lunes, 22 de agosto de 2016

Tanto correr...



No se si Portugal habrá ganado alguna medalla en los juegos, imagino que sí, porque hay tantas disciplinas olímpicas que al final, como en la lotería de Navidad, casi siempre te acaba tocando algún reintegro. La verdad es que por mucha pompa y boato que le pongan al asunto me importa un pimiento, porque me emociona más un fado que todas las exhibiciones de Usaín Bolt y Michael Phelps puestas en fila india. 




A los asturianos la gente que se desplaza muy rápido -ya sea corriendo, nadando o reptando- nos desconcierta un poco porque:

1) Es bien sabido que los asturianos no tenemos costumbre de escapar de nadie ni por tierra ni por mar, con lo que tanta prisa no deja de parecernos un poco pusilánime y sospechosamente cobardona.

2) Aunque no lo sabemos a ciencia cierta, porque jamás lo hemos probado ni tenemos intención de hacerlo, todo ese ejercicio tiene pinta de ser cansadísimo y algo tan cansado por fuerza tiene que ser nocivo para la salud.

3) Habría que ver a todos esos "atletas" echar una carerrina después de comer un poco de queso de afuegalpitu con panchón, una fabada con su chorizo y su morcilla y la ración estandar de postre asturiano, compuesta por media docena de frixuelos, un par de casadielles, un platín de arróz con leche, acompañado todo ello de vinos y licores y de unes torrijes y unes marañueles pa endulzar el café. Ahí te quiero ver, Usaín, guapetón. 


domingo, 21 de agosto de 2016

Reflexiones olímpicas

Estos si que compiten a vida o muerte

Aunque lo cierto es que no nos va del todo mal, si los españoles no obtenemos todavía mejores resultados en las olimpiadas no es, como algunos maledicentes creen, porque somos muy dados a la actividad deportiva de sofá y mando a distancia, sino porque un somero examen de las disciplinas olímpicas revela que éstas no han sido diseñadas atendiendo a la idiosincrasia propia y singular del pueblo español. 

Si, por ventura, fueran disciplinas olímpicas aparcar en doble fila y proferir insultos machistas desde el interior de un utilitario con la ventanilla bajada; tomarse cañitas a media mañana estando en paro; opinar sobre cualquier cosa sin tener ni puta idea; hacer la siesta después de ingerir una buena fabada o un cocido maragato; endilgar los nietos a los abuelos para que los cuiden y, de paso, les hagan la comida y, ya que estamos, la cena; hacer visitas al médico, al fisioterapeuta y depilarse durante la jornada funcionarial; correr los mil quinientos metros libres de IVA; fardar delante del cuñado con cualquier ocasión, excusa o pretexto; o correr al borde del coma etílico delante de morlacos de diversos tamaños por calles, callejuelas y avenidas, el medallero reflejaría una superioridad insultante de los "atletas" españoles.

Para evitarlo el Comité Olímpico Internacional nos abruma con peregrinas actividades como la natación sincronizada -cuyo equivalente más aproximado en España sería una boda gitana en la que los familiares de la novia se quitan la corbata para celebrar su recién demostrada virginidad y se arrojan al unísono a la piscina con sus trajes de colores lampantes- o el tiro con arco, actividad propia de tribus primitivas sin contacto con la civilización con la que nadie en su sano juicio pretendería hoy cazar nada habiendo como hay escopetas, rifles y metralletas por todas partes (en Estados Unidos hasta en las guarderías). 

Con todo la palma se la llevan los deportes de invierno. Ahí, como somos más bien de playa, cerveza, calorcito y sudar mucho, no damos ni una a derechas. Y es normal porque, acaso alguno de ustedes ha visto a algún pariente, vecino o conocido suyo practicando curling o skeleton? No obstante he de reconocer que yo, para ampliar la linde de mis conocimientos deportivos y porque siempre he pensado que el saber no ocupa lugar (salvo cuando se trata de enciclopedias por fascículos), he llegado a contemplar con atención casi religiosa algún que otro partido de curling femenino, especialidad (lo aclaro por si no lo saben) en la que unas mozas, generalmente de aire nórdico, empujan por una superficie helada, ora arrastrándose por el suelo, ora fregoteando con frenesí con una especie de cepillo, una piedra enorme con un asa faliforme con la que tratan de alcanzar un punto determinado rodeado de círculos concéntricos. Encuentro que hay en ese exótico deporte un evocador sustrato poético con un magnetismo casi hipnótico que me resultaría difícil de explicar con palabras (sin ganarme una guantada, quiero decir). 


A esto me refería

sábado, 20 de agosto de 2016

Manual del corazón


Otro fin de semana que llega y que pronto quedará atrás, como tantos que se fueron y otros tantos que están por venir. Se acerca el final de los juegos olímpicos que ahora pueblan los telediarios de deportes estrafalarios de los que apenas tenemos noticia, empieza la liga de fútbol que pronto lo anegará todo con su gran ola de ruido y furia, se estrena la última de Star Trek que, por supuesto, veré con el corazón del chiquillo que nunca dejaré de ser y, para compensar, Donald Trump sigue gozando de una desconcertante buena salud. No se puede tener todo. 

Vivimos, como dice Ana Moura en Desfado, en la incerteza de saber que no hay nada más cierto que la gran certeza de no estar seguros de nada. Esa, la mayor verdad que he escuchado en años, no la dijo, por supuesto, ni un filósofo ni un comentarista de Tele 5, que tienen en común que, absortos en sus cosas, por más que escriban largos párrafos o finjan tener una opinión acerca de todo lo divino y todo lo humano, no saben absolutamente nada de la vida, sino un escritor de fados llamado Pedro Da Silva Martins, que es, también el autor de esta hermosa canción cantada por ese formidable fadista de voz melancólica que recibe el nombre de Helder Moutinho. 

Lo único cierto es que no sabemos nada de esto de vivir y por eso erramos, metemos la pata, nos prometemos que no volverá a suceder y sucede de nuevo apenas hemos acabado de sacarla y, en fin, nos vemos inmersos en toda clase de desastres nacidos de nuestra condición de pecadores irredentos y más bien cortos de entendederas, porque en los asuntos importantes de la vida todos procedemos a tientas, en modo de prueba y con más bloqueos y cortocircuitos que el Windows Vista. De todas formas, si me admiten un consejo, pase lo que pase no se torturen más de la cuenta y si llegado el caso se ven en la tesitura de preguntarse a sí mismos si algo de lo que han vivido mereció o no la pena no estará de más que recuerden este hermoso verso:

Valeu a pena?
Tudo val a pena,
si alma nao é pequena.


El otro día, durante un sueño, tuve la revelación (no me pregunten cómo lo sé, pero es tan seguro como que Mariano Rajoy es un gran estadista) de que en otra vida trabajé de revisor en la linea 7 del trem de carris de Lisboa. Por esos avatares del destino una hermosa muchacha de pelo oscuro se había enamorado perdidamente de mi y cada mañana, mientras ella suspiraba con aire melancólico al verme, yo, con estudiada indiferencia y el frenético corazón a punto de descarrilar, validaba su billete intentando y no siempre consiguiendo que no se me notase el temblor en las manos cada vez que ella me acercaba las suyas.

