domingo, 14 de diciembre de 2014

Navidad 2014



Cada Navidad certifica que un año se acaba y a cierta edad (que no es preciso que les diga que hace demasiado tiempo que ya es la mía) cada año que pasa se lleva por delante a algunas de esas personas que, como Paco de Lucía o García Márquez este año, no deberían morir nunca si hubiera (que ya les anuncio que no hay, así que no se hagan ilusiones al respecto) algo de justicia poética en toda esta tragicomedia a la que por costumbre nos referimos como vida. 

Es cierto, eso si, que para compensar el paso del tiempo también atropella de vez en cuando a alguno de esos sujetos que no deberían haber nacido (por ejemplo el año que viene hará ya diez años de la muerte de Pinochet y me complace conmemorar tan grata efeméride deseando que su alma sea eterna y que en esa eternidad se pudra lenta e infatigablemente entre agudos estertores de dolor), pero la verdad es que la efímera alegría de esas pérdidas no alcanza ni de lejos a compensar la memoria de toda esa gente que no está y a la que tanto nos encantaría abrazar.

Hace unos días, sin ir más lejos, tuve un sueño en el que hablaba con mi padre y era un sueño tan vívido y real que, al despertarme, tuve la extraña sensación de de que lo había perdido de nuevo, como si acabara de asistir en directo a su segunda muerte. Supongo que hay recuerdos que no encuentran reposo y que por eso regresan de vez en cuando a visitarnos y quizás es bueno que sea así, porque todo lo que olvidamos muere para nosotros y nosotros morimos un poco en cada recuerdo que dejamos atrás de todo aquello hermoso que un día vivimos. 

En fin. Basta de lamentos. La Navidad son, también, las luces de los mercadillos navideños, las recetas para la cena de Nochebuena, el frío asediando los cristales, el olor a manzana y canela, la sensación de que algo hermoso flota en el aire y, puede que más que ninguna otra cosa, la oportunidad de decirle a muchas personas que las quieres, que son importantes para ti, que te encanta haberlas conocido y que, a pesar de todos los sinsabores y de las dificultades que nos acechan en las diminutas esquinas y oscuros recovecos de la vida, sin ellas tu vida sería más pobre, menos alegre y, francamente, mucho peor.

Gracias a todas las personas que me quieren y a las que quiero tanto por existir, por estar en mi corazón, por ayudarme un poco cada día, por acompañarme en el camino para que no me sienta sólo, por aceptarme tal y como soy con mis innumerables defectos y boludeces y por hacer que todo esto valga la pena.

Os quiero mucho. A ti también, papá, estés donde estés. 

PD. Digan te quiero a la gente a la que quieren. Nunca lo decimos lo suficiente.



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