lunes, 20 de febrero de 2017

Comunismo y miseria (valga la redundancia)

Los cuatro jinetes del apocalipsis comunista

Ahora que Pablo Iglesias ha purgado a Errejón haciendo que parezca un accidente, al más viejo estilo soviético, me viene a la cabeza que el otro día, interrogado acerca de las privilegiadas condiciones laborales de los estibadores portuarios, por las que la Unión Europea nos viene reprendiendo desde hace tiempo, la respuesta del señor Iglesias fue que si eso es así "es porque se lo han ganado" y que le parecía estupendo. 

¿Alguno de ustedes se imagina a Pablo Iglesias diciendo de Bill Gates, Amancio Ortega o de cualquiera de los fundadores o accionistas mayoritarios de una gran multinacional, que le parece justo que tengan mucho dinero porque se lo merecen? ¿Verdad que no? Yo tampoco. Para ellos su correligionario Echenique dispone de una receta algo más abrasiva: un tipo impositivo del noventa por ciento (que, por supuesto, nadie en su sano juicio pagaría y cuyo único efecto sería que se desplomara la recaudación).

No se trata de esquizofrenia. Se trata de algo peor que sólo se puede entender si comprendemos que el comunismo parte de tres principios básicos: 

1) La exaltación de la clase trabajadora a la que se ofrece una retórica y oportunista oportunidad de redención (como Trump).

2) El rechazo del comercio (como Trump).

3) El desprecio por la verdad (como Trump).

Para un buen comunista la pobreza goza de un halo de santidad; el comercio resulta aborrecible porque es un instrumento de opresión (ignorando que se trata de la única forma de generar valor) y la verdad es instrumental porque está al servicio de un bien superior: la conquista del poder, la toma del cielo por asalto, el advenimiento a hierro y fuego de la república socialista que pondrá fin a la historia.

Además, los comunistas, como todos los dogmáticos, son subjetivistas. Nunca les importa el qué, sino el quién. Si les dicen que Paco a asesinado a sangre fría a Pedro antes de reprobar el crimen necesitan saber qué rol ocupan en su santoral cada uno de los dos: si el asesino era un humilde trabajador o un malvado opresor capitalista (y viceversa). Y a partir de ahí reinterpretarán los hechos para acomodarlos a su antojo. 

Por eso a Pablo Iglesias no le importa que los estibadores tengan unas condiciones laborales delirantes (que, además, son discriminatorias para las mujeres) y por eso es capaz de acusar a Felipe González de tener las manos manchadas de cal viva, a pesar de que sus muchos de sus iconos políticos (Lenin, Stalin y tantos otros, como el Che Guevara) han sido auténticos psicópatas y asesinos en serie responsables del exterminio planificado de decenas de millones (decenas de millones!!!) de personas: porque para Iglesias y para cualquier comunista que se precie, el bien es aquello -sea lo que fuere- que hacen los buenos (los suyos) y el mal lo que hacen los otros, los enemigos del pueblo, los malvados explotadores. 

Lo más curioso del comunismo es que es una película de cuyo final tenemos más que cumplida noticia: acaba en miseria y cartillas de racionamiento, partido único, encarcelamiento de opositores, dinastías de líderes hereditarios ataviados con casacas de inspiración militar a los que se rinden fastuosos desfiles y homenajes y en la erección de alambradas y muros, cómo el que propone Trump, sólo que en este caso no se trata de impedir que el vecino se aproveche de las bondades del capitalismo, sino de evitar que los lugareños traten de escapar del parque de atracciones de miseria y servidumbre al que de forma indefectible conduce el comunismo.

PD. Si cada territorio elige a sus candidatos ¿cómo es posible que a Errejón se le ofrezca como premio de consolación un puesto al que sólo podrá optar si en el futuro es elegido para ello por los podemitas madrileños? ¿Al candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid lo elige Iglesias o lo eligen las bases? ¿En qué quedamos? ¿Pueden dos cosas contradictorias ser ciertas a la vez? La respuesta, por supuesto, es que si, porque en el comunismo rige una lógica alternativa en la que esos y otros prodigios están a la orden del día. 

PD2. ¿A que no adivinan cuál es el nombre del blog que escribe el ínclito señor Monedero? Se llama "comiendo tierra". Toda una declaración de intenciones, si señor.

PD3. Por cierto, si a alguien le sorprende la mención del Che Guevara entre la lista de homicidas que consulte, por ejemplo, este artículo de Vargas Llosa que debería ser de estudio obligatorio en nuestros colegios: Che Guevara, la máquina de matar en el que se da cuenta de sus grandes logros en rubros tan diversos como el asesinato y el despropósito económico.


domingo, 19 de febrero de 2017

Delirios nacionales



Cada país tiene sus propios delirios. Hasta a mi, que soy un admirador de los Estados Unidos, se me ponen los pelos de punta al tener noticia de que el Senado norteamericano acaba de tumbar la propuesta de ley del ex-presidente Barack Obama que pretendía impedir que personas con antecedentes de enfermedades mentales graves pudieran adquirir armas, al considerar que es contraria a la segunda enmienda de la Constitución, que garantiza el derecho de los todos los ciudadanos a portar armas.

Para entender cómo es posible que algo así suceda precisamente en los Estados Unidos hay partir del hecho de que a la sombra de la bandera de las barras y estrellas ondean realidades de lo más diferente. Piensen, por ejemplo, en la ciudad de Nueva York, en la que se hablan más de 800 lenguas. Se trata de la capital linguística del mundo, en la que se da una curiosa paradoja: algunas de esas lenguas se hablan más en esa ciudad que en ninguna otra parte del mundo. Allí, en Nueva York, Hillary Clinton obtuvo casi un 60% de los votos, veinte puntos más que Donald Trump (en California la diferencia fue aún mayor). En cambio, en estados como Wyoming o Oklahoma el porcentaje de voto de Trump rondó el 70 por ciento. 

Los Estados Unidos son muchas cosas. Son Nueva York y California. Son el primer país que puso a un hombre en la luna (a 12 en realidad), el país con mayor número de premios Nobel (a una distancia abismal del siguiente) y el que cuenta con las mejores universidades del planeta. Pero son, también, esos millones de norteamericanos que creen que Obama era musulmán y/o reptiliano, que los viajes espaciales a la Luna fueron un montaje, que el sol gira alrededor de la tierra, que los dinosaurios cohabitaron con los seres humanos, que nuestro planeta fue creado por obra y arte de un ser imaginario al que denominan dios hace unos cuantos miles de años, que la teoría de la evolución es una patraña y que la tierra es, en realidad, plana. A veces cuesta entender que esas dos realidades tan antagónicas puedan convivir... pero de alguna forma parece que lo consiguen y no lo hacen mal del todo.






