martes, 8 de octubre de 2013

LLamadas



A veces te llamo y me coge el teléfono tu marido, que me saluda con un desdén tirando a rancio. No se lo reprocho porque si fuera él el que llamara a mi mujer por teléfono con cualquier escusa estúpida yo sería todavía más borde. Sin embargo él, en el fondo, es un hombre educado y enseguida me pasa contigo aunque sea a regañadientes, no sin antes obsequiarme con ese particular cariño que el común de los mortales reserva para los cuñados, los árbitros de fútbol y los acreedores. Y entonces ocurre que nada más escuchar tu voz a mi se me vienen abajo todos los precarios planes que había ido concertando y acabo no sabiendo muy bien qué decirte, así que la conversación transcurre entre lo que yo no acierto a contarte y tu asombro al escuchar mis balbuceos; a pesar de lo cual he de decir en tu descargo que siempre me escuchas sin pestañear (es un decir, porque por teléfono no puedo verte) y con un interés que siempre parece auténtico y que algunas veces, dada mi pesadez, hasta raya en lo sospechoso.

Si un día logro reunir las fuerzas necesarias te diré la verdad: que desde que me he jubilado me aburro mucho y que pensar en ti es lo único que me emociona desde que un día cualquiera, sin saber muy bien cómo (así, con esa oscura indeterminación, es como ocurren todas las cosas importantes) te rescaté del laberinto insondable de una guía telefónica de Valencia y con la respiración entrecortada, a través de un amigo común, descubrí que si, que estabas viva y coleando, y echando la vista atrás te recordé allí, en un tiempo remoto, antes de que los dos cruzáramos el puente de la vida y todos sus errores, antes de que nos hiciéramos mayores y dejáramos de ser invulnerables, en el amanecer de todo lo que vendría después para arrastrarnos a este lado del río.

Un día me gustaría decirle a tu marido que puede estar tranquilo, que no te llamo porque esté enamorado de ti. En realidad estoy seguro de que ni siquiera nos habría ido bien juntos. Tú eres muy sociable y muy católica y yo muy rarito y montaraz, así que con toda probabilidad habrías acabado hartándote de mi o viceversa. La cuestión es que, a ver cómo lo digo para que se me entienda o, para ser más preciso, para entenderme yo, he llegado a la conclusión de que al hablar contigo sólo intento reencontrarme con aquella chica que un día me escribía cartas mientras yo hacía el servicio militar porque, de alguna forma, al hacerlo también volveré a revivir al que yo era entonces, a aquel chico de dieciocho años al que le brillaban los ojos con la fiereza del que tiene toda la vida por delante.

Intento explicarte que no se trata de un viaje hacia el amor -un amor que, por lo demás, a estas alturas de la película sería menos imposible que ridículo- sino de un viaje en el tiempo. Un viaje desde un tiempo que comienza a acabarse -y ese final, no nos engañemos, empieza a vislumbrarse con la jubilación- a un tiempo en el que todo estaba por hacer, nada estaba escrito, no había decepciones, ansiedad, bronquitis ni fracasos y todas las cosas formidables, incluso tú, eran posibles.

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