¿Saben como se prepara uno para afrontar algo así? De ninguna manera. Esa es, precisamente, la gracia de la vida. 

lunes, 15 de agosto de 2016

Nacionalcansinismo


El nacionalismo me produce repelús. Siempre he sentido una aversión instintiva e instantánea por todo esa ensalada de banderas, himnos, coros, danzas y rituales patrióticos que tanto conmueven al común de los mortales y que no ignoro que los señores de todas las épocas han utilizado como señuelo para enviar a la plebe a agonizar en trincheras llenas de mierda al servicio de causas que, con contadas excepciones, nunca han tenido nada que ver con la vida cotidiana del pueblo.

Supongo que esa repulsión debe ser una derivada de mi poco disimulada y -a lo que  parece incurable- asocialidad, que me hace recelar de forma instintiva de todo tipo de colectivos que agrupen a más de cinco personas y en general de todos aquellos sujetos que necesiten ponerse camisetas de colores para reconocerse unos a otros, aunque se trate de inocentes aficionados a la papiroflexia o de pertinaces recolectores de arándanos.

Por eso me disgustan las olimpiadas. Porque bajo la retórica de la fraternidad internacional lo que se esconde es una exaltación vergonzosa de los más bajos sentimientos nacionales, que queda de manifiesto, sin ir más lejos, en las sonrojantes informaciones de los telediarios, que se dedican únicamente a reseñar las contadísimas hazañas de los héroes patrios y que dejan en un segundo plano todo lo demás.

Soy del Barcelona (ya lo he contado más de una vez, para llevarle la contraria a mi padre, que era del Madrid). Pero nunca he tenido una camiseta del barsa ni una bandera ni un pin ni nada de nada. Fui, hace ya muchos años, unas cuantas veces al campo porque los porteros del barrio de Pedralbes en el que trabajaba de cartero me prestaban las tarjetas de socio de los señoritos del barrio, que estaban muy ocupados estudiando en el extranjero, y de esas visitas lo único que saqué en claro fue que asistir a los espectáculos deportivos en directo no era lo mío porque la emoción del evento no compensa el manantial de tonterías que hay que soportar cuando se está en una grada rodeado de palurdos y enfermos mentales con la que no iría ni a recoger oro a puñados. 

Como esto del nacionalismo es una enfermedad contagiosa de la que no se salva nadie para la Televisión Española los medallistas nacidos por estos lares son españoles, para TV3 catalanes, baleares o castellanos (lo que sea menos españoles) y supongo que para la televisión local de Mallorca Nadal será mallorquín y para Radio Manacor, Manacorí. Sólo falta el presidente de la comunidad de vecinos reclamando para si su porción del éxito y proponiendo una derrama para la celebración. Una cosa agotadora y patética a partes iguales.

PD. A mi me encanta Mo Farad, el ganador de los 5.000 y los 10.000 metros, un muchacho más negro que la noche más oscura, que pesa menos que una loncha de jamón ibérico, que nació en Somalia y emigró de niño al Reino Unido y que ahora corre como ciudadano británico aplicando el principio de que cada uno debería ser de donde le de la real gana. Un individuo que se desplaza casi sin pisar el suelo, como si flotara, tan rápido que cada vez que le veo, a mi, que no corro ni aunque me persiga un oso con depravados instintos sexuales, se me agita la respiración y tengo que ir a la nevera a beber algo porque me entra sed. Y me gusta Nadal, que es un luchador de primera, pero no me dio pena que perdiera con Del Potro, porque es un argentino grandote que me cae bien, porque casi siempre anda medio lesionado y porque tiene más clase en su brazo derecho que toda la junta directiva del Partido Popular en pleno.



sábado, 13 de agosto de 2016

A ver si con un poco de suerte...



Este fin de semana me gustaría que pasaran dos cosas. La primera de ellas es que Rafael Nadal, a quien admiro todo lo que un hombre puede admirar a otro hombre sin dejar de ser heterosexual, ganara una medalla de oro en las olimpiadas de Brasil, aunque fuera de petanca rítmica o de navegación sobre desechos fluviales. No conozco a nadie que se lo merezca más. La segunda es que Donald Trump se muriera por sus propios medios, a ser posible de un infarto fulminante o de un aneurisma con explosiones y luces de colores. ¿Por qué? Por la misma razón: porque no conozco a nadie que se lo merezca más.

Ya se que está muy feo eso de desear la muerte del prójimo. Pero he de confesar -sin ningún rubor, para que les voy a engañar- que desprecio desde lo más profundo de mis adentros todo lo que representa ese siniestro ser de color naranja. Su machismo, su brutalidad protofascistoide, su banalidad intelectual, su inmunda retórica, su racismo y sus promesas muros imposibles y otras imbecilidades con las que trata de seducir al segmento del electorado más cerril y/o más desesperado por los rescoldos de una crisis económica que se resiste a abandonarnos. Que me da mucho asco, vamos. 

Una crisis economica que -ya es hora de que alguien se atreva a decirlo y mucho me temo que voy a tener que ser yo- no es tal, porque no se trata, como muchos creen, de un episodio puntual ni de una situación pasajera, sino algo que de una forma u otra ha venido para quedarse y que tiene que ver con el hecho indiscutible de que el primer mundo (Estados Unidos y casi toda Europa, con la excepción de Alemania y poco más) ya no fabrica, sólo consume y ese sector servicios que ahora nos da de comer, por mucho que en Mallorca estos días se apilen dos millones y pico de rosados aspirantes a melanoma, nunca será capaz de ofrecer los sueldos que antaño se obtenían en las humeantes industrias y en los oscuros talleres. 

Las crisis embriagan al electorado con la psicotrópica añoranza de un tiempo pasado en el que las cosas (sea verdad o no) eran de otra forma. Por eso Trump, como buen vendedor de humo, promete que bajo su mandato " Estados Unidos volverá a ser lo que fue": los ancianos abandonarán las residencias y se matricularán en el campeonato nacional de lucha libre, John Ford se levantará de la tumba y volverá a rodar uno de sus westerns desolados, los mejicanos regresarán a sus apacibles residencias en Sinaloa o Michoacán y los chinos trasladarán sus factorías a Detroit para aprovechar los solares vacíos. 

Naturalmente Trump sabe que nada de eso va a suceder. Pero también sabe que no necesita que ocurra: basta con que los votantes -a menudo tan volubles y tan propensos al cretinismo-se dejen engatusar por su ruidosa palabrería. Cuenta para ello, además, con la inestimable colaboración de Hillary Clinton, cuyas forzadas e histriónicas sonrisas producen la misma empatía entre sus simpatizantes que los gritos de un gorrino durante la matanza. Que alguien le diga que deje de hacer eso, por favor.