En algo teníamos que ganar

Al recopilar el dato de los Premios Nobel he tomado conciencia, una vez más, del inmenso retraso cultural y científico que tenemos con respecto a nuestros vecinos (Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia). Hay algo que huele muy mal en un sistema educativo que sólo ha logrado 2 premios Nobel científicos (los de Severo Ochoa y Ramón y Cajal) en toda su historia a pesar de tener un tamaño y una población similares. Curiosamente enmendar eso, nuestro pésimo sistema educativo, no ha sido nunca la prioridad de ningún gobierno y tampoco constituye una preocupación para la sociedad española. La educación, mal que nos pese a algunos, al español medio y a sus representantes se la sopla. Ese es uno de los delirios nacionales españoles, que creemos que el progreso de nuestro país no se decide día a día en nuestros colegios y en nuestras endogámicas y carcundiosas universidades, sino a base de puntapiés durante las dos o tres semanas que dura el próximo campeonato mundial de fútbol.  Así nos va. 


No tenemos remedio



sábado, 18 de febrero de 2017

Dos cosas que son una


(1) Un día normal leen este blog entre 1.500 y 2.000 personas (los fines de semana algunas menos, así que intuyo que mucha gente lo hace en horario de trabajo). No me gusta hablar de él, porque  es como hablar de mi mismo y porque cuando lo hago me vienen a la memoria un par de amigos poetas (y excelentes poetas, además) que dedican cada entrada de sus respectivos blogs, con contadas excepciones, a la promoción de lo que denominan "su obra". No es que me parezca mal, pero me temo que yo sería incapaz de dedicarle tanta atención aunque esa "obra" fuera la Capilla Sixtina, el David de Miguel Ángel, La ronda nocturna de Rembrandt o La vista de Delft de Vermeer. 

(2) Hace muchos años, en 1862, Ralph Waldo Emerson publicó un artículo en The Atlantic (disponible aquí) en el que, además de argumentar de forma vehemente en favor de que el gobierno presidido por Abraham Lincoln aprobase una legislación federal que permitiera acabar con la esclavitud, alababa la importancia del progreso científico y social y recordaba que la moralidad, más que ninguna otra cosa, es el propósito del gobierno. Siempre que tengo la sensación de que el mundo se pudre y de que estamos a punto de regresar a la angosta madriguera de la que un día salieron a cuatro patas nuestros antepasados, trato de releer sus palabras porque, de alguna forma, me reconcilian con la humanidad. Ya se que en esta época de postverdad (sic) y exaltación de la mediocridad no está de moda hablar de eso y tampoco ignoro que la mayor parte de nuestros líderes políticos tiene las mismas nociones de moralidad (teórica y aplicada) que de calceta y punto de cruz, pero la ventaja de tener tu propio blog es que puedes escribir sobre lo que te de la gana siempre que te venga en gana y sólo por eso, aunque nadie leyera ni una palabra, ya merecería la pena hacerlo.



jueves, 16 de febrero de 2017

No te pares


Nunca, nada, nadie. Tres palabras terribles, sobre todo la última 
(Antonio Machado).

Vivimos más que nunca y vamos más rápido que nunca de un sitio a otro y sin embargo no deja de asombrarme que todo el mundo tiene prisa: de casa al trabajo, del trabajo al gimnasio y del gimnasio a no se dónde y de no se dónde a otro sitio en el que ya les están esperando para que puedan llegar a tiempo a otro sitio. Algo me dice que se trata de estar ocupado, de no detenerse nunca porque si te descuidas y te quedas quieto puede que algo de esa aridez que a veces presientes se asome a la superficie y entonces quizás esa herida empiece a hablar y a lo mejor no te conviene escuchar lo que tiene que decirte. 

Pero es sólo una hipótesis. A lo mejor se trata sólo de que tienen prisa porque tienen muchas cosas que hacer. Y es normal porque tenemos un montón de tareas pendientes: ser otro -quizás mejor, quizás sólo distinto, quizás uno que fuimos, que creímos ser o que soñamos que seríamos-, hacer que el tiempo se detenga y se congele como en los anuncios de cremas hidratantes, cartografiar el futuro y reconocer en él las avenidas y los cruces de nuestro destino para dejar de preocuparnos, tener las mejores cartas en todas las partidas para mirar siempre a los ojos al enemigo con la certeza de que esa vez tampoco nos espera la derrota y adquirir, en fin, secretos superpoderes que nos arrebaten la muerte, el desamor y la enfermedad.

De niño dibujaba con mi dedo índice palabras en las ventanas empañadas por el vapor del río. A cada trazo se formaba una gota de agua que se deslizaba impasible y decidida, ajena a todo, ventana abajo hasta desembocar en un río de madera pintada de azul. Han pasado cuarenta años y sigo sin tener prisa y sigo escribiendo sobre un vidrio mojado para que un día, contra toda probabilidad y contra toda esperanza, una de esas palabras se suspenda en el vacío y se redima de su condena a una existencia fugaz a la que no ignoro que ninguno de nosotros escapará por muy rápido que vayamos hacia ninguna parte. 



martes, 14 de febrero de 2017

La vida



Desde el instante en que vienes al mundo y echas el primer aliento no tienes más remedio que empezar a tomar decisiones acerca de un montón de cosas de las que en realidad no sabes nada y que tienen implicaciones que ni siquiera puedes imaginar y, por si fuera poco, para acabar de complicarlo, siempre habrá a tu alrededor, por todas partes, en bares, colegios y mercados, un montón de gente dispuesta a decirte lo que es correcto, lo que harían si estuvieran en tu lugar, lo que no harían de ninguna manera, lo que está bien y lo que está mal. Por suerte, cuando te haces mayor aprendes que la gente lo sabe todo sobre la vida de los demás y que por eso nunca se equivoca dando consejos al prójimo. Bueno, más o menos. 

El caso es que si yo hubiera escuchado a toda esa gente, si le hubiera hecho caso, no estaría aquí. Y tú, si, tú, tampoco estarías aquí. Estaríamos en otra parte, haciendo otra cosa, pero lo cierto es que, por mucho que nos devanemos los sesos, nunca seremos capaces de desanudar ese hilo, porque no tenemos ni podremos tener nunca ni la menor idea de cómo nos iría en cada uno de nuestros infinitos destinos alternativos posibles, así que, considerando el asunto desde una perspectiva general y teniendo en cuenta la terrorífica cantidad de cosas que podrían haber ido mal, muy mal o catastróficamente mal, después de todo quizás no tenemos tantos motivos para quejarnos, no?




lunes, 13 de febrero de 2017

La masa tonta



He leído que el otro día, durante la gala televisiva en la que se seleccionaba al candidato que representará a España en el próximo festival de Eurovisión (un asunto de vital trascendencia) la cosa acabó con un festival de abucheos, insultos, cortes de manga e incluso con la agresión por parte del público a uno de los miembros del jurado. 

El suceso ratifica mi impresión de que la auténtica especialidad de los españoles no es ni la paella, ni la siesta, ni el saqueo de bienes públicos, sino el frentismo. Nos encanta formar bandos, partidos, corrientes, equipos y grupos para pelearnos entre nosotros con cualquier excusa (un partido de fútbol infantil o la elección del alcalde de un pueblo de Soria tan diminuto que ni siquiera aparece en Google Maps). 

