viernes, 4 de diciembre de 2015

Letras fingidas, cicatrices reales




Autopsicografía 
(Fernando Pessoa)

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive
sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino
que se llama corazón.


Siempre he visto en la autopsicografía de Pessoa una pequeña indiscreción del maestro portugués, como la del mago que revela al público el secreto de uno de sus trucos (algo que un mago que se precie no hace jamás). Alguien dijo una vez que los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos lo hacen para ocultarla. Escribir poemas y escribir en general es eso, una forma de revelar la verdad a través de la transmisión de un material que no tiene por que ser verídico en términos literales. La pregunta es… esas emociones que se transmiten… ¿son reales o son fingidas? Ese es, por supuesto, uno de los dilemas del arte. Pero es un falso dilema.

Imaginen por un momento a un joven cuya familia paterna estaba emparentada con la aristocracia inglesa y cuya familia materna provenía de los primeros pobladores neerlandeses de la isla de Manhattan y que, por si fuera poco, contaba entre sus miembros con un afamado héroe de la Revolución estadounidense. Su padre, no obstante es un individuo terco y fantasioso que vive de ilusiones de grandeza y que, tras arruinar su negocio de importación y declararse en bancarrota, agotado psicológicamente, se suicida dejando abandonados a su suerte a sus ocho hijos de corta edad. Si el joven en cuestión cae en la tentación de pasar las noches merodeando alrededor de ese cuadro familiar acabará por ser carne de psiquiátrico.

Pero escribir es, precisamente, apostar por vivir, por abandonar la soledad de uno mismo, por renunciar al vacío. Escribir es tender, letra a letra, un precario puente para comunicarse con los otros. Por eso una noche el ya no tan joven muchacho, después de navegar por medio mundo, comienza a escribir la historia de un capitán de barco obsesionado con dar caza a una ballena blanca que tiempo atrás le arrancó una pierna. El conflicto individual (real, por decirlo así) se ha transformado por obra y arte de la literatura en un clásico universal, porque el escritor ha sido capaz de recrearlo en un contexto en el que todos podemos reconocernos.

Y es que todos podemos ser –y todos hemos sido alguna vez- el capitán Achab (aunque es improbable que lo hayamos sido como arponeros a bordo de un barco ballenero). Lo que Herman Melville nos cuenta al asomarse al alma del ser humano es una cruenta batalla sin sentido. Pero lo que trasciende a esa batalla y lo que la eleva por encima de la anécdota personal es una reflexión general sobre la inutilidad de la venganza, sobre la capacidad destructiva de las obsesiones, sobre el mal (una y otra vez a lo largo de la novela Melville se pregunta por qué hay hombres buenos que hacen cosas malas), sobre la necesidad de aceptar que no está en nuestras manos cambiar el pasado y, en última instancia, una revelación: la idea redentora de que, pase lo que pase, es preciso seguir adelante, porque la vida es un viaje de un solo sentido y sin vuelta atrás.

PD. La edición inglesa de Moby Dick constaba de 500 ejemplares y la norteamericana de 3000: sin embargo en dos años se vendieron sólo 50 y, para colmo de desventuras, un incendio destruyó los invendidos en 1851. Semejante fracaso literario sumió a Melville (que, entre otras muchas cosas trabajó al final de sus días como inspector de aduanas en los muelles de Nueva York) en una insondable depresión. Falleció sin tener noticia del éxito que mucho tiempo después llegaría a tener su obra. También en eso la vida no tiene vuelta atrás. 

 

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