Huelga decir que Hillary está infinitamente más preparada que Trump (cosa que tiene un mérito relativo, porque la mayor parte de los gatos domésticos también lo están) pero hay que reconocer, de igual forma, que carece del magnetismo que derrochaban su marido, Bill Clinton (el muy gañán también derrochaba otras cosas, pero hay que reconocer que siempre ha parecido un tío encantador) y, por supuesto, Barack Obama, que cuando se baja del Air Force One parece que se desliza al compás de una melodía compuesta para la ocasión por Henry Mancini. 

Más o menos como nuestro Rajoy y su epiléptico y desmadejado "andar deprisa" que resulta tan horrible para la vista que en un futuro no muy lejano es muy posible que las madres apremien a sus hijos con la amenaza de que si no se comen toda la lechuga vendrá el señor Rajoy y les andará rápido.

PD. Rafa Nadal acaba de ganar una medalla de oro en dobles. Vamos, Rafa!



viernes, 12 de agosto de 2016

Hay que ser torero, poner el alma en el ruedo


A veces escucho decir por ahí que los más importante de una pareja es “la comunicación”. Al oir pavadas como esa, tan características de los libros de autoayuda, los programas de radio nocturnos y las conversaciones de grupos de lectura integrados por señoras mayores, como no soy una persona con inclinaciones violentas, no puedo liarme a bofetadas como acaso sería menester para poner un poco de orden en tanta cabeza hueca y mal amueblada y, por otra parte, como soy ateo, tampoco puedo tirar de resignación cristiana para sobrellevar el mal trago, así que no me queda más remedio que utilizar este blog para esbozar una explicación que a estas alturas no debería ser necesaria pero que, visto lo visto, parece que sí lo es.

Comenzaré con un ejemplo: Manolo Escobar, tres meses después de conocer a la alemana Anita Marx en una sala de fiestas en Platja d'Aro se casó con ella en la Iglesia de San Michael de Colonia (Alemania) el día 10 de diciembre de 1959 sin hablar ninguno de los dos ni una palabra del idioma de su cónyuge. Dadas las circunstancias huelga decir que no parece probable que por aquella época se comunicaran demasiado –al menos verbalmente- y, sin embargo, estuvieron juntos durante más de cincuenta años, que, en los tiempos que corren, es una extensión de tiempo que casi mete miedo.

¿Qué quiero decir? Quiero decir que la base del amor no es la comunicación, ni la confianza, ni la sinceridad ni la paciencia. Todas esas son virtudes inespecíficas que lo mismo se pueden predicar de una pareja de la guardia civil, de un cura párroco con sus feligreses o de un imputado por malversación de caudales públicos con su abogado. El amor (duele casi físicamente tener que explicarlo) tiene que ver con algo intangible que está mucho más allá de todos esos lugares comunes, algo que o se siente o no se siente y punto pelota. El que lo ha sentido sabe a qué me refiero. Y el que no, con toda sinceridad, quizás debería ir rediseñando su destartalado orden de prioridades.

Para que la cosa prospere –si es que ha de prosperar, porque la perdurabilidad tampoco es un atributo necesario de las relaciones amorosas, que pueden ser efímeras y no por ello menos memorables- hace falta (cierta) dosis de compañerismo, comunicación, flexibilidad, educación, tolerancia, suerte, cariño, respeto, empatía y dos o trescientas minucias más. Pero todo eso, siendo parte de la relación amorosa, no es la esencia de la relación amorosa, sino algo que la acompaña y la complementa como las patatas y los pimientos al pollo asado de los domingos.

Vivimos en una sociedad que aspira a ser racional y razonable (aunque estamos muy lejos de conseguirlo en todos los órdenes de la vida, como demuestran, por ejemplo, las alarmantes estadísticas de mujeres asesinadas por sus parejas). Pero el amor, por su propia naturaleza, queda fuera de los límites del raciocinio, transgrede los principios de la física y se rige por sus propias y  misteriosas leyes, esas que hacen que no nos enamoremos de Juan, chico ideal, guapo, amable y educado y que en cambio nos volvamos locas por las hirsutas patillas del hijo de la grandísima puta de Pedro, del que no se puede esperar nada bueno ni cuando duerme bajo los efectos de una de sus habituales intoxicaciones etílicas. 

Aceptar que esa dimensión irracional forma parte de nuestra vida atenta contra nuestra ilusión de control y por eso nos gusta pensar que nuestra relación de pareja se basa en lugares comunes, en dóciles magnitudes observables y verificables como la comunicación o la confianza. Pero no es así. No ha sido nunca así. Y mientras el amor exista, no será así jamás. Por eso el amor será siempre una aventura de la que a veces se sale por la puerta grande en medio de una gran ovación y otras con un revolcón y una cornada de dos trayectorias que pasa rozando la arteria femoral y que no acaba con nosotros de puro milagro. 

PD. Ahora entienden mejor a que se refiera la canción de Chayanne, verdad? Acaso creían que versaba sobre la tauromaquía? Si es que tengo que explicarlo todo...


miércoles, 27 de julio de 2016

Cuidado



Brandy Clark escribe canciones -como esta y cómo todas las de su último álbum, Big day in a small town- que además de ser formidables llevan dentro suficiente dinamita, estricnina y ácido sulfúrico como para poner patas arriba y hacer saltar por los aires la apacible existencia de sábado por la tarde de cualquier ciudad de mediano tamaño. 

Escucharlas debería tener dos rombos, bandera roja de playa con marejada y advertencias de cuidado con el perro y aún así estoy casi seguro de que todas esas precauciones servirían de muy poco, porque hay viajes de los que no se regresa, destinos que no conocen camino de vuelta y canciones que, como la vida, son verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y que, precisamente por eso, una vez escuchadas no tienen marcha atrás, consuelo ni redención. 

PD. Una vez más se demuestra que cualquier aproximación (del género que sea, musical, literaria o cinematográfica, por poner sólo algunos ejemplos) lo bastante honesta e inteligente a los minúsculos recodos, miserias, vericuetos y sutilezas de la existencia humana tiene siempre una resonancia universal. A lo largo de nuestra vida todos seremos inteligentes, estúpidos, felices y naufragos un numero casi infinito de veces y un día no muy lejano todos lloraremos las mismas lágrimas que justo ahora alguien está a punto de derramar en cualquier esquina de este vasto mundo por razones que, sean las que sean, precisamente por eso, nunca nos serán ajenas. 


martes, 26 de julio de 2016

Teníamos nuestro punto



Todos somos soñadores y pecadores. Caemos y nada más levantarnos, antes incluso de evaluar los daños, nos golpeamos de forma compulsiva la chaqueta y la pernera del pantalón para deshacernos de cualquier rastro de polvo, como si ese sencillo gesto escondiera una extraña forma de expiación y un secreto acto de contricción: te lo juro mamá, no volveré a hacerme daño en las rodillas y así no tendrás que echarme otra vez mercromina en las heridas. Pero volveremos a caer, porque esa es nuestra naturaleza, frágil e imperfecta, llena de taras, de heridas y de abolladuras que permanecen en la costra de nuestra piel y que aunque sanen, de alguna forma, nos acompañarán siempre vayamos donde vayamos. 

