martes, 10 de noviembre de 2015

Un hijo tonto







Hace unos años (bastantes tirando a demasiados porque el tiempo pasa que es una barbaridad) me hacía ilusión eso de ser padre. Si quieren que les diga la verdad, ese deseo sólo se atenuaba por el miedo, casi la obsesión, de que podía alumbrar (se sobreentiende que por persona interpuesta) a un hijo tonto. Estoy seguro de que los padres que me lean considerarán infundado y más bien extravagante ese temor mío porque, con contadas excepciones como la de Marichalar, todos los padres consideran a sus hijos la mar de inteligentes (aunque en realidad sean completamente cretinos y estén condenados a jugar con plastilina hasta los cincuenta años). Y es que la paternidad tiene ese efecto cegador que ha sido hábilmente inducido por la selección natural a través de un mecanismo que no requiere mayor elucidación: si los padres -como con frecuencia hacen los leones- se comieran a sus hijos cada vez que cometen una estupidez nuestra civilización estaría al borde de la extinción y el cambio climático tendrían que hacerlo los osos polares. 

La historia, sin embargo, como tantas veces, acude en mi ayuda. El emperador Marco Aurelio -uno de mis personajes históricos favoritos-, nombró sucesor a su hijo Cómodo, que resultó ser un individuo bastante dado a la paranoia y la neurosis, cualidades estas altamente indeseables en quien está llamado a regir los destinos del prójimo, así que la cosa acabó, como pueden imaginar, bastante mal. De hecho acabó (en versión libre) en una película (que me gusta mucho) en la que el general Máximo Décimo Meridio salda las cuentas con el asesino de su familia en medio de la arena del Coliseo.

Mucho después Carlos III -uno de nuestros mejores estadistas- tuvo un vástago, el que llegaría a ser Carlos IV, con menos lúmenes que una bombilla led de 3 vatios. Al parecer en una fiesta de la corte le preguntó a su padre cómo era posible que, si los monarcas lo eran por designio divino, existieran malos reyes, a lo que su padre contestó, no parece que con excesiva ternura, "pero qué tonto eres hijo mío". Ignoro si la anécdota es exacta porque también la he leído referida a otro comentario de Carlos IV, también a su padre, sobre lo afortunados que eran los reyes, porque sus mujeres no podían serles infieles puesto que les resultaría imposible encontrar a "alguien que fuera superior a nosotros". La cosa, con todo, fue empeorando, porque su hijo Fernando VII, que tampoco era un genio, a cambio resultó ser mucho más ambicioso, hipócrita, falso y egoísta. Un auténtico cabroncete, vamos.

La historia de la monarquía española desde entonces constituye un triste catálogo de desatinos. Fernando VII podría haber instaurado una monarquía constitucional (a pesar de lo que suelen decir los que no la han leído, que son casi todos, la Constitución de Cádiz era extremadamente conservadora) y su hija Isabel II podría haberse inspirado en los principios liberales que ya corrían por buena parte de Europa. Alfonso XIII, por su parte, podía no haber mantenido el sistema político dual, caciquil y falto de representatividad que ha perdurado hasta anteayer en España y, sobre todo, podía no haber animado el golpe de estado de Primo de Rivera. Y qué decir del Conde de Barcelona, deseando luchar en las filas franquistas. Siempre que pudieron nuestros monarcas, en lugar de apostar por los principios democráticos, liberales y por la modernidad lo hicieron en favor de las élites, la iglesia, el cerrilismo y  la tradición. Y, por supuesto, siempre antepusieron su supervivencia al bienestar de la nación. Y así nos va.

PD. Voy a relatar una anécdota personal y, por una vez y sin que sirva de precedente, verídica. Hace un par de años un veterinario asturiano me escribía con cierta frecuencia breves comentarios en este blog -que es también suyo de ustedes-, de tono más bien laudatorio. Un día, en una de sus misivas, me reveló su condición de poeta maldito y me hizo llegar varios de sus poemas para que le expresara mi docta (lo de docta lo decía él sin fundamento alguno) opinión. Sólo recuerdo una de sus creaciones pero estoy seguro de que, a pesar de lo breve de la muestra, serán capaces de hacerse una idea cabal de cuál era el nivel general. Atentos, que vamos para bingo:

Mujer de mis sueños azote
Tus ojos son muy bonitos
Y tu culo me pone palote
He de hacerte guarrerías hasta que te dé el hipo
Y regalarte de mermelada un bote.

Yo creí que era una broma. Pero no, no lo era, porque el susodicho poeta se enfadó sobremanera con mi crítica literaria, me acusó de no haber leído la obra de Bukowski, me amenazó durante unos cuantos días con nocturnidad y por escrito y, al final, de pronto, desapareció como por arte de ensalmo y no volví a saber de él, cosa que, por una parte, me ahorró el trámite de tener que pedir una orden de alejamiento y solicitar mi incorporación al programa de testigos protegidos del FBI y, por otra, hace que no pueda atravesar con la tranquilidad que me gustaría calles oscuras cuando regreso a casa de madrugada. 



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