domingo, 30 de octubre de 2011

Idas y vueltas



Yo tuve una novia que trabajaba de "visual merchandiser". Bueno, eso es lo que ella le decía a todo el mundo. En realidad era escaparatista o, por ceñirnos a los hechos, vendía zapatos en una callejuela trasera que daba a la Plaza de España de Zaragoza.

No es que eso importe -yo he pasado media vida haciendo cosas bastante menos glamourosas que esa y, por otra parte, Al Bandit es uno de mis héroes personales- pero a ella le molestaba que yo me cachondeara de su peculiar pronunciación de la lengua inglesa, siempre atravesada por una inconfundible veta de acento maño.

La verdad es que era tan guapa que a uno le daba exactamente igual cómo pronunciara eso y cualquier otra cosa. El problema es que, cada vez que yo hacía alguna broma al respecto, ella, además de mosquearse, me miraba como si yo fuera medio subnormal y estuviera en trance de convertirme en subnormal completo, así que, para evitar meterme en líos, acabé por dejar de hacer chistes con los idiomas y con algunas otras cosas.

Nos encantaba plantar geranios de colores que se nos marchitaban de puro abandono y quedarnos tumbados contemplando el cielo al caer la tarde, como si ese momento fuera a prolongarse eternamente. Aquello no podía durar demasiado y los dos debíamos saberlo, pero jugábamos a fingir que lo habíamos olvidado o que éramos tan estupendos que no nos importaba.

El otro día me la encontré en Zaragoza, igual de guapa que siempre. Me dijo que acababa de ganar un importante premio de poesía (creo que el Ciudad de Burgos). Como parte del premio va a publicar un libro -el tercero, creo recordar- en la editorial DVD. Además ahora tiene dos tiendas de moda y va abrir pronto una tercera en Madrid, cerca de Atocha.

Volviendo a casa, a la altura de los Monegros, se puso a llover a cántaros y el limpiaparabrisas del coche aprovechó el momento menos oportuno para detenerse sin venir a cuento. Mas tarde, cuando ya no hacía ninguna falta, volvió a ponerse en marcha y así se quedó durante un buen rato, limpiando lánguidamente gotas de lluvia imaginarias.

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