viernes, 3 de junio de 2016

No hay nada



La vida no tiene sentido, ni propósito. Acéptenlo: simplemente carece de él. No avanza hacia ninguna parte en particular, lo que significa, ni más ni menos, que estamos aquí por obra y arte del azar, por muy poco seductora que nos resulte esa idea. 

El otro día, por ejemplo, leía que una mariposa inglesa de alas blancas (con manchas negras) se convirtió -por obra de la presión selectiva inducida por la necesidad de adaptarse a los cambios en el entorno para sobrevivir- en una mariposa de alas negras. Naturalmente no se trata de una mariposa transformista: en cada generación de mariposas las que eran un poco más oscuras estaban mejor adaptadas al hollín que la revolución industrial iba depositando en la corteza de los árboles, lo que les permitía pasar desapercibidas, mientras que las más blancas... brillaban en la retina de los pájaros que se las comían. 

La revolución industrial cambio las reglas y las mariposas tuvieron que adaptarse. Con todo es importante entender que no hay en ese proceso ningún propósito intelectual: ninguna mariposa decidió ser más oscura, nadie planificó el oscurecimiento, nadie quiso que fuera así y, de hecho, ni siquiera tenía por que ser así: la mariposa podría haber fracasado en su intento de camuflarse y haberse extinguido como un día lo hicieron el Tilacino, el Antílope Azul o el León de Berbería de los antiguos combates de gladiadores y como cada día lo hacen unas cuantas especies en cualquier parte del mundo. Y aquí paz y después gloria. Punto final. 

Si algo (según parece un meteorito de un tamaño sólo comparable a la indigencia intelectual de Nicolás Maduro) no hubiese impactado sobre la corteza terrestre hace unas semanas (muchísimas semanas en realidad) el pariente más cercano de todos ustedes sería un pequeño roedor de hábitos nocturnos que mordisquea nerviosamente una baya mientras trata de escapar a los sigilosos depredadores jurásicos. Pero sucedió. Y de ahí vinieron los protohominidos, los homo no se qué y no se cuántos que hacían la compra en el centro comercial de Atapuerca y, finalmente, nosotros, que, dicho sea de paso, tenemos un peligro terrible y a poco que nos descuidemos vamos a acabar con todo (no se porqué hablo en futuro, a estas alturas los chinos ya deben estar ultimando el capítulo final en alguna de esas fábricas en las que producen dentífrico blanqueante a base de uranio enriquecido o cualquier otro delirio). 

Si la cosa no cambia mucho dentro de cien años a los niños se les enseñarán vídeos de tigres y leones y les costará creer que esos animales rayados y hermosísimos habitaron un día la tierra. Y dentro de otros cien los últimos pobladores de la tierra aguardarán la muerte en un asilo infinito contemplando imágenes de los niños que venían al mundo antes de que dejaran de hacerlo. A todo lo que conocemos, a todo lo que nos importa y nos preocupa le llegará un día la hora del olvido. 

Un día no muy lejano nuestras huellas quedarán sepultadas por la nieve de principios de octubre que cubrirá la tierra durante los diez o quince mil años de la siguiente glaciación que, a su vez, sucederá al próximo calentamiento global y entonces las mariposas inglesas -si han sobrevivido para contarlo- empezarán a tornarse estúpida y ciegamente blancas.

Pero a ninguno de nosotros estará allí para verlo. O sí, quien sabe. Quizás esa sea la gracia del asunto: que no se sabe, que no está escrito, que las cartas no están marcadas y que todo es posible todavía. 


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