sábado, 8 de agosto de 2015

Parece imposible y sin embargo...



El otro día encontré en el cajón de la mesita, justo detrás de dos pares de gafas viejas y de un montón de pañuelos que mi madre había bordado con mi iniciales y que ya nunca uso, una vieja foto que ni siquiera recordaba en la que parecías feliz y seguramente lo eras y yo te miraba embobado, como si en la inmensidad de tu sonrisa estuviera a punto de echar a volar un McDonnell Douglas DC-10 de alas de plata, un poco asombrado, bastante asustado y más que nada, completamente embriagado por el simple hecho de estar a tu lado, porque se mire como se mire no hay nada más hermoso ni más auténtico ni más nada de nada que esa majadería inasible a la que llamamos amor y que nos ocurre muy de cuando en cuando y no todo lo a menudo que debería, quizás porque, si nos paramos a pensarlo, se trata del mayor milagro de la creación y de la cosa más inverosímil y emocionante que uno pueda llegar a imaginar: el azar casi inconcebible de que por encima del ruido y de la furia que nos asedia, en medio de todos nuestros vaivenes, trasiegos y agitaciones de cada día, en el torbellino incesante de grandes catástrofes naturales, crisis financieras y paros cardiacos, de pronto y casi contra todo pronóstico, dos manos extrañas se busquen, se encuentren, se reconozcan y hagan brotar la luz donde un instante antes sólo había un pequeño terreno baldío habitado por cuatro hierbajos de mala muerte y un grillo perezoso que repetía con desidia una canción cuyo significado él mismo había comenzado a olvidar. 




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