martes, 31 de julio de 2012

Mad men



Me gusta Mad Men. Formalmente es una serie que narra los avatares de un puñado de individuos que trabajan en una agencia de publicidad en Nueva York (Sterling, Cooper, Draper & Price) y que tienen casi todo el dinero y (casi) todas las mujeres que pueden llegar a desear. 

Materialmente, en cambio, Mad Men es una serie con una mordacidad tenue y zigzagueante, como la huella de una serpiente sobre la arena del desierto al mediodía. Una serie que nos presenta, fría y hasta descarnadamente, el sinuoso curso de los acontecimientos a través de los cuales, de forma lenta y siempre imperceptible, la misma vida que un día aparecía antes nosotros como un paisaje ilusionante repleto de promesas, va retorciéndose hasta quedar convertida en un amargo y desilusionante reflejo de lo que un día soñamos que fuera.

Mad Men nos enseña -sin moralizar en absoluto- que, al final, hagamos lo que hagamos, todo se jode siempre. Y que crecer -madurar- consiste en darnos cuenta de que las cosas son así y de que lo único que podemos hacer es patalear en el agua a la desesperada y dar palos de ciego a tontas y a locas, esperando que un día, a base de ir de error en error y sin saber muy bien cómo, acabe por sonreirnos la fortuna.

Don Draper lo sabe y por eso intenta empezar de cero, cerrando la puerta, dejando atrás los errores del pasado y buscando desesperadamente una mano ganadora. Y por eso mismo el público le adora: porque bajo su aura de triunfador es como nosotros y como nosotros yerra, tiene grietas y se quiebra. Intenta jugar limpio pero el juego nació sucio y él es demasiado bueno jugándolo como para fingir que no lo sabe.

Sin embargo, a cada instante nos sobrevuela la extraña sensación de que, al final, por mucho que lo intente no va a conseguir salvarse, de que ninguno de nosotros podrá hacerlo. Por eso al principio de la serie aparece la imagen de un hombre que cae al vacío: esa caída es una metáfora del curso de todas nuestras vidas.

Vidas en la que el trabajo, en lugar de dignificarnos, nos va oscureciendo por dentro como si nuestros pulmones fueran los de un Superman adicto al humo de la kriptonita. Vidas en las que, por mucho que lo intentemos, no llegaremos a ser más de lo que siempre fuimos. Una vida en la que jugamos con las cartas marcadas, porque, nos guste o no, cuando entramos en una habitación llevamos a cuestas toda nuestra existencia y eso será así hasta que traspasemos la última puerta.

No podemos ganar. Nadie lo hace. Sólo podemos hacer como si no lo supiéramos o como si perder no nos importara demasiado. 

PD. A veces las entradas son como los sueños: el reflejo de un estado de ánimo. En esta debería hablar de Narcisa, que ha fallecido hoy, pero siento tanta rabia, tanta impotencia y tanta pena que no soy capaz de hacerlo.

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