sábado, 8 de noviembre de 2014

Slow, to fast, full speed



 
Y entonces sucede que un día, de buenas a primeras, yendo por una carretera secundaria bastante despacio -en realidad puede que no tan despacio, quizás bastante rápido o incluso a una velocidad manifiestamente desaconsejable- te viene a la cabeza, así, de pronto, sin venir a cuento, que una tarde conociste a una chica y sucedió, sin tener ni idea de cómo ni por qué, que ya no querías despertarte mirando a los ojos de ninguna otra y que cada vez que escuchabas su voz en el teléfono, aunque estuvieras triste o enfadado, sentías que esa voz era tu única casa y por eso mismo, aunque ha pasado mucho tiempo y sabes que por unas cuantas buenas razones ese amor no puede ser, cada vez que tienes la ocasión de hacerlo te dejas llevar cuesta abajo por la melancolía y es tan dulce la caída que no puedes evitarla y apenas te sacudes el polvo de la última caída te prometes que no volverá a suceder, pero mientras intentas convencerte a ti mismo de eso tú, mejor que nadie, eres consciente de que, digas lo que digas y prometas lo que prometas, es inevitable que vuelva a ocurrir y por eso una noche cualquiera, cuando menos lo esperes, volverás a soñar con ella y te despertaras con la camiseta empapada en sudor y las mandíbulas doloridas de apretarte los dientes, maldecirás la oscura naturaleza de los sueños que no atienden a razones y, muy a tu pesar, pronunciarás su nombre en voz baja como se pronuncian las palabras prohibidas, sabiendo que pronto todo volverá  a comenzar -una vez más, como tantas otras, como siempre- porque hay amores que dejan una marca indeleble que no se borra ni sumergiéndolos en un tanque con dos mil litros de ácido clorhídrico ni sepultándolos bien hondo en un pozo repleto de cal viva en medio del desierto de Las Vegas, amores que te arrastran, te desesperan, desbaratan todos tus prejuicios y todas tus convenciones, pero que, a cambio (ay) te hacen sentir el vértigo estremecedor de la sangre que fluye a borbotones por tus venas a cien kilómetros por hora en el instante preciso en el que ella te mira y sonríe y tienes la irrebatible certeza de que no hay ni habrá nunca ninguna otra cosa en este destartalado mundo que te haga sentir tan jodida y ferozmente vivo como estar enamorado de ella.

PD. El amor verdadero existe. No es fácil encontrarlo, pero existe. A cambio es bastante fácil de reconocer: no hay nada que se le parezca.  


 

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