miércoles, 15 de abril de 2015

Intenta no hacer nada que no quieras hacer




Por si no lo saben les diré que el príncipe Francesco Caravita di Sirignano (1908-1998), fue el rey de los nobles mundanos. Napolitano de alta cuna, tuvo como único objetivo de su existencia mantenerse alejado de los problemas mundanos. Escribió un solo libro, hoy descatalogado, en el que relata sus fastuosas andanzas, que lleva por título “Memorias de un hombre inútil” (que curiosamente también es el título de una obra de Gorki).

En él refiere que su primera aventura fue la de nacer, pues su padre tenía ya 59 años y era viudo y se había resignado a morir sin descendencia hasta que llegó a sus oídos que su sobrino y virtual heredero tenía tanta prisa en sucederle que ya andaba haciendo uso del título de príncipe. Entonces, para impedirselo, encargó a un gran amigo suyo, el cardenal Granito di Belmonte, que le agenciara una compañera sentimental. Raudo y veloz, el cardenal convenció a una joven de 28 años, novicia en el convento del Sagrado Corazón de Padova, para que cambiara el velo de monja por el de novia, asegurándole que dar continuidad a una noble y honorable familia también era una obra meritoria a los ojos de Dios. 

No se sabe cuánto cobró el cardenal por sus servicios de alcahuete, pero el caso es que el príncipe Giuseppe y la guapa exnovicia se casaron en 1907 y apenas un año después vino al mundo Francesco Saverio Gaspare Melchiorre Baldassarre Caravita di Sirignano, quien se liberó enseguida de tan pesada carga y se hizo llamar alegremente Pupetto, descendiente directo, nada menos, que de San Jenaro, patrón de Nápoles, y primo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor del Gatopardo.

Pupetto fue la flor de la jet set de época, un hombre simpático, guapo y alegre que recorrió medio mundo llevando vida fácil y desenfrenada a costa de consumir cuatro o cinco herencias. Tras una larga vida dedicada a la ociosidad, a las mujeres hermosas y a un millón de compromisos sociales por todo el mundo, exhausto y feliz, sin dar un palo al agua, dejó escrito en su epitafio lo siguiente:


         “No hizo nunca nada importante, pero no hizo nunca mal a nadie. Se divirtió”.

En un mundo en el que, como diría la voz en off de Jep Gambardella todo está resguardado bajo la cháchara y el ruido: el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconstantes destellos de belleza (…) ese epitafio me parece de una honestidad tan exenta de hipocresía que, en el pueril mundo en el que vivimos, casi resulta revolucionario.

PD. A mi amigo Miguel Parra, él sabe de sobra por qué.  


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