jueves, 2 de octubre de 2014

Un nuevo comienzo



Estar casi un mes de vacaciones te permite perder el tiempo. En realidad no es que lo pierdas más de lo habitual, pero como todo el mundo parece convencido de que el objetivo de la vida es "hacer cosas" cuando dedicamos algunos días a la vida contemplativa a tiempo completo hay instantes (pocos, por suerte) en los que no podemos eludir la opresiva sensación de que, de alguna forma, estamos incurriendo en falta o violando una norma no escrita que dice que para ser feliz hay que desarrollar una actividad frenética cual hormiga antes de la tormenta.  

Llega el otoño y todo comienza de nuevo. Hace unas semanas, en Praga, comí en un restaurante con nombre de poeta, el del gran Rainer María Rilke, a cuyo talento debemos pequeñas maravillas como esta:

 
El otoño
 
Señor: es la hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
y suelta los viento por las llanuras

Haz que sazonen los últimos frutos;
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y deposita
en el vino espeso el último dulzor.

No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas.

PD. Si tienen la ocasión de hacerlo vayan al Rainer Maria Rilke (Karoliny Svetlé 25, Praga) y pidan pato asado crujiente (hecho según la receta de la abuela) y cordero. Les prometo que no se arrepentirán. Y, ya que estamos, otro consejo más por el mismo precio: visiten Portugal, no hay ningún lugar tan dulce y en el que uno se sienta menos extranjero.


 
 
 

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