martes, 11 de abril de 2017

Un hito

Ya lo he dicho alguna vez pero no me importa repetirlo, porque tengo la casi absoluta certeza (expresión, por lo demás, muy habitual y boba a fuer de contradictoria, porque si es casi absoluta no es certeza) de que todo sucederá de la siguiente forma: más pronto que tarde, una mañana gris y cansina de un día que bien podría ser martes, a eso de las once y media o las doce, justo después del desayuno, en una fábrica de galletas, pararrayos y pienso para cerdos situada en un polígono del extrarradio de algún suburbio de una polvorienta ciudad China unos cuantos operarios mezclarán, quién sabe si por desidia, por estupidez o por no tener nada más a mano, unas cuantas sustancias químicas que la naturaleza nunca quiso que durmieran bajo el mismo techo y mucho menos que fueran a parar al fondo del mismo caldero y se producirá una explosión que curvará el espacio tiempo hacia dentro sin dejar fuera ni el dobladillo y en cosa de un instante, en un pum introspectivo que ni siquiera producirá ruido, el mundo tal y como lo conocemos y medio sistema solar con él, se irán a tomar por el culo y todos ustedes y yo mismo no tendremos ni el consuelo de pasar a la historia, porque para que haya historia es menester que quede alguien para contarla y ya les anticipo que ese no será el caso, así que yo de ustedes dejaría de hacerme tanto selfie porque, después de todo, va a ser tontería.

Si un rato antes de la explosión apareciera una civilización alienígena (es curioso, pero si se fijan en las películas los alienígenas andan más bien faltos de modales y de civilización) y me pidiera que, antes de esfumarse, les hiciera llegar algún testimonio que, a modo de memorial, pudiera dar cuenta de hasta donde llegaron los logros de nuestra cultura, no rescataría un poema ni una obra de arte, un episodio histórico, las memorias de ningún sabio, un manual de ingeniería, ni un gol de Leo Messi, sino cualquiera de esos vídeos de no más de tres minutos de Sebastian Achaval y Roxana Suárez que habré visto no menos de tres o cuatro mil veces y que siempre me emocionan como si fuera la primera vez, porque tengo la certeza (esta vez, sí, certeza de la buena) de que hasta esa lejana tripulación de mercenarios alienígenas comprendería al instante hasta donde llegó la marea de nuestro amor, nuestra belleza y nuestra sabiduría y el prodigio inexplicable que representa que, sin ser realmente nada del otro jueves, en nuestros mejores momentos, fuéramos capaces de cosas que, a fuerza de imposibles, ni siquiera parecían de este mundo. 

Y, aunque quizás esto sea subir mucho la apuesta, estoy convencido de que alguno de ellos hasta derramaría una lágrima furtiva en recuerdo de lo que aquellos pobres terrícolas llegaron a ser capaces de hacer antes de saltar por los aires.












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