sábado, 22 de julio de 2017

Pongamos que hablo de Madrid



Hay canciones que, además de ser hermosas, suenan a verdad, como si uno las hubiera atravesado en carne y hueso de parte a parte y en el curso de ese viaje algo de ellas se hubiera quedado prendido en uno de esos escondrijos del alma que recelan de la luz del día y que sólo se asoman al exterior a esas horas en las que cualquier persona sensata y con una vida ordenada ya lleva un buen rato roncando. 

Esta canción ("Buena chica") me gusta por muchas razones. Porque hay versos que son poesía esculpida sobre una plancha de acero con un martillo de fuego ("su casa bordeando la autopista hizo que ella creciera muy deprisa"); porque por esas casualidades de la vida yo también crecí en una casa plantada a cincuenta centímetros de una carretera nacional que amenazaba con caerse cada vez que un camión pasaba a toda velocidad a metro y medio del salón; porque los Secretos tienen la capacidad de emocionarme y devolverme a aquellos años remotos (ay) en los que yo también tenía toda la vida por delante y, también, porque en sus canciones resuena Madrid, la ciudad en la que me han ocurrido un montón de cosas que han cambiado mi vida, la ciudad en la que me hice mayor y en la que siempre me siento pequeño y el único lugar del mundo en el que nadie es del todo extranjero.

Madrid, la ciudad de los Ministerios monumentales, de los taxistas quejicas y trapalleros que siempre parecen contrariados y de los funcionarios que cobran productividad por trabajar un rato por las tardes y desayunan profusamente para no desmentir el tópico; la ciudad de los mil Corte Ingleses y de millones de personas que comparten un acento seco como una navaja  barbera y la casa del Real Madrid y sus incontables copas de Europa (ay) que tanto alegraban a mi padre y tantos malos ratos me han hecho pasar a mi. 

Madrid, el pueblo-ciudad de Castilla en el que se cruzan todos los caminos y en el que el mar no se puede concebir. Madrid, el lugar al que nunca dejo de regresar con el asombro de un niño y del que nunca me iré del todo, porque hay algo de esa ciudad improbable, tremebunda y soberbia que un día se quedó agarrado a mi alma, y me observa y me interroga cada día desde el espejo.

PD. Hace un mes vi actuar a los Secretos en Benavente (uno de mis lugares favoritos del mundo). Escuchando sus canciones me vino a la memoria Enrique Urquijo, que murió una noche de noviembre del año 99 en un lóbrego portal de la calle Espíritu Santo de Malasaña y de Antonio Vega, que lo haría diez años después, a los 51 años, de un cáncer de pulmón y entre canción y canción no pude evitar pensar que la vida parece encontrar un placer entre sádico y morboso en llevarse por delante a las personas más sensibles y que, en cambio, por razones que se me escapan, a menudo resulta terriblemente comprensiva con un montón de indeseables que, más que morirse, ni siquiera deberían haber tenido la oportunidad de nacer. Tengo la certeza de que Dios no existe, pero a veces me gustaría estar equivocado y que anduviera por ahí para tener ocasión de echármelo a la cara y decirle cuatro cositas bien dichas acerca de su nefasta política de selección de personal. 


miércoles, 5 de julio de 2017

Desde la orilla







A veces me gustaría, al menos por un rato, ser capaz de compartir alguna de las causas en las que encuentra refugio gran parte de la humanidad: la religión y sus irritados dioses llenos reproches, mandamientos y amonestaciones; el populismo de izquierdas y de derechas y sus promesas, tan dulces como el sirope de chocolate y tan embriagadoras y decepcionantes como el alcohol de garrafón; el nacionalismo, siempre presto a susurrarte que te mires el ombligo hasta que seas capaz de descubrir qué maravillosa y única esencia te distingue, te separa y te eleva por encima de los seres humanos idénticos a ti que habitan al otro lado de las arbitrarias línea de los mapas. 

Pero no puedo. Tampoco es que lo intente mucho ni con mucha fuerza. De sobra sé que soy incapaz de someterme a los dictados de esas fibrosas generalizaciones y como ya tengo 47 años no me queda más remedio que ir aceptándome como soy. Me gustan los fados, la música country, el reflejo del cielo sobre el mar Egeo, el rape y los huevos fritos con chorizo, los atardeceres en Zamora y tres o cuatro mil cosas más que nunca dejan de asombrarme pero, la verdad, no encuentro ninguna buena razón que me convenza de que ser asturiano, español o portugués sea mejor ni peor que ser malayo, vietnamita o congoleño. De hecho estoy seguro de que hay muchos vietnamitas que me caerían infinitamente mejor que muchos asturianos, porque lo que cuenta es cada persona, en su irreductible y prodigiosa singularidad, que nunca podrá ser dibujada por un pasaporte o por una bandera.

Borges escribió que "El nacionalismo solo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez". Lo mismo puede decirse de la religión y del populismo político (Trump, Le Pen, Pablo Iglesias y sus peculiares secuaces filocomunistas), así que lo único que se me ocurre que puede hacer una persona con un poco de criterio es tratar de no dejarse arrastrar por esa ola de tontería que a ratos amenaza con llevárselo todo por delante.


lunes, 3 de julio de 2017

Idas y venidas



Lo he comprobado y llevaba sin escribir en mi blog desde el 14 de mayo. Mes y medio de ausencia, que tiene que ver con la logística viajera: en este periodo he estado en Milan, Bérgamo, Verona, Vicenza, Venecia, Córdoba, Zamora, Asturias, Leon y Villabrázaro (provincia de Zamora) y con tanto ajetreo y tanta maleta no da tiempo a nada y menos a ponerse a escribir. 

Pero no es sólo eso. Siempre que abandono el blog siento curiosidad por saber si volveré a sentir el impulso de regresar. Hasta ahora esa necesidad ha reaparecido siempre de forma insidiosa: al escuchar una noticia, leer algo o alumbrar alguna idea absurda a la sombra de una higuera me sorprendo pensando... me gustaría escribir sobre eso. Y echo de menos encontrar un rato para hacerlo.

En fin, que estoy de vuelta (aunque todavía me quedan la mitad de las vacaciones). Y que he llevado el coche al taller a pasar la revisión anual y he comprobado que en poco más de cuatro años ha acumulado la bonita cifra de 110.000 kilómetros, lo que así a ojo son casi tres vueltas al mundo siguiendo la línea del ecuador y una morterada de dinero en gasolina.

Quizás llegue un día en que al final de una de esas idas y venidas ya no sienta la necesidad de volver a escribir. Puede ser, no lo sé. Pero tengo la impresión de que todavía tendré que dar alguna vuelta más al mundo antes de que eso ocurra. 


domingo, 14 de mayo de 2017

Un tonto con un palo



Imaginen por un momento al tonto de un pueblo cualquiera. Un tonto estándar y convencional, sin ningún otra particularidad reseñable más allá de la escasa longitud de sus entendederas y cierta impredecibilidad que hace que pase de reírse y repartir abrazos a tratar de morderte sin solución de continuidad. El caso es que el susodicho pasa el tiempo lanzando a canasta un palo de madera desde unos diez metros de distancia. La metodología es simple: arroja el palo con todas sus fuerzas en dirección al aro y acto seguido, corre a recogerlo y vuelve a tirarlo.

Imaginen ahora que uno de ustedes aparece en escena y justo en ese momento... el tonto encesta. Convendrán conmigo que ese suceso es mucho más probable desde el punto de vista estadístico que ganar el premio gordo de la lotería y, sin embargo, casi todos jugamos a la lotería aunque sólo sea por Navidad, así que bien pensado no tiene nada de raro que, muy de cuando en cuando, el tonto anote un triple.

