domingo, 10 de agosto de 2014

Guau!

No es frecuente asistir al nacimiento de una nueva religión, así que, en cierto sentido no exento de ironía, podemos considerarnos afortunados al verificar que aquí, en Cataluña, este extraño fenómeno está ocurriendo justo ahora, delante mismo de nuestros ojos. En efecto, el independentismo, antaño un movimiento político más o menos marginal, se ha convertido por obra y arte de la propaganda, el miedo a quedar en fuera de juego y la crisis, en una nueva religión laica que no distingue sexos, edades ni, como dan prueba las fotos que acompañan a esta entrada, especies.


En las manifestaciones pro-indepedencia que estos días brotan como setas por toda Cataluña se pueden ver todo tipo de delirancias superlativas: esteladas colgadas de carritos de bebé, gente que se anuda la bandera al cuello cual capa de superhéroe, catalanes de nuevo cuño recién llegados de los más remotos confines de Persia que, viendo el panorama, se suman a la causa al grito de tonto el último y todo tipo de mascotas travestidas en iconos nacionales. A mi la cosa me da risa y me produce asombro a partes iguales, aunque no dejo de pensar que el hecho de que un individuo decida adjuntarle una bandera (la que sea) a su perro sólo puede tener explicaciones que a mi se me escapan y que seguramente se adentran en los terrenos de la psiquiatría clínica o, como mínimo, de la veterinaria, que en estos casos no se puede dar nada por sentado. 


Tenemos ya papel limpiaculetes con la estelada, tiendas que expenden perfumes nacionales (aromas de Cataluña libre, supongo), felpudos, chanclas de playa con bandera incorporada e innumerables otros enseres que causan estupor a cualquier persona con dos dedos de frente. Pero para ver hasta donde ha llegado la marea basta con contemplar los artículos de opinión de La Vanguardia, que aunque últimamente se han moderado un poco, hasta anteayer abrazaban sin ningún pudor la causa (si bien es cierto que los de La Vanguardia siempre han sido muy de abrazar cualquier causa que lleve las de ganar). 


En fin, que la cosa da bastante asco-pena. Lo único que espero es que de tanta tontería y de tanta falta de sentido del humor no sobrevengan daños mayores que los que ya hace tiempo que vienen sufriendo la inteligencia y el sentido común, porque los conflictos religiosos y los fanatismos de toda laya suelen acabar con la población interactuando a hostia viva o fusil en mano y, francamente, a mi estas cosas hace tiempo que me pillan un poco mayor, así que, si me lo permiten, a modo de ruego final, sugiero a aquellos que quieran inmolarse por la causa (por esta o por cualquier otra, que tanto me da, que me da lo mismo) que, si no es mucho pedir, lo hagan en el mayor de los recogimientos o en descampado sin peligro para terceros y, a ser posible, sin llevarse por delante en el intento a sus mascotas, que no tienen la culpa de que sus amos sean completamente idiotas. 


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