martes, 4 de noviembre de 2014

El mayor espectáculo de mundo (la vida, no el circo)



 
Para conseguir que este cuento –la vida- no se acabe hay dos alternativas. La primera consiste en retrasar la muerte. A esta tarea se consagran médicos, químicos, biólogos, farmacéuticos, dietistas, homeópatas/alquimistas y otros muchos fabricantes de brebajes y pócimas más o menos milagrosas. Desde un punto de vista estadístico la eficacia de la fórmula parece irreprochable: la esperanza de vida de los habitantes del primer mundo viene aumentando de forma constante, tanto que, según dicen, pronto viviremos más de cien años de media. 

Sin embargo a mi todo eso, si quieren que les diga la verdad, no me dice gran cosa, porque estoy convencido de que es mejor asumir que la muerte llegará cuando tenga que llegar, pero, a cambio -entre que llega y no llega- intentar hacer lo que te dé la gana o lo que buenamente puedas para ser feliz: acostarte tarde, follar con la mujer del vecino o con el vecino si fuera menester o con ambos si te place, comer lo que te apetezca, observar el mundo como si fuera una sorpresa constante, dar cabriolas en el aire como un niño chico, perder el tiempo contemplando el cielo o, todavía mejor, no haciendo nada de nada y, en general, realizar cualesquiera otras actividades descabelladas, inútiles y placenteras, porque, amigos míos, todo este embrollo va justamente de eso, de ser felices. 

La mayor parte de las vidas que veo a mi alrededor no parecen demasiado felices (por decirlo suavemente) así que alargarlas a toda costa a base de sacrificios y privaciones es como prolongar la agonía de un conejo atropellado por un tractor obligándole a que se abstenga de comer durante unos días –un sinsentido-. Esto, claro, no se dice todo lo que se debería porque el hedonismo siempre ha estado mal visto por las clases dirigentes (la casta, que diría Pablo Iglesias) que sin ningún pudor se lo reservan para sí y aspiran, en cambio, a que el prójimo viva muchos años sudando la gota gorda para llegar a fin de mes.  

PD: Les pondré un ejemplo: ¿Ven la imagen que ilustra esta entrada? Los leones de circo viven mucho más que sus colegas de las vastas planicies africanas (siempre he querido escribir esos de vastas planicies y he tardado diez años en encontrar la ocasión, así que se trata de un momento histórico). A lo que iba, que me despisto. ¿Alguno de ustedes osaría afirmar que ese aumento de la esperanza de vida felina vale la pena? Mucho me temo que no. Así que procuren ser libres (libres de verdad, lo que significa libres sobre todo de ustedes mismos) y vivan lo buenamente bien que puedan o sepan (eso si, sin hacer daño al prójimo, que no hay que confundir el sano libertinaje con el hijoputismo). 

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