Lo que de verdad nos pone a cien no es ni la política ni el fútbol, sino encontrar una excusa para sacarle los ojos al prójimo -a poder ser el vecino o el del pueblo de al lado- con una cucharilla de café. Donde estén el fanatismo, la fe ciega y, si es posible, una buena ración de hostias, que se quiten la educación, los principios, la mesura y la urbanidad.

No se si lo he contado alguna vez (seguro que sí porque me repito más que la cebolla cruda) pero dejé de ir al fútbol porque no soportaba a la gente. Así, tal cual. En cuanto empezaba el partido todo el mundo a mi alrededor, sin distinción de géneros, edades ni clases sociales, se ponía a insultar a alguien (a los jugadores rivales, al árbitro, al entrenador del equipo rival, a los jugadores del propio equipo o al primero que pasaba por allí) como si con el pitido inicial se hubiera decretado el fin de la civilización. La bilis del público era tan espesa y tan grasienta que creo que hubiera resultado fácil envolverla en papel de fumar y prenderle fuego.

Entretanto, yo, que por mucho que me lo propusiera no encontraba motivos para insultar a nadie, me quedaba allí varado como un alienígena en medio de un centro comercial, entre sorprendido y asustado al comprobar que estaba rodeado por una jauría de fieras que trataban de exorcizar sus frustraciones personales tomándola con la madre de un señor que correteaba vestido de negro y en calzón corto por un prado.

Siempre he sido un antisocial. Eso no es una virtud, es un defecto. Pero en esa antisocialidad late una (triste) realidad: la masa idiotiza al individuo y cuanto mayor es la masa mayor es la intensidad de esa idiotización. La sensación de pertenencia a la manada deja en suspenso las facultades cognitivas de los seres humanos y yo, que por algún azar genético soy incapaz de disolverme en masas, colectivos, creencias religiosas, naciones y todas esas abstracciones que tanto enfervorizan al personal, no puedo evitar sentirme, en esas ocasiones, en medio de tanta gente, más lejos de todo y más solo que nunca. 

PD. Si alguna tienen la ocasión de asistir a un partido de fútbol infantil, alevín o cadete podrán comprobar de primera mano qué es lo que ocurre cuando se reúne en un recinto más o menos cerrado a un grupo de padres y madres convencidos de que sus hijos han sido dotados por la madre naturaleza con unas habilidades balompédicas que para si hubieran querido Garrincha y Maradona. Sólo les diré que la niña del exorcista al lado de los susodichos progenitores parece Santa Teresa de Jesús reencarnada. 


domingo, 12 de febrero de 2017

La La Land (versión alternativa)

Boyero, ves menos que un topo en diciembre en Lleida

Ayer se lesionó Aleix Vidal un jugador del Barsa natural de aquí al lado, de Reus, que por alguna razón -quizás porque su carrera futbolística no ha sido precisamente un camino de rosas- siempre me ha caído muy bien. Se rompió el tobillo cuando por fin había conseguido que Luis Enrique (que es más raro que un flan de chorizo y alfajores) le hiciera un poco de caso y, según parece, estará unos cuantos meses de baja. 

El asunto es que la lesión de Aleix (al que deseo una pronta recuperación) me dejó con mal cuerpo. Últimamente tengo la sensación de que en la esfera pública (política, deporte y demás) todo va de culo. En España el PP gana las elecciones como si tal cosa con una tonelada de mierda debajo de las alfombras, Podemos hace lo posible por revender la mercancía caducada del comunismo como si fuera tecnología de última generación y el PSOE todavía padece
 a un candidato a líder, el ínclito Pedro Sánchez, cuya reelección como secretario general del partido sería la señal definitiva de que se avecina el fin de la humanidad.

En el mundo la cosa no va mucho mejor. Maduro se aferra al poder a toda costa como una lapa sangrienta, Erdogan organiza un autogolpe para purgar a toda la oposición, en Francia y en Holanda amenaza con ganar las elecciones la ultraderecha caníbal y en Estados Unidos... qué les voy a contar que no les haya dicho ya.

En fin, que lo único que podría ir peor es que anuncien que van a hacer la segunda parte de La La Land y que el protagonista de esa versión alternativa de los hechos sea, en lugar de Ryan Gosling, Donald Trump. Ya, ya se que parece imposible, pero también parecía imposible que llegara a presidente y ahí le tienen. 

Una cosa más. Por si no lo habían notado quiero que La, La, Land gane todos los Oscars porque además de otras muchas cosas es, también, la némesis de la Casa Blanca de Trump: la luz contra la oscuridad, la ilustración contra la ignorancia, el technicolor contra la telebasura, la educación exquisita contra los malos modos, el respeto a la diversidad contra el racismo y la exclusión, la ingenuidad contra la malicia, los puentes contra los muros, la delicadeza contra la grosería, la urbanidad contra el insulto, la fantasía y la imaginación contra la máquina de fango y, por supuesto, el amor frente al odio.

PD. Para acabar, algo divertido. El sujeto abotargado de la izquierda, el que tiene pinta de legañoso psicópata pajillero aficionado a los licores de alta graduación, es Steve Bannon, el estratega jefe y mano derecha de Trump, un supremacista blanco antisemita y homófobo (a tal criado tal señor). Para que sea hagan una idea del nivel del individuo, cuando Trump reconoció -a su manera- que mentía al hablar del origen ‘no estadounidense’ de Obama, Bannon acompañó la noticia en su web conspiranoica Breitbart con la foto de un gorila abatido a tiros en el zoo de Cincinnati. La imagen me gusta porque ilustra perfectamente el concepto de superioridad racial: a qué se nota enseguida cuál de los dos pertenece a una raza superior, eh?



sábado, 11 de febrero de 2017

Gafas polarizadas



Últimas miradas

Ocurre una cosa curiosa con La La Land: aunque tiene una puntuación muy alta en Filmaffinity y la mayor parte de los críticos la considera una película formidable, también hay gente a la que no le ha gustado nada o que directamente parece odiarla. Pocas veces he visto opiniones tan polarizadas, como si las dos únicas opciones posibles fueran a) obra de arte absoluta, b) lenta, ñoña y aburrida. 

Creo entender por qué sucede esto. A mi juicio no tiene tanto que ver con la película en si misma como con el aparato emocional del espectador: si eres propenso a emocionarte y de espíritu más bien fantasioso es fácil que te metas en la narración desde el principio y si lo haces ya no hay vuelta atrás. En cambio si eres una persona práctica, racional, empírica y más bien de orden puede que la encuentres ñoña, lenta, aburrida o propensa al pastel.

