martes, 28 de diciembre de 2010

Las cosas que vuelven y las que no


Cuando era niño las noches de invierno en las que hacía frío, frío de verdad, me quedaba junto a la puerta de la calle esperando a que empezara a nevar. Yo vivía en Asturias, cerca del mar y allí la nieve es un suceso más bien poco frecuente, así que generalmente me quedaba con las ganas y la nariz bien pegada al cristal.

Una vez, sin embargo, ocurrió. La nieve se acumuló en tanta cantidad que dobló el cañaveral del río y durante casi una semana sólo se divisaba un paisaje blanco que inundaba hasta el horizonte. Por todas partes aparecían inmensas bandadas de pájaros -cigoreyes, pollos, tordos- que atravesaban la línea de la costa huyendo del norte.

Ese invierno mi padre mató una cigoreya que había sido anillada en Gdansk, la ciudad portuaria de Polonia que se dio a conocer al mundo como la cuna de Solidarnost, el sindicato del famoso dirigente anticomunista Lech Valesa. Yo metí la anilla en un sobre y la remití a la dirección indicada en la anilla, explicando que había muerto de muerte natural (y en verdad era así, ya que era de lo más natural que hubiera muerto con los dos tiros que le habíamos pegado). Algunas semanas después nos contestaron con una amable carta en inglés en la que loaban nuestro espíritu ecologista. En fin.

Poco a poco las navidades se acumulan, pasan los años y duele la espalda tanto como duele el alma (por lo menos). Sin embargo, acaso porque lo importante nunca cambia, yo sigo contemplando el cielo con la secreta esperanza de que empiece a nevar de una puñetera vez y, de cuando en cuando, vigilo las bandadas de pájaros que remontan el río Segre con unos ojos de cazador que albergan varias intenciones a cual más siniestra.

Ha pasado mucho, mucho tiempo. Y sin embargo daría unos cuantos años de mi vida por agarrar la mano de mi padre y salir a cazar a las siete de la mañana un día invernizo de diciembre con seis grados bajo cero y un puñado de cartuchos calentados al borde de la cocina. Ser por un instante, de nuevo, un niño y escuchar desde la cama el sonido de los cables del teléfono que vibran con el viento gélido de la madrugada, imaginando cómo sería todo dentro de diez, quince o veinte años, en un futuro imposible y tan distante como la Luna.

Y, más que ninguna otra cosa, más que la vida y más que todo, volver a abrazarle una vez más.

Sólo una vez más.

1 comentario:

  1. Un relato muy bonito, como muchas veces, recordando y añorando a tu padre.

    A mí me hace pensar en los abrazos que podemos dar y no damos, en los momentos que podemos compartir y no compartimos, en que la vida pasa y nos lleva o nos distancia de personas a las que queremos y a las que, por una u otra razón, ya no abrazaremos.

    También me recuerda a mi padre, las conversaciones que no tuvimos y que ya no tendremos, distancias que tal vez no supe evitar. Cuando le llamo y le pregunto ahora ¿cómo estás papá? y él, a pesar de sus duras circunstancias, siempre me dice "bien", cuelgo y me pongo a llorar...

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