Ándate con ojito, virusito


Llevo un par de días con la sensación de que, de pronto, todo vuelve a la normalidad y lo hace de la misma forma alocada en la que esa normalidad desapareció no hace tanto: sin orden ni concierto, en medio de una explosión que un buen día se lo llevó todo por delante.

La gente se agolpa en las terrazas, las manadas de adolescentes celebran la vida, los runners salen despedidos en todas direcciones, los ciclistas atraviesan caminos inverosímiles salpicando barro y para mi, pobre mortal, que se ha pasado los dos últimos meses recluido en medio de una humanidad ausente, recorriendo arriba y abajo, uno a uno, los 124 escalones que separan la planta baja de la azotea de mi edificio, todo tiene ahora un aire como de alucinación colectiva, como de incierto final de pesadilla. 

El caso es que nos escondimos después del invierno y hemos salido a la calle con el verano aguardando a la puerta. Un verano un poco provisional y cautelar, como a cámara lenta, en el que aún no sabemos cuándo ni cómo podremos irnos de vacaciones ni si reuniremos el valor suficiente para hacerlo. A mi, a estas alturas, los campos de Castilla llevan ya más de un mes reclamándome y no creo que pueda resistir por mucho más tiempo la llamada de sus espigas. En Asturias, además, me esperan mi madre y mi hermano y volver a verlos de nuevo después de todo lo que ha ocurrido será un motivo de doble celebración.

Es casi verano. Estamos vivos. Recordamos a los seres queridos que no están y celebramos que, a pesar de todos los pesares, el ser humano siempre, siempre perdura. Porque somos una especie pertinaz y dura de roer a la que incluso un bicho tan malo como este apenas ha sido capaz de arrebatar al uno por ciento de los infectados. Que es mucho. Y, a la vez, visto desde un punto de vista colectivo, como especie, no es más que una muesca en nuestro infinito historial de heridas.

Llevamos miles de años sobre la faz de la tierra. Enfrentándonos a tigres de dientes de sable, heladas, malas cosechas, sequías, volcanes, roedores, meteoritos, bacterias, tumores, hongos y virus. Y seguimos y seguiremos aquí, siempre hacia adelante, hacia el verano, hacia el próximo otoño y hacia todos los inviernos que están por venir, porque en eso, en subsistir, en aferrarnos a la vida con uñas y dientes no hay criatura del mundo que nos llegue a la altura de los talones. 

Tu no lo sabes coronavirus, pero nosotros, aquí donde nos ves, caminando con aire despistado y medio idiota por el lado del río o tomando una Coca Cola en una terraza al borde del mar, somos unas criaturas que venimos de un barro muy antiguo en el que reptando, a gatas y tratando de ponernos de pie hasta erguirnos del todo aprendimos que ningún día es gratis y que cualquier instante esconde mil peligros. Y ha sido justo ese lento y doloroso aprendizaje -que le ha costado la vida a tantos de nuestros ancestros- el que a lo largo de miles de generaciones, desde la primera luz hasta el último sol, nos ha otorgado el derecho a resistirnos a ti y a todos las criaturas como tú que estén por venir. 

Sólo una cosa más. Ándate con mucho ojo, que al parecer ya tenemos casi a punto unas cuantas vacunas y como te descuides, en menos de lo que canta un gallo, te extinguimos nosotros a ti y a otra cosa mariposa. Que eso, lo de extinguir, también se nos da de maravilla. 

Avisado estás.

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