Que nadie me entienda mal. Uno puede ser de lágrima fácil y, a la vez, un grandísimo hijo de puta o un asesino en serie. Y una persona práctica puede ser honesta a rabiar, totalmente de fiar y estupenda. No se trata de una clasificación entre buenos y malos, ni entre listos y tontos. Mi argumento tiene que ver más bien con cierta e imprecisa inclinación del espíritu: no por casualidad estar en La La Land es una expresión que significa tener tendencia a fantasear en exceso.

Visto así no es extraño que a mi la película me encante y la haya ido a ver dos veces (cosa que es la primera vez que hago en mis 46 años). Y es que se trata de una película para gente que siempre tiene la cabeza en la luna, gente que todavía tiene al niño de ahí adentro bien vivito y coleando, gente que a veces escucha música sin necesidad de auriculares y, en fin, ese tipo de gente que se despista con cualquier cosa que cruce volando por el cielo a esa hora del atardecer en la que todo se tiñe de rojo.

PD. Como ya dije hace unos cuantos post, se trata de una película con mucha mala leche porque te explica que, digan lo que digan por ahí, el amor no está por encima de todo, que hay relaciones muy hermosas que te aportarán cosas y que te ayudarán a ser mejor, pero que sólo perdurarán para siempre en el recuerdo y que la vida te irá dando y quitando cosas y que cuando eso ocurra, por mucho que te duela, por mucho que te hubiera gustado que fuera de otra forma, no tendrás más remedio que secarte las lágrimas y seguir adelante.

PD2. La actuación de Emma Stone es... impresionante. Por cierto, Carlos Boyero en su crítica a la película en El País decía hace unos días que "no es guapa pero es buena actriz". Carlos, hijo, desde el afecto, vete al oftalmólogo rapidito, porque eso tuyo tiene que ser por lo menos un doble desprendimiento de retina. 


La que no es guapa

viernes, 10 de febrero de 2017

Dos revelaciones y un cretino

El clásico gañán

En esencia Donald Trump es:

1) Lo que sucedería si la sección de comentarios de los lectores de un diario de derechas de esos que se dicen liberales pero cuyo lector medio es tan demócrata como Hitler o Stalin (tanto monta, monta tanto) cobrara vida, se presentara a la presidencia y ganara las elecciones, y,

2) La demostración palpable de que acumular dinero a paladas no te proporciona de forma automática modales, respeto, moral, confianza, decencia, paciencia, honestidad, responsabilidad, clase, carácter, integridad, empatía ni, por supuesto, sentido común.

PD. Como no soporto a este cretino pero tampoco tengo intención de dedicarle el blog en exclusiva voy a hacer todo lo posible por tomarmelo con calma y olvidarme de él durante algún tiempo. Pero tampoco prometo nada, porque es verle y del asco se me ponen los dedos a escribir solos. 


miércoles, 8 de febrero de 2017

De aquellos polvos...

Obama vs. Trump (la misma gente, casi)

Hace unos años se puso de moda el relativismo filosófico. Se trata de un árbol con varias ramas: el relativismo cognitivo, que defiende que no existen verdades universalmente válidas, porque toda afirmación depende del contexto en que se formula (todo es del color del cristal con que se mira) o el relativismo moral (no existen ni el bien ni el mal absolutos, se trata sólo de convenciones culturales), por citar sólo alguna de ellas.

El fenómeno caló hondo en las universidades españolas por lo que tenía de moderno y de antisistema, de ruptura con lo convencional y, por supuesto, de progre, a pesar de que algunos de los padres fundadores de la disciplina eran ni más ni menos que filósofos que, como Heidegger, habían simpatizado con el nazismo. Esa conexión no es extraña, porque si se piensa bien, en su forma más virulenta, el relativismo supone una exaltación de la irracionalidad que está a un paso del fascismo: que nadie contradiga lo que yo digo o hago en aras de la lógica, de la razón o de la bondad, porque esos conceptos son imaginarios y no pueden ser usados como argumento de defensa. 

La cosa alcanzo cotas delirantes. Les pondré un ejemplo, el de uno de sus "pensadores", Bruno Latour, que en 1976 publicó un artículo sobre la momia de Ramses II. Los científicos habían descubierto, analizando sus restos, que el faraón había muerto de tuberculosis. Latour argumentó que eso no podía ser, porque antes de que Koch lo descubriera el bacilo éste no tenía existencia real. ¿De verdad alguien en su sano juicio podía defender que una isla o una especie de pájaro no existen hasta que alguien les pone un nombre? ¿Un árbol que se cae no hace ruido si nadie lo escucha? ¿Si cierro los ojos Messi deja de existir? ¿En serio?

¿Por qué les cuento esto? Porque creo que ahora que la superstición, el oscurantismo, el fanatismo nacionalista y religioso se extienden como una mancha de aceite (una vez más) por el mundo, no está de más recordar que la razón ha sido, históricamente, el único valladar contra todas esas locuras y una doctrina filosófica que afirma que la verdad no existe y que todas las creencias son igual de respetables es justo el combustible que los fanáticos necesitan.

Piensen por ejemplo en Donald Trump. Hace unos días, cuando durante una entrevista en la NBC fue cuestionada acerca del hecho de que su Secretario de Prensa había mentido de forma flagrante (como ha quedado bien acreditado) al decir que el número de espectadores que habían asistido a su acto de toma de posesión había sido el más grande de la historia, su mano derecha, la ex-jefa de campaña y actual consejera Kellianne Conway, replico que lo que el portavoz había hecho era contar "hechos alternativos".

Hechos alternativos. Verdades alternativas. Dos y dos son cuatro, pero, si se acepta la teoría de los hechos alternativos, dos y dos también podrían ser dieciocho, sesenta y siete o nueve mil trescientos. ¿No perciben un olor familiar en este tipo de argumentos? En efecto, se trata del viejo relativismo que regresa: si todo es subjetivo, si la verdad no existe... uno puede defender cualquier cosa sin tener que tomarse la molestia de contrastarla con la realidad (más que nada porque... para los relativistas la realidad no existe). Y ni que decir tiene que eso viene que ni pintado cuando eres una auténtica máquina ambulante de mentir.

Los hechos alternativos son mentiras y es fundamental que no lo olvidemos a pesar de que hay mucha gente interesada en que lo hagamos. Y Trump es un repugnante mentiroso compulsivo con la inteligencia emocional de un niño malcriado de seis años. Y los que todavía le defienden son idiotas, protofascistas, racistas u oportunistas carentes de escrúpulos. Y yo, mucho me temo, voy a estar unos añitos sin viajar a Nueva York si no quiero acabar mis días disfrutando de los placeres de la técnica de ahogamiento simulado en algún recodo de Guantánamo. 




