lunes, 21 de abril de 2014

Quien te quiere encuentra el modo de estar contigo




Hace tiempo tuve una compañera de trabajo -alteraré algunos datos menores para no revelar su identidad- que un buen día entró en mi despacho y así, sin preámbulo, de una forma algo precipitada que revelaba que llevaba tiempo buscando a la persona adecuada para contarlo y que al fin creía haberla encontrado, me confesó que llevaba varios años de relación con un hombre casado.

A lo largo de todo ese tiempo ni siquiera habían pasado un día entero juntos. Él siempre le decía que iba a dejar a su mujer, pero eso nunca sucedía. Siempre había una excusa. Cambios en el trabajo. Problemas con los hijos. Cuestiones económicas pendientes que había que resolver antes de tomar la decisión. Nunca era el momento adecuado. Naturalmente, ya no se acostaba con su mujer porque la amaba a ella, pero con el tiempo resultó evidente que si lo hacía, porque incluso tuvo otro hijo con ella y supongo que no tuvo el valor de afirmar que aquello (también) había sido obra del Espíritu Santo.

Si ella se enfadaba porque no podía aceptar una situación como esa, objetivamente inaceptable, él le daba la vuelta a la tortilla: como voy a dejar a mi pareja por una persona que no se controla emocionalmente, una persona que se enfada, por una persona que no acepta las cosas como son, una persona que llegado el caso puede montar un escándalo por cualquier tontería. La cobardía es fácil de reconocer: se alimenta de excusas y las produce sin descanso.

Mi compañera, una excelente persona y una magnífica profesional, había ido adoptando la clásica visión de tubo que los psicólogos saben que es habitual cuando alguien participa en una relación así: la persona va dejando de lado el resto de sus relaciones sociales y se concentra en esperar esa llamada, ese mensaje de texto, esa cita que nunca acaba de llegar y que cuando llega siempre es más fugaz de lo que desearía. De hecho ni siquiera iba de vacaciones por si él la llamaba. Eso, naturalmente, retroalimenta el proceso, porque no hay nada que enganche tanto como esperar algo que siempre se te escapa de las manos, algo que nunca puedes tener del todo, algo que nunca se acaba de integrar en tu realidad.

Me preguntó que qué podía hacer. No recuerdo con exactitud lo que le respondí. Se trata de situaciones muy adictivas y muy complejas, así que creo que traté de hacerle ver que nunca podría ser feliz en una relación así, pero que esa idea, por muy obvia que fuera, sería irrelevante mientras ella sintiera lo contrario, mientras siguiera esperando una llamada más. Y que esa persona no merecía su amor porque la única regla del amor -la única que permite reconocer a la persona que te ama más allá de toda duda- es que quien te quiere estará incondicionalmente contigo, por encima de cualquier situación, circunstancia o dificultad, porque para esa persona tu serás su prioridad absoluta. Y que todos somos la prioridad absoluta para alguien: la persona que nos ama y que por eso mismo está incondicionalmente con nosotros.

Volví a encontrarla en un curso en Madrid un par de años después. Era evidente que algo había cambiado a mejor. Me explicó que aquella relación se había acabado y ahora era feliz con otra persona. Nos tomamos un café y le pedí que me contara como lo había conseguido. Al parecer todo empezó una tarde. Él la llamó, como era habitual, durante apenas treinta segundos desde el coche, al salir del trabajo, justo antes de que llegara su familia. Ella le dijo, con más tristeza que otra cosa, que ya se estaba empezando a acostumbrar a su ausencia. Él le respondió, con un poco de sorna, que no lo creía. En el fondo estaba seguro de que ella siempre estaría ahí, esperándole.

Pero era verdad. Ella estaba empezando a acostumbrarse a que él no estuviera. Y entonces -me explicó- un día, de pronto, recordé lo que tú me dijiste, Alfredo, aquello de que si él no estaba conmigo era, simplemente, porque no me quería y además me di cuenta de que era así y de que en el fondo yo siempre lo había sabido, pero que, deslumbrada por mi amor, había preferido no verlo para no tener que afrontar la realidad.

Por suerte, una vez que asumió eso el resto fue bastante más fácil de lo que ella misma había pensado, porque esa revelación, en cierto sentido, le quita la ropa al príncipe y nos lo muestra tal y como es en realidad: alguien que en el fondo, más allá de las palabras y los sueños en voz alta, se ha resignado a llevar la vida que lleva y que nunca será capaz de reunir el valor necesario para cambiar su vida y ser feliz.

PD. La única cosa más triste que no encontrar a la persona que te de el amor con el que siempre habías soñado es encontrarla y no ser capaz de estar a la altura de ese amor. Esa herida nunca dejará de supurar y no cicatrizará jamás. 


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