Algún día, cuando una civilización de robots liberados de la tiranía de sus antiguos opresores humanos herede la tierra, alguno de ellos -quién sabe si curioso o divertido- examinará las ruinas de nuestras viejas guerras y desastres, escuchará de la mano de una voz perdida en el tiempo el relato de nuestras idas y venidas por la faz de la tierra y, contemplando las imágenes en alta resolución de lo alto y lo lejos que un día llegamos a alzarnos, descubrirá que, pese a nuestro deficiente esqueleto y a nuestra muy vulnerable caja torácica, pese a todo lo mucho que había de manifiestamente mejorable en todos y cada uno de nosotros, éramos criaturas que, a su manera singular, no carecían de cierto encanto.






viernes, 15 de julio de 2016

Luz y oscuridad



Hace un rato un terrorista al servicio del estado islámico ha matado en el paseo marítimo de Niza a un montón de personas que paseaban aprovechando la celebración de la fiesta nacional francesa. Por mucho que se repitan, cuesta acostumbrarse a estas cosas, porque hay algo antinatural y aberrante  en el hecho de que alguien -por la razón que sea- decida conducir un camión con el único propósito de llevarse por delante al mayor número posible de sus semejantes. 

En una escena de la película Sin Perdón, William Munny, el personaje interpretado por Clint Eastwood, reflexionando acerca del asesinato, explica que matar a un hombre es algo despreciable porque cuando matas a alguien no sólo le quitas todo lo que tiene sino también lo que podría llegar a tener. Es así. La muerte volatiliza, en un instante, nuestros sueños, nuestras esperanzas, los besos que habríamos llegado a dar y las caricias que hubiéramos podido recibir, los atardeceres, los días de playa y todo cuanto hay de bueno y hermoso en la vida.

¿Cómo es posible que ocurran cosas así? Por una curiosa capacidad específica del ser humano: la de alienación. Uno no puede convencer a una cabra, a un tigre o a una perdiz de que se comporte de una forma contraria a su naturaleza. Sencillamente son lo que son y no pueden ser nada más. Con el ser humano la cosa se complica: bajo la influencia de ciertas formas de verdad revelada el ser humano es capaz de alterar su percepción de la realidad que le rodea y hasta de redefinir su propia identidad.

La alienación convierte la propia vida y la vida de los demás en instrumental: en algo que se puede sacrificar al servicio de un propósito superior. Lo curioso es que ese fenómeno no se produce sólo -como podría creerse- en sociedades primitivas en las que el brujo de la tribu ordena que ofrezcan sacrificios para contentar a los dioses. Mal que nos pese la cultura y la racionalidad son poco más que una fina capa de barniz que apenas alcanza a cubrir un vasto depósito de irracionalidad y barbarie y por eso, con los estímulos adecuados, una sociedad la mar de civilizada puede trazar un plan racional y sistemático para exterminar a sus conciudadanos de raza judía, contemplar con una sombría indiferencia como aquellos que no comparten su fe en la patria vasca son secuestrados y asesinados o, como ocurre en nuestro tiempo, invocar la palabra divina para asesinar a todo hijo de vecino que no profese la fe musulmana o que no la profese al delirante modo en que unos fanáticos han decidido que ha de hacerse.

Por mucho que cueste aceptarlo estas cosas ocurren, han ocurrido siempre y seguirán ocurriendo aunque nuestra civilización perdure cien mil años más. Podemos tratar de prevenirlas y de reprimirlas, pero siempre estarán ahí, al acecho. Son la cara oscura de nuestra luna, la peor versión de lo que podemos llegar a ser, los demonios que nos asaltan cuando abdicamos de la libertad, la verdad y la belleza en favor de dioses, patrias, sistemas políticos y otras radiantes vacuidades al amparo de las cuales se resguarda, siempre paciente, siempre incansable, el antiquísimo aliento de la muerte. 

Aunque en noches como la de hoy cueste creerlo, si alguno de ustedes me lo pregunta, les diré que, como dijo una vez el convaleciente detective Rust Cohle, aunque las estrellas ocupen sólo una fracción del cielo nocturno conviene tener en cuenta que una vez, no hace demasiado tiempo, en ese cielo había sólo oscuridad así que -muy despacio y con incontables traspiés- la luz le está ganando la batalla a la oscuridad. 

PD. Lo creo de verdad y además creo que es bueno aferrarse a esa elegante esperanza.

martes, 12 de julio de 2016

Se nos mean en la cara

Una de las mayores excentricidades de la política española consiste en que la mentira no sólo no parece acarrear sanción alguna por parte del electorado, sino que, lejos de eso, está tan interiorizada y asumida por todos como parte del paisaje que uno puede salir en Televisión, contar una trola descomunal y quedarse como si tal cosa.

Les pondré un ejemplo que me parece fascinante. Durante un reciente debate electoral en Televisión Española Pablo Casado, a la sazón joven promesa del Partido Popular, mostró sin rubor ni asomo de vergüenza el siguiente gráfico:

Aquí falla algo

Cualquiera con medio dedo de frente se dará cuenta de que se trata de una grotesca manipulación que no requiere mayor análisis: los números no cuadran ni por casualidad y por si eso fuera poco -que no lo es- el diseño del gráfico en si mismo resulta abominable, porque los 180 mil millones de 2011 ocupan (así a ojo) la séptima parte que los 187 mil de 2016 y huelga aclarar que 180 mil multiplicados por siete no son 187 mil. Y todo eso lo noto hasta yo, que soy más de letras que Alonso Quijano.

El gráfico en cuestión debería ser así (descontando y sin descontar la inflación): 


Igualito que el anterior, vamos

Lo que me asombra y me descorazona a partes iguales no es la mentira en si misma (que quizás se debe a que el que hace los gráficos en el PP era el mismo que antes les llevaba la contabilidad). Y tampoco el hecho de que se trate de una mentira soez percutida en la cara de todos los televidentes, a los que resulta obvio que los diseñadores de la gráfica y, mucho me temo que buena parte de la casta política en su conjunto, consideran imbéciles. Lo que me fascina es que una vez descubierto el embuste Pablo Casado ni siquiera se sintió obligado a disculparse. En lugar de eso se limitó a... no hacer nada y a proseguir su actividad política como si tal cosa. Y ahí le tienen haciéndose el graciosete y el modernillo por todos los telediarios y fiestas de pueblo, como si acabara de inventar la penicilina o de enunciar la tercera ley de la termodinámica. 

¿Por qué ocurre algo así y nadie se solivianta? Intuyo que hay varias razones. La primera es que a los españoles los hechos, ya va siendo hora de reconocerlo, nos sudan la polla. Nosotros somos de opinar y de opinar mucho, sobre cualquier cosa y bien fuerte, a ser posible a voz en grito y dando golpes en algún objeto sólido que ande por ahí a mano. Si nuestra opinión no se acompasa con la realidad que se joda la realidad. Si toda la evidencia indica, por ejemplo, que nuestro sistema educativo en vez de converger con el de Finlandia va camino de empatar con el de Burundi aquí nadie se inquieta lo más mínimo. Será que nos tienen manía, como en Eurovisión, porque es sabido que somos los mejores. Y que en España se vive como en ninguna parte. O no?