PD. Conocí personalmente a varios de aquellos muchachos relativistas, a la sazón profesores de la Universitat Oberta de Cataluña y la verdad es que a fuer de pedantes y redichos daban mucha risa. Tenían contratos temporales y cuando se convocaba "su" plaza se ponían muy contentos porque sabían que en el endogámico sistema universitario español la competencia de los candidatos de fuera de casa es casi imposible. Si cuestionabas la (in)moralidad de ese sistema de selección (que no era tal) te decían abiertamente que su puesto era suyo porque se lo habían ganado a pulso. Y punto. Vamos, que eran relativistas, pero en lo tocante a su puesto de trabajo lo eran más bien poco. Tampoco vi nunca a ninguno arrojarse por una ventana para demostrar que la realidad no existe y que todo es pura percepción. Algo me dice que en el fondo no eran tan idiotas como parecían.


domingo, 5 de febrero de 2017

No son los idiotas, es el miedo que nos idiotiza



Cuenta Claudio Magris, en una entrevista concedida al Suplemento Dominical del diario El País que nuestra tradición democrática “daba por sentado que existía una ciudadanía politizada a la que había que convencer para obtener su voto. Ahora lo que ha aparecido es una amplia población que vive por debajo, o al margen, de cualquier tipo de comprensión de lo económico, de lo cultural, de lo público. Trump ha conseguido convencer a esa América (que no está solo en América) de que es su voz".

La hipótesis es tentadora, pero no creo que la existencia de ciudadanos que viven al margen de la política sea un fenómeno nuevo. Las tasas de alfabetización y los niveles de escolarización, con toda seguridad, son mejores que en cualquier otra época. La gente tiene más información que nunca acerca de lo que ocurre en el mundo (la aproveche o no) y dudo mucho que los votantes de Trump, con todas sus limitaciones cognitivas, tengan menos nociones de economía o de política que la generación de mis abuelos.

El problema es, a mi juicio otro. No es que la ciudadanía se haya vuelto estúpida de repente. Es que tiene miedo. Y cuando tenemos miedo todos parecemos menos listos. El viejo Maquiavelo, en sus Discorsi, alegaba que sólo la búsqueda del bien común engrandece a los pueblos, pero que sólo atienden al bien común las repúblicas que entrenan a sus pueblos en la libertad. Y el miedo es el mejor antídoto de la libertad.

A pesar de lo que se dice por ahí no fueron los medios de comunicación ni la ignorancia de sus votantes los que hicieron presidente al payaso diabólico. Fue el miedo, el de muchos ciudadanos americanos que han comprado la insidiosa idea de que que hay alguien ahí fuera que amenaza el sueño americano de sus ancestros: el extranjero, que viene a quitarles su trabajo, a llevarse sus empresas, a inundar el mercado con sus productos o, peor aún, a atentar contra sus vidas. El otro, el chivo expiatorio de siempre.

Por eso todo el argumentario político de Trump iba dirigido a estimular ese miedo: levantaremos un muro, expulsaremos a los inmigrantes ilegales, impediremos la entrada de musulmanes, obligaremos a las empresas a fabricar en nuestro país y revocaremos los tratados de libre comercio. Muros y proteccionismo, la receta de los señores medievales.

Bajo el influjo del miedo mucha gente estaba ansiosa por comprar esa mercancía defectuosa. Y lo hizo. Enfrente, Hillary Clinton, por desgracia, no logro reunir a su base electoral como antes lo habían hecho, por citar dos ejemplos, Obama y Bill Clinton. Cualquiera de los dos (los números lo demuestran) habrían arrollado a Donald Trump sin demasiadas dificultades. 

PD: Intuyo, aunque es obvio que no puedo demostrarlo, que el porcentaje de idiotas/apolíticos/ciudadanos que no saben por donde les da el aire/bobos de baba es una constante histórica. Si es así su presencia, por muy deprimente que resulte, no puede explicar por si misma ningún suceso en particular. 


In memoriam



La primera noche le pedí que dejara sus botas junto a la cama, porque nadie iba a salir de aquella habitación hasta que uno de los dos necesitara atención médica o un ramo de crisantemos. Ella sonrió y sin decir nada y sin dejar de mirarme empezó a quitárselas arqueando su espalda en el aire con la elegancia de aquellos gatos que ni siquiera se molestan en fingir que han sido domesticados, porque hasta los habitantes de las galaxias más remotas tienen la certeza de que ni lo han sido ni lo serán jamás. 

Falleció en febrero, un año y medio después. Se la llevó por delante un cáncer de esófago, típico de viejos, de fumadores y de alcohólicos. Tenía 32 años. No bebía y no había fumado nunca, pero contra toda probabilidad un escuadrón de más de veinte mil genes conspiraba contra ella en lo más profundo de sus venas y cuando eso ocurre no importa nada de lo que hagas -ni tus valientes propósitos, ni mis tercas promesas, ni las sesiones de quimioterapia- porque juegas con la cartas marcadas y tienes todas las de perder. 

El caso es que ese año duró un instante y a cada instante yo sentía que se me escapaba, que me iba quedando vacío, sin nada, como cuando de niño trataba de agarrar el agua del mar con mi rastrillo de plástico. El último invierno su camisón se había vuelto ingrávido y flotaba en alguna silla o sobre la cama y yo, como un soldado que se muere de miedo, había cavado una trinchera a su lado y trataba por todos los medios de no dormirme y de no quitarle ojo para memorizar cada uno de sus gestos, como si de esa forma, aprendiéndola de memoria, pudiera engañar a la muerte y ofrecerle a través de mi recuerdo una segunda oportunidad, una vida nueva, distinta de aquella que ya se iba consumiendo.

Ahora, tantos años después, cuando pienso en ti regreso al crepitar de las hojas de los castaños que tanto te gustaban, a la luz que se filtraba sobre tu pelo algunas tardes de otoño, a la música callada de la nieve que revoloteaba sobre los tejados, al sabor dulce de tus besos bajo los manzanos que había plantado mi abuelo, al ruido sordo del río cuando dejaba de susurrar y amenazaba con anegar la cuadra y a tu voz, a tu voz que todavía escucho a veces justo antes de despertarme y a esta casa que iba a ser nuestra casa para siempre y a esta habitación vacía en la que una noche dibujé con mi mano la perfecta curvatura de tu espalda.

