martes, 14 de enero de 2014

Creyentes



Acabo de acordarme de un chiste de Annie Hall (la película de Woody Allen). Dos señoras de cierta edad están alojadas en un hotel de alta montaña y una dice: vaya, aquí la comida es realmente terrible y la otra contesta... si y además las raciones son tan pequeñas...

Se trata de un buen resumen de la vida. Está llena de soledad, miseria, decepciones y tristeza y sin embargo... se acaba demasiado deprisa. Por eso, por mucho que pasemos el día quejándonos de lo mal que va todo y del asco que da Gallardón, en cuanto intuimos la presencia de un bulto sospechoso en algún difuso lugar de nuestra anatomía salimos corriendo hacia el hospital como lo haría un fiscal en defensa de una infanta, deseando que se trate sólo un bultito de grasa y no de un carcinoma propenso a la metástasis.

Por eso, porque estamos cagados de miedo, porque la amenaza de la muerte pende todo el rato sobre nosotros, nos aferramos a cualquier cosa. Y, de entre todos esos asideros, el más estúpido es la religión. Para empezar te la empiezan a meter en la cabeza cuando estás indefenso: apenas eres un niño que ve dibujos animados y que ni siquiera ha aprendido a masturbarse y ya te llevan a misa a escuchar a un señor de negro que dice que las mujeres vienen de una costilla, que la virgen nació de un palomo y que se puede meter a toda la fauna animal dentro de una enorme barca de madera y llevársela de paseo.

Yo al principio dudaba un poco. Pero luego ocurrió algo importante: cumplí ocho años y me di cuenta de que todo aquello tenía pinta de ser una estupidez tremenda. Para empezar había algo que me inquietaba, ¿por qué un tío que tenía ciertas dificultades para sujetarse los pantalones y que por lo demás daba señales de ser bastante más idiota que yo se creía capaz de decirme qué es lo que pasaba cuando nos moríamos? ¿Había estado allí alguna vez y había regresado para contarlo? ¿No era evidente que se lo estaba inventando todo?

Esa temprana crisis de fe coincidió con mi preparación para la primera comunión, lo que me ocasionó algunos problemas, porque durante mis primeros encuentros con el cura párroco y en presencia de mis compañeros hice algunas observaciones que ahora no recuerdo pero que no debieron ser muy de su agrado porque llamó a mi tío, que era quien me acompañaba por un camino de casi seis kilómetros por lo más espeso del monte hasta la iglesia y le dijo que era mejor que viniera sólo una vez al mes, que con eso había más que suficiente. Y que si no venía todos los meses tampoco pasaba nada. 

Desde entonces he sabido que hay dos tipos de personas: las religiosas y las cuerdas. Las primeras no siempre son nocivas pero en el fondo nunca resultan inocuas, porque su fe constituye un peligro latente, como una enfermedad que no produce síntomas pero que permanece al acecho dentro de su organismo a la espera de una oportunidad. No es que sean malos: es que están equivocados en algo tan importante y tan obvio que resulta casi imposible no poner en tela de juicio su salud mental. 

Yo, por mi parte, no aspiro al cielo. Un lugar en el que uno permanece eternamente consciente y con un montón de tiempo libre para pensar me parece una refinada forma de tortura. Puede que la eternidad como idea, en abstracto, parezca interesante pero estoy seguro de que al poco tiempo me resultaría aburridísima y tan indigesta como una comida familiar de domingo que durase tres mil horas. Ya se que algunas religiones para compensar las molestias prometen vírgenes y otros manjares pero yo, si puedo elegir, prefiero disfrutar de esos placeres aquí y ahora, no sea que al otro lado de la famosa luz al final del túnel no haya, como sospecho, absolutamente nada de nada.

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