domingo, 26 de marzo de 2017

Usen su cámara



Nuestro cerebro es como una cámara de fotos. Y al igual que una cámara digital moderna dispone de modos automáticos (panorámico, retrato, escena interior) gobernados por nuestras emociones, que, a su vez, son el resultado de una amalgama formada por la evolución, la cultura y nuestra experiencia personal. Pero -por fortuna- nuestro cerebro también cuenta con un modo manual, basado en la deliberación racional, que nos permite traspasar el umbral de lo emocional y lo instintivo y dejar atrás la frontera de la animalidad.

Para entender esta dualidad hay que recordar que estamos preparados por la evolución para una vida tribal, que, en esencia consiste en convivir/soportar a unos pocos (parientes y vecinos) y tratar de matar a todos los demás (los desconocidos), que casi siempre constituían una amenaza. Sin embargo en nuestro entremezclado mundo moderno la realidad se ha condensado de una forma que hace un par de milenios hubiera resultado inimaginable, lo que hace que nuestro cerebro tribal se sienta amenazado y cuando eso ocurre dispara nuestros modos automáticos en su peor versión: violencia, racismo, machismo y fascismo. 

Nuestro comportamiento social sigue siendo tribal solo que las tribus tienen ahora nombres nuevos: equipos de fútbol, partidos políticos, naciones, religiones, clases sociales y orientaciones sexuales. Cuando nos convertimos en miembros de la tribu nuestro cerebro se pone en modo instintivo y nuestras facultades racionales quedan en suspenso. Si a título particular ya somos propensos a la tontería, en medio de la masa casi siempre acabamos convertidos en cenutrios capaces de cualquier desafuero y, como enseña la historia, de cualquier crimen. 

Para acabar de complicar el asunto incluso nuestra dimensión racional tiene sesgos cognitivos que distorsionan nuestra percepción de la realidad. Es evidente que resulta muy fácil equivocarse cuando nos comportamos como simples autómatas o como soldados de la colmena, pero tampoco hay garantías de éxito cuando tratamos de pensar racionalmente (lo que no significa, no obstante, que no haya que tratar de hacerlo por todos los medios). La única forma de minimizar esos errores consiste en entrenar la mente:

a) No aceptando siempre como verdad aquello que estemos inclinados a creer que es verdad. Un atributo de la verdad es que resulta siempre un poco desasosegante, porque cuestiona nuestras certezas. Si algo le parece evidente y encaja perfectamente con sus creencias previas es muy probable que... sea falso. Desconfíen de sus creencias y ya que estamos, desconfíen también de su intuición: si se atreven a mirar debajo de la alfombra descubrirán que muchas veces lo que llamamos intuición es sólo una mezcla de miedo y prejuicios. 

b) Examinando los hechos y separándolos siempre de las opiniones y de los juicios de valor. No se debe mezclar el ser y el deber ser: no se puede arreglar una bicicleta si no se sabe cómo funciona una bicicleta de verdad ni comparándola con el arquetipo de bicicleta ideal. Si se fijan gran parte de las propuestas políticas se basan en apriorismos o parten de un análisis trivial de la realidad y por eso acaban teniendo resultados catastróficos. Predicar y dar trigo son dos cosas muy distintas: por eso a Donald Trump le resultaba mucho más divertido escupir sobre el Obamacare delante de sus biliosos seguidores que devanarse los sesos diseñando un sistema de seguridad social alternativo.

c) Pensando. Pensar es un ejercicio y, por cierto, un ejercicio bastante más importante que hacer abdominales. Sin embargo el mundo esta llenos de gimnasios y vacío de reflexión. ¿Cuántas de las personas que van a un gimnasio -y de las que no van, que no son mejores ni peores que las que si lo hacen- dedican una hora al día a pensar en algo que vaya más allá de sus preocupaciones inmediatas? 

d) Escuchando. Cuando una persona habla no nos está dejando espacio para que pensemos lo que vamos a replicar, nos está dando la oportunidad de escucharla y de aprender algo que no sabíamos. No hay nada que odie tanto como las conversaciones en las que nadie escucha a nadie (hola mamá!) y por eso entenderán que me resulten infumables todos esos debates políticos en los que lo único que hacen los candidatos es recitar de memoria las píldoras de consignas que les han preparado sus asesores, con absoluta indiferencia hacia todo lo que digan los demás (moderador incluido). 

Para acabar, un consejo: piensen, piensen por su cuenta y riesgo; traten de equivocarse por si mismos porque incluso cuando yerren aprenderán algo en el camino; no se dejen arrastrar por las consignas, los eslóganes, los lugares comunes, la idea de que las cosas siempre se han hecho de una forma determinada ni por todas esas verdades reveladas y evidentes que tratan de venderles por todas partes y que, a poco que se fijen, rara vez son tan evidentes como parecían de antemano, tampoco han sido reveladas por nadie y, por si fuera poco, casi nunca son verdad.


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