jueves, 23 de agosto de 2012

Mean sobre nosotros y dicen que llueve



Dos formas muy antiguas de impostura política consisten en convencer al ciudadano de que puede elegir entre dos alternativas, cuando esas alternativas no son tales, sino un señuelo que enmascara la misma cosa y, en segundo lugar, en repetirle una y otra vez que no hay más remedio que tomarse el purgante, hasta lograr su aceptación resignada y ovejil de cualquier disparate, por más perjudicial que éste resulte en realidad para sus intereses.


Me propongo demostrar que ambos engaños se practican en nuestros días, con el pedal apretado a  fondo cual Fernando Alonso en la recta de tribuna de Monza, por parte de toda esta ramplona casta política de sátrapas y desvergonzados, siempre tan entregada a la defensa de sus intereses con la excusa de hacer valer los nuestros (supongo que mientras lo hacen intentan contener la risa pero intuyo que no siempre lo consiguen).

a) La partitocracia fingida: los mismos perros con distintos collares
Nuestro sistema bipartito de alternancia PSOE - PP me recuerda mucho al fenómeno caciquil de la España de la Restauración, cuyo funcionamiento se ilustra a la perfección con una vieja y conocida anécdota del cacique de Motril, en la provincia de Granada.


Al parecer, cuando llegaron los resultados de las elecciones al Casino del pueblo, lugar en el que los próceres locales se dedicaban a sus quehaceres (que consistían más bien, como es obvio, en no quehacer nada) el cacique de Motril ojeó los datos y, ante la mirada expectante de los correligionarios que lo rodeaban, pronunció las siguientes palabras, que ya son parte inmarcesible de nuestra historia:
Nosotros, los liberales, estábamos convencidos de que ganaríamos las elecciones. Sin embargo, la voluntad de Dios ha sido otra. Al parecer, hemos sido nosotros, los conservadores, quienes hemos ganado las elecciones.

El concepto se entiende aún mejor recurriendo a una de esas imágenes que vale más que tres o cuatrocientas explicaciones:


Mítica portada de la revista Hermano Lobo (1975)


No hay dos medicamentos: se trata de un único bebedizo de sabor amargo que se comercializa bajo dos etiquetas distintas. Dos marcas que se benefician del infantilismo mental de sus más fieles votantes, siempre dispuestos a postrarse de rodillas ante cualquier ser/ente/cosa que su partido tenga a bien presentar como candidato -aun cuando esa cosa tenga menos entendederas que un manojo de perejil- y, además, a confiar en la bondad de sus promesas, aunque éstas hayan acreditado una y otra vez las mismas propiedades curativas -léase ningunas- que aquellos tónicos-elixires de alta graduación que los estafadores del antiguo oeste comercializaban a voz en grito desde sus desvencijadas carretas.


b) Aunque duela no os quejéis, que es por vuestro bien

Esta estrategia (por cierto, la misma que utilizaban para ponerme las inyecciones cuando yo era niño) se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos con la excusa de la crisis. Zapatero, antes y Rajoy, ahora, no paran de repetirnos que, aunque es cierto que todos los recortes que nos propinan son indeseables -ellos no querían, pobrecitos-, no hay mas remedio que aceptarlos.


No hacer nada no es una opción, proclama nuestro Presidente. Hay que hacer lo que hay que hacer, repite una y otra vez Rajoy, con esa nebulosa mirada perdida en la línea del horizonte que se gasta de un tiempo a esta parte.


Con el mismo argumentario, el BCE, siempre tan ansioso por apuntarse a hurgar en la herida, ha publicado un informe en el que reclama que "se bajen los salarios en España para poder luchar contra el desempleo" y solicita que se "reduzca considerablemente el importe de las pensiones y el del salario mínimo". Toma Moreno, que diría Rockefeller agitando el vientre (Rockefeller el cuervo, no el magnate).


Lo que alguien debería explicarles a todos estos iluminados es que NO se trata de no hacer nada. Si se tratara de eso los ciudadanos no nos habríamos tomado la molestia de elegirles y, de paso, la de pagarles sus sustanciosos salarios y cuantiosas prebendas anexas. 


Se trata, amigos de todos los partidos, de intentar hacer algo distinto. Algo que, al menos por una vez, no consista en introducir hierros candentes en el recto de los ciudadanos, pidiéndoles que, además de aceptar de buen grado la colonoscopia incandescente, sonrían para la foto con la resignación de la oveja atrapada entre las fauces del lobo.


Lo más gracioso es que si uno pretende resistirse al burdo engaño que supone que alguien pretenda gobernar haciendo justo lo contrario de aquello que prometió hacer y, lo que es casi peor, al insulto que presupone asumir que los ciudadanos, presa del miedo, aceptarán con toda naturalidad semejante fraude; más pronto que tarde será acusado de perroflauta radical, comunista o a saber que otra lindeza de esas que, en este país de cainitas y cavernícolas sectarios, nunca faltan cuando una conversación civilizada sobre política se prolonga lo suficiente .


Tengo que añadir que a mí esta dinámica de lo imposible y de la resignación pasiva me produce, de forma instintiva, un asco tremendo. Para empezar porque, como dijo Gandhi, haríamos muchas más cosas si creyéramos que muchas menos cosas son imposibles. Y porque la resignación, siempre, es una trampa de aquellos que pretenden mangonearlo todo y convencernos, además, de que seamos nosotros los que paguemos la factura del puticlub.


Nos iría mucho mejor con menos mansedumbre y mucho más espíritu crítico. Sin aceptar que, con el pretexto de la crisis, unos cuantos aprovechados intenten reírse de nosotros y darnos gato por liebre. Gato que, por cierto, ni es gato ni es nada: es rata, la vieja rata almizclera de toda la vida cuya única obsesión es perpetuar el status quo a base de mordisquear disimuladamente el pan del prójimo y administrarle dosis crecientes de aceite de ricino para que se calle la boca.


Mucho me temo, no obstante -y esto es enteramente responsabilidad nuestra- que décadas relativa prosperidad económica nos han convertido en ciudadanos acomplejados, abúlicos, apáticos y resignados que, con un falso pragmatismo que no es más que una excusa para la inacción, preferimos seguir disfrutando de nuestras pequeños reductos de comodidad personal -por mucho que con la crisis éstos se encojan y se agrieten un poco a cada día que pasa-, en lugar de tomarnos la molestia de levantarnos, soltar el mando a distancia y empezar a defender aquello que un día creimos nuestro y que, a base de pretextos y medias verdades, va camino de dejar de serlo.


Pero no lo hacemos. Y así nos van las cosas.




PD. Al parecer cada paseo en yate del Rey (me refiero a Juan Carlos, no a Porky) nos cuesta la friolera de 25.000 euros en combustible. Naturalmente, no es que me alegre del mal ajeno (Amancio Ortega me libre) pero, visto así, cada vez que, como tiene por costumbre últimamente, nuestro campechano monarca tropieza contra cualquier cosa, se desmorona, cae y se descalabra un poquito... todos nos ahorramos un dinerillo, no?

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