martes, 8 de diciembre de 2015

Con un par


En términos filosóficos soy un pesimista, lo que significa, como diría Rust Cole, que no soy bueno para las fiestas. Eso no quiere decir, no obstante, que sea una persona triste, porque en términos existenciales soy un firme partidario de la felicidad: procuro tomarme las cosas con distancia y trato de reírme con todo lo que dan de si los pequeños sucesos de cada día -que suele ser bastante si uno se toma la molestia de fijarse un poco en los detalles-.

Sin embargo, por alguna razón que debe tener que ver con mi timidez y también (para qué negarlo) con cierta presunción que a veces hace que contemple esta ilusión colectiva a la que llamamos existencia como si estuviera subido a un caballo muy alto, me desconcierta la alegría que preside algunos eventos sociales (cenas familiares y de empresa) entre gente que, no pocas veces, se odia mortalmente y que por el término de un par o tres de horas se sumerge en un armisticio adornado de superficialidad, sonrisas forzadas  y afectos fingidos. 

Supongo que a cierta edad la hipocresía resulta muy evidente cuando son los demás los que la practican y demasiado fatigosa cuando es uno mismo el que tiene que despacharla, así que desde hace algunos años me he impuesto como ejercicio personal ir abandonándola, con la ventaja adicional de que al expresar con claridad mis opiniones la gente a la que aprecio lo sabe muy pronto y aquella a la que aprecio menos lo sabe aún más rápido, cosa que amen de ahorrar tiempo, evita enormes malentendidos y dificulta que algún que otro imbécil se acerque a tocarme las pelotas, aunque en esto ya se sabe que no hay método perfecto, porque no hay idiota que no sea también obstinado y cabezota, como si esos atributos vinieran en el mismo pack

¿Qué tiene todo esto que ver con el vídeo? Pues tiene que ver con el hecho de que a mi, que tengo vértigo hasta subido en un taburete y no me acercaría a esa montaña aunque me estuviera apuntando con un arsenal de metralletas toda la plana mayor de piojosos barbudos del estado islámico, ver al suizo Ueli Steck escalar de la forma en que lo hace (con esa especie de optimismo irredimible) me reconcilia con la existencia: un hombre solo frente a una pared inmensa y casi vertical de piedra y hielo, enfrentándose a ella sin ningún tipo de mecanismo de seguridad que impida que de un mal paso y se parta la crisma. Y ahí está el tío, con un par: siempre hacia adelante, siempre hacia arriba, siempre exultante, como si fuera invencible y como si lo mejor estuviera a punto de llegar. 

Si quieren que les diga lo que pienso creo que lo que Ueli hace es una metáfora de la existencia: hay que ir siempre hacia adelante porque atrás, abajo, sólo existe el abismo. El pasado, aunque un día fuera hermoso, es ahora un lugar inhóspito e inhabitable al que no se puede regresar, una habitación con la puerta cerrada, así que, pase lo que pase y por muy mala que sea la coyuntura traten de hacer lo que hace Ueli: ir hacia adelante y hacia arriba. No hay otra. Y, ya que estamos, sonrían siempre que puedan, que total son cuatro días, como dice la canción de Manolo García y para qué vamos a amargarnos la vida con chorradas. 


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