Si ustedes poseen una mentalidad científica (y espero por su bien que así sea) tratarán de encontrar una explicación al fenómeno que acaban de presenciar. Algunos, por ejemplo, llegarán a la conclusión de que se trata de un asunto de mera probabilidad estadística y que lo que ha ocurrido es que, como dicen en mi pueblo, a base de soplar, de vez en cuando suena la flauta. Otros irán más allá: quizás se trate de que el tonto en cuestión tiene mucho tiempo libre y de que, a fuerza de ejercitarse en la disciplina, se ha convertido en un experto en el lanzamiento de palo. 

Por último, otros, arrastrados por el impulso racionalizador, llegarán aún más lejos: quizás el tonto posee una habilidad innata para el lanzamiento de palo, quizás el palo cuenta con las proporciones geométricas idóneas para ser lanzado a larga distancia o acaso las condiciones meteorológicas eran las perfectas para que aconteciera el fenómeno justo en ese instante. Llegados a este punto, las opciones son casi infinitas. 

Lo que quiero decir con este largísimo preámbulo es que racionalizar demasiado es (casi) tan peligroso como no hacerlo en absoluto, porque si uno se pasa de listo corre el riesgo de volver a ser tonto otra vez.  Por eso cuando escucho decir que Trump o la señora Le Pen cuentan con muchos votantes por esta razón o por la de más allá (el desencanto hacia la clase política, las malas condiciones de vida de amplias capas de la población o el racismo) me acuerdo siempre del tonto con el palo y de los peligros de darle demasiadas vueltas a las cosas. 

Trump y Le Pen ganan o están cerca de hacerlo porque hay mucha gente que añora un pasado mejor. Y cuando uno está embargado por la melancolía lo que quiere es ser consolado con un chupete o, un poco más tarde, con la promesa de que haciendo esto o aquello (construyendo un muro o expulsando a los inmigrantes) regresarán los días de vino y rosas y las fábricas de acero de las vastas planicies americanas y las de la Lorena francesa volverán a echar humo como en sus mejores días.

Naturalmente, nada de eso no va a ocurrir. Pero entre una verdad dolorosa y una mentira elocuente envuelta de esperanza mucha gente ha elegido, elige y elegirá la mentira. Está en nuestra naturaleza. 
Por eso cuando vean en la televisión al cretino de Donald Trump o a la sórdida señora Le Pen no dejen que se les ponga mal cuerpo. No le den demasiadas vueltas. Se trata sólo de tontos con un palo. Ocurre de vez en cuando, nada más. 

PD. Hablando de tontos que arrojan objetos me ha venido a la cabeza que una vez, cuando tenía ocho o nueve años, estaba sentado en lo alto del carro de mi abuelo con una piedra de mediano tamaño entre las manos. De pronto, a unos cinco o seis metros, apareció una rata enorme que merodeaba, con aviesas intenciones y un hambre más que evidente, alrededor de la lata de atún reciclada que contenía el pienso de las gallinas. Entonces yo, con mi formidable instinto de cazador y mi infalible visión de miope, lancé la piedra con toda la fuerza que puede hacia lo alto y ésta, describiendo una formidable parábola, aterrizó con total precisión justo sobre... el faro derecho del coche de mi padre, que reventó como si fuera un mazapán relleno de nitroglicerina. Como es natural yo, llegado el momento, negué todo conocimiento del asunto. Por su parte la rata, como es natural, sobrevivió, aunque estoy seguro de que se llevó un susto de muerte.

PD2. Aunque normalmente me importa un pimiento ser malinterpretado, porque no ignoro que cada uno de ustedes -y así es como debe ser, porque, por fortuna, estamos en una democracia y no en una república popular comunista- metabolizan como les da la gana de las cosas que escribo, me gustaría aclarar una cosa. Aceptar la estupidez como explicación no equivale a resignarse. Hay que rastrear la estupidez, subrayarla allí donde se ponga de manifiesto, ponerla al descubierto cuando trate de hacerse pasar por verdad y oponerse a ella siempre que haya ocasión. Pero para hacerlo no es preciso convertir a nuestros enemigos en adalides de causas inexistentes ni dotarles de habilidades de las que carecen: son solo idiotas oportunistas que cultivan el voto de individuos con cierta propensión al autoengaño. Para derrotarlos hacen falta candidatos mejores, mejor organizados e ideas mejores. Pero amargarse no sirve de nada.

PD3. Cuando digo candidatos mejores quiero dejar claro que no me refiero a Pedro Sánchez, por citar un ejemplo. Un ejemplo de candidato, quiero decir, no de tonto con un palo. 


sábado, 13 de mayo de 2017

Esa lengua

R.I.P. Ueli Steck (1976-2017).
A great mountaineer and inspiration for many people.


Hace unos días escribí acerca de la muerte de Ueli Steck. Al correr de los días me sorprendió el tono algo agrio de los comentarios de algunos lectores (hace años que tomé la decisión de no publicarlos para no tener que filtrarlos, procesarlos y contestarlos) que, en esencia y por resumir su argumento, reprochaban a Ueli su "peligrosa" forma de afrontar la vida.

Como creo que ya he abordado ese asunto voy a tratar de no repetirme demasiado. Me gustaría, eso si, añadir una cosa. Créanme que no les engaño si les digo que yo soy una persona bastante inteligente. Y sin embargo,  a lo largo de mi vida y de forma repetida, he cometido la mayor parte de los errores que aparecen en el muestrario de la estupidez humana y unos cuantos de mi propia cosecha que ni siquiera están en los listados y que no son mejores ni menos reprobables que los anteriores.

Digo esto porque antes de juzgar a los demás deberíamos dedicar al menos un minuto a pensar: ¿Qué sabemos de la vida de los demás, de sus anhelos, de sus miedos, de lo que les duele por dentro, del cariño que recibieron y del que esperaron recibir en vano, de las sorpresas hermosas y terribles que la vida les fue deparando o del caudal de inteligencia, determinación, fortaleza o voluntad con el que los genes de sus antepasados les obsequiaron en silencio?

No sabemos nada. Nada de nada. Así que cada vez que afilamos la lengua y la sacamos a pasear para juzgar a los demás de forma demasiado ligera (que es, aproximadamente, el noventa y cinco por ciento de las veces que lo hacemos) lo único que hacemos es dar cuenta de nuestros propios miedos, deseos y frustraciones. Lo que creemos un retrato es, casi siempre, un autorretrato, porque, si se paran a pensarlo, una persona feliz y segura de si misma no tiene ningún motivo para perder el tiempo hablando mal de los demás.

Nadie es perfecto y no todos somos iguales ni tenemos porque serlo (salvo en las Repúblicas Democráticas Populares comunistas, en las que la miseria acaba por igualarlo todo). Las personas como Ueli tienen, en efecto, una forma especial de vivir. Lo que olvidamos es que esa forma de vivir solo resulta viable si tienen también una forma especial de afrontar la posibilidad de la muerte, que en su caso no es algo abstracto sino un riesgo concreto que les aguarda detrás de un solo paso mal dado o de un pedazo de hielo o de roca que se desprende por sorpresa. Yo, que nací con asma, que he tenido mil bronquitis y que no escalo nada que no tenga ascensor, sé cuál era la pasión que Ueli experimentaba porque noto como vibra dentro de mi pecho cuando observo las cimas nevadas e imposibles de esas montañas de ocho mil metros a las que nunca tendré la fortuna de subir.

El ascendía hasta allá arriba porque se lo imponía una fuerza a la que nadie que la experimente en su plenitud y con toda su virulencia es capaz de sustraerse y porque no hay mejores sueños que los sueños que somos capaces de hacer realidad. Y lo hacía exactamente de la forma en que yo hubiera elegido hacerlo si hubiera podido: ligero de equipaje y sin mirar hacia atrás. 

