martes, 9 de febrero de 2010

Credulidad, ignorancia y estupidez (aka religión, homeopatía, penes menguantes, etc...)

Uno de los rasgos fundacionales de la civilización humana es la credulidad. Pasan los años, los milenios, las eras geológicas y seguimos dispuestos a acoger cualquier fe, a compartir con ardor cualquier estupidez y a enarbolar cualquier bandera al servicio del crímen, la estrechez de miras o la irracionalidad más deprimente.

Discutir con un crédulo es absurdo. Para el crédulo sus paroxismos alucinatorios son reales como la vida misma y eso le incapacita para discurrir fuera de los estrechos límites acotados por sus prejuicios. El espectador medio de Intereconomía cree que Zapatero es satanás. Los partidarios de la homeopatía que el agua tiene memoria y que las grandes farmaceúticas lo ocultan (lo ocultan mal, porque millones de personas lo saben). Los religiosos (fanáticos siempre porque presumen un dios universal y arbitrario que, yo, como ateo, también he de acatar) que existen diversas modalidades de seres supremos con los que tenemos importantes saldos deudores.

Hace pocos años, en el 2003, miles de sudaneses acudieron a los puestos de socorro de Jartum convencidos de que una terrible enfermedad estaba encogiendo sus penes. El mal, que se transmitía por el mero hecho de dar la mano a un extranjero, adquirió tales proporciones que obligó a intervenir a la policía y al ministerio de Sanidad. Este curioso fenómeno, conocido como koro, se repite periódicamente en varias zonas de África y en China, donde miles de hombres acuden cada año al médico alegando que una rara enfermedad está haciendo desaparecer sus penes (que siempre fueron pequeños, pero ya se sabe, la negación is so powerful...).

Los psicólogos sociales han bautizado estas epidemias imaginarias como síndromes culturales, término que engloba a aquellas enfermedades propias de determinados grupos étnicos que en realidad tienen como único orígen las creencias de quienes las padecen. En el mismo caso de la histeria ártica de los Inuits, la niebla cerebral del África occidental, el hwabyeong coreano, la enfermedad del espíritu de las tribus norteamericanas o el famoso “mal de ojo” de nuestras tierras.

El denominador común de todos estos “males” es que sus poseedores enferman porque creen que están enfermos. Es el llamado "efecto nocebo", el reverso tenebroso del efecto placebo, que hace que un paciente empeore por el mero hecho de saber que está enfermo o porque se convence de que lo que tiene va a acabar con su vida.

La revista New Scientist documentaba hace unos meses el caso de un paciente llamado Sam Shoeman a quien, en los años 70, le fue diagnosticado un cáncer de hígado que le dejaba pocos meses de vida. Al cabo de unas semanas empeoró y murió, pero la autopsia reveló que los médicos se habían equivocado: el tumor era muy pequeño y no se había extendido. De algún modo, como dice la revista, Shoeman no había muerto de cáncer sino de saber que tenía cáncer.

Otro paciente, llamado Derek Adams, acudió a urgencias después de haber ingerido un bote de antidepresivos y estuvo al borde de la muerte hasta que el psicólogo que le trataba en un programa de pruebas indicó que aquellas pastillas en realidad no contenían nada dañino. Apenas quince minutos después, Adams se había recuperado milagrosamente de sus síntomas.

Para comprobar este particular resorte psicológico, Giuliana Mazzoni, de la Universidad de Hull, en el Reino Unido, pidió a un grupo de estudiantes que inhalaran una muestra de aire normal y les dijo que podía contener una toxina que provocaba dolores de cabeza y náuseas. Al cabo de unos minutos, buena parte de ellos desarrollaron los síntomas descritos, en un proceso que se aceleraba a medida que otros compañeros iban "enfermando".

Queda mucho por saber sobre el impacto de las creencias irracionales en la salud, pero resulta evidente que somos capaces de convencernos a nosotros mismos de casi cualquier cosa. Bien pensado, si alguien cree -y muchos compatriotas parecen creerlo- que Zapatero o Rajoy son auténticos líderes políticos y sociales, por qué vamos a dejar de creer en estupideces análogas como la homeopatía, el vudú, el mal de ojo, el curanderismo, las profecías, los milagros, la magnetoterapia, la religión o las dietas.

PD. Los habitantes de la ciudad sudafricana de Craigavon, llevaban varias semanas pidiendo la retirada de una torre de telefonía a la que atribuían todo tipo de males: desde dolores de cabeza a quemaduras y problemas para dormir. El problema es que la compañía demostró fehacientemente que la torre llevaba meses sin funcionar.

Pero claro, eso los vecinos no lo sabían y sus enfermedades imaginarias tampoco.

2 comentarios:

  1. La credulidad es la caricatura de la creencia (Yukio Mishima).

    Algunos han conseguido mantener la credulidad (y la creencia) de que un tal Dios creó el mundo en 7 días (exactamente 7 días, cronometrados), que un tal Jesucristo fue concebido por un extraño experimento entre una supuesta virgen y una paloma, que ese mismo tal Jesucristo resucitó al tercer día (volvió a la vida) y, lo mejor, no se lo pierdan, que ascendió (literalmente, levitó y se propulsó hacia el cielo, o Cielo) a los Cielos para reencontrarse con el cabrón de su Padre que había permitido que lo putearan tanto un puñado de judíos irreverentes. Y ya llevamos más de 2000 años con semejantes "creencias". A partir de algo tan estúpido como esto, se ha derramado mucha sangre en el nombre de Dios. Hace 500 años yo sería ajusticiado por escribir este comentario. De hecho, me mantendré en el anonimato por si algún Legionario de Cristo u opusino cabreado pretende aniquilarme.

    Un saludo y enhorabuena por tus entradas. Me encanta leerte.

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  2. Recuerdo de mis tiempos de camarero como algunos adolescentes que empezaban a bajar a las discotecas por la tarde y pedían lima con tónica. Como la lima venía en botellas de litro y estaba al lado de la ginebra, a media copa les brillaba los ojos y se reían con intensidad como si tomaran gintonics. Y alguno se mareaba al tercero. Como no fuera de la quinina de la tónica... lo que logra la sugestión, así nos consiguen engañar.

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