viernes, 22 de octubre de 2010

El PP, o esa puta mierda de siempre

Sabido es, por reiterado en este blog, lo que pienso de Leyre Pajín. Creo que su problema no es tanto haber alcanzado su nivel de incompetencia, como haberlo dejado tan lejos y tan atrás que ya ni siquiera alcanza a divisarlo.

Eso puede decirse. Es opinable. Puede ser cierto o no. Pero puede decirse. La crítica política -más o menos acerada y más o menos acertada- siempre lo es y no acarrea más ignominia que la siempre acompaña a nuestros posibles y,  por otra parte, tan comunes errores.

Sin embargo al preclaro alcalde de Fachadolid, un individuo cuyo nombre, además de ignorar, no tengo el menor interés en aprender, los asuntos políticos importantes se la traen floja/se la sudan/le importan un carajo. Por eso, puestos a opinar acerca de los recientes cambios ministeriales diseñados por Zapatero, no se le ocurre cosa de mayor provecho que proferir, así, como si tal cosa, un puñado de sonrojantes sandeces machistas sobre el aspecto físico de Leyre Pajín, con ese pueril intento de hacer gracia tan propio de aquellos que, siendo completamente idiotas, no tienen la menor noticia de ello.

Luego vinieron sus rectificaciones que, en lugar de poner coto al asunto, solo revelaron que lo que en otras circunstancias podía haber pasado por una simple y momentanea pulsión machista en una sociedad que lo es tanto y tan intensamente, era en realidad, una severo autoretrato de su pobrísima catadura moral. O sea, que no había sido eventual salida de tono, sino que el individuo, por desgracia resultaba ser lo que parecía: un auténtico impresentable.

Lo inquietante del PP no es que aloje en su seno a individuos tales, si no que en pleno Siglo XXI alguien pueda descolgarse con semejantes majaderías machistas y aberrantes sin que sus superiores políticos y/o sus votantes le erradiquen sin más trámite de la vida política, en su doble condición de rata indeseable y neanderthal irredento.

Semejante cosa no sucederá porque el PP, que tanta modernidad predica en los asuntos económicos (con mayor o menor hipocresía, según el caso) sigue anclado en los asuntos sociales (matrimonio homosexual, aborto, igualdad) en  un dogmatismo tan inmovilista que, más que avanzar, constituye todo un viaje hacia ninguna parte.

Por otra parte, bien mirado, la cosa no es de extrañar. Sus votantes representan todavía hoy, muy mayoritariamente, bajo una almibarada costra de chaqueta verde botella, corbata, copa y puro, el cerrilismo carpetovetónico de toda la vida. Antes leían el ABC. Ahora leen el ABC, La Razón o el Mundo, escuchan La Cope o Libertad Digital y ven Intereconomía o Veo TV. Pero siguen pensando lo mismo: que las mujeres son un poco putas o un bastante idiotas y siempre inferiores -salvo como madres de familia-; que la moral cristiana debería ser el código de conducta que dirigiera todas nuestras vidas (por lo menos de puertas para afuera) y que los extranjeros son peligrosos delincuentes que sólo aspiran a asesinarnos en la oscuridad de la noche, entre otras lindezas análogas e igualmente poéticas.

Exagero. Pero no tanto. Desgraciadamente, mucho menos de lo que alguien que no conozca la realidad política española podría llegar a pensar. Y mucho menos de lo que me gustaría.

1 comentario:

  1. No exageras, todavía te quedas corto. Lo que no me cabe en la cabeza es la cantidad de gente normal que aún son simpatizantes y votantes del PP. Si quieren votar a la derecha, no tienen más que votar al PSOE y listo. Imagino que serán residuos de las dos Españas, esas que siguen tan presentes aún.

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