A esa desafección por el empirismo -que es causa de muchos de los males que nos aquejan, porque no se puede mejorar nada que no se conoce y el conocimiento se construye con información y esta se elabora procesando datos- se suman otros problemas. Para empezar somos un país de pícaros y los pícaros se perdonan las mentiras unos a otros porque se saben tan mentirosos como el que está al otro lado de la pantalla, así que que éste trate de colarles una trola les parece lo más natural del mundo. Por eso no se castiga electoralmente la corrupción, porque lo que el español medio piensa al respecto (en el fondo) es, ay!, quien pudiera... quién se viera en una igual...

Con esta mentalidad la política se convierte en un teatrillo de sombras e imposturas, en una milonga arrabalaria de escorzos, fintas, requiebros y engaños, en un mercado persa de baratijas, indemnizaciones simuladas en diferido y sobres que van y que vienen en el que nada es verdad ni mentira y todo es del color del cristal político con el que se mira. Que pillan a uno robando: si es de los míos, hay que respetar la presunción de inocencia, si es de los otros hay que asumir responsabilidades de forma inmediata. Que hay que evaluar cualquier propuesta: al amigo todo, al enemigo nada. Puro subjetivismo: siempre quién y nunca qué. 

Por eso no avanzamos: porque no vamos hacia ninguna parte, porque no hay ideas sólo táctica cutre, oportunismo y filibusterismo. Nada más. 


El muchacho apunta condiciones, a este paso -como poco- llegará a Tesorero del PP

domingo, 10 de julio de 2016

Creta

Ausencia obligada del blog por una buena razón: una semana de vacaciones en Creta (sin incidentes con Vueling, aunque parezca imposible). Una isla enorme, de más de 8.000 kilómetros cuadrados -casi tan grande como mi tierra, Asturias, que apenas pasa de 10.000-. Playas increíbles, una temperatura sin los excesos tropicales que asolan Lleida en estos días, gente encantadora, precios la mar de asequibles en todo y en particular en la comida y un ambiente nocturno impresionante, en especial en La Canea/Chania (en realidad en todas partes, a los cretenses les encanta salir por la noche y dejarse ver y a las cretenses más todavía). 

De vuelta me traigo un montón de paisajes y de recuerdos y algunas canciones griegas que me servían de banda sonora cuando conducía el coche de alquiler por las delirantes carreteras cretenses en las que el arcén (sí, el arcén) se considera el carril de la derecha, procedimiento que permite convertir, con cierto peligro para la integridad física de los pasajeros, eso sí, cualquier carretera de mala muerte en autopista. Y la verdad es que a todo se adapta uno, porque, a fuerza de hacer kilómetros los últimos días ya adelantaba a lo Too Fast Too Furious como un lugareño más, aprovechando, además, que los asturianos estamos acostumbrados a las curvas y a las constracurvas desde bien pequeños. 






Me encantan las islas griegas (si no se me olvida alguna ya he visitado Skiathos, Skópelos, Alonissos, Santorini, Naxos y, ahora, Creta). Es como estar en casa, pero en una casa en la que la gente es bastante menos estúpida y mucho más agradable de lo que suele acontecer por estos lares. Mención especial para la habilidad de los cretenses para aparcar su coche en cualquier sitio: en medio de la carretera, encima de un árbol, en plena acera, debajo de un gato, dónde sea. 


Hania/ La Canea (mi ciudad favorita de este año)


Marathi beach (un pequeño paraíso)


Elafonisi (un lugar increíble al que se accede por carreteras infernales)


Knossos, lo que el tiempo no ha borrado casi cuatro mil años después (con la ayuda de un poco de maquillaje británico)


La piscina del hotel, el muy recomendable Royal Sun (casi siempre vacía!)


miércoles, 29 de junio de 2016

Cuñados



¿Cómo pudo Charles Darwin darse cuenta de qué el hombre venía del mono? Fácil. Seguro que tenía algún cuñado al que, de forma sutil y cautelosa -como Félix Rodríguez de la Fuente lo hacía con el receloso lirón careto en las oscuras oquedades del otoñal bosque caducifolio- observaba en silencio en la espesura de las celebraciones familiares que acostumbran a sucederse trepidantes y bulliciosas, sin pausa ni descanso, cuando se aproxima la Navidad. Y así, a base de no quitarle ojo y asistir impertérrito a sus chistes de paleto ibérico, de pronto, un buen día, mientras se veía obligado a elegir entre mantecado, polvorón, alfajor y rosco de vino, se dio cuenta de algo que era evidente: siendo este tío como es imbécil por los cuatro costados y más tonto que un bote y siendo, como es -también y muy a mi pesar- miembro de la especie humana, es más que probable que esta provenga de algún tipo de protohomínido ancestral que ha dejado grabada a fuego en nuestro acervo genético la huella de la tontería y el sello del humor cani-poligonero que caracteriza a la criatura cuñado en todos los hábitats y ecosistemas del mundo, desde la gélida tundra siberiana a los intrincados bosques tropicales. Fue, por así decirlo, una revelación: la atávica estupidez que manaba, cual torrente al inicio de la primavera, de las fauces de su montaraz cuñado fue el hilo que le permitió retroceder cientos de miles de años en el tiempo y remontarse hasta el escondido carrete del homo antecesor (o como quiera que se llame nuestro común antepasado).  

Algo así tuvo que ser. 

lunes, 27 de junio de 2016

No hacer nada



Mariano Rajoy ha ganado las elecciones valiéndose de una estrategia magistral que consiste -en esencia y por resumirlo de alguna forma- en abordar los problemas por la vía de quedarse quieto, esperar a que pasen mirando para otro lado y, a poco que sea posible, no hacer nada de nada para no liarla parda.

Dicho así suena bastante fuerte, pero no encuentro mejor forma de describir esta nueva suerte de Don Tancredismo político, actitud o hábito que, por cierto, en su día ya se imputó a Franco y que Rajoy parece haber perfeccionado en nuestro tiempo. 

Dicen -ignoro si la anécdota es cierta- que a Napoleón le gustaban los generales con suerte y hay que reconocer que Rajoy, a su manera, la tiene. Nadie diría que es un dechado de habilidades sociales, ni un gran gestor, ni un Marco Aurelio dotado de una penetrante visión estratégica de la realidad y sin embargo ahí le tienen, encaramado a su púlpito de la calle Génova entre el fervor de sus fieles.

Más allá del estereotipo que presenta a Rajoy leyendo el Marca y fumando un puro el "éxito" de Rajoy me recuerda que pocas cosas hay peores que preocuparse demasiado: aunque nos cueste aceptarlo, porque supone reconocer el papel que el azar juega en nuestras vidas y eso resulta bastante desasosegante, hay algunas cosas que no nos ocurrirán por mucho que nos empeñemos en que ocurran y otras tantas que están destinadas a sobrevenirnos por más que hagamos todo lo posible por evitarlas.

