jueves, 18 de diciembre de 2014

Cosas que vamos desaprendiendo



Yo nunca he tenido claro nada importante y por eso me causa tanto asombro ver cada día en los telediarios a individuos llenos de certezas que, por si eso fuera poco desatino, aspiran a imponérselas a los demás con argumentos que van desde el rojo sonrojante al verde demencial. Es cierto que a lo largo de la vida he aprendido, más por la perserverancia de mis maestros que por voluntad propia, el nombre de las capitales de algunos países, el símbolo que representa a unos cuantos elementos químicos y que puedo, incluso, haciendo un alarde, citar de memoria a tres o cuatro reyes godos o al descubridor de la Antártida (que en realidad ya estaba ahí antes de que nadie se tomara la molestia de descubrirla, así que más que de un descubrimiento habría que decir que se trata de una primera visita), pero no soy lo bastante insensato como para pretender que ese conocimiento superficial de un puñado de tópicos más o menos inútiles me acerca ni un centímetro a la respuesta a las preguntas que de verdad importan: qué carajo hacemos aquí y, ya que estamos, cómo podemos apañárnoslas para ser felices.

Con respecto a esas cuestiones, digamos trascendentales, la experiencia y las derrotas (mucho más que las victorias, que todo lo oscurecen y que nunca son perdurables) van dejando un lixiviado de sabor más bien amargo y difícil de manejar porque, como ocurre con las predicciones de los posos del café, ese material experiencial (toma palabreja) rara vez ofrece una información de la que uno pueda extraer conclusiones fiables y consistentes. Y es que, fuera de lo más obvio (no agarrar culebras por el rabo porque muerden, no salpicarse con aceite caliente, no meter los dedos en los enchufes ni en los órganos sexuales de tu cuñada, no darle dos hostias a tu jefe salvo que te haya tocado previamente la lotería), la experiencia humana ofrece una información bastante confusa y a menudo contradictoria y por eso y porque somos bastante idiotas (si, tú también) tropezamos una y otra vez con la misma piedra como si no hubiéramos aprendido nada de la penúltima caída. 

De lo poco que se de estos asuntos he ido deduciendo que es mejor no comportarse como un hijo de puta -no sólo porqué esté mal y no salga a cuenta, sino porque para serlo con fundamento hay que estar en posesión de una coraza especial de la que carezco-, que es preferible que te quieran a que te odien pero que si te han de querer tendrá que ser por lo que eres y no por lo que te gustaría ser, ni por lo que otros querrían que fueras, porque eso no funciona por más que te esfuerces (en cambio para que alguien te odie, si se empeña en hacerlo, siempre sobrarán motivos, así que relájate y haz lo que te parezca oportuno), que hay que ser optimista pero sin tener demasiadas expectativas acerca de nada en particular, que los amigos de verdad son aquellos que te aceptan y no te juzgan y que por eso mismo se reconocen fácilmente: si les cuentas que has atropellado a una vieja por descuido y lo son de verdad buscarán la forma de ayudarte a enterrar el cadáver y luego, eso si, te echarán una bulla tremenda por ser tan despistado (pero por ese orden, si no ni son amigos ni son nada), que los moralistas (esos individuos que siempre saben qué es lo correcto y cómo hay que hacer las cosas) son la peor escoria de la galaxia, que los libros de autoayuda no sirven para nada porque lo que de verdad cuenta es el proceso que te lleva a algo y no ese algo en si mismo y por eso mismo lo único que podría servirte de ayuda sería andar lo suficiente como para escribir tu propio libro, que la felicidad -siempre efímera- nunca está donde creías sino un poco más allá o un poco más acá de lo que imaginabas, que la gente que te quiere de verdad se las apañará para estar contigo sin excusas ni pretextos, que todos mentimos a veces por muy buenas razones y por otras bastante menos confesables y que aceptar que esto es es así inevitablemente forma parte del lado menos luminoso de la existencia, que hay que contemplar con una mirada amable y no condescendiente los errores de los demás porque, por grandes que nos parezcan, rara vez son mayores que los que nosotros mismos hemos cometido y volveremos a cometer más pronto que tarde y que no hay nada mejor que amar y que te amen, aunque ese amor dure una hora, diez meses o toda una vida, aunque ese amor te abra un boquete justo por debajo de la línea de flotación que amenace con hundirte, aunque ese amor te tenga en vilo y no te deje dormir, aunque ese amor cuestione todo lo que creías haber aprendido y te deje en pañales como un niño pequeño que acaba de aterrizar en este turbio, complejo y (ay) incomparablemente hermoso tiovivo en el que todos damos vueltas sin parar y del que casi nadie quiere bajarse porque, a pesar de todos los pesares y de lo mucho que duele a veces, no hay nada como estar vivo y girar sintiendo que la brisa te acaricia la cara mientras sueñas, una vez más, que todo es posible todavía y que la mejor carta está ahí mismo, a punto de salir, casi al alcance de tu mano. 



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