PD. Dedicado a tres mujeres a las que nunca olvidaré y a todos aquellos que han perdido a un ser querido. 


viernes, 3 de febrero de 2017

La santísima trinidad del fado

 Ana Moura


 Cristina Branco


Raquel Tavares


PD. Convendrán conmigo que las tres tienen aspecto de mujeres pusilánimes, desvalidas y completamente carentes de ideas propias. Mujeres que están pidiendo a gritos la tutela espiritual de algún sarnoso imán harto de mugre que les diga que ropa deben ponerse y como han de vivir su vida. Claro. 





jueves, 2 de febrero de 2017

Tu nombre



Todos los planetas del sistema solar, puestos en fila, caben entre la tierra y la luna


Cada mañana, a las ocho, camino del trabajo, las calles agradecen mi modesta compañía con su obstinada sombra de asfalto y mascaras usadas. Entonces pienso en ti y ese pensamiento, como un pez que roba una bocanada de aire al mar, insufla vida a los árboles, detiene la lluvia y hace vibrar las antenas de los repetidores de telefonía móvil. Ptolomeo y Copérnico trataron de desmentirlo, pero yo, que conozco el abismo y que (por eso) tengo por ciertas las leyes de la gravedad, he llegado a la conclusión de que tu nombre susurrado por el viento entre las hojas es la luz primera, la última raíz y el centro exacto del universo. 






miércoles, 1 de febrero de 2017

Believe




Donald Trump, la oleada de xenofobia (valga la redundancia), el ya consumado Breixit y, a poco que nos descuidemos, el Freixit que está por venir, al auge de los partidos de ultraderecha, el cambio climático, el desempleo, el fundamentalismo religioso, la contaminación, el fatigoso proceso de Cataluña, los premios a Cristiano Ronaldo... y sin embargo, a pesar de todo, el mundo, nuestro mundo, sigue siendo un lugar hermoso lleno de amor. Continuar creyéndolo y ser capaces de vadear esa poderosa corriente que cada día intenta que lo olvidemos es, quizás, nuestro último mecanismo de defensa frente a la oscuridad.


But in the cold light I live to love and adore you
It's all that I am, it's all that I have
In the cold light I live, I only live for you
It's all that I am, it's all that I have

So open up my eyes to a new light
I wandered 'round your darkened land all night
But I lift up my eyes to a new high
And indeed there would be time



martes, 31 de enero de 2017

De qué va La La Land





Estos días he tenido ocasión de discutir alguna que otra vez acerca de La la Land. Sin incurrir en ningún spoiler, mi argumento es que la película nos recuerda que, a pesar de lo que digan todos los poemas y casi todas las películas románticas, en el mundo real, el de los adultos que han dejado atrás la adolescencia, el amor NO está por encima de todo, que pase lo que pase el mundo sigue girando y que al final nadie en su sano juicio se muere de amor. 

En este sentido La La Land es una película romántica y antiromántica a la vez. Alegre y amarga al tiempo, porque aunque es cierto que es la vida la que nos concede la experiencia del amor, nadie puede negar que es también la propia vida la que se encarga de ponerlo en tela de juicio, de ir desgastándolo y al final, a veces, muchas veces, demasiadas veces, de arrebatárnoslo sin piedad. 

Y a pesar de todo... La La Land es pegadiza, luminosa y trasciende al cliché, porque nos arrulla con el embriagador aroma que sólo son capaces de percibir aquellos que un día amaron y fueron amados de verdad y eso, esa experiencia, aunque no siempre salga bien, aunque no sea capaz de sobrevivir a todos los avatares de nuestra atribulada existencia, aunque nos cause mil pesares, erosiones y pesadillas, es una de las mejores cosas que pueden llegar a ocurrirnos en esta vida y en todas las vidas posibles que puedan existir en este y en otros mil millones de universos alternativos.

Vayan a ver La La Land y déjense llevar. Al fin y al cabo, no se si lo recuerdan, pero el amor consiste en eso, en dejarse llevar.  


lunes, 30 de enero de 2017

Testamento




Si algún día fallezco a consecuencia de un accidente de tráfico, de un trombo cardiaco acontecido durante un partido de champions del Barça o atropellado en lo hondo de alguna fraga gallega por el incontenible y más bien feo para la vista andar rápido de Mariano Rajoy, este blog quedará varado en Internet por los tiempos de los tiempos (no se si Blogger acabaría calcinándolo, tengo que revisar los términos del contrato).

El caso es que, sea como fuere, esto que aquí escribo está llamado a perdurarme. Saberlo, sin embargo, me consuela un poco. En cierto sentido, mi blog vendría a ser una especie de testamento, solo que como el que suscribe carece de inmuebles y de solares rústicos y urbanos y está destinado a morir con tres euros en el banco -porque ahorrar no figura en mi considerable relación de pecados- en vez de dejar para la posteridad ladrillos y hierbajos para solaz de mis herederos, dejaré un puñado de palabras que valer, lo que se dice valer, no valen ni para atar una mula vieja al brocal de un pozo.

Lo curioso es que saber que voy a morir no me preocupa ni lo más mínimo. Algún día sucederá y cuando por fin suceda yo habré dejado de estar allí. De todas formas, como ese día llegar llegará y nunca se sabe ni cuándo ni cómo, me gustaría dejar escrito, ahora que todavía estoy a tiempo (voy a escribir esta parte todo lo rápido que pueda, por si acaso) que si alguien quiere ahorrarse el trabajo de escudriñar las mil o dos mil o tres mil entradas de este blog y quiere saber de qué va el asunto, quién era yo y que carajo era lo que trataba de contar con tanta palabrería nocturna, lo tiene muy fácil porque esta canción de Ana Moura (Desfado) lo resume a la perfección.

Ahora el resumen no se lo pienso hacer, sólo faltaba. Si quieren ahorrarse la lectura al menos aprendan portugués o usen el traductor de Google, que lo tienen ahí a un par de clics de distancia. 


domingo, 29 de enero de 2017

Asesinos, cómplices, secuaces y justificadores



La historia se parece a otras muchas igual de tristes. Una madre y su hija, naturales de la República Dominicana, fueron asesinadas por la pareja de la primera, un sujeto que no contento con maltratarlas de forma repetida, acabó arrojándolas a un pozo de aguas fecales en un pueblo en la linde entre Zamora y Portugal un día de verano de 2014. Después de asesinarlas utilizó sus tarjetas de crédito para robarles todo el dinero de sus cuentas bancarias, se llevo sus móviles y se llevó el ordenador y la televisión de las víctimas a la casa de sus padres. 

Antes de que ocurriera todo eso la abuela dominicana había denunciado en el juzgado de guardia de Plaza de Castilla el maltrato que sufrían su hija y su nieta, pero lo hizo en un escrito redactado a mano de forma precaria en el que escribió mal el nombre de la calle (antes los funcionarios transcribían las denuncias... pero ya no lo hacen... y ella escribió Debino Valles en vez de Divino Valles). Y como no pudieron localizarla, el juzgado archivo el asunto sin más trámite. 

Dentro de unos días empieza el juicio contra Raúl Álvarez, el asesino confeso, que después de marear la perdiz durante unos cuantos meses, acabó confesando la ubicación del pozo al que había arrojado los cadáveres. En el artículo publicado ayer en El País se menciona que el Consejo General del Poder Judicial ha dictaminado que se produjo un error judicial que debe ser reparado y que Ayda, la abuela, solicita una indemnización de 125.000 euros.

