lunes, 29 de febrero de 2016

Lecciones extraescolares



Con la perspectiva que da el tiempo y el ir haciéndome viejo me gustaría creer que si hubiera tenido un hijo habría sido capaz de ayudarle a prescindir de gran parte de las cosas que ahora consideramos necesarias. Y no por hacer de él (o de ella) un asceta, un místico o un idiota cuyos sacrificios y renuncias serían recompensadas por la inverosímil promesa de un paraíso en la otra vida, sino porque cuanto menos necesitamos más libres somos y como alguien dijo una vez, es muy difícil esclavizar a alguien que depende de muy pocas cosas para ser feliz.

También le enseñaría que es preciso estudiar y tener curiosidad por todo lo que nos rodea porque la ignorancia y la estupidez son causa de infinitas pesadumbres: los tontos y los iletrados son siervos de aquellos que piensan por ellos y no es preciso haber visto mucho mundo para saber que aquel que no piensa por su cuenta tiene un amo invisible. A cambio, eso sí, procuraría que rehusara esa oscura superstición que lleva a muchos a creer que el trabajo es valioso por sí mismo. No lo es. Si hemos de trabajar –porque lo necesitamos para ganarnos la vida- es preciso hacerlo lo mejor posible porque sin esa ética laboral ninguna sociedad progresa y porque desde muy joven he observado –y así me lo ha confirmado la experiencia- que nunca hay una buena persona detrás de un mal trabajador.

Pero si, llegado el caso fuera bendecido por el azar con una bonoloto o con una quiniela millonaria le recomendaría que abandonara su trabajo lo antes posible y que se dedicara a tareas más provechosa, como el estudio de la filosofía de los antiguos griegos, cuya poderosa luz todavía nos ilumina muchos siglos después, la historia de las civilizaciones que un día dominaron el mundo y luego desaparecieron sepultadas por el paso de los siglos o la contemplación de los infinitos paisajes y personajes que pueblan este nuestro vasto mundo. Hay tantas cosas hermosas ahí fuera que no tiene sentido malgastar el tiempo (de no ser estrictamente necesario para sobrevivir) grapando documentos entre las paredes de un despacho.

También le explicaría que intente ser feliz procurando no joder al prójimo y que no sea demasiado orgulloso porque salvo que salvo que uno sea Miguel Ángel (el pintor y escultor, no aquel portero del Madrid) o Leonardo da Vinci (ese que ahora los historiadores independentistas dicen que era natural de Terrassa o de Martorell) todas nuestras pequeñas victorias y derrotas son barridas minuciosamente por el tiempo hasta que nadie recuerda ni siquiera nuestro nombre. Ah y se me olvidaba, también le diría que fuera más sociable que yo, que tuviera más fe en el género humano, que buena falta hace y que tratara de vivir con la estudiada ligereza de los gatos, esos seres que todo lo observan y de los que nadie en su sano juicio puede esperar que si se les tira un palo vayan corriendo a recogerlo.   

PD. Una precisión. No sostengo que todas las personas que trabajan bien sean buenas. Hay excelentes profesionales que seguro que son perfectos cabrones en otros ámbitos de su vida. Pero lo que si afirmo y estoy dispuesto a defender, incluso en duelo frente a quien lo niegue con el arma que fuere menester, es que aquellos que trabajan mal (con desgana, de forma chapucera, quejándose continuamente, echando pestes de sus compañeros o tratando mal al público o a sus subordinados) nunca son buenas personas por muy estupendos que se pongan.

PD2. Cuando tenía gato a veces tiraba un palo a la terraza para que fuera a buscarlo. Era gracioso porque se me quedaba mirando fijamente con una cara imposible de descifrar y, por supuesto, ni se movía. Creo que, en el fondo de su ser debía pensar que yo era un sujeto más bien torpe al que se le escapaban las cosas de las manos o, a lo peor, un débil mental necesitado de tratamiento psiquiátrico y por eso con la perspectiva que da el tiempo hoy me doy cuenta de que aquella mirada era, a partes iguales, de conmiseración y vergüenza ajena por verse obligado a compartir piso conmigo.





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