lunes, 20 de enero de 2014

De ratones y hombres

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De las memorias de José Luis de Vilallonga:

 "Todavía recuerdo un día en el que, un poco antes de la guerra, mi abuela dijo de pronto: Siento un infinito desprecio hacia los pobres." Y como  todo el mundo se quedó con la boca abierta, explicó: "Sí, porque, ¿cuántos son ellos? Millones. Y los ricos ¿cuántos somos? Muy pocos. Pero aquí estamos desde hace siglos sin que a nadie se le ocurra hacernos nada".

El argumento, en estos términos o en otros similares, se ha utilizado muchas veces para subrayar los males del capitalismo: un territorio habitado por muchos pobres y unos cuantos ricos que se las apañan para explotarles inmisericordemente. 

Sin embargo la abuela rica de Vilallonga se equivocaba. La mayor parte de los pobres se pasan el día haciendo algo: intentando dejar de serlo. No quieren acabar con la casta de los ricos, quieren acercarse lo más posible a ella. Y algunas veces, pocas, hasta lo consiguen. Esta es una de las incomparables ventajas de la economía de mercado: que no elije por ti. Es obvio que tus condiciones de partida pueden ser casi imposibles de subvertir y puede que, además, tu dotación inicial de habilidades sea poco alentadora. Pero nadie te impedirá intentarlo.

La mayor parte de esos "pobres" no se harán millonarios. Es casi seguro que por mucho que lo intenten no les tocará la lotería, es muy probable que no sean agraciados con los favores que el gobierno reserva para sus amigos, puede que su trabajo no les haga ricos, puede que la vida no les ofrezca todas las recompensas con las que un día soñaron. Es verdad. Puede que todos seamos como ratones que giran en vano en una rueda de plástico que no nos lleva a ninguna parte. Pero, con todo y con eso, yo, si tengo que elegir, prefiero un régimen en el que nadie me priva de la esperanza de intentarlo. 

Y lo prefiero, también, porque no tengo noticias de ninguno mejor.

PD. Muchos millones de inmigrantes también parecen compartir esa idea. Por eso recorren el desierto, saltan vallas coronadas de cuchillas colocadas por ministros hipócritas y se ahogan en el intento. Porque nuestras muy defectuosas sociedades occidentales les ofrecen algo que no tiene precio: una tenue esperanza.

PD2. La gran tragedia de la economía española es que una cuarta parte de nuestros ciudadanos no puede levantarse para ir a trabajar porque no tiene trabajo. Y esa es una catástrofe sin paliativos a la que nos han conducido nuestros errores colectivos y, mucho más que ninguna otra cosa, los errores de aquellos que nos aseguraron y nos aseguran que están capacitados para tomar decisiones por nosotros. Pero no lo estaban. Y siguen sin estarlo, aunque el viento sople ahora un poco más a favor o un poco menos en contra de lo que solía. 

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