En cierto sentido, menos metafórico de lo que parece, cuando Ueli escalaba la helada pared norte del Eiger en poco más de dos horas también lo hacía por mi y por todos los que anhelamos ese o cualquier otro imposible. 

Gracias Ueli.

PD. Quizás en el fondo sólo pueden entender de verdad a qué me refiero las personas que alguna vez han experimentado, aunque solo sea una vez en su vida, una pasión auténtica. Intuyo, además, que no debe resultar raro que en un mundo repleto de verdades alternativas, conveniencia e hipocresía, muchas no lleguen a hacerlo nunca. Conviene recordar que también por eso se paga un precio, aunque no sea la muerte. Y que ese precio tampoco es barato.



jueves, 11 de mayo de 2017

Un consejo para damiselas nada desvalidas y caballeros desnortados



En la vida no es raro que haya un hiato bastante grande entre lo que esperamos encontrar y lo que la realidad nos acaba deparando. Y cuando aparentemente no es así suele haber gato encerrado y por eso, con cierta probabilidad que no sabría calcular con exactitud porque soy más de letras que Unamuno, pero que intuyo bastante alta, más tarde o más temprano, esa bella muchacha de origen báltico y metálicos ojos azul cobalto a la que un día conociste por Internet y que casi de inmediato, sin preaviso ni nada, te declaró su amor eterno e incondicional, te acabará pidiendo una modesta contribución económica con el encomiable propósito de sufragar la instalación de una modesta (aunque algo costosa) calefacción de hierro fundido en el piso de su abuelita que, según parece, se muere de frío allá por la estepa rusa y por no tener no tiene ni lobo que la caliente. En realidad lo más probable es que la muchacha en cuestión tenga bigote, dos esposas y varios hijos dispersos por alguna república ex soviética de nombre impronunciable y múltiples antecedentes penales, pero, como tampoco es cosa de aniquilar las ilusiones de nadie, por ahora nos olvidaremos de esa inquietante posibilidad.

La tontería no es (sólo) patrimonio masculino. A las chicas también les ocurre (menos, porque los hombres somos, sin duda, los campeones olímpicos en la materia). Y les ocurre, por ejemplo, cuando esperan (y créanme si les digo que, digan lo que digan, muchas lo esperan todavía y lo esperan a todas las edades) que un valeroso caballero de capa plateada y reluciente espada (no me sean mentesucias) acuda a redimirlas de su melancolía. Lo cierto es que los valerosos caballeros andan muy de capa caída (ojo al juego de palabras) y más de una vez adoptan formas poco elocuentes: barrigas cerveceras, calvicies incipientes, ojos saltones y/o miopes, defectos de pronunciación de las consonantes fricativas y otras múltiples taras que por alguna razón nunca aparecen en los cuentos.

¿Cómo saber entonces si esa bella damisela nórdica está o no prendada realmente de nuestros -por otra parte, más que evidentes- encantos? ¿Cómo averiguar si detrás de ese aspirante a cuñado dotado de tan variados, desconcertantes y algo sospechosos saberes late el corazón de un hombre enamorado?

La respuesta es sencilla. En una escena de La La Land la protagonista está sentada cenando con su novio y sus cuñados. De pronto, a través del hilo musical del restaurante comienza a sonar una música que le recuerda a alguien y al compás de esas notas ella apenas alcanza a susurrar un lo siento, antes de salir corriendo, ligera e inasible, como el suave viento de verano de Henry Mancini, para reunirse con la persona a la que ama.

Lo que quiero decir es lo siguiente: la persona que les ama de verdad es la que siente el deseo irrefrenable de correr a su lado y la que encuentra la forma de hacerlo sin excusas, sin vacilaciones, sin tener que pensárselo dos veces, sin consultarlo con su madre, sin esperar a que los niños se hagan mayores ni a que la abuela tenga calefacción, sin, en fin, ninguna de esas excusas que fabricamos cuando no queremos reconocer -por pereza, por inercia o por simple cobardía- que no sentimos lo que deberíamos sentir por la persona a la que decimos querer.

Si de verdad él/ella les quiere hará lo que sea para estar con ustedes. Esa es la verdadera marca del amor: el deseo irrefrenable de estar con la persona amada. Para el que ama de verdad la persona amada no es una posibilidad sino un destino al que de ninguna forma pueden sustraerse. Lo demás es literatura, excusas, paños calientes y afecto de baja graduación que sólo sirve para pasar el rato o consolar la soledad. No es inaceptable y mucho menos reprochable y en muchos casos, además, resultará hasta conveniente por razones que sería muy largo de explicar o que simplemente no tienen explicación. Pero no se engañen a si mismos: sea lo que sea, no es amor. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Hasta siempre Ueli


Ha muerto Ueli Steck. Era alguien a quién no conocía y por el que, sin embargo, profesaba una de esas raras simpatías que no son proporcionales a la distancia y que tampoco se fundamentan en la afinidad, porque es muy posible que no haya en el mundo dos personas más diferentes entre si: él escalaba, con la única ayuda de sus brazos y piernas, paredes heladas de miles de metros de altura y a mi, en cambio, me da vértigo hasta asomarme a lo alto de un taburete para cambiar una bombilla. 

Por lo común nunca sé si una noche voy a escribir o no en mi blog y mucho menos de qué voy a hacerlo. Esta tarde, en cuanto me enteré de la noticia de su fallecimiento, no tuve ninguna duda de que lo haría para darle las gracias, porque para alguien como yo, que no tiene ni tendrá jamás las condiciones físicas y psicológicas necesarias para escalar, ver a Ueli deslizarse por las montañas con su optimismo innato y con esa agilidad de bailarín, era como ver a un pájaro volar, algo que uno sabe que es posible pero que siempre parece desafiar las leyes de la física, algo que te devuelve la fe en las posibilidades del ser humano y que, en fin, te reconcilia con la existencia a pesar de todos sus inconvenientes y avatares. 

Ahora no faltarán esos cretinos con alma de buitre carroñero que, aprovechando la ocasión y antes de que se enfríe el cadáver, asomarán la patita para decir que bueno, que al fin y al cabo él se lo ha buscado porque practicaba un deporte muy peligroso y además lo hacía de una forma que implicaba asumir mucho riesgo. Y es verdad, solo que en realidad... como todas las medias verdades que ahora están tan de moda... es mentira. Lo mejor de nuestra civilización se debe al valor de personas que decidieron asumir riesgos que están fuera del alcance del común de los mortales: personas que levantaron la voz y dijeron que el sol no giraba alrededor de nuestro ombligo, personas que se resistieron a quedarse en la parte del autobús que correspondía a su raza, personas que se inyectaron vacunas a si mismas para demostrar que funcionaban o que se atrevieron a gritar que el tirano estaba desnudo, personas que, siempre, en fin, hicieron algo que era poco recomendable, peligroso o manifiestamente desaconsejable para sus intereses personales y que, sin embargo, a pesar de todo, asumieron el riesgo de hacer lo que pensaban que tenían que hacer y no algo más fácil o más conveniente en su lugar.

A nuestro alrededor, por todas partes, hay sólo dos tipos de personas. Las que encuentran la manera de hacer aquello que quieren hacer, aquello que les demanda su corazón y las que siempre encontrarán una buena excusa para no llegar a intentarlo siquiera. Puede que las primeras perezcan en el intento, pero tengo la certeza de que al menos tendrán el raro privilegio de haber vivido una vida que merece la pena. 

Las segundas escriben elocuentes comentarios en los periódicos en los que exaltan la vida y deploran la actitud de quienes ponen la suya en peligro, pero no se dejen engañar, lo que esos hipócritas no pueden perdonar no es que otros escalen montañas, lo que no soportan, como la zorra que desdeña por demasiado verdes las uvas que no alcanza, es que otros estén vivos de verdad, porque eso les devuelve la imagen especular de la miseria espiritual de su propia existencia y como la certeza de estar muerto en vida genera una enorme cantidad de ácido clorhídrico tienen que verter el excedente sobre alguien, aunque como en este caso se trate del cadáver de una persona excepcional que ha muerto haciendo lo que siempre quiso hacer.

