jueves, 1 de mayo de 2014

Mariposa de amor



Tengo una amiga poeta. Bueno, tengo dos. Esta vive en Zaragoza y de las dos es, con cierta diferencia y como en la canción, la más guapa y la menos buena (se lo he dicho a ella en persona y siempre que se lo digo se parte de risa, así que no hay problema en repetirlo aquí). El otro día me explicaba que a sus treinta y cinco años es más consciente que nunca de que la felicidad es escurridiza como las culebras: uno se pasa un montón de tiempo intentando conquistar a Angelito y Angelito no sólo no te hace caso sino que, a mayor abundamiento, te parte el corazón con un cuchillo de despiezar carne revestido de bonitas palabras y, en esa terrible coyuntura, cuando uno lo cree todo perdido y parece que se va a ensimismar en un pozo sin fondo de desamor y tristeza... aparece otra persona y poco a poco te devuelve la ilusión perdida y te demuestra que el amor de verdad existe y está ahí mismo, al alcance de la mano. 

Siempre he pensado que la vida es así y que las cosas que no suceden es porque no tenían que suceder. A mi me ocurrió algo parecido hace años con una pseudonovia que me eché en Madrid y que, pese a mis desvelos, nunca se convirtió en un proyecto viable de pareja. Con el tiempo me di cuenta de que aquella individua (que iba de depresión en depresión, fumaba como un carretero entre orgasmo y orgasmo y, por si fuera poco, era del Real Madrid) era más mala que dormir con los pies fríos a campo abierto y que, de alguna forma, el azar, al hacer que aquella relación no se hubiera consumado, me había protegido de un terrible error que yo, presa del amor o de la obstinación, me aprestaba a cometer y que incluía una delirante petición de traslado a Madrid que seguramente habría acabado como el rosario de la aurora y con Alfredo paseando en solitario por la Gran Vía.

A mis 44 años de vida creo que el secreto del amor consiste en entregar el corazón como si no hubiera un mañana pero intentando conservar la cabeza lo más fría posible, porque si no lo haces te colocas en una posición en la que eres capaz de cometer todo tipo de tonterías de las que luego te avergüenzas mucho y que, además, son malas de olvidar y peores de perdonar. Y es que al final, más allá de la retórica, amar implica abandonar nuestro cómodo espacio de seguridad y adentrarnos en un peligroso territorio en el que a ratos nos sentimos únicos y especiales y en el que otra veces, en cambio, nos gustaría arrancarnos las neuronas una a una para dejar de pensar en esa muchacha a la que tanto llegaste a querer y que tan poco caso te hizo por razones que seguramente son fáciles de entender y la mar de lógicas y que, sin embargo, no comprenderías aunque te consagrases a estudiarlas tres vidas seguidas.

Sea como sea, siempre amanece de nuevo y sale el sol. Y respiras y estas vivo. Por suerte nadie muere de amor fuera del angosto territorio de los sonetos.

PD. Dedicado a las personas que aparecen en nuestra vida cuando más las necesitamos y que lo dan todo por nosotros sin excusas, sin miedo y sin medida.




Conversación entre dos amigos:
- Al final me voy a divorciar.
- Lo siento. Por casualidad tu mujer te es infiel?
- No, por casualidad no, por costumbre.

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