sábado, 15 de febrero de 2014

Una historia de amor

Jerzy Bielecky en 2010, mostrando su foto y la de Cyla
Bielecki era un joven polaco católico de 19 años cuando fue arrestado en junio de 1940 bajo la sospecha de ser miembro de la Resistencia y enviado a Auschwitz. Tres años más tarde, mientras trabajaba en un almacén de grano del campo, pasó ante sus ojos una guapa jovencita morena y se enamoró perdidamente. Ella era Cyla Cybulska, una judía polaca de 22 años, tatuada con el 29558, que había arribado a Auschwitz-Birkenau del gueto de Lomza; sus padres y una hermana fueron a parar directamente a las cámaras de gas; ella fue destinada a reparar sacos de grano. Los siguientes ocho meses los dos jóvenes, incapaces de cruzar más que algunas furtivas palabras cada día, vivieron todas las incertidumbres del amor y solo alguno de sus deleites. Entonces, Jerzy preparó un audaz plan de huida. Distrayendo trozos del almacén de uniformes se confeccionó uno de SS y obtuvo un pase robado para transportar prisioneros. El 21 de julio de 1944 recogió a Cyla y haciéndose pasar por un guardia -el rottenführer Steiner- y su prisionera cruzaron la puerta del campo. Escondiéndose de día y caminando de noche, consiguieron llegar a casa de unos parientes de él. Entonces, en pura tradición Casablanca, la guerra los separó. Jerzy decidió que tenía que unirse a la Resistencia y encontró un escondite seguro para su amada con una familia católica. Pasaron la última noche en un jardín bajo un peral jurándose amor y haciendo planes. No se volverían a ver en 39 años.
Por una serie de malentendidos, ambos creyeron que el otro había muerto. Los dos se casaron y formaron sus respectivas familias. Por casualidad, ella, que había emigrado a EE UU con su marido, otro hebreo superviviente del Holocausto, y abierto un negocio de joyería en Brooklyn, se enteró de que él seguía vivo. Su empleada de la limpieza, a la que le había explicado su historia, le dijo que había visto a Jerzy en televisión, contando lo mismo. Cyla lo localizó y en 1983 se reunieron en Cracovia. Al bajar del avión, él la esperaba con 39 rosas rojas, tantas como años habían pasado separados. Dan ganas de llorar, más aún al recordar que tan hermosa historia hundía sus raíces en las amargas cenizas de Auschwitz. Las cosas no continuaron, sin embargo, como todos querríamos: los viejos amantes volvieron a verse muchas veces, es cierto, y fueron buenos amigos. Pero no rehicieron su vida juntos. "El destino decidió por nosotros", decía Jerzy Bielecki, al que sobreviven su mujer, dos hijas, cuatro nietos y un biznieto.
Fragmento del obituario sobre Jerzy Bielecki que Jacinto Antón escribió en el periódico El País el 31 de octubre de 2011.

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