viernes, 3 de marzo de 2017

Por la verdad y la justicia



De mis más bien aburridos y nada estimulantes estudios de psicología recuerdo con especial interés lo relativo a los sesgos cognitivos. Si quieren encontrar un buen resumen del asunto, con sus dibujitos y todo, aquí lo tienen: 

                                                          Sesgos cognitivos

De entre ellos me importa ahora uno en particular, el llamado sesgo de confirmación, que explica porqué todos exhibimos un gran apego por nuestras ideas y nuestras creencias, por más estúpidas que puedan llegar a ser: son como ese chandal viejo y un poco raído que nos encanta ponernos de vez en cuando porque ha viajado con nosotros desde la prehistoria, ha sobrevivido a dos divorcios y tres mudanzas y tiene un tacto aterciopelado como de bayeta gastada que nos hace sentirnos en casa.

El sesgo de confirmación hace que tengamos una fuerte inclinación a buscar información que refuerce nuestras ideas preconcebidas y que, además, hagamos lo imposible por ignorar las molestas evidencias que las contradicen. Por eso los votantes del PP leen La Razón, el ABC o el Mundo y escuchan la Cope, mientras que los del PSOE y los de Ciudadanos leen el País y escuchan La Cadena Ser o Onda Cero (soy consciente de que se trata de una simplificación, pero no anda muy lejos de la realidad). En cuanto a los de Podemos me da que son más de eslóganes y manifestaciones que de otra cosa y que, como mucho, ojean esos clásicos que siempre brillan como un cuchillo afilado y que nunca pasan de moda del tipo de Marx o Bakunin. 

Las redes sociales facilitan el sesgo de confirmación. Sea cual sea la majarada en la que uno se especialice, en Internet hay un montón de páginas repletas de pseudoinformación que hará que nunca te sientas solo: adoradores de Stalin o de Lucifer (valga la redundancia), convencidos de que la tierra es plana, defensores del creacionismo, mercachifles de productos homeopáticos y otras falaces medicinas alternativas, negacionistas del holocausto o del cambio climático, padres que se resisten a vacunar a sus hijos, comentaristas de noticias que exhalan odio hacia la mujer incluso cuando la mujer en cuestión acaba de ser asesinada a navajazos por su ex-marido, gentuza que piensa que en el fondo Hitler no estaba tan mal y otros muchos delirios que están, por desgracia, muy lejos de caer en desuso.

Lo peor de todo no es que el sesgo de confirmación tiende a polarizar y segregar el debate. Cada facción traza una línea invisible que le impide ver y escuchar nada que esté más allá de su trinchera ideológica. Y, además, en el lodazal de Internet se ha acabado por cumplir la profecía del tango Cambalache de Gardel y por eso la opinión de un experto acaba pesando lo mismo (o menos) que la de cualquier consumidor compulsivo de substancias psicotrópicas que toma notas con sus propias heces en la pared del comedor. 

Si en un país como Estados Unidos, con un excelente nivel educativo y una renta per cápita de las más altas del mundo, hay nada menos que un tercio de la población que se declara creacionista o que está convencida de que estamos gobernados por extraterrestres disfrazados de personas... tampoco es tan raro que acabe ganando las elecciones Donald Trump, no creen? Mi impresión personal es que Trump, con todo lo necio y cretino que pueda llegar a ser (y mucho me temo que en esa playa todavía falta bastante para la pleamar) no es la causa de nada sino un síntoma de una epidemia de estupidez y cretinismo que venía asomando la patita hace tiempo y que no vimos venir desde nuestro lado de la empalizada. 

A pesar de todo y contra la opinión general, soy optimista. Los pesimistas, como Stefan Zweig, parecen convencidos de que la cosa no puede ir más que a peor y que acabará con "la derrota terrible de la razón y el triunfo salvaje de la brutalidad". Suena fatal, la verdad, tanto que hasta dan ganas de mudarse (a uno de esos planetas recién descubiertos, por ejemplo). Y como nuestro miedo interior tiende a resonar cuando escuchamos cosas que dan miedo parece hasta verdad. Pero no lo es, porque como dijo una vez Martin Luther King y como Obama repetía a menudo en sus discursos, invocando la memoria del genial reverendo de Atlanta, por muy largo que sea el arco del universo moral, lenta, finalmente, se acaba curvando siempre hacia el lado de la justicia. 

Esa luminosa esperanza no sólo alumbra una verdad, sino que es mucho mejor que resignarse con esa lánguida mirada de derrota tan característica de los poetas malditos y de los médicos de cabecera, que siempre parece que querrían estar justo en otra parte, porque, como dijo una vez Henry David Thoreau, resistir al mal, oponerse a él, es tan necesario como cooperar con el bien y ningún hombre moral puede conformarse pacientemente con la injusticia. 

PD. Intuyo que la una de las modalidades de mal -y no la menor- con la que nuestra generación habrá de lidiar es la mentira, que para camuflarse y engatusar a los incautos se expende ahora con nombres postmodernos, paracientíficos, sibilinos, profilácticos y escurridizos (postverdad, hechos alternativos y a saber que otras boludeces que todavía nos quedarán por escuchar). 

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