sábado, 25 de agosto de 2012

Somos luz condensada o mantecados de estepa torrefactados



Las cosas que creemos son, por lo común, el resultado de nuestros propios procesos históricos como seres humanos individuales: somos el resultado de aquello que hemos vivido y de nuestras inclinaciones genéticas y, como es lógico, nuestras ideas tampoco escapan a esas contingencias.

Yo -me cito a mi mismo porque soy lo que tengo más a mano-, se que soy racionalista por razones que tienen poco que ver con la lectura de revistas científicas y mucho con mi propia experiencia personal: sin el Ventolín, el Omeprazol o la Sinvastatina yo no estaría, con toda probabilidad, vivo a día de hoy o tendría una vida infinitamente más deficiente.

Por eso, porque he experimentado de primera mano el extraordinario valor de la denostadísima medicina "convencional", todavía me asombra el sobresaliente grado de penetración que las pseudociencias y la superchería tienen en casi todos los ámbitos de nuestra civilización. Para comprobarlo basta con asomarse a cualquier farmacia y ver al otro lado del mostrador un montón de productos homeopáticos sobre cuya eficacia -inexistente- no me extenderé aquí ahora, pero que dan mucho que pensar sobre hasta que punto las farmacias están dispuestas a cualquier cosa con tal de añadir un euro a la caja.

Con todo uno ya acepta que las cosas son así y ya está; más que nada para no hacerse mala sangre.

Sin embargo, hay días en que esa pacífica disposición de ánimo deja paso al asombro total al contemplar cosas inauditas, como que un periódico presumiblemente serio como La Vanguardia dedique toda su contraportada a una entrevista con un individuo que afirma haber desarrollado un método curativo basado en  que "el ser humano es luz condensada y la enfermedad es una descondensación de esa luz".

Ojo a lo que sigue:


¿Cómo cura usted?

Dando al paciente la frecuencia de longitud de onda adecuada.

¿Pero cómo la administra?

Utilizo la memoria del agua como vehículo para restablecer el comportamiento coherente en el patrón electrónico.

¿Y qué hace con el agua?
Al agua le damos estímulos de luz específica para que restablezca su patrón de luz ideal.


El asunto, obviamente, no tiene ni pies ni cabeza desde el punto de vista científico. Un paciente no puede recibir (de ninguna forma) una frecuencia de longitud de onda; el agua no tiene memoria o sabría que ha estado en miles de tazas de wc y, por supuesto, tampoco tiene ningún patrón de luz ideal salvo que uno sea poeta impresionista y guste del reflejo del sol sobre las algas del Marais francés al atardecer.

La cosa es que, cuando uno sigue leyendo, entiende que tipo de avatares personales regularmente metabolizados han permitido que el señor Mario Montoya (ojo con los chistes fáciles) haya llegado a dar pábulo a tan risibles supercherías:


¿Cuestiones personales?

Sí. Dos años después de empezar la carrera mi padre se suicidó porque no podía soportar más el dolor que le causaba un herpes genital. Ese hecho marcó mi vida, quería aliviar el dolor de las personas, especialmente las que sufrían de dolores crónicos. El destino quiso que yo mismo lo padeciera.

¿Qué le pasó?

Yo tenía un dolor de la cuarta y quinta vértebra dorsal que me mataba a raíz de una brucelosis que sufrí a los 14 años. Me quité el dolor con agua informada y mis profesores me dijeron que estaba loco.

Es comprensible.

Somos agua, y en el agua hay una energía que es desconocida a nivel científico.
 
El problema de la experiencia personal -y aquí es donde quiero llegar- es que puede facilitar que uno adopte cualquier tipo de creencia por más irracional o absurda que ésta pueda llegar a ser. Hitler, por ejemplo, odiaba a los judíos por razones que tienen que ver con sus malas experiencias como soldado en la primera guerra mundial, que el creía perdida por la cobarde "puñalada en la espalda" de los políticos judíos alemanes. Sostres, el columnista de El Mundo -por citar a otro sujeto despreciable-, es física y moralmente el equivalente de un saco de mierda y odia a las mujeres y procura maltratarlas en cada artículo para vengarse del hecho de que, como (aún) no han nacido ciegas y perciben su putrefacta condición humana, no están dispuestas a tocarle un pelo ni con un palo de tres metros.

Con todo, como hay pocas cosas peores que el nihilismo y el relativismo, conviene no confundirse: sea cual sea su orígen hay ideas que son mejores que otras y lo son por razones que no tienen que ver con nuestra experiencia personal. El salbutamol micronizado permite respirar mejor a los asmáticos, el omeprazol inhibe la bomba de protones y reduce la producción de ácido en el estómago y la simvastatina reduce los niveles de colesterol. Eso es así no porque yo lo haya experimentado -el típico "pues a mi me funciona" que sirve para dar pábulo a cualquier chorrada; sino porque muchos estudios científicos demuestran que es así y, lo que es aún mejor, si en algún extremo esas afirmaciones no fueran exactas del todo, otros estudios acabarán por descubrirlo en el futuro.

Por suerte la ciencia, uno de los mejores y más hermosos productos de la naturaleza humana, siempre se abre paso, aunque para  hacerlo tenga que atravesar, como ya lo ha hecho tantas veces en el pasado, una espesa capa de subjetivismo, imbecilidad, gente siempre dispuesta a robar al prójimo valiéndose de su candor y muchos otros subproductos de la variopinta e imperfecta experiencia humana. 

PD. La vacuna de la tuberculosis es tan hermosa como la Venus de Milo, solo que casi nadie la mira con los ojos adecuados. E infinitamente más importante para nuestra civilización.









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