Epifanía del señor



Parece un barco, pero es la epifanía del único y verdadero Dios del mundo en que vivimos. Por él, por los objetos que acarrea apilados en perfecto orden en su lomo, nos desvelamos, hacemos cuentas que nunca cuadran del todo, agachamos la cabeza si es menester, morimos un poco cada día y matamos mucho y muy eficazmente, como si los hornos microondas o las pantallas de plasma fueran capaces de iluminar nuestra oscuridad interior, librarnos del miedo o redimirnos de todos nuestros pecados; como si en alguna esquina de esos hermosos contenedores de hojalata, alabado sea el Señor, estuviera escondida la llave secreta de la felicidad y sólo tuviéramos que abrir unas cuantas cajas más para encontrarla. 

Con todo, siempre hay esperanza. En medio de la noche, en la torre de control barrida por el viento del buque portacontenedores Enma Maersk que atraviesa el atlántico norte impulsado por su poderoso motor Wärtisilä-Sulzer, presiento que alguien contempla las estrellas y se pregunta cómo es posible que, una y otra vez, incesantemente, seamos arrojados al vertiginoso abismo de vivir tan llenos de cosas y, sin embargo, tan mal provistos de todo lo que necesitamos para ser felices.

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