Gracias por dejarme viajar contigo Ueli. Hasta siempre. 


sábado, 29 de abril de 2017

Despedidas



Las estaciones de tren y los aeropuertos nos acercan a otras vidas y un día, también, se las acaban por llevar lejos, muy lejos, al otro mundo, a miles de kilómetros, con océanos, selvas, arrecifes y cordilleras de por medio. Es el destino, que como dice aquella canción de Amaral, nos lleva y nos guía a través de la vida. Cuando eso ocurre, como gaviotas azotadas por el viento, agitamos las alas y tratamos de seguir adelante impulsándonos a través de la corriente. Y es que no hay más remedio que aceptar las cosas como son, incluso aquellas que, si pudieras elegir, preferirías no tener que aceptar de ninguna manera. 

Lo mejor de todo es que ni siquiera la distancia puede cancelar la huella de lo que has vivido ni borrar los instantes de felicidad que llevan grabada a fuego la marca inconfundible que distingue a aquellas cosas que fueron verdad. Si la vida, como dicen por ahí, son instantes celebremos aquellos en los que, contra toda probabilidad, nos sentimos vivos, porque desde el día en que nacemos hasta el día en que dejamos de respirar nada hay que nos acerque más a la eternidad que esos brillantes y fugaces momentos que ni siquiera se pueden explicar con palabras en los que, sin saberlo, la felicidad estaba ahí mismo, al alcance de nuestras manos. 


martes, 18 de abril de 2017

Cosas más viejas que el hambre



Cuando escucho decir que Trump ha inventado eso tan manido de la posverdad más de una vez me sobreviene un acceso de risa y entonces tengo que apretar las piernas para que no se me escape el pipí, porque el que esto suscribe ya va teniendo una edad. Lo bueno es que lo que la edad te quita en contención urinaria te lo devuelve en forma de experiencia y por eso -y porque viene muy al caso- no puedo evitar recordar cierta historia que refiere el Evangelio de San Juan y que el cura de mi pueblo contaba de vez en cuando durante la preparación de mi primera comunión (su repertorio, a diferencia de su mala leche, era más bien pequeño). 

Al parecer, durante el interrogatorio en el palacio del procurador, cuando Pilatos le pregunta si él afirma ser rey, Jesús contesta: “Eres tú quien dice que soy rey. Yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad”. “¿Y qué es la verdad?”, replica Pilatos antes de irse. Ahí tenemos a todo un partidario de la posverdad que ni siquiera era de color naranja. 

Por lo demás Pilatos no sólo era un relativista sino que para quitarse el muerto de encima (en este caso de forma literal) prefirió someter la decisión acerca de la culpabilidad de Jesús de Nazaret al veredicto de… un referéndum popular. Enfrentándolo a Barrabás, la encarnación del mal por antonomasia, creía que quedaba garantizada la libertad de Jesús. Pero la cosa salió mal, porque aunque los independentistas fingen no saberlo, nadie ignora que los referéndums son a la democracia lo mismo que la música militar a la música.

Lo curioso del caso es que si Pilatos, en un ataque de enajenación mental transitoria, en vez de lavarse las manos (frase hecha oficial de la Semana Santa), pone a Jesús en libertad y enchirona al Sanedrín por denuncia falsa…. la lía parda, porque se hubieran acabado las procesiones, los viacrucis, los capirotes, las películas con romanos en falda corta y Jesús no habría tenido más remedio que volver a ejercer como carpintero, así que es probable que lo que hoy conocemos como Iglesia fuera una sucursal algo barroca del Ikea.

La postverdad lleva mucho tiempo de moda. Reflexionar sobre el pasado, analizar los hechos y tratar de descubrir la verdad es una actividad propia de gente negativa. Lo que ahora se lleva es “ser positivo” y “mirar hacia adelante". Si mal no recuerdo fue eso, justo eso, que "había que mirar hacia adelante" y que “lo pasado pasado estaba”, lo que me dijo una vez en la parada del autobús uno de los fachas más significados de mi pueblo (el mismo que en cuanto tuvo ocasión, durante la guerra, se llevó los muebles de mi casa e hizo todo lo posible por fusilar a mi abuelo). 

Al escuchar esas palabras se me vinieron muchas cosas a la cabeza y supongo que hasta podría haber perdonado el asunto del mobiliario, que dada la situación económica de mi familia tampoco debía ser gran cosa, pero considerando que acababa de cumplir diecisiete años, considerando que adoraba a mi abuelo (que, por cierto, era un hombre extraordinario), considerando que por entonces ya sobrepasaba el metro ochenta y considerando, finalmente, que soy hijo de mi señora madre y que por eso cuando me hierve la sangre ríete tú de la de los Alien, no encontré una forma mejor de condensar todos mis pensamientos en uno sólo que escupirle en toda su morada jeta. 

Unos días después se presentó muy solemne a quejarse (lo de solemne me lo contó mi madre, que también le tenía en gran estima). Le recibió mi tío. Ignoro cuál fue el contenido de la conversación, pero esa noche, cuando llegué a casa, mi tío subió a mi habitación, me miró muy serio y me dijo que no volviera a hacer algo así. Luego me abrazó tan fuerte que casi me deja sin respiración. Cuando me soltó se le caían unos lagrimones gordos por las mejillas, pero les juro que no les miento si les digo que no eran de tristeza ni de nada parecido.

Nunca he creído en la postverdad ni en el olvido. Me equivocaré mil veces pero nunca aceptaré que el pensamiento mágico suplante a la realidad, nunca comulgaré con ruedas de molino por mucho que las ruedas de molino estén muy de moda y nunca dejaré que nadie piense por mi por pereza o debilidad, porque no ignoro que, como nos recuerda Timothy Snyder en “Acerca de la Tiranía”:

“Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.


PD. La familia del susodicho facha tuvo durante cuarenta años a un siervo en casa. Uso la palabra siervo por no emplear la palabra esclavo, que es la que realmente hace al caso para definir a alguien que trabaja de sol a sol para sus amos y duerme en el pajar a cambio de manutención hasta el día de su muerte. Supongo que ellos lo habrán olvidado. Pero yo no lo he hecho y no pienso hacerlo.

martes, 11 de abril de 2017

Un hito

Ya lo he dicho alguna vez pero no me importa repetirlo, porque tengo la casi absoluta certeza (expresión, por lo demás, muy habitual y boba a fuer de contradictoria, porque si es casi absoluta no es certeza) de que todo sucederá de la siguiente forma: más pronto que tarde, una mañana gris y cansina de un día que bien podría ser martes, a eso de las once y media o las doce, justo después del desayuno, en una fábrica de galletas, pararrayos y pienso para cerdos situada en un polígono del extrarradio de algún suburbio de una polvorienta ciudad China unos cuantos operarios mezclarán, quién sabe si por desidia, por estupidez o por no tener nada más a mano, unas cuantas sustancias químicas que la naturaleza nunca quiso que durmieran bajo el mismo techo y mucho menos que fueran a parar al fondo del mismo caldero y se producirá una explosión que curvará el espacio tiempo hacia dentro sin dejar fuera ni el dobladillo y en cosa de un instante, en un pum introspectivo que ni siquiera producirá ruido, el mundo tal y como lo conocemos y medio sistema solar con él, se irán a tomar por el culo y todos ustedes y yo mismo no tendremos ni el consuelo de pasar a la historia, porque para que haya historia es menester que quede alguien para contarla y ya les anticipo que ese no será el caso, así que yo de ustedes dejaría de hacerme tanto selfie porque, después de todo, va a ser tontería.

