sábado, 22 de julio de 2017

Pongamos que hablo de Madrid



Hay canciones que, además de ser hermosas, suenan a verdad, como si uno las hubiera atravesado en carne y hueso de parte a parte y en el curso de ese viaje algo de ellas se hubiera quedado prendido en uno de esos escondrijos del alma que recelan de la luz del día y que sólo se asoman al exterior a esas horas en las que cualquier persona sensata y con una vida ordenada ya lleva un buen rato roncando. 

Esta canción ("Buena chica") me gusta por muchas razones. Porque hay versos que son poesía esculpida sobre una plancha de acero con un martillo de fuego ("su casa bordeando la autopista hizo que ella creciera muy deprisa"); porque por esas casualidades de la vida yo también crecí en una casa plantada a cincuenta centímetros de una carretera nacional que amenazaba con caerse cada vez que un camión pasaba a toda velocidad a metro y medio del salón; porque los Secretos tienen la capacidad de emocionarme y devolverme a aquellos años remotos (ay) en los que yo también tenía toda la vida por delante y, también, porque en sus canciones resuena Madrid, la ciudad en la que me han ocurrido un montón de cosas que han cambiado mi vida, la ciudad en la que me hice mayor y en la que siempre me siento pequeño y el único lugar del mundo en el que nadie es del todo extranjero.

Madrid, la ciudad de los Ministerios monumentales, de los taxistas quejicas y trapalleros que siempre parecen contrariados y de los funcionarios que cobran productividad por trabajar un rato por las tardes y desayunan profusamente para no desmentir el tópico; la ciudad de los mil Corte Ingleses y de millones de personas que comparten un acento seco como una navaja  barbera y la casa del Real Madrid y sus incontables copas de Europa (ay) que tanto alegraban a mi padre y tantos malos ratos me han hecho pasar a mi. 

Madrid, el pueblo-ciudad de Castilla en el que se cruzan todos los caminos y en el que el mar no se puede concebir. Madrid, el lugar al que nunca dejo de regresar con el asombro de un niño y del que nunca me iré del todo, porque hay algo de esa ciudad improbable, tremebunda y soberbia que un día se quedó agarrado a mi alma, y me observa y me interroga cada día desde el espejo.

PD. Hace un mes vi actuar a los Secretos en Benavente (uno de mis lugares favoritos del mundo). Escuchando sus canciones me vino a la memoria Enrique Urquijo, que murió una noche de noviembre del año 99 en un lóbrego portal de la calle Espíritu Santo de Malasaña y de Antonio Vega, que lo haría diez años después, a los 51 años, de un cáncer de pulmón y entre canción y canción no pude evitar pensar que la vida parece encontrar un placer entre sádico y morboso en llevarse por delante a las personas más sensibles y que, en cambio, por razones que se me escapan, a menudo resulta terriblemente comprensiva con un montón de indeseables que, más que morirse, ni siquiera deberían haber tenido la oportunidad de nacer. Tengo la certeza de que Dios no existe, pero a veces me gustaría estar equivocado y que anduviera por ahí para tener ocasión de echármelo a la cara y decirle cuatro cositas bien dichas acerca de su nefasta política de selección de personal. 


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