viernes, 6 de enero de 2012

De enfermeras y de urgencias


La conocí en el hospital de LLeida. Me había roto la muñeca (con la brillante idea de ponerla debajo del culo para amortiguar mi caída) y había ido a hacerme una radiografía y a que me obsequiaran con la correspondiente escayola en homenaje a mi incorregible estupidez.

Resultó que ella era la enfermera de urgencias. Y resultó también que me enamoré en el mismo instante en que entró en la habitación.

Subrayo que ocurrió tal y como lo cuento: al instante. No pasado un momento, no al rato, no al día siguiente. En la misma fracción de segundo en la que ella asomó su cabecita rubia por la puerta entreabierta.

A la mañana siguiente vino a verme e hicimos el amor durante dos horas y media exactas, porque esa semana ella tenía turno de tarde en el hospital y no le gustaba llegar tarde.

Podría emplear un montón de palabras para explicar lo que sucedió durante ese rato pero creo que basta con aclarar que se produjo esa automática e inenarrable sensación de comunidad física y emocional que solo se da una de cada mil veces.

Me contó, entre polvo y polvo, que había tenido algo así como veinte o treinta relaciones. Que no le duraban más de un mes. Que siempre acababan fatal. Y que llevaba mucho tiempo sin sentir algo cómo lo que acababa de sentir.

Quedamos en volver a vernos. Pero, aunque yo lo ignoraba entonces, no llegaría a suceder.

Desapareció tal y como había llegado a mi vida: como un fantasma y sin saber porqué. Al tercer día, de pronto, dejó de cogerme el teléfono.

Ha pasado mucho tiempo. Sólo conservo de ella esa foto. Pero la reconocería aunque pasaran mil años y me hubieran frotado los ojos con dos estropajos de níquel.

Aquel encuentro fugaz, además de una extrema melancolía que habría de durar varias semanas y que sólo acerté a remediar con una sobredosis de música country, hizo nacer en mi mente el germen de una idea que mi experiencia personal ha ido ratificando a lo largo de los años y que puede enunciarse, a modo de teorema, como sigue:

"No nos enamoramos de alguien porque posea determinadas cualidades, virtudes, atributos físicos o rasgos del carácter más o menos destacables. Lo hacemos porque ese alguien, de forma misteriosa, encaja en un molde mental preconcebido e intangible que todos poseemos y del que apenas tenemos noticia hasta que finalmente se manifiesta en forma de incontenible pulsión amorosa".

Por eso un día aparece una chica, se sienta a nuestro lado en el metro y, al instante, sin mediar palabra, nuestro corazón se subleva y amenaza con asomarse a mirarla subiendo por la garganta.

No es más que eso. De repente nos volvemos locos y ya está. Lo demás es racionalización ex-post (me gusta por esto y por lo otro y por lo de más allá). Pero la verdad, la única verdad, es que te gusta arbitrariamente, porque sí, casi contra tu voluntad o incluso, violentándola severamente.

Luego viene la parte divertida. Esa chica puede ser una tía estupenda o una grandísima hija de la gran puta (o cualquiera de las múltiples estaciones intermedias). Puede hacernos felices o convertir nuestra existencia en una deprimente sucursal del holocausto caníbal. El sexo con ella puede hacer que los edredones de los hoteles entren en combustión espontánea o ser tan apasionante como un derbi de la tercera división regional galesa.

Y al final la historia puede acabar bien, mal o, como ocurre con infausta frecuencia, en el juzgado de lo penal.

Pero eso no hace, ahora, al caso. La moraleja del asunto -si es que hay alguna- es que en cualquier momento, dónde menos lo esperamos, salta la liebre, con severo peligro de que toda nuestros planes e ideas preconcebidas sobre lo que somos y lo que nos gustaría ser se vayan a tomar por el culo directamente y sin pasar por la casilla de salida.

PD. A la semana siguiente un amigo del trabajo me contó, con gran alegría, que ese fin de semana había ido a jugar al golf y me preguntó qué había hecho yo (además de partirme el brazo). Le dije que nada porque hay cosas que no pueden explicarse y, lo que es peor, hay cosas que aunque se expliquen, no las entiende ni uno mismo.

And this ain't no place for the weary kind
This ain't no place to lose your mind
This ain't no place to fall behind
Pick up your crazy heart and give it one more try

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