domingo, 16 de febrero de 2014

Fatales espejos repetidos



El otro día vi en Taquilla de Digital Plus "Prisioneros", una magnífica película que el pasado mes de septiembre llegó a liderar la taquilla en EEUU y que, sin embargo, por alguna razón, seguramente relacionada con los oscuros vericuetos de la distribución cinematográfica española, unos meses después pasó sin pena ni gloria por las salas de cine de nuestro país, hasta el punto de que yo, que soy bastante cinéfilo y vivo justo al lado de ocho salas de cine, ni siquiera tenía noticia de su estreno. Prisioneros (Prisoners) es un thriller de casi dos horas de duración que narra el secuestro de dos niñas y la subsiguiente investigación policial.

Me gustó tanto que durante un par de días algunas escenas y varios de los personajes se quedaron chapoteando dentro de mi cabeza, como peces en una charca en la que comienza a escasear el oxígeno. Al día siguiente me costaba dormirme y picoteando aquí y allá en algunos foros de poesía (el porno es más repetitivo de lo que parecen creer los curas que lo proscriben) tuve la suerte de descubrir a un poeta asturiano al que no conocía. Se llama Martín López Vega y sus poemas son diminutos prodigios, hermosos como ecuaciones de primer grado y, lo que es casi más difícil, completamente exentos de esa cargante afectación que tanto abunda en el mundillo literario.

Rastreando en Internet las huellas de alguno de sus poemas llegué, no sé cómo, al blog de otro poeta, esta vez aragonés, llamado David Mayor. En su estupendo blog (  http://davidmayor.blogspot.com.es/ )  me encontré un puñado de estupendos poemas de autores a los que no conocía (de poesía se aún menos que de cine) y, al ir remontándome en el tiempo, no pude más que sorprenderme al darme cuenta de que David Mayor le había dedicado una entrada el pasado 15 de noviembre a.... Prisioneros.

Al principio pensé que se trataba de una casualidad pero luego, reflexionando un poco sobre el asunto, me di cuenta de que seguramente se trata de algo que tiene poco de casual: de afinidades electivas, que, a modo de hilos invisibles, unen a personas que no se han visto nunca pero que comparten ciertas querencias, gustos e inclinaciones. Eso y que, acaso, somos mucho menos originales de lo que nos gustaría creer y que por eso mismo pululan por ahí, como fatales espejos repetidos, cientos de copias de cada uno de nosotros a las que, por suerte o por desgracia, vaya usted a saber, ni siquiera tendremos la oportunidad de llegar a conocer.




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