Si un rato antes de la explosión apareciera una civilización alienígena (es curioso, pero si se fijan en las películas los alienígenas andan más bien faltos de modales y de civilización) y me pidiera que, antes de esfumarse, les hiciera llegar algún testimonio que, a modo de memorial, pudiera dar cuenta de hasta donde llegaron los logros de nuestra cultura, no rescataría un poema ni una obra de arte, un episodio histórico, las memorias de ningún sabio, un manual de ingeniería, ni un gol de Leo Messi, sino cualquiera de esos vídeos de no más de tres minutos de Sebastian Achaval y Roxana Suárez que habré visto no menos de tres o cuatro mil veces y que siempre me emocionan como si fuera la primera vez, porque tengo la certeza (esta vez, sí, certeza de la buena) de que hasta esa lejana tripulación de mercenarios alienígenas comprendería al instante hasta donde llegó la marea de nuestro amor, nuestra belleza y nuestra sabiduría y el prodigio inexplicable que representa que, sin ser realmente nada del otro jueves, en nuestros mejores momentos, fuéramos capaces de cosas que, a fuerza de imposibles, ni siquiera parecían de este mundo. 

Y, aunque quizás esto sea subir mucho la apuesta, estoy convencido de que alguno de ellos hasta derramaría una lágrima furtiva en recuerdo de lo que aquellos pobres terrícolas llegaron a ser capaces de hacer antes de saltar por los aires.












domingo, 26 de marzo de 2017

Usen su cámara



Nuestro cerebro es como una cámara de fotos. Y al igual que una cámara digital moderna dispone de modos automáticos (panorámico, retrato, escena interior) gobernados por nuestras emociones, que, a su vez, son el resultado de una amalgama formada por la evolución, la cultura y nuestra experiencia personal. Pero -por fortuna- nuestro cerebro también cuenta con un modo manual, basado en la deliberación racional, que nos permite traspasar el umbral de lo emocional y lo instintivo y dejar atrás la frontera de la animalidad.

Para entender esta dualidad hay que recordar que estamos preparados por la evolución para una vida tribal, que, en esencia consiste en convivir/soportar a unos pocos (parientes y vecinos) y tratar de matar a todos los demás (los desconocidos), que casi siempre constituían una amenaza. Sin embargo en nuestro entremezclado mundo moderno la realidad se ha condensado de una forma que hace un par de milenios hubiera resultado inimaginable, lo que hace que nuestro cerebro tribal se sienta amenazado y cuando eso ocurre dispara nuestros modos automáticos en su peor versión: violencia, racismo, machismo y fascismo. 

Nuestro comportamiento social sigue siendo tribal solo que las tribus tienen ahora nombres nuevos: equipos de fútbol, partidos políticos, naciones, religiones, clases sociales y orientaciones sexuales. Cuando nos convertimos en miembros de la tribu nuestro cerebro se pone en modo instintivo y nuestras facultades racionales quedan en suspenso. Si a título particular ya somos propensos a la tontería, en medio de la masa casi siempre acabamos convertidos en cenutrios capaces de cualquier desafuero y, como enseña la historia, de cualquier crimen. 

Para acabar de complicar el asunto incluso nuestra dimensión racional tiene sesgos cognitivos que distorsionan nuestra percepción de la realidad. Es evidente que resulta muy fácil equivocarse cuando nos comportamos como simples autómatas o como soldados de la colmena, pero tampoco hay garantías de éxito cuando tratamos de pensar racionalmente (lo que no significa, no obstante, que no haya que tratar de hacerlo por todos los medios). La única forma de minimizar esos errores consiste en entrenar la mente:

a) No aceptando siempre como verdad aquello que estemos inclinados a creer que es verdad. Un atributo de la verdad es que resulta siempre un poco desasosegante, porque cuestiona nuestras certezas. Si algo le parece evidente y encaja perfectamente con sus creencias previas es muy probable que... sea falso. Desconfíen de sus creencias y ya que estamos, desconfíen también de su intuición: si se atreven a mirar debajo de la alfombra descubrirán que muchas veces lo que llamamos intuición es sólo una mezcla de miedo y prejuicios. 

b) Examinando los hechos y separándolos siempre de las opiniones y de los juicios de valor. No se debe mezclar el ser y el deber ser: no se puede arreglar una bicicleta si no se sabe cómo funciona una bicicleta de verdad ni comparándola con el arquetipo de bicicleta ideal. Si se fijan gran parte de las propuestas políticas se basan en apriorismos o parten de un análisis trivial de la realidad y por eso acaban teniendo resultados catastróficos. Predicar y dar trigo son dos cosas muy distintas: por eso a Donald Trump le resultaba mucho más divertido escupir sobre el Obamacare delante de sus biliosos seguidores que devanarse los sesos diseñando un sistema de seguridad social alternativo.

c) Pensando. Pensar es un ejercicio y, por cierto, un ejercicio bastante más importante que hacer abdominales. Sin embargo el mundo esta llenos de gimnasios y vacío de reflexión. ¿Cuántas de las personas que van a un gimnasio -y de las que no van, que no son mejores ni peores que las que si lo hacen- dedican una hora al día a pensar en algo que vaya más allá de sus preocupaciones inmediatas? 

d) Escuchando. Cuando una persona habla no nos está dejando espacio para que pensemos lo que vamos a replicar, nos está dando la oportunidad de escucharla y de aprender algo que no sabíamos. No hay nada que odie tanto como las conversaciones en las que nadie escucha a nadie (hola mamá!) y por eso entenderán que me resulten infumables todos esos debates políticos en los que lo único que hacen los candidatos es recitar de memoria las píldoras de consignas que les han preparado sus asesores, con absoluta indiferencia hacia todo lo que digan los demás (moderador incluido). 

Para acabar, un consejo: piensen, piensen por su cuenta y riesgo; traten de equivocarse por si mismos porque incluso cuando yerren aprenderán algo en el camino; no se dejen arrastrar por las consignas, los eslóganes, los lugares comunes, la idea de que las cosas siempre se han hecho de una forma determinada ni por todas esas verdades reveladas y evidentes que tratan de venderles por todas partes y que, a poco que se fijen, rara vez son tan evidentes como parecían de antemano, tampoco han sido reveladas por nadie y, por si fuera poco, casi nunca son verdad.


viernes, 24 de marzo de 2017

Asnos estúpidos



Siempre que veo el telediario y sus desastres (terroristas islámicos que matan a cualquiera, terroristas domésticos que matan a sus novias y esposas, padres que se lían a tortas durante partidos de fútbol infantil y otros desastres varios) me acuerdo de un cuento breve de Isaac Asimov que leí allá durante mi ya lejana adolescencia y que por esas paradojas del destino, ahora, treinta años después, empieza a parecerme la metáfora más poderosa y descriptiva de nuestro confuso y a ratos siniestro deambular por este, a pesar de todo, maravilloso mundo. 

En el cuento en cuestión un rigeliano, Narón, es el encargado de llevar un libro registro de las civilizaciones de todas las galaxias que han alcanzado la inteligencia y otro, mucho más pequeño, de aquellas que, además, han sobrevivido lo suficiente como para alcanzar la madurez y pueden por ello aspirar a formar parte de la Federación Galáctica.

Un buen día un mensajero le informa de que hay una nueva civilización, la de los terrícolas, que ha alcanzado la inteligencia y, también, al parecer, la madurez. Con gran alegría Narón anota ese nombre en sus dos libros con su morosa caligrafía de amanuense y mientras lo hace le pregunta al mensajero mirándole de reojo si los humanos dominan la tecnología termonuclear y si son capaces de viajar a otros planetas. Este le informa de que, en efecto, dominan la tecnología nuclear y de que, sin embargo, todavía no se han aventurado a viajar en el espacio.