Por lo demás en su discurso de ayer por la noche dijo que iba a decir una cosa y dijo ocho o diez sin orden ni concierto, muy en su estilo caótico y deslavazado, como de despedida de soltero a punto de amanecer. En esencia mostró su agradecimiento al partido, algo que se comprende perfectamente porque, siendo tan precarias sus condiciones políticas, no está de más ser agradecido con quienes le han designado para tal suerte (aunque si nos atenemos a los hechos hemos de convenir que el designador no fue ningún órgano del partido sino el dedo de Aznar). Ese agradecimiento, intuyo que, además, tiene algo de incredulidad (es a mí?) y por eso a ratos, incluso en medio de los debates, parece como si Rajoy acabara de aterrizar en helicóptero y no supiera muy bien qué carajo pinta allí en medio del plató de televisión. 

Y sin embargo... ahí le tienen, pegando saltos o lo que sea que haga para celebrar su éxito electoral. Así es la vida, un asunto impredecible y contraintuitivo a más no poder y precisamente por eso terriblemente interesante.


jueves, 16 de junio de 2016

5 canciones para llevar a la playa y no pensar en nada de nada

1) Yendo en coche por las carreteras de la Toscana había una canción que repiqueteaba una y otra vez por todas las emisoras de FM italianas. Era esta:




2) Esta me gusta porque, además de sonar bien, tiene más mala leche de la que parece a primera vista:




3) No es ni de lejos la mejor canción de Coldplay, pero, por alguna razón - ya se sabe que todas las preferencias son arbitrarias- a mi  casi todas las canciones de Coldplay me ponen tontorrón.




4) Literalmente, toda una canción del verano:




5) Un himno estival muy propio de Keith Urban. Para escuchar conduciendo con el sol a punto de ponerse atravesando el parabrisas:




sábado, 11 de junio de 2016

Todos somos hermosos




La vida avanza, lunes tras lunes, silenciosa e imparable y por ese caminito de horas, minutos y segundos llegará un día en el que no quede nada de todo lo que conocimos y ni rastro de todo lo que fuimos o soñamos ser. Dentro de cien años alguien encontrará, por puro azar, aquella carta que te escribí y que no sé si por pereza o porque no me gustabas lo suficiente dejé a medio terminar o un poema vacilante y mediocre, lleno de tachaduras y adjetivos sin filo y, después de dispersar con la mano el polvo que cubrirá la mesa, con sólo un vistazo, quizás intuirá lo que yo nunca supe explicar: los motivos de mis largas noches en vela; los caminos por los que aventuré hasta perderme y los que no llegué a andar; el porqué me gustaba contemplar los pájaros que atraviesan, lentos y altos, el cielo en la penúltima hora del atardecer y los talgos que cruzaban de punta a punta la meseta castellana o las razones por la que me sentía como esos viejos que observan inmóviles, sentados a la puerta de su casa, todo lo que sucede en la calle con una mezcla de ironía y escepticismo, como si en vez de ser reales alguien acabara de inventar las cosas y las estuviera desplegando frente a ellos para enseñarles una lección que nunca acaban de aprender, como las diapositivas de la clase de ciencias sociales de aquellas lejanas tardes de colegio. Pero de lo que sí estoy seguro es de que, por muchos años que pasen y por mucho que avance el conocimiento del alma humana, nadie podrá dar cuenta jamás del frágil aliento que nos individualiza, de lo que cada uno de nosotros somos por dentro más allá de toda envoltura, detrás de la última coraza, de las razones íntimas que mantienen en pie este andamiaje de estar vivo que, bien mirado, se sostiene de puro milagro, siempre al filo de la inexistencia, siempre a punto de caer, de perderse, de ceder a la suave y tentadora cadencia de la muerte que sólo nos pide que no hagamos nada, que nos dejemos ir río abajo. Todos somos frágiles, impares y, cada uno a su manera, no siempre evidente, hermosos.


jueves, 9 de junio de 2016

He visto cosas que no se pueden explicar con palabras





Para entender por que los delirios del proceso independentista se están yendo río abajo por la alcantarilla sin remisión ni consuelo para sus afligidos partidarios no hay más que prestar atención a tres detalles:

1) Como las cuentas de la noche electoral no salieron como se esperaba y la tan cacareada victoria arrolladora de JxSi no se produjo, CIU y ERC, en lugar de asumir el fracaso, decidieron hacer como si no hubiera pasado nada. Para eso hizo falta, eso si, una pirueta consistente en arrimar su ascua a la sardina de las CUP, que son un movimiento antisistema que busca la proclamación -ahí es nada- de una república socialista mediante la destrucción del estado de derecho capitalista. En tan apacible compañía era de esperar que el viaje hacia la independencia sufriera algún que otro percance y así ha sido: por lo pronto los cuperos ya han decapitado a Artur Mas y ahora acaban de cargarse los presupuestos de este año. Es lo que tiene ser antisistema, que no se sigue ningún sistema. 

2) La falacia de la "calma social" en Cataluña se descompone poco a poco. En los pueblos de Cataluña (en particular en los más pequeños) no hay conflicto porque sólo hay una forma de pensamiento que se proyecta en el espacio público, el independentista. En cuanto unos aficionados de la selección española pretenden ejercer como tales en la calle el pacífico movimiento independentista la emprende a hostias con ellos. En la Universidad de LLeida hay unos cuantos desgarramantas acampados en las dependencias del rectorado cuyo objetivo es que una profesora (a la sazón Subdelegada de Gobierno) no pueda impartir clase por ser quién es. Todo muy democrático. Hay paz, si, pero la paz de los cementerios, la paz de un discurso político hegemónico que no se corresponde para nada con la realidad social, una paz erigida sobre el silencio de los catalanes no independentistas que se limitan a pagar sus impuestos y a callar para que no ser marcados como desafectos al régimen.

2) Cuando hablo de delirio no exagero nada. Las huestes independentistas estaban convencidas de que la independencia estaba ahí mismo ("a tocar", decía entre lágrimas Oriol Junqueres), pero la noche electoral resultó que, por esas paradojas de la vida, enfrente había unos cuantos millones de catalanes que no estaban de acuerdo con el plan. En ese delirio les acompañaban todo tipo de arribistas, advenedizos, cazarrecompensas, oportunistas y hasta malabaristas capaces de trenzar lo imposible, como los del famoso Institut Nova Historia, especialistas en catalanizar personajes y sucesos de la historia española. Los susodichos se atreven a afirmar -para que se hagan una idea del nivel- que la bandera de los Estados Unidos es, a simple vista, un calco evidente de la catalana y que aquella no se puede entender sin ésta. Vamos a citar literalmente a su prócer, el ínclito Jordi Bibeny:


"El que queda palès en observar a simple cop d'ull la bandera americana és que és un calc evident de la catalana. Queda palès que la bandera americana no es pot comprendre sense el patró català."





Lo que viene siendo un calco, si 

En estos años he visto cosas delirantes: una chica echando la bronca a su novio por celebrar un gol de Pujol con la selección española en una semifinal de campeonato mundial frente a Alemania, madres de familia que sustituyen la estrella de oriente por la estelada en el árbol de navidad, perros con disfraz a base de cuatribarrada y barretina, yihadistas manifestándose en favor de la independencia, gente que da conferencias amparadas por las instituciones catalanas en las que se sostiene sin rubor que Miguel de Cervantes, Erasmo de Rotterdam, Leonardo da Vinci y el Cid Campeador eran catalanes y movilizaciones callejeras con coreografías que tienen un aire con los fastos que organiza para su cumpleaños el ínclito dictadorzuelo de Corea del Norte. 

