sábado, 3 de enero de 2015

Decir adiós



Y llegará un día, un día como otro cualquiera, un día que no tendrá nada de particular ni será distinto a cualquier otro, un día en el que, si lo piensas bien, no habrá sucedido nada memorable y ni siquiera algo reseñable y en el que, sin embargo, en medio de esa indolente rutina o precisamente a causa de ella (esas cosas son difíciles de precisar) te darás cuenta de que, aunque creías estar nadando en línea recta la corriente te ha ido arrastrando metro a metro al otro lado del río y como desde allí las cosas se ven con una perspectiva un poco diferente, con más distancia y con un ángulo un poco mejor, comenzarás a aceptar algo que en el fondo ya presentías pero que te negabas a aceptar por presunción o por simple testarudez: que la vida es lo que es y no lo que nos gustaría que fuera y que no tiene sentido pelear contra molinos de viento salvo que uno cuente con un arsenal de drones predator de esos que lanzan racimos de bombas como los reyes magos lanzan caramelos en una cabalgata de Reyes, sólo que con esos caramelos se puede acabar con todo tipo de vidas y estructuras sólidas con indolente facilidad. Y entonces, justo en ese instante, empezarás a caminar y te irás alejando sin mirar atrás, sin norte en la brújula ni destino prefijado, pero con la misma sensación que tuviste cuando con veintitrés años recogiste tus cosas, atravesaste el oscuro pasillo de casa, abriste la puerta, te subiste al Fiat Uno que guardabas debajo del tendejón de uralita para protegerlo de las cagadas de los gorriones y te fuiste para no regresar jamás: la de que ese viaje, que un día te hubiera parecido triste, ahora te resulta -por esas paradojas de la vida- deseable y necesario, no sólo porque tienes la certeza de que, dadas las circunstancias, es el único posible, sino porque no ignoras que, como ya proclamó hace unos cuantos cientos de años el viejo Parménides, en la vida -por suerte o por desgracia- nunca se regresa a la casilla de salida. 




Cuando yera una guaja
tenía mieu a les solombres de los árboles:
víales tan grandes
que creyía que me tragaben.

Depués,
entamó a atérrame la inmensa escuridá:
diba pela neñez
marchando a tientes
y tarreciendo cayer.

Na mocedá
amedrentábenme los silencios
y tolo que desconocía:
asina que trabata siempre de saber más.

Agora,
un poco menos xoven,
yá sólo me dan mieu les palabres.
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Un poema de mi paisana
Ana Vanessa Gutiérrez




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