lunes, 12 de enero de 2015

Coldplay


Como soy titular de una incultura musical que, como dirían en mi pueblo, mete miedo, conocí a Coldplay bastante tarde (o sea, casi anteayer como quien dice). Hasta ese momento estoy seguro de que había reparado en alguna canción suya que me resultaba agradable, pero juraría que ni siquiera era capaz de ponerle cara y ojos al grupo. 

Sé, como lo saben sus críticos, que no paran de repetirlo, que en sus discos hay mucho material de relleno que no está llamado a perdurar y que el nivel de sus creaciones es lastimosamente irregular, pero hay unas cuantas canciones en su no demasiado extenso repertorio que me emocionan de una forma singular e intensa, como si existiera un vínculo entre su música y algo que habita dentro de mi y que no hay que descartar, poniéndose en lo peor, que sea yo mismo. 

Y a mi, disquisiciones musicales al margen, eso, me basta y me sobra porque conviene recordar que, teniendo como tenemos tan poco tiempo para ser felices y habiendo como hay tanto fanático suelto por ahí, las cosas que nos emocionan de verdad son las únicas que merecen la pena.





PD. No viene a cuento pero voy a explicarles algo. Los terroristas islámicos no sólo le han declarado la guerra a Occidente, a la razón, a las mujeres y a la libertad. Se la han declarado a la felicidad, la belleza y la inteligencia: por eso las vísceras se les revuelven de rabia cada vez que dos homosexuales se besan, cada vez que una niña traspasa la puerta de un colegio, cada vez que cualquiera hace una broma con su profeta (como decían en mi cole cuando alguien llevaba la bragueta abierta: -Eres profeta? No? -Pues abróchate la bragueta), cada vez que alguien sonríe (por eso sus peludos líderes tienen esa flatulenta cara de extreñidos). Son, más que ninguna otra cosa, partidarios de la infelicidad y sólo por eso es nuestra obligación hacer con ellos lo que cualquiera haría con un parásito: aplastarlos con serena y sonriente determinación, para que no puedan causar más daño a nadie. 


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