lunes, 22 de diciembre de 2014

Nochevieja


 
Yo nací en el 70 pero soy, a todos los efectos, de los ochenta. Mis primeros recuerdos me devuelven a esa década que sucedió anteayer y que, sin embargo, contemplada desde la mitad de la cuarentena, parece tan distante como la Isla de Pascua o el atolón de Muraroa. Con ella regresan muchas cosas que entonces nos resultaban familiares -los yogures Yoplait, el Simago, los libros de Los Hollister, la plastilina Jovi, Mecano, la teta derecha de Sabrina Salerno, los chicles Boomer, el Blandiblú-  y que poco a poco fueron quedando atrás, en los márgenes del camino, sin que nos diéramos cuenta.
 
En fin, que me hago (nos hacemos, porque de este autobús no se baja nadie y si se baja mal asunto) viejo. Hoy, hace apenas unas horas, Marta, mi sobrina, se compraba por primera vez un vestido para salir en Nochevieja después de las uvas de fin de año y yo, al verla, tan joven y tan ilusionada, no podía evitar pensar que dentro de treinta años ella también recordará este día como yo ahora recuerdo los años ochenta y que seguramente pensará cosas parecidas a las que yo pienso ahora.
 
A medida que nos hacemos mayores el tiempo se acelera: las estaciones se suceden, las navidades se acumulan y, de vez en cuando la relación de personas a las que queremos experimenta alguna dolorosa baja. Al principio los afectados son abuelas y abuelos que, de algún modo, nunca fueron del todo de este mundo y tías segundas a las que apenas recordamos por algún que otro beso robado muy a nuestro pesar. Pero a cada navidad los disparos del destino resuenan cada vez más y más cerca y empezamos a tomar conciencia de nuestra desoladora fragilidad y del hecho de que (oh sorpresa) no estaremos aquí para siempre.
 
Desde que tengo uso de razón siempre he estado convencido de que no viviré mucho y cuando mi padre falleció a los sesenta y poco imaginé que mi destino no sería muy distinto al suyo. Si esto es así, calculando a ojo de buen cubero, deben quedarme, como mucho y con suerte, unos veinticinco años de vida. Esa certeza, no se equivoquen, no me asusta sino que opera más bien como una especie de mecanismo de seguridad, que me hace creer (de forma absurda pero tranquilizadora) que hasta entonces seré invulnerable, que no viviré mucho pero que, en contrapartida, no me rescindirán el contrato mucho antes de los setenta. En fin, quien sabe, a lo mejor mañana me atropella un tren de mercancías o un sicario contratado por el marido de una amante despechada, que todo puede ser, pero yo, a día de hoy, ni me preocupo por eso ni por un eventual plan de pensiones que nunca suscribiré, más que nada porque no cuento con tener tiempo para malgastarlo.
 
Sucede que la navidad me encanta pero que, con creciente intensidad, odio el fin de año. Me pone melancólico. Y creo que este año, con el viaje a Alemania he adelantado la celebración de la navidad y sus luces y estoy cayendo ya en el pesaroso abismo de la nochevieja, así que tendré que andarme con cuidado o acabaré comiendo turrón duro El Almendro mientras escucho uno de esos recopilatorios musicales tan característicos de fin de año desde que la crisis arrasó la televisión pública y dejo de estar de moda la música en directo; esos en los que, como en el Sexto Sentido, se ven más muertos que otra cosa y se escuchan canciones que llevabas veinte años intentando olvidar por razones que ahora te das cuenta que no eran nada malas.

Si hay una moraleja en este asunto -que lo dudo bastante- es que ya que esto de la vida resulta  ser un estado más transitorio de lo que nos gustaría, deberíamos pasarla achuchando fuertemente a las personas a las que amamos y que, por eso mismo, todo el tiempo que empleamos en cualesquiera otros menesteres, por muy sanos y convenientes que resulten, no es más que una sandez de tomo y lomo. Así que amen, amen como si el mundo acabara mañana mismo, como si el Titanic estuviera a punto de hundirse otra vez, como si un atractivo Oficial (y Caballero) estuviera a punto de llevárselos en volandas de la cadena de montaje de la fábrica, como si en alguna montaña lejana o en una estación de tren sin ciudad hubiera un vaquero o una muchacha morena que les tiene reservado un amor imposible de esos que sólo ocurren de vez en cuando en las películas y, con mucha más frecuencia de lo que creemos, en la vida real

Amen porque, aunque no lo escuchen, ahí al fondo hay un reloj que hace tic-tac y va descontando infatigablemente el tiempo segundo a segundo. Su tiempo y el mío, quiero decir.
 

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