- Y entonces, pregunta Narón ¿Donde hacen las pruebas atómicas?

- Pues en su propio planeta, señor, contesta el mensajero. 

Entonces Narón -que a fuerza de sabio era capaz de prever lo inevitable- acto seguido, con gesto pausado, saca su pluma y tacha con una fina raya su última anotación en el libro pequeño mientras murmura... asnos estúpidos.


lunes, 20 de marzo de 2017

47 años (y un día)



Como cada 19 de marzo... un año más. Uno a uno apenas se notan, pero hay que reconocer que todos juntos ejecutan de forma admirable su silenciosa coreografía de demolición. Algunos dirán que a cambio de ese tiempo nos es concedida la oportunidad de aprender y de descubrir bastantes cosas que no sabíamos acerca de nosotros mismos, pero -si quieren que les diga la verdad- no estoy muy seguro de que ese canje sea un buen negocio. Anteayer, como quien dice, tenía 19 años, un rato después ya eran 27. Luego, en apenas un instante se convirtieron en 39. Y aquí me tienen ahora, con 47 años y un día. Y subiendo.

El tiempo está hecho de arena, de relojes y de espejos. Las viejas palabras y los hábitos le acompañan en el camino. No tiene ojos, pero está ahí, siempre está ahí, en el ala del cuervo dibujada por un niño, en el polvo que se acumula en las cortinas, en los remolinos de las tormentas de septiembre y en el lento crujir de los huesos. No se avergüenza de su trabajo y no tiene remordimientos. Y no tiene prisa porque juega con ventaja: sabe que ni siquiera esta noche que ahora simula un firmamento durará lo suficiente.

martes, 7 de marzo de 2017

Evasión (en espera de la victoria)



Como siempre he carecido de auténtica vocación laboral y noto que a cada día que pasa se enciende más la luz roja que marca que estoy en reserva porque se me van agotando las pocas ganas que me quedan de disimularlo, si pudiera -que ya les adelanto que no puedo porque no me dejan- me jubilaría mañana mismo (a primera hora, por si acaso el gobierno aprueba algún Real Decreto, Orden Ministerial u o otro artefacto legal con el taimado propósito de impedírmelo) y dedicaría el resto de mi vida a deambular por los tres lugares del mundo en los que me siento como en casa: Portugal, Zamora y las Islas Griegas.

Entretanto, para aliviar la espera y escapar de todo lo que la actualidad me arroja a la cara (Monedero, Iglesias y toda la chusma podemita en general; Trump, en particular; la historia interminable del proceso secesionista; Rajoy, aspirante a campeón mundial en las categorías de inacción y banalidad política o el revival del lado bobo de la fuerza socialista a cargo de ese perdedor recalcitrante con ínfulas de revolucionario llamado Pedro Sánchez) no me queda otra que refugiarme en el fado que es sustancia imperecedera y ajena a los vaivenes y miserias de este pequeño mundo nuestro y en la música, en general, que nunca defrauda ni amarga y cuyo brillo tenue jamás palidece ni se arrodilla ante la tontería. 


Não há amor com mais tamanho,
Que este amor por ti eu tenho,
Voo de pássaro redondo,
Que não aporta no beiral.
Não há amor que mais me leve,
Que aquele em que se escreve,
Ai... Lume brando, (bis)
Paz e fogo,
E a Luz final



(Canción patrocinada por los tesoreros del PP y los hijos del molt honorable)

viernes, 3 de marzo de 2017

Por la verdad y la justicia



De mis más bien aburridos y nada estimulantes estudios de psicología recuerdo con especial interés lo relativo a los sesgos cognitivos. Si quieren encontrar un buen resumen del asunto, con sus dibujitos y todo, aquí lo tienen: 

                                                          Sesgos cognitivos

De entre ellos me importa ahora uno en particular, el llamado sesgo de confirmación, que explica porqué todos exhibimos un gran apego por nuestras ideas y nuestras creencias, por más estúpidas que puedan llegar a ser: son como ese chandal viejo y un poco raído que nos encanta ponernos de vez en cuando porque ha viajado con nosotros desde la prehistoria, ha sobrevivido a dos divorcios y tres mudanzas y tiene un tacto aterciopelado como de bayeta gastada que nos hace sentirnos en casa.

El sesgo de confirmación hace que tengamos una fuerte inclinación a buscar información que refuerce nuestras ideas preconcebidas y que, además, hagamos lo imposible por ignorar las molestas evidencias que las contradicen. Por eso los votantes del PP leen La Razón, el ABC o el Mundo y escuchan la Cope, mientras que los del PSOE y los de Ciudadanos leen el País y escuchan La Cadena Ser o Onda Cero (soy consciente de que se trata de una simplificación, pero no anda muy lejos de la realidad). En cuanto a los de Podemos me da que son más de eslóganes y manifestaciones que de otra cosa y que, como mucho, ojean esos clásicos que siempre brillan como un cuchillo afilado y que nunca pasan de moda del tipo de Marx o Bakunin. 

Las redes sociales facilitan el sesgo de confirmación. Sea cual sea la majarada en la que uno se especialice, en Internet hay un montón de páginas repletas de pseudoinformación que hará que nunca te sientas solo: adoradores de Stalin o de Lucifer (valga la redundancia), convencidos de que la tierra es plana, defensores del creacionismo, mercachifles de productos homeopáticos y otras falaces medicinas alternativas, negacionistas del holocausto o del cambio climático, padres que se resisten a vacunar a sus hijos, comentaristas de noticias que exhalan odio hacia la mujer incluso cuando la mujer en cuestión acaba de ser asesinada a navajazos por su ex-marido, gentuza que piensa que en el fondo Hitler no estaba tan mal y otros muchos delirios que están, por desgracia, muy lejos de caer en desuso.

Lo peor de todo no es que el sesgo de confirmación tiende a polarizar y segregar el debate. Cada facción traza una línea invisible que le impide ver y escuchar nada que esté más allá de su trinchera ideológica. Y, además, en el lodazal de Internet se ha acabado por cumplir la profecía del tango Cambalache de Gardel y por eso la opinión de un experto acaba pesando lo mismo (o menos) que la de cualquier consumidor compulsivo de substancias psicotrópicas que toma notas con sus propias heces en la pared del comedor. 

Si en un país como Estados Unidos, con un excelente nivel educativo y una renta per cápita de las más altas del mundo, hay nada menos que un tercio de la población que se declara creacionista o que está convencida de que estamos gobernados por extraterrestres disfrazados de personas... tampoco es tan raro que acabe ganando las elecciones Donald Trump, no creen? Mi impresión personal es que Trump, con todo lo necio y cretino que pueda llegar a ser (y mucho me temo que en esa playa todavía falta bastante para la pleamar) no es la causa de nada sino un síntoma de una epidemia de estupidez y cretinismo que venía asomando la patita hace tiempo y que no vimos venir desde nuestro lado de la empalizada. 

A pesar de todo y contra la opinión general, soy optimista. Los pesimistas, como Stefan Zweig, parecen convencidos de que la cosa no puede ir más que a peor y que acabará con "la derrota terrible de la razón y el triunfo salvaje de la brutalidad". Suena fatal, la verdad, tanto que hasta dan ganas de mudarse (a uno de esos planetas recién descubiertos, por ejemplo). Y como nuestro miedo interior tiende a resonar cuando escuchamos cosas que dan miedo parece hasta verdad. Pero no lo es, porque como dijo una vez Martin Luther King y como Obama repetía a menudo en sus discursos, invocando la memoria del genial reverendo de Atlanta, por muy largo que sea el arco del universo moral, lenta, finalmente, se acaba curvando siempre hacia el lado de la justicia. 