Siendo así, ¿de verdad era posible otro desenlace que no fuera el fracaso cuando una buena parte del electorado ha alcanzado un grado tan alucinante de alienación social y de distanciamiento de la realidad? Sólo espero que cuando resulte aún más evidente el fracaso del famoso "proceso" y toda esa energía malgastada en estupideces se pierda como lágrimas en la lluvia (que diría Roy Batty), la cosa no degenere en una frustración colectiva de consecuencias impredecibles. El tiempo dirá. 


miércoles, 8 de junio de 2016

No sabemos nada





Amor afoito (amor audaz)

Te doy mi amor si me lo sabes pedir, tonto,
no me vengas con trucos... para,
te conozco demasiado.
Te doy mi amor sin ninguna condición, por ahora,
pero tendrás que probar que vales más
de lo que has demostrado ser.

Si me sabes cuidar, ya sé tu destino,
Ayer leí la buenaventura, la suerte nos sonreirá, amor
Si quieres arriesgar, no temas a la vida,
Amor, no debemos temer a ese fuego.

Te doy mi amor a cambio de esa mirada dulce.
No resisto y tú lo sabes muy bien
Me da rabia ser así.
Todo en mí, amor, es tuyo, puedes tocar, no muerdo
Sabes bien que no miento, tonto
Mi defecto es ser demasiado verdadera.


A veces regreso al quebradizo laberinto de mi memoria para rescatar una frase que juraría que dijiste en alguna ocasión o que quizás me gustaría que hubieras dicho, porque, la verdad, eras tan guapa como poco dada a las efusiones verbales. No sabría decir cuánto hacía que había dejado de tener noticias tuyas pero recuerdo que un día de junio, justo cuando ya empezaba a despuntar el verano, un amigo me comentó que habías vuelto a Lisboa, añadiendo, para que la noticia me mordiera aún con más dientes, que no tenías intención de regresar a Barcelona.

De ti conservo, apenas, dos fotos borrosas, algunas palabras en tu portugués natal, unas cuantas cartas huérfanas que releo sin parar como si a fuerza de frecuentarlas pudiera atravesar los límites del papel y, forzando la materia, encontrar un mensaje secreto en el que acabes por revelarme que siempre estuviste enamorada de mi. Ah, y, también, un muy tangible gallo de Barcelos que me observa receloso y colorista con su ojo izquierdo mientras veo Mad Men, como si estuviera amonestándome en silencio por mis innumerables pecados.

Eu sou fadista, decías siempre. Y era verdad. Por eso de vez en cuando, escuchando algún fado alegre, la guitarra me arrastra hacia tus ojos y me acuerdo de ti, incluso cuando hacerlo no sería del todo conveniente. Pero ya se sabe que la historia es un residuo que nunca acabaremos de reciclar, un grifo que gotea obstinado en medio del silencio de la noche y por eso ya ni me extraño cuando el eco de tu voz reaparece, una vez más, en mis sueños como el verde que se repite, siempre igual y siempre diferente, en la liviana espesura de la selva.

Les confesaré un secreto. No importa lo que digan por ahí: por mucho que vivan nadie podrá explicarles nunca cómo se hacen las cosas de la forma en la que se supone que deberían hacerse. Por eso y porque -aunque no eras de muchas palabras- es verdad que eras fadista, esas veces en las que te acercabas como un gato aterciopelado y me cantabas al oído, assim baixinho, a mi se me olvidaba hasta el nombre de la madre que me parió, esa que, con toda probabilidad, nunca perdonaría semejante afrenta si llegara a tener noticia de ella, o, a lo mejor, sí, vayan ustedes a saber, porque una de las mayores y más divertidas paradojas de la vida es que no tenemos ni idea de en qué simas abisales del océano amoroso han llegado a bucear los seres que tenemos al lado, esos a los que más creemos conocer, esos de los que, en realidad, mejor y desde más cerca ignoramos todo.


lunes, 6 de junio de 2016

Todo sea por la ciencia


Aquí mismo, por ejemplo

Explica Marco Aurelio en su Libro IV de las Meditaciones que “Conviene tener siempre muy prontas estas dos reglas de conducta: la primera, hacer sólo lo que en pro de los hombres te dictare la razón (…); la otra, sumarte a otra resolución, siempre que se presentare quien te eduque y te haga apear de tu opinión. Bien entendido empero que esta mutación de sentencia debe tener siempre como causa ciertos visos de verdad probable o de utilidad pública; y tales deben ser únicamente los motivos determinantes, nunca la apariencia de que esto sea agradable o ambicioso."

Para desgracia suya (suya de ustedes, no de Marco Aurelio) y mía la política española contemporánea se basa justo en lo contrario: en repetir de forma mecánica lo que se presume que la gente quiere escuchar y en postergar lo importante -aquello que resultaría de auténtica utilidad pública- en beneficio de lo inmediato, de la última ocurrencia del mercachifle de turno. Y así, en ausencia de auténtica estrategia, todo se vuelve táctica electoral, retorcimiento cortoplacista y guerra de guerrillas. Por eso en esta breve democracia nuestra hemos tenido más leyes educativas que presidentes del gobierno y, por eso mismo, a pesar de que ya debemos un PIB entero y verdadero (que se dice pronto pero es mucho deber) la mayor parte de los partidos (por no decir todos) siguen actuando como si gastar más de lo que se ingresa no fuera lo que es, una auténtica catástrofe, una bomba destinada a explotarnos entre las manos más pronto que tarde.

Los debates no son un vehículo para exponer argumentos, dialogar y tratar de aprender de las ideas del prójimo sino una excusa para balbucear tópicos, lugares comunes, vergonzantes chorradas infantiloides, ataques más o menos falaces, chascarrillos tabernarios, involuntarias muestras de deterioro mental o evidencias palmarias de falta de desarrollo cognitivo. Si alguien osa esbozar una idea novedosa (y ya no digamos brillante) inmediatamente queda sepultado por los aullidos de sus adversarios que, muy conscientes de su alarmante falta de talento, recelan de cualquier forma de contienda política que no consista en rebozarse en el barro procurando meter los dedos en el ojo del adversario (o en el orificio que se halle más a mano). 

Nadie convence a nadie de nada y es tan obvio que es esto es así que ya nadie lo pretende siquiera y por eso cada dirigente político se conforma con dirigirse a su propia hueste de fieles con un argumentario (el deficientario, más bien) cada vez más falaz, bobalicón y trivial diseñado, eso si, por los llamados "expertos del partido", un conjunto de oscuros individuos que, en teoría, dominan los arcanos electorales y los resortes de la conducta del votante, pero que, a lo que parece, sólo se diferencian de nuestros ancestros neandertales en que llevan gafas de marca. 