Hasta aquí los hechos. Un salvaje homicida. Uno más. Otra bestia. Pero no quiero hablar (sólo) de eso. Me gustaría comentar algo más que ni siquiera me deja conciliar el sueño. Y para hacerlo voy a reproducir alguno de los comentarios de los lectores de El País:






Resumiendo:

a) Medalla de bronce a la estupidez, nivel cuñado siniestro: la muerte se debe a la inmigración. Al comentarista el hecho de que el asesino sea un españolísimo individuo natural de Zamora le da igual, porque todo es por culpa de la emigración. 

b) Medalla de plata a la estupidez con ribetes bordados de miserabilidad: la abuela lo que quiere es pasta (es lo que quiere cualquier abuela, que maten a su hija y a su nieta para poder cobrar una indemnización, no sé como no me había dado cuenta antes, ahora entiendo por qué mi abuela me miraba así), 

c) Medalla de oro a la estupidez con toisón de cerrilidad de diamantes: la culpa es "sin duda" de la mujer que acabó en el pozo con su hija, por sus "extremadamente malas decisiones" y por no denunciar el maltrato. El asesino no es responsable de nada, pobrete, la culpa es toda de la pobre muchacha, por dejarse matar sin denunciar. Si es que la gente se va dejando matar por ahí y luego se queja. 

Con opiniones como estas no me estraña nada que gane las elecciones el payaso diabólico del pelo naranja: lo que me extraña es que todavía queden mujeres con vida. Apuesto a que alguno dirá (nunca falta un tonto para defender a sus semejantes) que son comentarios triviales, que no hay que tener en cuenta estas cosas, que la gente no piensa lo que dice. 

No puedo estar más en desacuerdo: la tesis central de mi argumento es justo la contraria, que es precisamente eso, ese caldo de cultivo abonado de estupidez y machismo cerril, el que hace que germinen los asesinos de mujeres que luego abarrotan los noticiarios. Sin ese clima moral, sin el lodo sociocultural de la desigualdad de género el asesinato de una mujer por parte de su marido sería una rareza criminal de museo y no lo que es hoy en día, poco menos que un hábito, una noticia que, a fuerza de reiterada, resulta casi invisible.

Ojalá el asesino se pudra en la cárcel. Y ojalá que tengan un larga vida llena de infecciones bacterianas resistentes a los antibióticos quienes justifican sus crímenes con argumentos estúpidos y/o repugnantes, porque, aunque no sean conscientes de ello, su cretinismo y su necedad también resultan letales. 

PD. El machismo alcanza también a las mujeres. Repasando la prensa para escribir esta entrada me he encontrado con el siguiente comentario a la misma noticia en el diario ABC de una tal Soledad: "lo que no entiendo es porqué tuvo que matar a la hija de 9 años angelito inocente, en lugar de dejarla con la abuela". Traducción: que mate a la madre cae dentro de la lógica más elemental, pero a la nena no, hombre, a la nena no, que malote. Mis mejores deseos de azitromicina para ti también, Soledad.

sábado, 28 de enero de 2017

Sol de invierno



Es curioso este sol de enero porque silba altivo a través de las nubes pero resbala sobre las cosas: no toca los nudos retorcidos de las vides, no mordisquea las orejas de los animales recién nacidos, no empuja los columpios en los parques y no abriga la espalda desnuda de las hojas. Me parece que ya va siendo hora de que alguien se tome la molestia de explicarle que sí, que vale, que todos tenemos miedo y que todos sentimos la velada necesidad de ponernos a cubierto, pero que nada llega a saber del otro el que nunca se quita los guantes y que para aprender del amor también es necesario abrazar la mancha. 

PD. Hay días grises y días que valen la pena. Hoy he leído un poema de esos que convalidan todo un invierno. Y me refiero a un invierno de Lleida, que, como la vaca lechera de la canción, no es un invierno cualquiera.


CASTILLA

Íbamos en coche a Ponferrada,
donde mi abuelo se asfixiaba poco a poco. 
Mi padre conducía con los ojos anémicos,
sin mirar el paisaje:
Castilla era su padre y se estaba muriendo.
Yo pensaba en Machado.
Cruzábamos las nubes por la mesta,
horizonte de arcilla,
pinares apretados donde fuimos salvajes y hubo sol.
Las vides retorcidas por el frío.
Los hilos del telégrafo, aquel toro. Íbamos
en el coche al hospital de Ponferrada.
El tiempo era franela, y era adobe.
Silicosis del tiempo.
Yo pensé: Leonor.
¿Qué pensaba mi padre?
Castilla era su padre. Y se acababa.

Un poema de Martha Asunción Alonso (Madrid, 1986)
(Wendy, Valencia, Pre-textos, 2015)



jueves, 26 de enero de 2017

Cosas que pinchan


Durante la infancia nos ocurren todo el tiempo cosas extraordinarias y surrealísimas, como esas veces en las que estás jugando al fútbol o a cualquier otro deporte con reglas no escritas con tu hermano y de pronto aparece tu madre con ese don que tienen las madres para materializarse saliendo de la nada y te dice que te peines que viene gente y por la forma en que te lo dice, tan virulenta y categórica, tienes la impresión de que la gala de los Óscars de ese año se va a celebrar por sorpresa en el portal de tu casa y luego resulta que no, que lo que pasa es que viene otra vez de visita la tía Antonia, que siempre trae pasteles como regalo y conste que utilizo el plural por no faltar a la verdad aritmética, porque lo cierto es que apenas traía dos diminutos pastelitos llenos de moratones y con el papel del envoltorio repegado a la crema pastelera, que me entregaba, eso si, con mucha ceremonia y un gran gesto de alivio, como si portearlos hasta casa dentro de su bolso ancestral de piel de vacuno hubiera supuesto un sacrificio lindante con la heroicidad y yo, entonces, durante el acto solemne de entrega, la miraba y sonreía y, como muestra agradecimiento, hasta le daba dos besos, pero era una sonrisa más falsa que la contabilidad del PP, porque lo que estaba pensando en realidad era, por este orden, (1) pues si que está mal de la espalda que no le da ni para traer, al menos, media docena de pasteles que sería lo suyo y (2) que barbas tan vigorosas y a la vez tan afiladas que se gasta esta señora; pero, claro, huelga decir que me guardaba mucho de decirlo en voz alta, porque yo era un niño bien educado que había aprendido en carne propia eso de que la valentía que no se funda en la prudencia se llama temeridad, así que para evitar recibir una bofetada de revés propinada con una maestría que ya quisiera para si Rafa Nadal, me callaba, sonreía lo mejor que sabía, que no sería mucho dadas mis pobres dotes actorales y en cuanto encontraba ocasión me comía de una sentada los dos pasteles, que al fin y al cabo mi buena irritación facial me habían costado. 



Me gustaría dedicar esta canción a Donald Trump  y a todos los que, como él, tienen miedo de lo que ignoran, que es casi todo. Todas las músicas son una, todos los mundos son uno, y a todos nos contempla desde lo alto el mismo cielo.


miércoles, 25 de enero de 2017

Sezen Aksu



En medio de la noche escucho la voz de una chica que pronuncia en voz alta un nombre: Joan. Intuyo que más que de una llamada se trata de una forma de exorcismo, como si tratara de expulsarlo de su cuerpo, como si ese nombre que hace un momento resonaba a través de las paredes de ladrillo fuera también su propia carne. En lo alto las estrellas callan y su voz germina en un mar de silencio. Pero eso no importa porque incluso en este tiempo de furia extraordinaria hay gente que aguarda milagros, gente que celebra con las alas mojadas la vida que se derrama y que esta noche se pierde bajo el umbral de la lluvia equivocada.