Esa luminosa esperanza no sólo alumbra una verdad, sino que es mucho mejor que resignarse con esa lánguida mirada de derrota tan característica de los poetas malditos y de los médicos de cabecera, que siempre parece que querrían estar justo en otra parte, porque, como dijo una vez Henry David Thoreau, resistir al mal, oponerse a él, es tan necesario como cooperar con el bien y ningún hombre moral puede conformarse pacientemente con la injusticia. 

PD. Intuyo que la una de las modalidades de mal -y no la menor- con la que nuestra generación habrá de lidiar es la mentira, que para camuflarse y engatusar a los incautos se expende ahora con nombres postmodernos, paracientíficos, sibilinos, profilácticos y escurridizos (postverdad, hechos alternativos y a saber que otras boludeces que todavía nos quedarán por escuchar). 

martes, 28 de febrero de 2017

La memoria (in)conveniente



Fue Tomás Moro el que dijo una vez que no es bueno que nos tomemos demasiado en serio esa cosa tan invasora que se llama yo. Justo eso -que hacerlo resulta fatal y ridículo a partes iguales- es lo que me viene a la cabeza cuando veo a los defensores de la causa independentista gimotear como bebes a los que se les acaba de caer el chupete al suelo porque el malvado estado opresor (también conocido como España, pero pronunciar ese nombre está penado con la expulsión de la horda) pretende (habrase visto semejante desafuero) aplicarles las leyes ni más ni menos que como a  todo hijo de vecino (con la posible excepción de alguna que otra infanta que ha eludido la cárcel argumentando que su aparato de radio solo recibe señales de onda corta). 

Lo que me conmueve de los independentistas catalanes es, por un lado, su pertinaz fe en el referéndum que está por venir y después de ese en el siguiente y luego en el otro -esa fe que es un atributo que a lo largo de la historia ha ido de la mano de toda suerte de catástrofes- y, por otro, su convicción, intuyo que algo pueril, de que se puede conseguir la independencia por la vía del lloriqueo constante y de un recurso al victimismo que, entre adultos, solo puede ocasionar sonrojo. Algo así como si William Wallace hubiera amenazado al rey Eduardo I de Inglaterra con que dejaría de respirar y no se comería la papilla si no se le concede la independencia a su amada Escocia.

Los comentaristas ingleses que analizan los partidos de la liga española se sorprenden de las recurrentes quejas y protestas al colegiado de nuestros futbolistas, de sus constantes simulacros e intentos de engaño y, por resumirlo de alguna manera, de cierto abuso del quejío flamenco y del histrionismo que delata nuestra condición latina. Todos esos defectos resultan evidentes en el independentismo catalán, que, por esta vía de retruécano, acaba siendo más español que las mujeres morenas que pintaba el cordobés Julio Romero de Torres aunque, ciertamente, con mucho menos sex-appeal.

Si tuviera que elegir entre que consiguieran su objetivo, la tan cacareada independencia que ahora inunda toda la programación de TV3 y que el estado actual de cosas se prolongara durante un par de años más, yo mismo iría a votar a favor de la causa y si pudiera lo haría hasta que se durmieran los dedos del tanto votar. Y no porque crea ni un ápice en tan loable empresa, sino porque esto ya no hay quien lo aguante de puro cansino.

Por cierto, si no diera asco y pena daría hasta risa ver a los líderes del movimiento independentista ir de la mano de prohombres como Otegui, que en una reciente entrevista televisiva recordaba que, cuando fue asesinado de dos tiros en la cabeza Miguel Ángel Blanco, "estaba en la playa". Esa fue su única valoración moral del asunto: que estaba tomando el sol. 

Como, en ocasiones como esta muy a mi pesar, tengo una memoria excelente, aprovechando que ahora todo el mundo trata de blanquear su historial, voy a tomarme la molestia de explicarles -con un solo ejemplo, podría poner muchos más- quién es en realidad Arnaldo Otegui. Una noche de agosto del año 2000 cuatro etarras fallecen al explotarles la bomba que llevaban en el interior de su Renault Clio en el barrio bilbaino de Bolueta. Entre los fallecidos se contaba Francisco Rementería, el jefe del comando Vizcaya, autor de diecinueve atentados y de varios asesinatos, entre ellos, al parecer, el de un policía, Moisés Cosme Herrero Luengo, que iba acompañado de su hijo de tres años. Cuentan las crónicas que al ver el cadáver de su padre en medio de un charco de sangre (sus asesinos se tomaron la molestia de rematarlo en el suelo) el niño estuvo vagando por las calles de Algorta durante horas, hasta que fue encontrado por la policía municipal. Entre sollozos sólo repetía "han matado a mi papa, han matado a mi papa". 

Un día después de que les explotase la bomba con la que aquellas cuatro alimañas pensaban asesinar a vaya usted a saber quién, los dirigentes de HB se concentraron para lamentar "la muerte de cuatro jóvenes patriotas vascos, de cuatro independentistas vascos que han luchado por su país". ¿Saben quien puso voz a esas declaraciones? Arnaldo Otegui, el adalid de la paz con el que ahora está tan de moda darse abrazos y al que se entrevista con un aura de respeto cuasi reverencial que a alguien con peor memoria o que no sepa nada del asunto podría hacerle pensar que se trata del inventor de la penicilina.  

sábado, 25 de febrero de 2017

Ser feliz como forma de resistencia



Ser joven consiste en tener la esperanza de que la vida (ay!) irá poniendo en su sitio cada una de esas pequeñas y no tan pequeñas piedras con las que nos tropezamos cada día y con las que de vez en cuando nos damos unos hostiones de aupa. Hacerse mayor consiste en aceptar que eso no tiene porqué ser necesariamente así, porque la vida no sigue un orden preestablecido, no rinde cuentas a nadie y no te entrega nunca los planos de lo que está por venir, así que la mayor parte del tiempo vamos de aca para allá sin orden ni concierto y con más bien poca idea de lo que estamos haciendo, un poco como los paletas en la época del boom inmobiliario (que fue anteayer y sin embargo parece que fue poco menos que durante el reinado de Wamba). 

Envejecer -en el peor de los sentidos- consiste en creer que ya no es posible poner remedio a nada, en contemplar el mundo con los ojos con los que uno se asoma por encima de la tapia a una fábrica en ruinas y en asumir que ya es imposible enderezar el rumbo de la nave. Esa tendencia a dejarse arrastrar por la negatividad, que a menudo se reviste de experiencia y que goza incluso de cierta aura de sabiduría, es, en la mayor parte de los casos una mezcla desigual de añoranza por los momentos que se fueron y resentimiento por los que ya no han de volver y conviene evitarla a toda costa, porque la desesperanza es un terreno baldío en el que nada germina y en el que lo mejor del espíritu humano se agosta.

Lo que intento decir con esta perífrasis tan larga es que uno no es joven o mayor en función de lo que diga su carnet de identidad (de recordarnos la edad ya se encargan las rodillas y el lumbago) sino de nuestra resistencia a dejarnos llevar por la tentadora pendiente del escepticismo. Les pondré un ejemplo. De joven a mi me gustaban los dramas y las películas francesas de mucho llorar y mucho sentimiento. A medida que me he ido haciendo mayor me he dado cuenta de que la vida ya te proporciona gratis y de oficio suficientes dosis de drama y de pesares y por eso desde hace bastante tiempo solo voy al cine a ver películas alegres, de acción, de intriga o de ciencia ficción. 

Se que suena terriblemente superficial y anti-intelectual, pero mentiría si dijera que eso me importa un rábano. Lo que quiero decir es que, con toda franqueza, no tengo la menor intención de pagar ocho euros por añadir penalidades adicionales a las que ya me proporcionan sin comerlo ni beberlo cada día los noticiarios. Quiero llegar a los cincuenta, a los sesenta y (esto es algo más improbable) a los setenta, conservando una sonrisa cada vez que me levanto y me hago un café con nueve partes y media de leche sobre diez, cada mañana que llego a la oficina, cada vez que salgo del trabajo con la ilusión del que acaba de redimir una condena, cada tarde que me sepulto entre las sábanas a dormir la siesta, cada atardecer justo cuando el sol se recoge y se pliega como un jersey anaranjado y cada noche en la que todo se calma y se aquieta al abrigo de la oscuridad. 

