jueves, 25 de junio de 2015

De perros y gatos



Me gustan más los gatos que los perros. Esa preferencia, como no podía ser de otra manera, es del todo arbitraria, pero de cualquier forma no puedo negar que detrás de ella late cierta inclinación del carácter y algo me dice que el mío recela de forma instintiva de cualquier forma de relación en la que uno de los dos lleva una correa cuando va de paseo.

Los perros son más cariñosos, no cabe duda, pero su cariño tiene algo de incondicional y, por tanto, de predecible: es como el amor de un robot que ha sido programado de fábrica para quererte a toda costa. Para el perro tu eres su amo, el dios de su única religión perruna, el hacedor de todas las cosas y a mi ese papel me resulta un poco inquietante, porque nadie debería encarnar tanto poder y porque el amor y el afecto verdaderos, frente a lo que suele afirmarse por inercia y/o estupidez, sólo tienen sentido si son condicionales.

El afecto de los gatos es más sutil. Para empezar ellos se consideran los amos del territorio y, con elegante benevolencia, acceden a compartirlo contigo. Hay, eso es cierto, gatos desapegados que encajan bastante con el canon clásico de lo que debe ser un minino y gatos muy cariñosos, casi perrunos, pero incluso estos conservan buena parte de su personalidad, como si nunca se entregaran del todo, como si la relación se estableciera entre iguales, como si en vez de mirarte te interrogaran, como si ellos siempre supieran algo más que tu ignoras.

No hay trineos tirados por gatos ni gatos lazarillo porque los gatos no son taxis ni autobuses urbanos y no han sido diseñados por la naturaleza para arrastrar a nadie a ninguna parte. Tampoco hay gatos policía porque no se puede entrenar a un gato para que haga nada que no quiera hacer y me temo que detectar sustancias estupefacientes no figura entre sus prioridades, salvo que algún día se declare ilícito el comercio del atún. Y no se te ocurra proclamar que los gatos son el mejor amigo del hombre porque si uno de ellos te oye decirlo se moriría de la risa y perderá una de sus siete vidas, aunque es muy probable que no sea así porque, como supongo que ya habrás notado, a los gatos les importan bastante poco tus opiniones y no se molestan en disimularlo. 

Bien mirado, no se puede negar que esa descuidada indiferencia suya, esa forma tan característica de estar sin estar del todo, es parte de su encanto. Algo que nos recuerda que las cosas más hermosas de la vida son la que contienen una promesa de algo que no nos será dado completamente, como la luz del atardecer que se oculta bajo la línea del horizonte justo cuando había comenzado a revelar sobre el tapiz del cielo su deslumbrante paleta de colores imposibles.

PD. He tenido, a lo largo de mi vida, varios perros a los que, como no podía ser de otra forma, he querido mucho. Pero los gatos son otra cosa porque no pueden ser de nadie.




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