martes, 14 de abril de 2015

Por amor





Hay cosas que a uno le gustan sin saber por qué. En realidad esa afirmación es, como tantos otros lugares comunes, falsa: si lo miras con detenimiento y le dedicas un poco de atención estoy casi seguro de que acabarás descubriendo qué es lo que se oculta debajo de la corteza de las cosas que crees que te gustan porque sí o sin ninguna razón aparente, como aquella chica rubia de pelo ralo y ojos saltones que no tenía nada de especial y que no me sonreía ni en broma porque, al parecer, no le caía ni medio bien y que, sin embargo, con solo apartarse el flequillo con su manita huesuda era capaz de hacer que se me subiera la fiebre  y de hacerme sudar como si estuviera sentado encima de una estufa catalítica a punto de entrar en erupción.

Eso me ocurre, por ejemplo, con Volver a empezar, la oscarizada película de José Luis Garci que no tuvo gran éxito de público ni de crítica (más bien lo contrario) y que, sin embargo, me emociona como pocas. En este caso ese afecto tiene que ver, sin duda, con el paisaje de la película –Gijón, el Gijón de 1981 cuando yo tenía once años e iba a ver a mi padre los sábados por la mañana en autobús-, con la historia – la de un viejo escritor que, enfermo de cáncer y pocos meses antes de morir, regresa de su exilio en Estados Unidos para tener la oportunidad de reencontrarse en Asturias con al amor de su vida- y, por supuesto, como no, con la banda sonora, con esa canción compuesta en 1935 por aquel genio llamado Cole Porter e interpretada por la magnífica orquesta de Artie Shaw -mis respetos para Shaw, un hombre que, además de ser un genio del clarinete y una de las diez personas más interesantes de las que he tenido noticia, estuvo casado nada menos que ocho veces, entre otras, con Lana Turner y Ava Gardner (ahí queda eso), y que, por esos azares del destino, estuvo refugiado en Begur (Girona) a final de los años cincuenta huyendo de la caza de brujas del senador McCarthy-, una canción que nos recuerda que siempre es posible volver a empezar, que todo está en nuestras manos, que el final de la historia no está escrito y que, incluso cuando el otoño de la vida se asoma y parece que ya casi no queda tiempo, cualquier cosa es posible cuando se trata de amor.

PD. Un periodista le pidió a Artie Shaw que transmitiera, cuando éste contaba ya con más de noventa años, un breve mensaje sobre lo que había aprendido a lo largo de su largo y agitado periplo vital. Su respuesta, que no puedo más que suscribir, fue esta:

"Creo que puede ser resumido de esta manera: intenta dejar las cosas un poco mejor de cómo te las encontraste. Y repare en que he dicho “un poco mejor”: cualquiera que pretenda  hacer diferencias mayores corre el riesgo de convertirse en un Hitler, un Stalin o un Milosovic. Como William Blake dijo doscientos años atrás, si deseas hacer algo bueno, asegúrate de hacerlo en pequeñas porciones".

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