Quiero ser feliz porque la felicidad y la alegría son la mejor forma de hacer frente a los pesares de la existencia y de dar la espalda a todos esos libros sagrados que hacen apología de la tristeza y la derrota, que postulan que el ser humano es un siervo de no se que maníacos seres imaginarios y que la vida es un calvario y un camino de lágrimas y también y sobre todo, porque, la felicidad y la alegría son el único antídoto posible contra la vejez y no esos complementos alimenticios que anuncian en la radio y que bajo el pretexto de ralentizar el envejecimiento celular, mejorar el sistema inmune y otras milongas esdrújulas y paracientíficas sólo sirven para sacarles los cuartos a esos pobres pensionistas a los que de forma sibilina se les insinúa por tierra, mar y aire que tengan cuidado, que se les está escapando el último vagón.

Sean felices carajo!

martes, 21 de febrero de 2017

Primeros días



Ayer llegó al trabajo Juan, un compañero nuevo que acaba de aprobar sus oposiciones. Al ver su carnet me di cuenta de que había nacido en... 1990, justo veinte años más tarde que yo (lo que significa que, como habrán adivinado, también es veinte años más joven). Era su primer día de trabajo en la administración y al verle no pude evitar pensar en mi primer día como funcionario, hace un montón de años, en una lóbrega oficina de correos del Distrito 34 de Barcelona.

Algún día este chico, que tiene pinta de ser bastante listo, trabajará como interventor o como director general de algo y allí, donde sea, quién sabe si en alguno de los monstruosos ministerios que se asoman a las calles de Madrid en las que resuena la voz de Sabina o en medio de la resplandeciente luz irisada de su Granada natal, rememorará como yo lo hago ahora su primer día de trabajo en un edificio de porte noble situado al lado del río Segre, medio oculto entre la espesa neblina que inunda Lleida durante esos largos inviernos en los que, no muy lejos de la ciudad, puedes ver a caminantes blancos prendiendo fuego a contenedores para calentar sus escuálidas pantorrillas.

Todos formamos parte -aunque sea una minúscula parte- de la vida de otras personas. Vivimos en la intersección de muchas vidas de las que nunca sabremos nada, a las apenas llegaremos a asomarnos o que sólo rozaremos durante un instante, en lo que dura una mirada furtiva, un café o, con suerte, quizás unos días o acaso unos meses. Ese hilo que se anuda y desanuda en cada uno de esos encuentros, a pleno sol y bajo el burlón mirar de las estrellas, somos nosotros, es nuestra vida, una vida en la que un día nos sentimos jóvenes y casi al siguiente, cuando todavía juraríamos serlo, nos encontramos con que hay alguien ahí delante que tiene veinte años menos y que empieza, con la misma ilusión y el mismo miedo en los ojos, con el que nosotros lo hicimos ayer.

Mucha suerte, muchacho. 




lunes, 20 de febrero de 2017

Comunismo y miseria (valga la redundancia)

Los cuatro jinetes del apocalipsis comunista

Ahora que Pablo Iglesias ha purgado a Errejón haciendo que parezca un accidente, al más viejo estilo soviético, me viene a la cabeza que el otro día, interrogado acerca de las privilegiadas condiciones laborales de los estibadores portuarios, por las que la Unión Europea nos viene reprendiendo desde hace tiempo, la respuesta del señor Iglesias fue que si eso es así "es porque se lo han ganado" y que le parecía estupendo. 

¿Alguno de ustedes se imagina a Pablo Iglesias diciendo de Bill Gates, Amancio Ortega o de cualquiera de los fundadores o accionistas mayoritarios de una gran multinacional, que le parece justo que tengan mucho dinero porque se lo merecen? ¿Verdad que no? Yo tampoco. Para ellos su correligionario Echenique dispone de una receta algo más abrasiva: un tipo impositivo del noventa por ciento (que, por supuesto, nadie en su sano juicio pagaría y cuyo único efecto sería que se desplomara la recaudación).

No se trata de esquizofrenia. Se trata de algo peor que sólo se puede entender si comprendemos que el comunismo parte de tres principios básicos: 

1) La exaltación de la clase trabajadora a la que se ofrece una retórica y oportunista oportunidad de redención (como Trump).

2) El rechazo del comercio (como Trump).

3) El desprecio por la verdad (como Trump).

Para un buen comunista la pobreza goza de un halo de santidad; el comercio resulta aborrecible porque es un instrumento de opresión (ignorando que se trata de la única forma de generar valor) y la verdad es instrumental porque está al servicio de un bien superior: la conquista del poder, la toma del cielo por asalto, el advenimiento a hierro y fuego de la república socialista que pondrá fin a la historia.

Además, los comunistas, como todos los dogmáticos, son subjetivistas. Nunca les importa el qué, sino el quién. Si les dicen que Paco a asesinado a sangre fría a Pedro antes de reprobar el crimen necesitan saber qué rol ocupan en su santoral cada uno de los dos: si el asesino era un humilde trabajador o un malvado opresor capitalista (y viceversa). Y a partir de ahí reinterpretarán los hechos para acomodarlos a su antojo. 

Por eso a Pablo Iglesias no le importa que los estibadores tengan unas condiciones laborales delirantes (que, además, son discriminatorias para las mujeres) y por eso es capaz de acusar a Felipe González de tener las manos manchadas de cal viva, a pesar de que sus muchos de sus iconos políticos (Lenin, Stalin y tantos otros, como el Che Guevara) han sido auténticos psicópatas y asesinos en serie responsables del exterminio planificado de decenas de millones (decenas de millones!!!) de personas: porque para Iglesias y para cualquier comunista que se precie, el bien es aquello -sea lo que fuere- que hacen los buenos (los suyos) y el mal lo que hacen los otros, los enemigos del pueblo, los malvados explotadores. 

Lo más curioso del comunismo es que es una película de cuyo final tenemos más que cumplida noticia: acaba en miseria y cartillas de racionamiento, partido único, encarcelamiento de opositores, dinastías de líderes hereditarios ataviados con casacas de inspiración militar a los que se rinden fastuosos desfiles y homenajes y en la erección de alambradas y muros, cómo el que propone Trump, sólo que en este caso no se trata de impedir que el vecino se aproveche de las bondades del capitalismo, sino de evitar que los lugareños traten de escapar del parque de atracciones de miseria y servidumbre al que de forma indefectible conduce el comunismo.

PD. Si cada territorio elige a sus candidatos ¿cómo es posible que a Errejón se le ofrezca como premio de consolación un puesto al que sólo podrá optar si en el futuro es elegido para ello por los podemitas madrileños? ¿Al candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid lo elige Iglesias o lo eligen las bases? ¿En qué quedamos? ¿Pueden dos cosas contradictorias ser ciertas a la vez? La respuesta, por supuesto, es que si, porque en el comunismo rige una lógica alternativa en la que esos y otros prodigios están a la orden del día. 

PD2. ¿A que no adivinan cuál es el nombre del blog que escribe el ínclito señor Monedero? Se llama "comiendo tierra". Toda una declaración de intenciones, si señor.

PD3. Por cierto, si a alguien le sorprende la mención del Che Guevara entre la lista de homicidas que consulte, por ejemplo, este artículo de Vargas Llosa que debería ser de estudio obligatorio en nuestros colegios: Che Guevara, la máquina de matar en el que se da cuenta de sus grandes logros en rubros tan diversos como el asesinato y el despropósito económico.