La política con la que Marco Aurelio soñaba queda reducida así a un paupérrimo espectáculo circense, a un tira y afloja que se prolonga durante semanas y más semanas y que, en el terrible periodo pre-electoral que ahora se avecina, lo invade todo como un bulldozer de cizaña y primitivismo que amenaza con sepultarnos a todos. 

Créanme si les confieso que cada vez que se anuncian elecciones siento un deseo irrefrenable de coger los bártulos y exiliarme en un lugar elegido al azar que bien podría ser la Polinesia Francesa, las Seychelles o las Islas Vírgenes británicas, por citar sólo tres ejemplos que ahora mismo se me vienen a la mente (vaya usted a saber por qué). Allí, bajo los palmerales, sobre la arena blanquísima, al borde del océano repleto de peces tropicales, estoy  casi seguro de que los rijosos vericuetos de la actualidad política española me parecerían poco más que el eco distante de una broma y, con un poco de suerte, puede que hasta una broma divertida. No me atrevo a garantizarles que fuera así, pero estaría encantado de que alguien me sufragara el coste del experimento para averiguarlo. A ver si hay algún voluntario que se preste a ejercer de mecenas. Anímense hombre: todo sea por la ciencia. 

PD. Habrá, por ventura, algo más español que soñar con obtener una subvención, ganga, ventaja, momio, concesión, favor, regalía, bicoca, canonjía, sinecura o prebenda?

El comité de bienvenida (ay)

sábado, 4 de junio de 2016

Superhéroes



Tiene treinta y seis años, tres hijos y un marido que no se dio cuenta de que en realidad nunca había creído en el matrimonio hasta que llegó el tercero, se largó de casa y dejó de coger el teléfono. Lleva casi dos meses de retraso en el pago del alquiler y ha empezado a intuir que las ayudas que siempre le promete la asistente social quizás no llegarán. Sabe que todas esas facturas pendientes que se acumulan en el recibidor no se van a pagar solas y por eso esta semana, aunque todavía es jueves, lleva ya más de cincuenta horas trabajadas. Al regresar a casa hay mil cosas por hacer y, por si fuera poco, también hay alguien que quiere recortar una mariposa en una cartulina verde, alguien que necesita cambiar de zapatillas deportivas y alguien preocupado por su primer amor. Ella responde a todas las preguntas sin detenerse porque sabe que los platos del fregadero no se van a fregar solos. Cuando por fin acaba se fuma un cigarro en el balcón, respira hondo y deja que el humo se deslice entre sus labios cubriendo en el aire la distancia imaginaria entre la forma en la que uno planea las cosas y la forma en la que acaban sucediendo. Puede que no sea la mejor haciendo café pero sabe que tiene una sonrisa siempre a punto y que es buena contando historias y recordando los nombres. Mientras contempla los estragos de la lejía en su esmalte de uñas piensa en un chico que últimamente viene por el bar y que responde a su sonrisa con otra sonrisa que de un tiempo a esta parte ya no le parece tan casual como al principio. Por una fracción de segundo se deja llevar y se descubre soñando con otra vida diferente, con menos preocupaciones y con una cama menos vacía. Pero ella misma echa el ancla y regresa a su pequeño mundo: tiene tres hijos y por eso no le queda más remedio que ser madre, padre, conductor de taxi, maestra, enfermera del turno de noche, policía, paño de lágrimas, árbitro y juez. En la televisión alguien marca un gol de libre indirecto y el público aplaude enfervorecido, pero ella no tiene tiempo para esas cosas, porque hace rato que el sol se ha puesto, ha empezado a llover sobre la ropa tendida y es perfectamente consciente de que sus hijos no van a crecer solos.

viernes, 3 de junio de 2016

No hay nada



La vida no tiene sentido, ni propósito. Acéptenlo: simplemente carece de él. No avanza hacia ninguna parte en particular, lo que significa, ni más ni menos, que estamos aquí por obra y arte del azar, por muy poco seductora que nos resulte esa idea. 

El otro día, por ejemplo, leía que una mariposa inglesa de alas blancas (con manchas negras) se convirtió -por obra de la presión selectiva inducida por la necesidad de adaptarse a los cambios en el entorno para sobrevivir- en una mariposa de alas negras. Naturalmente no se trata de una mariposa transformista: en cada generación de mariposas las que eran un poco más oscuras estaban mejor adaptadas al hollín que la revolución industrial iba depositando en la corteza de los árboles, lo que les permitía pasar desapercibidas, mientras que las más blancas... brillaban en la retina de los pájaros que se las comían. 

La revolución industrial cambio las reglas y las mariposas tuvieron que adaptarse. Con todo es importante entender que no hay en ese proceso ningún propósito intelectual: ninguna mariposa decidió ser más oscura, nadie planificó el oscurecimiento, nadie quiso que fuera así y, de hecho, ni siquiera tenía por que ser así: la mariposa podría haber fracasado en su intento de camuflarse y haberse extinguido como un día lo hicieron el Tilacino, el Antílope Azul o el León de Berbería de los antiguos combates de gladiadores y como cada día lo hacen unas cuantas especies en cualquier parte del mundo. Y aquí paz y después gloria. Punto final. 

Si algo (según parece un meteorito de un tamaño sólo comparable a la indigencia intelectual de Nicolás Maduro) no hubiese impactado sobre la corteza terrestre hace unas semanas (muchísimas semanas en realidad) el pariente más cercano de todos ustedes sería un pequeño roedor de hábitos nocturnos que mordisquea nerviosamente una baya mientras trata de escapar a los sigilosos depredadores jurásicos. Pero sucedió. Y de ahí vinieron los protohominidos, los homo no se qué y no se cuántos que hacían la compra en el centro comercial de Atapuerca y, finalmente, nosotros, que, dicho sea de paso, tenemos un peligro terrible y a poco que nos descuidemos vamos a acabar con todo (no se porqué hablo en futuro, a estas alturas los chinos ya deben estar ultimando el capítulo final en alguna de esas fábricas en las que producen dentífrico blanqueante a base de uranio enriquecido o cualquier otro delirio). 

Si la cosa no cambia mucho dentro de cien años a los niños se les enseñarán vídeos de tigres y leones y les costará creer que esos animales rayados y hermosísimos habitaron un día la tierra. Y dentro de otros cien los últimos pobladores de la tierra aguardarán la muerte en un asilo infinito contemplando imágenes de los niños que venían al mundo antes de que dejaran de hacerlo. A todo lo que conocemos, a todo lo que nos importa y nos preocupa le llegará un día la hora del olvido. 

Un día no muy lejano nuestras huellas quedarán sepultadas por la nieve de principios de octubre que cubrirá la tierra durante los diez o quince mil años de la siguiente glaciación que, a su vez, sucederá al próximo calentamiento global y entonces las mariposas inglesas -si han sobrevivido para contarlo- empezarán a tornarse estúpida y ciegamente blancas.

Pero a ninguno de nosotros estará allí para verlo. O sí, quien sabe. Quizás esa sea la gracia del asunto: que no se sabe, que no está escrito, que las cartas no están marcadas y que todo es posible todavía.