viernes, 27 de enero de 2012

Amor, casi muerte y algunos viejos amigos


En el año 1992 yo trabajaba de cocinero en un cochambroso restaurante del East End de Londres. Mi único patrimonio estaba formado por unos cuantos pares de calcetines y un Ford amarillo de tercera mano que echaba humo como una máquina de vapor en cuanto se acercaba a calle empinada.

Aquello debió suceder, si no recuerdo mal, al comienzo del verano. Una mancha de calor se extendía por la ciudad, que iba dejando atrás casi seis meses de lluvia pertinaz, esa lluvia que los auténticos londinenses sortean con su minuciosa y estudiada indiferencia.

Bernie, el robusto cocinero jefe era, además de mi jefe, el dueño del local. Y era sobretodo, un formidable hijo de puta. No uno standard-medium: uno superlativo. En cuanto te ponía encima su avieso ojo izquierdo (el derecho parecía dormido) te daba cuenta de que se trataba de uno de esos raros individuos cuyo sádico sustrato existencial solo puede alimentarse con el condimento del dolor ajeno.

En el restaurante trabajaban, además, otros dos cocineros -yo era uno de ellos- y Paco, un ayudante de cocina de rasgos filipinos nacido en la Línea de la Concepción. Durante los primeros cinco minutos de conversación ambos habíamos intentado comunicarnos -con poco éxito- en un inglés neanderthal,  hasta que, de pronto, con un acento andaluz inconfundible, exclamó sonriendo, pero quiyo, si somos los dos españoles. Era, según me explicó, hijo de un militar de la sexta flota norteamericana y, era también (aunque eso no tuvo que explicarlo), todo lo exuberante físicamente que un gay puede llegar a serlo cuando pone mucho esfuerzo de su parte.

En el restaurante trabajaban también una camarera portuguesa y cuatro camareros croatas que se dedicaban a comentar los partidos de la Premier League y que, por lo común, acababan su jornada laboral mucho más sonrientes de lo que la empezaban y del todo borrachos. En cambio Cloe, la portuguesa, era su contrapunto competente y perspicaz, con lo que, como es habitual en estos casos, acababa cargando con la tarea de aquellos otros cuatro alegres tarados que, para compensar, se dedicaban en cuerpo y alma a lanzarle piropos y a intentar tocarle el culo.

Cloe era tan alta como yo y la primera vez que la besé eso me resultó bastante extraño, porque no estaba acostumbrado a besar a nadie de igual a igual salvo a mi padre (y puedo jurar que no era lo mismo). Yo por entonces tenía novia oficial, una chica de buena familia de Logroño que aspiraba a convertirme en encargado de la joyería paterna, así que nuestra relación no podía llegar muy lejos; pero eso a ella le importaba bien poco, porque, como ella misma se encargaba de repetir, ya sabía de sobra lo que daban de si el amor y el matrimonio y todas esas estupideces románticas.

Tenía un apartamento en la segunda planta de una callejuela estrechísima que daba a la parte este de Regents Park. Era curioso, porque una vez dentro era como estar en otro mundo. Todos los ruidos de la calle desaparecían como por arte de magia y uno experimentaba esa paz de espíritu que normalmente sólo sentimos cuando nos adentramos en una catedral románica en penumbra.

A mi me faltaban dos semanas para volver a España, así que, para ahorrarme el último mes de alquiler esas últimas noches me quedaba a dormir en su casa. Sin embargo, nuestra relación era del todo extraoficial, entre otras razones porque el dueño del restaurante le había tirado los tejos a Cloe hacía unos meses y se notaba a la legua que no había acabado de digerir el rechazo, con lo que no había que ser ningún lince para deducir que, dadas las circunstancias, era mejor no remover el asunto.

Serían más o menos las once de la noche, lo que en Londres, incluso en verano, significa que ya habíamos cerrado hace rato. Bernie emitía con voz de barítono una elocuente relación de improperios en tres idiomas dirigidos al cuarteto de camareros croatas que, hay que decirlo, aceptaban aquellos reproches y las amenazas adjuntas con una elegancia que no tenía tanto que ver con la educación como con el excesivo consumo de licores de alta graduación.

La escena no tenía nada de raro. Se repetía cada noche, así que en cierto modo formaba parte de nuestra rutina en el restaurante. Yo estaba fumando en el patio trasero que daba a la cocina mientras esperaba a que Cloe acabara. Era la última calada de mi único pitillo del día y justo entonces escuche un grito. Resbalé al salir corriendo y casi me parto la crisma. Pese a todo, con esa agilidad que nace del pánico, fui el primero en llegar al almacén.

Paco estaba apoyado junto a la pared en medio de un charco de sangre con las dos muñecas seccionadas. Tenía el cuchillo en el vientre. Cloe lo miraba paralizada, sin saber que hacer. Por un instante pensé que había sido un accidente, pero era obvio que esa idea no tenía ningún sentido: lo había hecho él mismo. Me acerqué para levantarle la cabeza y entonces, casi sonriendo, me miró fijamente y me dijo con un hilo de voz, Alfredo, el amor es una mierda, una mierda como un piano.

Bernie nos dijo que lo sacáramos a la calle porque no tenía contrato y no quería líos. Cloe y yo no hicimos caso y llamamos a urgencias.

Nos despidió esa misma noche alegando que en su restaurante no había sitio para gentuza que hacía lo que le daba la gana. El argumento no estaba mal, pero yo sospechaba que esa noche, de alguna forma, se había dado cuenta de mi relación con Cloe. El caso es que si entonces no nos importó la razón, ahora no tiene demasiado sentido interrogarse al respecto, pero a esa parte cotilla que me acompaña le hubiera gustado averiguar si Bernie llegó a saberlo o no.

Esa noche, al regresar del hospital, Cloe y yo caminamos un rato en silencio y, luego, volvimos al apartamento en taxi. Ninguno de los dos tenía ganas de conducir. Dormimos abrazados, pero en lugar de hacer el amor bebimos tequila en silencio, respirando hondo el aire cargado de polen de platanero que se colaba por la ventana entreabierta. Al día siguiente me habían puesto una multa de aparcamiento y, además, por el aroma, resultaba evidente que alguien se había meado en la alfombra trasera de mi coche.

Apenas unos días más tarde yo ya estaba de vuelta en España, justo a tiempo para casarme.

Años después alguien me comentó que Paco había intentado suicidarse de nuevo (con idéntico éxito) por un desengaño amoroso. Al parecer no había sido capaz de digerir que su novio, un piloto de Kc-135 del ejército norteamericano, fuera destinado a la base aérea de Diego García, en el Océano Indico.

Esta noche, al recordar lo que sucedió,  he vuelto a ver el hermoso rostro de Cloe y de Paco y he escuchado de nuevo el eco de las voces de aquellos delirantes camareros croatas.

Luego me he dormido dándole vueltas a la idea de que hay personas a las que, por esos azares del destino o del carácter, les resulta más sencillo sobrevivir al suicidio que al amor.


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