jueves, 5 de septiembre de 2013

Volver a empezar


Cuentan las crónicas que Francisco Pizarro, nacido en la extremeña ciudad de Trujillo y que al parecer había sido por­quero en su adolescencia, llega a la Española sólo diez años después del Descubrimiento, con la gran expedición de Ovando. Pronto demostraría un valor asombroso y un instinto natural para la guerra (es decir, para el crimen organizado), habilidades que tendrían su cenit en su exploración de la costa Sur en busca de un misterioso y vastísimo imperio del que corrían noticias fantásticas entre los españoles del Caribe. Uno al que llamaban el Birú y que más tarde llegaría a ser conocido como Perú.

En septiembre de 1526 cuando habían transcurrido  ya dos años de viajes hacia el sur afrontando toda clase de inclemencias y calamidades sin ningún resultado apreciable, Pizarro y sus hombres llegaron a la isla del Gallo. El descontento entre los soldados era muy grande y aunque áquel se obstinaba en seguir adelante, la mayor parte de ellos quería desertar y regresar a Panamá.

En esa tesitura Pizarro desenvainó su espada, avanzó con ella desnuda hasta sus hombres, se detuvo frente a ellos, los miró fijamente y en lugar de obsequiarles con una larga arenga que hubiera sido muy del gusto de cualquier guionista cinematográfico de nuestros días, se limitó a decir, al tiempo que trazaba con el filo de la espada una raya sobre la arena:
"Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere"

Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere... la frase la leí por primera vez siendo niño en un amarillento manual escolar de historia que el azar y el infatigable sopor del verano habían depositado -no sé muy bien cómo- en mis manos y desde aquel temprano encuentro siempre me ha producido una fascinación enorme y no fácil de explicar. 

Intuyo que muchos de nosotros, en algún momento de nuestra vida, trazamos una raya y decidimos que las cosas ya no van a ser como eran. Luego, naturalmente, ocurre que la vida acaba atropellándonos y no resulta nada raro que en el intento de ir a mejor las cosas acaben siendo mucho peores, pero eso desde el punto de vista conceptual no importa demasiado, porque ninguno de nosotros, pobres mortales, puede pretender ser amo y señor de su destino y en no siéndolo -que no lo somos nunca completamente- es menester que nos ocurra de todo y que no todo sea siempre bueno. 

Lo que intento explicar es que lo que me gusta de la frase no es tanto esa pretenciosa voluntad de agarrar al azar por el cuello y estrujarlo como si fuera una gallina vieja, sino el hecho de que siempre que somos capaces de delimitar esa línea imaginaria y siempre que, además, tenemos el valor de cruzarla y dejarla atrás, la vida nos ofrece la oportunidad de levantarnos, rehacernos y empezar a parecernos un poco a aquello que un día soñamos. 

Sólo por eso, por la oportunidad de volver a empezar, conviene recordar que todo el dolor merece la pena.

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