lunes, 19 de enero de 2015

Qué será de mi



Vivimos años de hierro y crisis en los que muchos de mis compatriotas tienen como único objetivo existencial conseguir dinero, fama, sexo, éxito o, en el colmo de la suerte, ser tronista en Tele 5, que es un atajo que permite conseguir todos esos deseos saltando de moza en moza, tirando porque te toca a base de bolos nocturnos en discotecas de dudosa reputación y que, por si todo eso no fuera suficiente, convierte en prescindibles cosas como el dominio de la tabla de multiplicar o la compresión de los rudimentos de la lectura; pero yo, que tengo un alma inclinada en demasía a la pereza y muy dada a la vida contemplativa, nunca ambicioné tan honorable destino y desde niño me consagré a un propósito mucho más modesto: llegar a ser funcionario en una dependencia colonial situada en la ribera de un puerto fluvial de una isla tropical cualquiera; un lugar en el que todos los relojes, asediados por la humedad, se habrían detenido una tarde inconcebible de lluvia y en el que, juzgándolos prescindibles, nadie se habría tomado la molestia de revivirlos; un lugar en el que, a la sombra de las palmeras o en el portal de un galpón medio derruido y cubierto de hojarasca, dejaría pasar los días viendo como el viento agita las luces de los barcos que se pierden allá a lo lejos, sobre la vacilante línea del horizonte, para regresar muchos meses después con la primera luz de un día de esos en los que suceden cosas imposibles; un lugar en el que una vez al año -o cada dos, que me conozco- escribiría una carta a los viejos amigos para que tuvieran constancia de que, pese a lo que andan diciendo por ahí y pese a lo que les gustaría a unos cuantos canallas, sigo con vida; un lugar, en fin, en el que de cuando en cuando procuraría revivir el fascinante, agotador y ya casi olvidado ejercicio del amor con una muchacha de pelo rizado y ojos abisales proveniente de un enigmático archipiélago dibujado en las cartas de navegación a más de mil kilómetros de su auténtico emplazamiento, a la que besaría como si tuviera la certeza dulce e inconsolable de que el próximo amanecer será el del último día, como si yo mismo fuera un fantasma que habitara entre fantasmas y como si sólo ese amor fugaz pudiera salvarme del vértigo de acabar por desvanecerme del todo en la memoria de los seres que alguna vez pronunciaron mi nombre con afecto. 

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