirá allí, en pié, impávido y erguido frente al horizonte. Y también seguirá allí cuando todo el mundo haya olvidado mi nombre. Es posible que el álamo lo supiera desde el principio y por eso más de una vez yo tenía la sensación de que me miraba como haciendo una mueca, con la paternal mezcla de condescencia y ternura que nosotros reservamos para las criaturas más frágiles e insignificantes. No lo sé. 
Llegará un día en el que el viejo ála…

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