miércoles, 1 de febrero de 2012

Amar y querer


En la vida no hay hiato más trágico que el que va de querer a alguien, incluso de quererlo mucho, a enamorarse de él.

Lo peor, con todo, no es sentirlo. Es tener que dar cuenta de ello al interesado/a.

Explicarle, por ejemplo, a esa chica perfecta, guapa e inteligente que tanto te quiere que no te has enamorado de ella; que, con toda probabilidad, no vas a hacerlo y que, además, si lo piensas detenidamente, por muy estúpido que suene, no tienes ni la menor idea de porqué es así y no de otra manera. Y que no hay nada que ninguno de los dos pueda hacer para que todo sea de otra forma.

O aceptar que amas con locura a una auténtica indigente emocional con la que no deberías acercarte ni al bar de la esquina y que, por lo demás, no te hace ni caso, salvo esa tarde de febrero en la que, después de mucho insistir, por fin la acompañas al concesionario a comprarse ese Alfa Romeo Guilietta rojo que le gusta más que nada en el mundo.

Esa misma indigente que, sin embargo, cuando te mira con sus abisales ojitos de platino iridiado te hace sentir todos los violines de la banda sonora de Star Trek en Dolby Surround y te provoca una exaltación espontánea de las hemorroides y otros cuerpos cavernosos de tu anatomía.

Las cosas son así. Donde hay amor la justicia ni para ni se asoma, así que no caben quejas, reclamaciones ni sms reprochando la maldad de aquella que con tanta crueldad pateó uno a uno los maltrechos restos de nuestro corazón.

Se trata, si se trata de algo, de aceptar que las cosas suceden sin causa aparente. Y de seguir adelante, sabiendo que a veces ese amor, nuestro amor, es recíproco y otras mas bien de juzgado de guardia y que, justa contraprestación por todas esas ocasiones en las que de cuando en cuando hacemos daño a otros, queriendo o sin querer, no faltará, más pronto que tarde, un día en que alguien se encargará de partirnos el corazón a hierro y fuego.

Por lo demás, todas las teorías acerca del amor son un desvarío de poetas aquejados de fimosis, solteronas adictas a los ansiolíticos y sociólogos con eyaculación precoz, porque el amor es un depredador silente que elude la teorización al modo en que la selva rechaza el vacío: con serena ferocidad.

1 comentario:

  1. Como diría la poeta del siguiente post. "preclaros hay que sobrevivir". Una entrada magnifica te la "robo"

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