sábado, 26 de marzo de 2016

De fronteras y religión




BENI ENSAR
INVENTARIO

Al llegar a la frontera encontramos

la larga hilera encinta de sueños y de angustias,
las armas preventivas, las cargas de prejuicios,
los cristales tintados y los salvoconductos,

las miradas inquietas, los rostros suplantados,
las trescientas razones que hay detrás de los viajes,

las cartas que enviaron amantes de ambos bandos
perdidas en vagones varados en las vías,

controles, instrucciones, listados y requisas,
idénticos guardianes con distinto uniforme,
un río al que no cabe imputarle la culpa
de tener dos orillas, los pájaros que cruzan
el tiempo de la espera.

               y a ambos lados de un trazo sin duda discontinuo
               dos carteles que indican direcciones opuestas
               y dicen en dos lenguas que un día fueron la misma

                              que a este lado, las casas y la gente,
                              que hacia el otro, las gentes y las casas.




Poema de la asturiana (Pola de Siero, 1986) Laura Casielles incluido en Las señales que hacemos en los mapas (Libros de la herida, 2014).

PD. Resulta curioso que siendo como somos material genético de aluvión, el resultado de infinitos cruzamientos y mutaciones tejidas por obra del azar y de la selección natural a lo largo de cientos de miles de años, estemos tan asustados por la llegada de personas que, al fin y al cabo, son idénticas a nosotros. Con todo, siendo estúpido este hecho no debe sorprendernos porque la historia demuestra que casi nunca somos capaces de reconocer el mal incluso cuando lo tenemos delante mismo de nuestros ojos: el mal era Hitler y no los judíos, era el comunismo y no los intelectuales ni los campesinos de la estepa rusa que eran agraciados con viajes a Siberia por albergar pensamientos contrarevolucionarios, era y es la religión y no los que sufren persecuciones religiosas. Mientras la religión exista nadie estará a salvo porque el objetivo de toda doctrina religiosa -sin excepciones- es someternos a los dictados de un ser supremo tan inexistente como inmaduro, ciclotímico y ególatra que es "omnipotente" e "infinitamente sabio" pero que, sin embargo, no duda en exigirte adoración incondicional y malgasta su tiempo en redactar prolijos catálogos de normas absurdas y/o delirantes que impiden trabajar en sábado bajo pena de lapidación (que tomen nota las empleadas del Zara) o tomar su nombre en vano (se ve que el pack divinidad no incluye de serie el sentido del humor). Un ser supremo que, por si fuera poco, tiene a su servicio a mesnadas de sádicos secuaces que con la excusa del libro (no importa qué libro) si pudieran no dudarían en borrar cualquier rescoldo de libertad de tu vida y de la mía y estarían encantados de convertirla en un yermo valle de lágrimas en el que sólo prosperará la flor de la ignorancia y la sinrazón. 

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