domingo, 14 de mayo de 2017

Un tonto con un palo



Imaginen por un momento al tonto de un pueblo cualquiera. Un tonto estándar y convencional, sin ningún otra particularidad reseñable más allá de la escasa longitud de sus entendederas y cierta impredecibilidad que hace que pase de reírse y repartir abrazos a tratar de morderte sin solución de continuidad. El caso es que el susodicho pasa el tiempo lanzando a canasta un palo de madera desde unos diez metros de distancia. La metodología es simple: arroja el palo con todas sus fuerzas en dirección al aro y acto seguido, corre a recogerlo y vuelve a tirarlo.

Imaginen ahora que uno de ustedes aparece en escena y justo en ese momento... el tonto encesta. Convendrán conmigo que ese suceso es mucho más probable desde el punto de vista estadístico que ganar el premio gordo de la lotería y, sin embargo, casi todos jugamos a la lotería aunque sólo sea por Navidad, así que bien pensado no tiene nada de raro que, muy de cuando en cuando, el tonto anote un triple.

Si ustedes poseen una mentalidad científica (y espero por su bien que así sea) tratarán de encontrar una explicación al fenómeno que acaban de presenciar. Algunos, por ejemplo, llegarán a la conclusión de que se trata de un asunto de mera probabilidad estadística y que lo que ha ocurrido es que, como dicen en mi pueblo, a base de soplar, de vez en cuando suena la flauta. Otros irán más allá: quizás se trate de que el tonto en cuestión tiene mucho tiempo libre y de que, a fuerza de ejercitarse en la disciplina, se ha convertido en un experto en el lanzamiento de palo. 

Por último, otros, arrastrados por el impulso racionalizador, llegarán aún más lejos: quizás el tonto posee una habilidad innata para el lanzamiento de palo, quizás el palo cuenta con las proporciones geométricas idóneas para ser lanzado a larga distancia o acaso las condiciones meteorológicas eran las perfectas para que aconteciera el fenómeno justo en ese instante. Llegados a este punto, las opciones son casi infinitas. 

Lo que quiero decir con este largísimo preámbulo es que racionalizar demasiado es (casi) tan peligroso como no hacerlo en absoluto, porque si uno se pasa de listo corre el riesgo de volver a ser tonto otra vez.  Por eso cuando escucho decir que Trump o la señora Le Pen cuentan con muchos votantes por esta razón o por la de más allá (el desencanto hacia la clase política, las malas condiciones de vida de amplias capas de la población o el racismo) me acuerdo siempre del tonto con el palo y de los peligros de darle demasiadas vueltas a las cosas. 

Trump y Le Pen ganan o están cerca de hacerlo porque hay mucha gente que añora un pasado mejor. Y cuando uno está embargado por la melancolía lo que quiere es ser consolado con un chupete o, un poco más tarde, con la promesa de que haciendo esto o aquello (construyendo un muro o expulsando a los inmigrantes) regresarán los días de vino y rosas y las fábricas de acero de las vastas planicies americanas y las de la Lorena francesa volverán a echar humo como en sus mejores días.

Naturalmente, nada de eso no va a ocurrir. Pero entre una verdad dolorosa y una mentira elocuente envuelta de esperanza mucha gente ha elegido, elige y elegirá la mentira. Está en nuestra naturaleza. 
Por eso cuando vean en la televisión al cretino de Donald Trump o a la sórdida señora Le Pen no dejen que se les ponga mal cuerpo. No le den demasiadas vueltas. Se trata sólo de tontos con un palo. Ocurre de vez en cuando, nada más. 

PD. Hablando de tontos que arrojan objetos me ha venido a la cabeza que una vez, cuando tenía ocho o nueve años, estaba sentado en lo alto del carro de mi abuelo con una piedra de mediano tamaño entre las manos. De pronto, a unos cinco o seis metros, apareció una rata enorme que merodeaba, con aviesas intenciones y un hambre más que evidente, alrededor de la lata de atún reciclada que contenía el pienso de las gallinas. Entonces yo, con mi formidable instinto de cazador y mi infalible visión de miope, lancé la piedra con toda la fuerza que puede hacia lo alto y ésta, describiendo una formidable parábola, aterrizó con total precisión justo sobre... el faro derecho del coche de mi padre, que reventó como si fuera un mazapán relleno de nitroglicerina. Como es natural yo, llegado el momento, negué todo conocimiento del asunto. Por su parte la rata, como es natural, sobrevivió, aunque estoy seguro de que se llevó un susto de muerte.

PD2. Aunque normalmente me importa un pimiento ser malinterpretado, porque no ignoro que cada uno de ustedes -y así es como debe ser, porque, por fortuna, estamos en una democracia y no en una república popular comunista- metabolizan como les da la gana de las cosas que escribo, me gustaría aclarar una cosa. Aceptar la estupidez como explicación no equivale a resignarse. Hay que rastrear la estupidez, subrayarla allí donde se ponga de manifiesto, ponerla al descubierto cuando trate de hacerse pasar por verdad y oponerse a ella siempre que haya ocasión. Pero para hacerlo no es preciso convertir a nuestros enemigos en adalides de causas inexistentes ni dotarles de habilidades de las que carecen: son solo idiotas oportunistas que cultivan el voto de individuos con cierta propensión al autoengaño. Para derrotarlos hacen falta candidatos mejores, mejor organizados e ideas mejores. Pero amargarse no sirve de nada.

PD3. Cuando digo candidatos mejores quiero dejar claro que no me refiero a Pedro Sánchez, por citar un ejemplo. Un ejemplo de candidato, quiero decir, no de tonto con un palo. 


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