Las palabras no hacen el amor
hacen la ausencia.
Alejandra Pizarnik


domingo, 22 de enero de 2017

Pájaros en la cabeza



Ser funcionario está bien por muchas razones que son casi un lugar común: no se cobra mal del todo, no te pueden despedir salvo que le pegues un cabezazo con alevosía y en horario laboral a tu jefa (y aún así habría que verlo) y el horario es (muy) bueno. Además, con algunas excepciones que me temo que todavía no llegan a regla general, no se trabaja demasiado, así que si eres funcionario sólo tendrás noticias de la existencia de ese fenómeno llamado karoshi a través de la prensa, porque la idea de morir de un derrame cerebral o un ataque cardiaco a causa del exceso de trabajo puede que esté de moda en Japón, pero resulta tan ajena a la realidad funcionarial como la honestidad al pensamiento político de Donald Trump.

En contrapartida ser funcionario es tan emocionante como cabalgar... a lomos de un caballo de madera carcomido por la polilla. Por muy bien que te propongas hacer tu trabajo no podrás dejar de observar que la mayor parte del tiempo estás condenado a navegar, cual moderno holandés errante, dentro de un océano de burocracia en el que la inercia sustituye casi siempre a la inteligencia y en el que la rutina lo llena todo de un halo de sinsentido y casi de irrealidad. Y por eso, por más que trates de no pensar en ello y de repetirte una y otra vez las ventajas de tu condición, si eres una persona inclinada al sentimentalismo, la locura o la rebeldía, de imaginación alborotada o con cierta curiosidad intelectual (o, peor, todo eso a la vez), ser funcionario, algunas veces, resulta perturbador, aborrecible y casi doloroso.

El otro día viendo La La Land (tengo que volver a ver esa película mañana mismo por lo civil o por lo criminal) pensaba en todos esos chicos y chicas que una noche de un viernes cualquiera, sepultados en el asiento de su automóvil en un autocine, sintieron el deseo incontenible de dejarse abrazar por la luz de la pantalla que les envolvía y que poseídos por una enfermedad de la que ya no habrían de curarse jamás, dejaron atrás, en una somnolienta estación de provincias del medio Oeste o de Castilla la Vieja, a un novio o una novia que les habían prometido amor eterno (un amor que era dulce y que además era verdad) y que, sin padrino ni certeza alguna, se subieron a un autobús con cuatro duros en los bolsillos para abrirse camino en el mundo del espectáculo audición a audición, casting a casting, sobreponiéndose a cada rechazo y a cada pequeño y no tan pequeño desprecio y a cada tarde en la que el teléfono tampoco suena a pesar de que esta vez, esta vez sí, tenían la corazonada de que lo haría.

Todo ese vértigo resulta, para un modesto funcionario de provincias como yo, tan lejano como los anillos de Júpiter. Es verdad que puedo verlos desde aquí con un telescopio de grandes dimensiones o buscar una fotografía de alta resolución en google, pero jamás podré acercarme flotando a través del vacío espacial, ese en el que la teniente Ripley nos enseñó que nadie puede escuchar nuestros gritos y contemplar su desconcertante belleza geométrica con mis propios ojos.  

Por eso esas veces en las que, sin saber cómo ni porqué, me acomete la certeza de que mi trabajo (fijo, estable, con buen horario y bien pagado, ya lo sé) será siempre este -esto, estos papeles que tengo aquí delante- tengo que hacer un esfuerzo considerable para no arrojarme por la ventana de mi despacho, cosa que, teniendo en cuenta que trabajo en un primer piso, difícilmente me ocasionaría la muerte pero que, casi con toda seguridad, me produciría lesiones que precisarían un periodo más o menos largo de convalecencia y la consiguiente baja laboral y ya se sabe que sólo hay una cosa peor que trabajar: estar de baja por estar enfermo de verdad, que es un estado lastimoso, magullado y precario muy parecido a la muerte en vida en el que uno empieza por dejar de afeitarse y acaba añorando hasta el café con los compañeros de trabajo, que ya es añorar. 

PD. Tiene que ser la leche condensada subir ahí arriba y que aquella chica con la que saliste en segundo de derecho, aquella que te dejó por un alopécico y prometedor aspirante a notarías, te vea levantarte y besar a tu última novia, que bien podría ser Blake Lively o Jessica Chastain, recoger un Óscar al mejor actor y al agradecer el premio, sin dejar de sonreír y, por su puesto, sin mencionar su nombre, decirle, qué, pequeña hija de puta, ¿por qué no me dices ahora eso que siempre me decías, aquello de que sólo tenía pájaros en la cabeza y que así nunca iba a llegar a nada, eh? Lo mejor de todo es que, en esa tesitura, no hará falta ni que lo digas, porque lo cierto es que ni siquiera te acordarás de ella y además, en cuanto te vea, ya lo pensará ella por los dos.



lunes, 16 de enero de 2017

Vayan a ver La La Land



Esta tarde he visto La La Land (La ciudad de las estrellas) y me ha encantado. Mi consejo (y ya saben que no suelo darlos) es que suelten lo que tengan entre las manos, dejen lo que sea que estén haciendo, corran como si no hubiera un mañana y vayan a verla lo antes posible, porque es de esas películas inolvidables cuyo visionado exige la íntima oscuridad compartida de una sala de cine. Además no hay que descartar que cualquier día de estos la sustituyan por Transformers 8, Fast and Furious 9 o cualquier otra de esas melancólicas producciones cinematográficas cuyos títulos incorporan dígitos que ilustran el coeficiente intelectual medio de sus guionistas y en las que si por un instante crees que han acabado las explosiones es porque ya te han reventado los tímpanos.

Cuando regresaba en coche a casa (porque el cine en Lleida está camino de Huesca, a unos diez kilómetros del centro de la ciudad), tarareando ese formidable canto a la vida que es Is another day of sun, me di cuenta de que, aunque formalmente no tienen nada que ver, hay cierto paralelismo entre La la Land y Café Society de Woody Allen: las dos muestran una inconfundible añoranza por la época dorada de Hollywood y las dos son historias sobre las vidas que podríamos haber vivido (mejores, iguales o peores, nunca lo sabremos) si nuestras decisiones hubieran sido diferentes, si hubiéramos perseguido nuestros sueños hasta el final o si hubiéramos dejado de hacerlo un segundo antes de lo que lo hicimos. 

PD. Durante la película estuve a punto de llorar varías veces pero no de tristeza... sino de emoción, de auténtica emoción, esa emoción que nos producen a las personas que somos soñadoras, poco prácticas y que siempre estamos con la cabeza en las nubes las cosas que son dulces, son hermosas y además son verdad.